El sueño de Tutankhamón
Capítulo 11
11
El Lugar de la Verdad se presentó ante sus ojos como una montaña gigantesca que nunca podría ascender. Esa fue su primera impresión mientras saludaba a los notables de la aldea, sin atreverse apenas a mirarlos a los ojos, atenazado por la penitencia que le había impuesto su propia conciencia. Desviar la mirada era la forma elegida para emprender la huida; el modo que había escogido hacía ya mucho tiempo para escapar de sí mismo. Él conocía a la mayoría de los presentes y, no obstante, deseaba con todas sus fuerzas que no lo reconocieran; que su aspecto de sacerdote le hiciese parecer lo que nunca sería: un hombre santo.
Para la ocasión, Maya lo acompañaba, como superintendente que era de la Plaza de la Eternidad, y a su llegada las autoridades del poblado se postraron, cual si en verdad fuese el dios quien los visitara aquella mañana. Maya era un gran personaje, la más alta jerarquía para quienes vivían en aquella aldea. Era el encargado de suministrar a los aldeanos cuanto necesitaran, el interlocutor de estos ante el visir y el faraón, y llegaba en compañía de un hombre al que toda la comunidad conocía, un pescador a quien los dioses habían favorecido de forma extraña para convertirle en amigo de Tutankhamón.
Muchos le recordaban vendiendo pescado, con su abundante cabello rojizo brillando bajo el sol, domesticando a las cobras, adondequiera que fuese, y también como blanco de ciertas habladurías que nadie se atrevía ahora a proclamar en voz alta. Un día había abandonado el poblado como un simple semedet, y años después había regresado convertido en capataz de todos los trabajadores que vivían en Deir el Medina. El difunto Nebkheprura lo había dignificado con su amistad, y Kheperkheprura había ratificado aquella confianza para otorgarle el poder sobre todos los secretos que escondía la necrópolis. Los jueces que aplicaban la ley en la aldea, los escribas y medjays se inclinarían a su paso, y los grandes de la Tripulación al mando de sus remeros obedecerían sus palabras como si el faraón en persona se las dictara. Ay hablaría por su boca, y todo el Lugar de la Verdad agacharía la cerviz. Se trataba, sin duda, de una entrada triunfal para un hombre que hubiese deseado no regresar jamás.
Maya dejó claro ante los presentes la gran amistad que le unía con aquel joven, así como lo que esperaba de los trabajadores de la aldea. Kheperkheprura había determinado que la tumba que un día se construyera para Tutankhamón fuese ahora de su propiedad y, dada su edad avanzada, esperaba que quedase terminada lo antes posible. Las vidas de cuantos habitaban el poblado le pertenecían, y todos le servirían para mayor gloria del Horus reencarnado.
Tal y como Ipu le había asegurado hacía ya muchos hentis, a Nehebkau le adjudicaron un asno, una vaca, una parcela con la mejor tierra y una casa en el Barrio Norte de la aldea, similar a la que poseían los demás, y en todo caso suficiente para quien había pasado la mayor parte de su vida sobre una barca.
¿Cuánto quedaba en Nehebkau del joven que, una noche, había abandonado aquel poblado para huir, río abajo, en busca de su destino? Probablemente nada. El hombre que ahora regresaba era un personaje cultivado, conocedor de las «palabras de Thot», versado en el mundo oculto de los dioses en quienes antes no creía, cuya alma había penado por la fatídica pérdida de Tutankhamón y los errores que él mismo había cometido.
Sin embargo, Nehebkau no pudo evitar sentirse confundido ante semejante recibimiento. Había verdadero respeto detrás de aquellas miradas, incluida la de Menkheperreseneb, el presuntuoso escriba que un día le iniciara en la escritura y que continuaba formando parte de la comunidad; pero era su propia conciencia la que lo azoraba, al tiempo que le advertía que su camino terminaba en aquella aldea, pues los dioses así lo habían decidido.
Durante un tiempo el joven se parapetó detrás de su trabajo. Antes de que Ra apareciese por las cumbres ya se encontraba en el Valle de los Monos, dispuesto a recibir a los primeros obreros. La decoración de la cámara mortuoria todavía no había sido finalizada y, dada la avanzada edad de Ay, pensó que debía quedar lista lo antes posible, sabedor de las dificultades que solían presentarse a última hora, después de su desagradable experiencia en la tumba de Tutankhamón. La primera vez que entró en aquel hipogeo no pudo evitar acordarse de su real amigo. La última visita la había realizado en su compañía, y ahora comprendía lo frágiles que podían llegar a ser las ilusiones, incluso para el señor de las Dos Tierras. Ay no solo se había apoderado del túmulo de su sobrino nieto, sino que también había decidido apropiarse de su templo funerario, situado muy cerca del palacio de Per Hai, al tiempo que había sustituido el nombre de Nebkheprura por el suyo en algunos lugares del templo de Karnak. Ahora sabía que era algo habitual, pero no obstante se entristeció al volver a admirar las pinturas de la cámara funeraria, en las que Neferabu había representado a Tutankhamón cazando en los cañaverales, en compañía de Ankhesenamón. El maestro pintor se hizo cargo de sus tribulaciones y trató de animar al capataz, a quien ya no se dirigía como gran Nehebkau, pues habían terminado por convertirse en buenos amigos.
—Los dioses no son como nosotros —le dijo—, aunque nos atrevamos a representarlos con formas humanas. En el Más Allá no hay lugar para las mezquindades y ellos conocen cuál es la verdad. Tutankhamón recorrerá los cañaverales en compañía de su esposa, tal y como se encuentra representado en la pared, y de seguro te sonreirá a la espera de verte de nuevo algún día. Además, no olvides que a Ay no le gusta cazar.
Nehebkau dio unas palmaditas a su amigo, pues siempre había pensado que en los Campos del Ialú las cosas no eran como se creía; que todo resultaría más sencillo.
Durante un tiempo apenas permaneció en la aldea, y tomó la costumbre de hacer compañía a los trabajadores en el campamento en el que pasaban la mayor parte de la semana. Este también le traía recuerdos, aunque en esta ocasión no tuviese que librarse de ninguna plaga de serpientes. Su don no había sido olvidado, y el joven sabía que corrían historias de todo tipo acerca del poder que ejercía sobre las cobras. Algunas veces buscaba su compañía, y las esperaba a la caída de la tarde, cuando solían aparecer, para contarles sus tribulaciones. Wadjet siempre le escucharía, aunque el lenguaje empleado no pareciese de este mundo. Todo era mágico en la Tierra Negra, y Nehebkau pudo sentir de nuevo el poder que parecía envolverlo todo. Se notaba vivo entre los agrestes farallones en los que no crecía nada, al tiempo que admiraba una belleza que no había percibido con anterioridad en aquellos parajes. Había mucho más que muerte y desolación en ellos, y ahora comprendía por qué los faraones lo habían elegido para su eterno descanso.
El silencio que arropaba a la necrópolis también poseía su propio lenguaje, y el joven llegó a entenderlo, aunque lo escuchara envuelto en el susurro. Le decía que aquel era el reino de Anubis, y que su sitio estaba entre los vivos, que era en este donde debía habitar, pues la soledad llevaba al olvido, y su camino distaba mucho de haber terminado. Debía seguirlo hasta el final; sin miedo a lo que pudiera encontrarse.
Un día, por fin, decidió habitar la casa que le había otorgado el faraón. No tenía muebles, aunque ello poco le importara. De Menfis había traído sus pertenencias: un viejo arcón con sus enseres personales y otro con objetos que Tutankhamón le había regalado en vida, y le eran muy preciados. También poseía una cama, una silla de ébano y una pequeña mesa, y eso era todo cuanto necesitaba. No se había olvidado de su vieja barca, y en cuanto tuvo oportunidad volvió a recorrer con ella las márgenes del río, a respirar de nuevo el aliento del Nilo, a saludar a Hapy, el señor de las aguas, su viejo conocido quien le aseguró haberle echado de menos durante todos aquellos años. Sin querer se sintió como aquel adolescente que había hecho del río su hogar, y tuvo el convencimiento de que al fin se encontraba en casa.
Una noche no pudo evitar dirigirse al lugar en que habitase su amada. Nadie había vuelto a vivir allí, y Nehebkau tuvo la impresión de hallarse a la entrada de una tumba. Anubis se había encargado de convertirlo en un túmulo, aunque él supiese muy bien que una vez estuvo repleto de vida, ocupado por el sentimiento más puro.
En aquella casa las pasiones se habían desbocado, y el joven terminó por verse invadido por la tristeza y también por la melancolía. Como le ocurriese a Neferu, la morada había pasado a la «otra orilla». Allí ya no había sitio para el recuerdo, pues las sombras habían terminado por devorar todo lo bueno que un día hubiese en su interior, y al punto se prometió no volver jamás.
Nehebkau nunca olvidaría el día que conoció a Ranefer. Fue durante la jornada de descanso, la décima de la semana, y ocurrió por casualidad, aunque en realidad esta no sea más que una palabra hueca. El capataz casi tropezó con él, ya que el chiquillo llegaba corriendo, perseguido por otros niños de su edad, y al punto lo sujetó por los hombros antes de que se cayese.
—¿De quién huyes? —le preguntó el joven, divertido.
El rapaz lo miró un instante, sorprendido por el inesperado encuentro, pero enseguida señaló hacia sus perseguidores.
—Es el Hatti —dijo con su vocecilla—. Debo avisar al faraón.
Nehebkau lanzó una carcajada.
—Ya veo. Los hititas son unos temibles enemigos.
—Pero el dios los derrotará; nadie es más poderoso que él —aseguró el pequeño mientras recuperaba el aliento.
El joven asintió en tanto fijaba su atención en el niño, y al momento sintió un hormigueo en el estómago, ya que el chiquillo llevaba la cabeza tonsurada y de uno de sus lados colgaba un mechón de pelo rojizo.
—¿Cómo es que llevas la trenza de los príncipes? —le preguntó.
El niño hizo un gesto elocuente, como si aquel hecho fuese lo más natural.
—Porque soy un príncipe.
—Ya veo. Esa es una buena razón.
El rapaz se encogió de hombros.
—Mi madre dice que mi padre es un príncipe, y por eso debo llevar la trenza de la realeza.
Nehebkau notó un nudo en la garganta y reparó en sus ojos, de un azul tan intenso como el cielo de verano.
—¿Y dónde está tu padre?
—En Menfis, junto al faraón.
El joven sintió cómo una emoción desconocida para él le laceraba las entrañas.
—Bueno —dijo este sobreponiéndose—. Dime al menos cómo te llamas.
El niño clavó su mirada un instante en aquel extraño.
—Mi nombre es Ranefer —dijo con orgullo, y acto seguido le sonrió para salir corriendo de nuevo junto a sus amigos, en busca del faraón.