El sueño de Tutankhamón
Capítulo 35
35
—¡Vayamos a pescar a los cañaverales! —exclamó Tutankhamón, exultante, una mañana del mes de epep, mediados de mayo.
El genuino perfume de los campos en primavera invitaba al faraón al regocijo, y aquel día hasta bromeó al respecto, pues el palacio en el que se hospedaba era conocido como la Casa del Regocijo. Nehebkau hizo un gesto de cierta desgana ya que aquella no era la mejor época para pescar.
—Estamos en el periodo de las «aguas bajas», y el río se halla repleto de islotes donde, de seguro, sestearán los cocodrilos. De uno u otro modo ellos siempre vigilan su reino y no pierden detalle de cuanto ocurre en sus aguas — advirtió el joven.
—Ja, ja. Ya hice ofrendas a Sobek. ¿Olvidas que puedo hablar como un igual al dios cocodrilo? Será emocionante verlos tomar el sol mientras pescamos desde una barca de papiro.
Al oír aquello Nehebkau pareció sobresaltarse, y al observarlo el rey lanzó una carcajada.
—¿En una barca de papiro? Harías bien en no reírte —se escandalizó el joven, que sabía lo peligrosos que podían llegar a ser los saurios cuando el nivel de las aguas era bajo y había poca corriente.
—¿Ignoras que soy el Horus reencarnado? —inquirió Tut, divertido—. Todo se halla preparado, y hoy te mostraré mi habilidad con el arpón.
Nehebkau miró a su amigo, anonadado, sobre todo porque había visto a muchos pescadores caer presa de los astutos cocodrilos.
—Sabes que siento un especial apego por las barcas de papiro, y hoy iremos a pescar juntos en una de ellas, ja, ja —continuó el rey.
Nehebkau se encogió de hombros, pero no dijo nada, ya que sabía lo poco dado que era el dios para cambiar de opinión cuando deseaba algo.
De este modo ambos amigos se encaramaron a la frágil embarcación para recorrer los bosques de papiro que crecían junto a las orillas, eso sí, acompañados por un nutrido séquito de barcazas que no les quitaban el ojo de encima. Como era usual en aquellos meses, las aguas bajaban mansas, y en el fondo del río se acumulaba una gran cantidad de cieno que las enturbiaba. Sin embargo, Tutankhamón se mostraba entusiasmado mientras blandía su arpón, dispuesto a lanzarlo a la menor oportunidad. Junto a él, su amigo le observaba con atención mientras remaba con cuidado, admirado de cómo el monarca mantenía el equilibrio a pesar de su dificultad para poder andar.
—Siempre envidié tu vida pasada —dijo el rey sin dejar de escudriñar las aguas—. Surcar el Nilo sobre papiros, como un día hiciese la madre Isis cuando buscaba los restos desperdigados de su esposo Osiris, lejos de las intrigas de la corte y los peligros nacidos de las ambiciones. Sobre esta humilde barca eres libre de ir a donde desees, y solo tienes que hablar con Hapy para encontrar el sustento.
Nehebkau no dijo nada, aunque al momento pensó en Akha y la miserable vida que se vio obligado a llevar. De uno u otro modo, en Kemet todos tenían una penitencia que cumplir, aunque nadie estuviera conforme con la que le había correspondido.
Tal y como esperaba el joven, los cocodrilos tomaban el sol plácidamente en un islote de arena situado a cierta distancia, y más próximos a ellos unos hipopótamos chapoteaban cerca de la orilla. Al verlos, el faraón soltó un grito de alegría e hizo señas a su amigo para que se dirigiese hacia ellos.
—Es el hijo de Set —exclamó el monarca, entusiasmado—. Hoy lo arponearé sin compasión, pues Amón guiará mi brazo. Siento su fuerza dentro de mí. Aproxímate antes de que se escapen.
Sin embargo, Nehebkau dejó de remar ya que sabía que si se les acercaban corrían un peligro cierto. En su opinión, el hipopótamo era el animal más peligroso de todo el Valle del Nilo. Era una bestia feroz que causaba innumerables muertes, pues su mal carácter lo convertía en sumamente agresivo. El resto de las especies los evitaban, y hasta los cocodrilos les tenían respeto. Uno de los hipopótamos fijó su atención en ellos. Se bañaba en compañía de su familia, pues entre esta se veían varias crías; si se sintiese amenazado se les enfrentaría con una furia difícil de imaginar.
Nehebkau maniobró para alejarse de ellos cuanto antes, ante el estupor del faraón.
—Pero… —balbuceó este, incrédulo, al tiempo que volvía la cabeza hacia su amigo para recriminarle con la mirada.
—Si nos ataca partirá en dos la barca, y ni Amón ni toda la Enéada hermopolitana podrán evitar una desgracia —aseguró Nehebkau, impasible, mientras dirigía el esquife hacia un lugar del río en el que las aguas eran más profundas.
El faraón pareció herido en su dignidad al cambiar de rumbo ante los ojos de quienes los seguían, y Nehebkau esbozó una media sonrisa.
—Si se lo propusieran también hundirían las barcazas de tu séquito — señaló el joven—. Si deseas arponearlo es mejor que lo hagas desde tu nave. Si retas a Tueris es posible que tu reinado termine hoy.
El dios no fue capaz de responder, aunque al punto se reflejó en su rostro la cólera ante la osadía que le demostraba su amigo. Este le mostró la palma de la mano.
—El dios Nebkheprura muestra su buen juicio ante su pueblo —continuó Nehebkau—. En la historia de la Tierra Negra ya hubo un faraón que pasó a la «otra orilla» a causa del ataque de un hipopótamo.
Tutankhamón se quedó pensativo, ya que su amigo tenía razón. Hacía más de mil seiscientos años, Aha, segundo faraón de la I Dinastía, fue muerto por un hipopótamo, y al joven rey no se lo ocurría una forma más indigna de acabar sus días que aquella.
—Observa, Tut —dijo el joven, al momento—. Aquí el agua es más clara, y es un buen lugar en el que pescar.
Durante un rato ambos permanecieron en silencio y de repente vieron la sombra de un enorme pez merodear junto a la barca. Entonces Nehebkau hizo una señal al dios…
—Préstame tu anillo —dijo mientras extendía una mano hacia el faraón.
Este pareció sorprendido, pero al punto hizo lo que le pedía, y su amigo lo tomó para atarlo a un cordel y arrojarlo al río, cerca de la superficie. Al momento la luz del sol se reflejó sobre el anillo y el pez se aproximó atraído por los destellos. Nehebkau hizo una seña al soberano, y este lanzó el arpón sobre su presa para atravesarla por completo. Tutankhamón gritó de júbilo.
—¡Es enorme! —exclamó el faraón en tanto observaba cómo la perca daba sus últimos coletazos.
—Mide al menos tres codos —aseguró Nehebkau—. Con ella se podría alimentar a una familia entera. Tendrás que ayudarme a subirla al esquife.
Al ver cómo ambos pescadores mostraban la perca ensartada, el séquito que acompañaba al rey prorrumpió en vítores, y desde sus barcas ensalzaron la habilidad del dios, ya que no era sencillo pescar una perca como aquella.
—¡Fíjate, Tut! —exclamó Nehebkau con evidente entusiasmo—. Yo diría que mide metro y medio. Pocas veces he pescado una perca tan grande como esta —mintió el joven.
—Hoy Hapy, el señor de las aguas, me favoreció. ¿Crees que me reconoció? —preguntó el joven faraón.
—Estoy convencido de ello. Su reino no tiene secretos para él. Observa si no a los hipopótamos cómo te miran con curiosidad, sin aparentar temor; o a los cocodrilos desde los islotes. A su manera Sobek también te saluda y te da la bienvenida.
—¿Estás seguro?
—Por completo —dijo Nehebkau con suficiencia—. Los señores del río te rinden pleitesía al tiempo que te felicitan por tu captura.
—Es verdad —masculló el rey, como para sí—. Reconocen a Nebkheprura.
—Son testigos de tu poder, gran faraón —aseguró su amigo con evidente ironía—, y también de tu habilidad. Pescaste la perca con tu anillo.
—¡Es cierto! —exclamó Tutankhamón con entusiasmo.
—Se lo tragó para picar el señuelo que le pusimos. Es la primera vez que se pesca un pez con el anillo del dios.
—Ja, ja. La perca sucumbió ante mi poder.
Aquel hecho fue muy celebrado, y durante un tiempo Per Hai se hizo eco de la hazaña y hasta dónde podía llegar el poder del señor de las Dos Tierras. Con uno de sus anillos había pescado una enorme perca. Nunca se había visto algo semejante.
Alabanzas aparte, el dios se hallaba eufórico, e incluso veía en todo lo sucedido el concurso de sus ancestros, ya que el susodicho anillo había pertenecido a su abuelo, el gran Amenhotep III, y le había sido regalado por Tiyi, quien había amado a su nieto de forma particular. Aquella aventura dio pie a otras muchas, y durante semanas ambos amigos se dedicaron a recorrer cada rincón de una tierra que Nehebkau conocía como nadie. Este condujo al rey a los mejores lugares donde cazar. Tutankhamón era un apasionado de esta actividad, y se encontraba tan pletórico de ánimo que no quería dejar pasar la oportunidad de demostrar sus habilidades. Era sumamente diestro en el uso del boomerang, y con él abatió infinidad de patos y ánades entre los cañaverales, bajo la atenta mirada de su amigo, que tuvo que reconocer su maestría para la caza.
—Nebkheprura es un gran cazador. Pronto en el Alto Egipto no se hablará de otra cosa —le animó una mañana en la que había conseguido cerca de cien piezas.
A quien un día fuese pescador no le faltaba razón, aunque la verdadera pasión de Tutankhamón fuese el tiro con arco. Poseía infinidad de ellos, aunque su preferido fuese uno compuesto con el que se empeñó en ir a cazar en compañía de su esposa. Para la ocasión decidió transportar uno de sus sillones, magnífico donde los hubiese, una verdadera obra de arte ornado con la más exquisita orfebrería. Sentado en él junto a Ankhesenamón, Nehebkau fue testigo de cómo el faraón hacía blanco donde se proponía, pues incluso cazó varios oryx, mientras la Gran Esposa Real le ofrecía zumo de granada, una de las bebidas favoritas del dios.
Una tarde Nehebkau le invitó a acompañarle a los palmerales que tan bien conocía.
—Si vienes podré mostrarte la magia que envuelve esta bendita tierra —le dijo el joven en un tono enigmático.
El dios aceptó, y juntos se dirigieron al lugar en el que el tebano acostumbraba a encontrarse con sus amigas.
—Quédate aquí y no te muevas —le advirtió este mientras caminaba hacia la palmera junto a la que antaño se había sentado tantas veces—. Hoy saludaremos a Wadjet.
El faraón tragó saliva, y en compañía de parte de su pequeño séquito hizo lo que le pedían. Vio cómo su amigo se recostaba con parsimonia contra el tronco y acto seguido emitía lo que parecían extraños susurros, cual si orara en voz baja al dios de la magia. Solo a este podían ir dirigidos los rezos pues, a no mucho tardar, apareció Wadjet, reptando con parsimonia, con cierta pereza, como si surgiese de su propio sueño. Pero al poco se aproximó otra, y luego una más, cual si se sintiesen atraídas por una fuerza a la que no podían ignorar. Acto seguido las tres cobras se alzaron como solían, majestuosas, en tanto Nehebkau parecía hablar con ellas y movía con suavidad las manos, invitándolas a que se le acercaran. Las serpientes se balancearon un instante, como acostumbraban antes de atacar, pero en esta ocasión se aproximaron al joven para, al momento, reptar por sus brazos hasta encaramarse sobre los hombros, a la vez que lo miraban fijamente. Sin mover un solo músculo, el dios asistió, petrificado, a una escena que parecía formar parte de un sortilegio; de un conjuro solo al alcance del mago entre los magos de Egipto. Por un instante pensó que su amigo en verdad era un dios, pues no era posible un poder semejante en la Tierra Negra. Las cobras le rendían pleitesía, y todos los allí presentes se sentían tan impresionados que contenían la respiración, temerosos de romper aquel hechizo.
Este terminó como de costumbre, cual si todo se debiese a una representación que tocaba a su fin, y al cabo las cobras se echaron de nuevo sobre la hojarasca para desaparecer zigzagueando entre los matorrales.
De regreso a Per Hai nadie dijo una palabra. El asombro había enmudecido a cuantos habían presenciado la escena, o quizá se debiese a que aquel suceso no era de este mundo.