El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 91 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 6

6

La primera impresión que tuvo Nehebkau al penetrar en la tumba fue la del estupor, al que luego se le uniría el desconcierto. Tal y como había vaticinado Meresankh, había llegado de Menfis en compañía de Maya para preparar la sepultura del difunto dios. En el Lugar de la Verdad se encontraban expectantes ante las obras que, de seguro, les esperaban. Los días previos a la llegada de los enviados del dios, el poblado era un hervidero de conjeturas, así como de preocupaciones, ya que la tumba de Tutankhamón se hallaba lejos de ser terminada. «¿Qué haremos?», se preguntaban los obreros, sabedores de que solo disponían de setenta días para dejar el hipogeo listo para recibir a la momia del rey.

Se debatió hasta bien entrada la noche, aunque los más veteranos terminaron por encogerse de hombros. «Maya proveerá», dijeron, para quitarse el problema de encima.

No cabía duda de que en eso tenían razón, y ello quedó demostrado en cuanto la embarcación del superintendente de la Plaza de la Eternidad atracó en el pequeño muelle situado cerca de Per Hai, el palacio en el que se instalarían aquellos personajes tan principales. Una pequeña representación local había acudido a recibirlos, y nada más poner un pie en el malecón Maya dio las primeras órdenes a uno de los capataces para que enviasen a sus hombres al sepulcro de Ankheprura Smenkhara, ante el asombro de los allí presentes, que se miraron sin comprender el porqué de aquella decisión.

Sin embargo, todo se dispuso tal y como había decretado el superintendente, y ese mismo día se rompieron los sellos de la entrada de la tumba de quien, una vez, fuera conocida como Nefertiti.

Abrir la sepultura de un dios no era un tema menor, sobre todo para los trabajadores del Lugar de la Verdad, quienes llevaban marcado a fuego en sus corazones lo que suponía violar una tumba real.

—Es deseo del Divino Padre que así se cumpla —les comunicó Maya con el tono autoritario que solía emplear, y tras mirarse un momento con velado temor, los obreros derribaron la puerta que daba acceso al hipogeo donde Nefertiti había sido enterrada.

Durante un rato el pequeño séquito permaneció junto a la entrada del túmulo, a la espera de que este se aireara; luego, Maya y Nehebkau penetraron en el sepulcro, acompañados por el capataz y Neferabu, a quien el superintendente había hecho llamar.

Alumbrado por las antorchas, Nehebkau no salía de su perplejidad. Aquella tumba le pareció sumamente extraña y, sin duda, impropia para albergar la momia de ningún faraón. Tras descender los dieciséis escalones que daban acceso a ella, se encontraba un pasillo de toscas paredes sin decorar que luego giraba a la derecha, donde conectaba con otro pasadizo parecido al anterior, con una pequeña salida en uno de sus laterales que, el joven imaginó, comunicaba con algún pequeño almacén, el cual iba a desembocar a una cámara cuya pared frontal se hallaba adornada con las únicas pinturas de toda la tumba. Por lo demás, esta se encontraba completamente vacía, sin el menor indicio de que alguien hubiese sido sepultado allí con anterioridad.

Estupefacto, Nehebkau miró a Maya, sin comprender lo que ocurría, y este esbozó una leve sonrisa al hacerse cargo del asombro de su amigo. Sin embargo, no dijo nada, y se limitó a señalar el único muro decorado donde finalizaba el pequeño túmulo, al tiempo que le invitó a que se fijara en las dos primeras figuras pintadas a la derecha de la pared. Una representaba al faraón con la corona khepresh, ataviado con una piel de leopardo, como si se tratara de un sacerdote sem. En una mano portaba una azuela, con la que devolver los sentidos al finado al celebrar el ritual de la «apertura de la boca». Frente a este se hallaba el difunto vestido de Osiris, y entre ambos se encontraba representada una mesa con otra azuela junto a la pata izquierda de un ternero y cinco vasos con bolitas de incienso. Nehebkau arrugó el entrecejo, y Maya le animó a leer los textos escritos sobre ambas figuras, así como sus cartuchos.

El joven prestó atención a los jeroglíficos situados sobre el faraón y los tradujo con gravedad.

—«El buen dios. Señor de las Dos Tierras. Señor de los rituales. Rey del Alto y Bajo Egipto. Nebkheprura. Hijo de Ra. Que viva eternamente y para siempre como Ra».

Nehebkau no pudo eludir otro gesto de asombro, ya que aquella figura representaba a Tutankhamón como oficiante en el ritual de la apertura de la boca ante su antecesor fallecido, y por ello heredero al trono.

Maya asintió, y le pidió que continuara con la lectura del texto situado sobre la otra figura que representaba a Osiris.

—«El buen dios —dijo el joven—. Señor de las Dos Tierras. Señor del horizonte. Rey del Alto y Bajo Egipto. Ankheprura Smenkhara. Dado en vida.

Hijo de Ra. Nefernefruatón Nefertiti. Señor de Heliópolis del Sur[68]. Eternamente».

Nehebkau no salía de su sorpresa. En aquel mural Tutankhamón daba sepultura a Nefertiti, su antecesor en el trono y, no obstante, aquel pequeño hipogeo se encontraba sin el menor indicio de que hubiese contenido alguna vez ningún ajuar funerario. Al momento el joven prestó atención al resto de las figuras que decoraban aquella pared. No había duda. En el registro se hallaba representada una mujer, primero frente a la diosa Nut, quien daba la bienvenida a la difunta para concederle la vida para toda la eternidad, al tiempo que le ofrecía agua de sus manos, y luego podía verse al ka de Nefertiti frente a Osiris, quien la recibía en el reino de las sombras.

Resultaba evidente que allí se hallaba simbolizada Nefertiti; ataviada con una falda de lino ribeteada con una orla dorada que le llegaba casi a los pies.

—Pero… —balbuceó el tebano—. ¿Cómo es posible? La tumba se encuentra vacía —dijo haciendo un gesto con las manos.

—Es cierto —contestó Maya en un tono calmado—. Aquí jamás hubo nada.

—¿Entonces?

El superintendente señaló hacia las dos primeras figuras, y tras encender una lámpara de aceite la aproximó a la pared.

—Fíjate bien —le dijo a su amigo.

Este estudió el muro con atención, y al punto reparó en lo que parecía una minúscula grieta, casi imperceptible, que se intuía en algunas partes de la escena, hábilmente disimulada por la pintura.

Extrañado, Nehebkau volvió a mirar al superintendente.

—El pasillo continúa —dijo al fin como para sí.

Maya rio quedamente.

—Así es. Conduce a la cámara mortuoria donde descansa Nefertiti, en las entrañas de la montaña tebana, con una parte de su ajuar funerario, aunque lo haga con el nombre con el que se coronó: Ankheprura Smenkhara.

—¡Es una falsa pared!

—Levantada una vez que se introdujeron las capillas y la reina quedó sepultada en su sarcófago. Al terminar el entierro Ay ordenó que se tapiara el pasillo para evitar que la tumba fuese profanada, y salvaguardar de este modo la memoria de su hija. El Divino Padre sabe muy bien que algún día esta será perseguida.

—Comprendo —apuntó el joven en tanto echaba un vistazo en rededor.

La cámara en la que se hallaban solo había sido decorada en aquel muro para disimular el engaño y confundir a los ladrones, que no hallarían nada, y con el paso de los años supondrían que aquel hipogeo ya había sido saqueado. El joven reparó en otras dos salidas situadas en los laterales de aquella sala, similares a la que había visto en la entrada, y supo que daban acceso a pequeñas habitaciones anexas, donde se solían depositar enseres del difunto. Sin embargo, todo le resultaba extraño, y recordó cómo en una ocasión Kahotep había hecho mención de una singularidad interesante, y era que los pasillos de las entradas a las tumbas de los reyes siempre giraban hacia la izquierda, mientras que los de las reinas lo hacían a la derecha. Al punto reflexionó acerca de ello en voz alta.

—Todo tiene su porqué —matizó Maya, para quien no existía ningún secreto en la necrópolis tebana—. Antes de que Akhenatón trasladara la corte a Amarna, su Gran Esposa Real se hizo construir esta tumba, que ella misma ordenó agrandar posteriormente al convertirse en corregente, cuando su divino esposo perdió el interés por lo mundano.

—Pero el dios Neferkheprura excavó un túmulo para que toda su familia fuese sepultada junto a él. Yo mismo vi su decoración.

—Sin embargo, Smenkhara falleció en Tebas, en extrañas circunstancias como es fácil de entender. Fueron tiempos oscuros que terminaron devorados por las mismas sombras que los alimentaron. Nadie podrá decirte nunca lo que ocurrió, aunque sí puedo asegurarte que Nefertiti fue enterrada con la esperanza, para muchos, de que su nombre cayera en el olvido. Una buena parte de su ajuar funerario no pudo ser depositado a tiempo en su tumba, y ahora lo podremos utilizar.

—Entiendo —se lamentó el joven, que nunca sería capaz de olvidar cómo Ay se había adueñado de una sepultura que no le correspondía. En la Tierra Negra hasta la vida de ultratumba se adaptaba a las necesidades.

—Nuestros maestros orfebres ofrecerán lo mejor de sí mismos. Ellos se ocuparán como corresponde. Tutankhamón dispondrá de todo lo que necesitará un gran faraón en la otra vida.

Nehebkau hizo un gesto elocuente, al señalar aquel habitáculo, impropio a todas luces para albergar a un rey.

—Este lugar no es digno de un dios —dijo el joven con pesar.

Maya bajó la cabeza, ya que su amigo tenía mucha razón.

—Ay así lo ha dispuesto —señaló el superintendente, cariacontecido.

—¡Pero apenas habrá espacio para el sarcófago! —se quejó el tebano.

—Neferabu decorará la cámara funeraria lo mejor posible, y cambiará los nombres de los cartuchos reales —apuntó Maya, haciendo caso omiso de los lamentos del joven, pues la suerte de Tutankhamón estaba echada y el Divino Padre no cambiaría de opinión.

Durante un rato ambos amigos guardaron silencio, cada cual inmerso en sus propios pensamientos. Para Nehebkau aquella sepultura representaba la última traición a su difunto amigo, la postrera burla de un destino que no había hecho más que ensañarse con un rey a quien había despreciado desde el momento en que nació. Ahora Shai lanzaba una nueva carcajada, al consentir que Nebkheprura descansara durante toda la eternidad en un túmulo que no era sino el despojo de un sepulcro real. Al contemplar de nuevo aquel humilde hipogeo, el joven hizo un esfuerzo para tragarse las lágrimas, e imaginó la tristeza que embargaría a su viejo amigo cuando contemplara desde las estrellas lo que su funesto sino le había deparado.

Maya también lamentaba el desgraciado final de aquella historia. Sin embargo, era un hombre práctico, curtido en las maquinaciones de la Administración, en las intrigas de la corte, en los ardides que solían ocultar las decisiones de los poderosos. Este era uno de ellos, sin duda, y tuvo que admitir que la astucia de Ay no tenía límites, y que detrás de cualquier determinación que este tomara se escondían motivos que él nunca podría adivinar.

Mas en aquella ocasión, Maya había sabido leer con claridad en el corazón del Divino Padre, y cuál era la verdadera razón de enterrar a Tutankhamón en un lugar tan inadecuado, independientemente de haberse apropiado de su tumba. Al sepultar a Nebkheprura en aquel pequeño túmulo protegería a su bienamada hija por toda la eternidad, pues si con el paso de los siglos los ladrones entraran en el hipogeo, saquearían el ajuar de Tutankhamón, y a nadie se le ocurriría ir más allá de aquel muro que, con tanta sagacidad, él había ordenado disimular. Jamás molestarían el descanso eterno de la bella Nefertiti, ni borrarían su nombre de las paredes de su tumba. Ella no moriría nunca, pues había nacido para ser admirada.