El sueño de Tutankhamón
Capítulo 18
18
La noticia corrió por palacio como si fuese el khamsin, el viento del oeste ante el que no cabía oposición. El dios Nebkheprura, el señor de las Dos Tierras, había decidido nombrar a Nehebkau «amigo del rey», un título de la mayor importancia que conllevaba implícitamente un respeto similar al que pudiese ostentar un visir. Pocos hombres podían tener más influencia ante el soberano que aquel que era considerado como amigo, pues ni siquiera el «portador del abanico a la derecha del rey» podía presumir de acaparar una confianza mayor.
El joven tebano nunca llegaría a comprender el verdadero alcance de este nombramiento. Para él la amistad no podía medirse por medio de títulos, y al ser solemnemente informado del hecho, se limitó a postrarse ante su señor, como era habitual en la corte, y a continuar su vida como de costumbre. A su modo de ver, las cosas eran más sencillas. Él amaba a Tutankhamón como si se tratara de un hermano, y a su manera lo protegía de las innumerables influencias que lo acechaban. Era obvio que el joven rey nunca se enfrentaría a sus preceptores, ni interferiría en sus decisiones por rivalidades políticas, aunque Nehebkau aprovechaba la primera oportunidad que se le presentaba para liberar a su señor del corsé que lo estrangulaba, con el propósito de que pudiera ser él mismo. Juntos salían a cazar en cuanto se les brindaba la ocasión, y a veces se aventuraban hasta los marjales de El Fayum para capturar patos y otras especies migratorias que se hallaran de paso. Nehebkau le enseñó a pescar, y el faraón se aficionó mucho a navegar en la barca del tebano, convencido de que Hapy la protegía, allá donde se encontrara, y que sobre aquel esquife era invulnerable a cualquier peligro que le acechara.
Así, el faraón demostró a su amigo sus habilidades con el arpón, y también la gran destreza que había adquirido en el uso del arco. Nehebkau le felicitaba abiertamente por ello, y también Ankhesenamón, que se habituó a acompañar a su esposo en aquellas aventuras.
En los últimos tiempos la figura de la Gran Esposa Real había tomado una nueva dimensión, así como una notable preponderancia. Su ascendiente sobre su esposo resultaba evidente a los ojos de la corte, ya que entre la pareja real se había creado una relación amorosa que iba más allá de la habitual. Había verdadera amistad entre ellos, y gustaban de hacerse compañía en cuanto les era posible; quizá porque nadie más podía entender el alcance de sus pensamientos, el escenario en el que ambos habían sido educados o los sentimientos que llevaban grabados en sus corazones.
Juntos se liberaban de la prisión a la que habían sido conducidos, para rememorar los días felices pasados en Akhetatón y el sueño imposible del que habían formado parte. A Nehebkau el recuerdo de la reina siempre le produciría ternura, así como un sentimiento de pena, pues no en vano se hallaba tan perdida como el soberano, a quien no dejaría de insuflar ánimos para que se convirtiera en un gran rey. Ella sabía muy bien cuál era el camino que debían tomar, y al cumplir el faraón los diecisiete años decidió compartir su lecho cada noche con el fin de darle un heredero. Este se antojaba como la solución a las amenazas que, de forma sutil, se cernían sobre el trono, y Nehebkau se convertiría en discreto testigo de aquellos encuentros, muy a su pesar.
Ay se hallaba informado de cuanto ocurría, y como abuelo de Ankhesenamón se congratulaba ante la posibilidad de que su nieta se quedara embarazada. Un heredero de su sangre colmaba todas sus expectativas, aunque supiese los obstáculos que habría que vencer para ver a un vástago de Tutankhamón sentado en el trono de Horus. Durante toda su vida el Divino Padre había tomado precauciones en todo lo que había acometido, y gracias a ello se encontraba en aquel lugar de preponderancia. El faraón se hacía un hombre, y por este motivo había analizado la situación con cuidado. Todos se encontraban en un escenario que podía cambiar de forma repentina, y él nunca se dejaría sorprender. Debía mostrar hasta dónde llegaba su poder, y por ello convenció al rey para que nombrara a un hijo suyo, llamado Nakhmin, general de los ejércitos del Alto Egipto. Esta era una jugada maestra, pues además de extender sus influencias a una parte del ejército, limitaba el poder de su peor enemigo, Horemheb, haciéndole ver cuál era la posición que le correspondía, y hacia dónde iban encaminadas las preferencias del dios.
Al conocer aquella noticia, Horemheb apenas se inmutó. Era un paso lógico, muy propio de Ay, y en su lugar él hubiese hecho lo mismo. En su fuero interno se sonrió, pues llegado el caso mostraría a Ay a quién seguiría el ejército. Sin embargo, estaba muy lejos de su ánimo el provocar enfrentamientos. Siempre sería fiel a Tutankhamón, aunque supiese cómo influenciarle para mantener el poder que ostentaba en la sombra. El general prefería las cacerías, las bigas y las prácticas militares antes que los pasillos de palacio a la hora de mantener su amistad con el soberano. Conocía mejor que nadie su alma de soldado, el ardor guerrero que guardaba en su corazón, a pesar de los impedimentos físicos que privaban al rey de mostrarse como deseaba. Horemheb alimentaba sus sueños como nadie, y para ello tenía preparada una respuesta al Divino Padre, con la que ganaría la voluntad de Tutankhamón para siempre: una guerra.