El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 90 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 5

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Meresankh se hallaba particularmente agitada. Como muchas noches, observaba el cielo para perderse en su misterio. Esa era su naturaleza, y la joven se dejaba llevar por ella, allá a donde quisiera conducirla, pues jamás la traicionaría. Nut, la diosa a quien reverenciaba, la había invitado a contemplar su reino, y ella navegaba a través de la inmensidad de su manto eterno. En su pequeña barca no había espacio para lo mundano, pues solo de este modo podía perderse entre los luceros, reconocer el alma de los difuntos y entender los mensajes por medio de su espíritu. Los astros se encontraban inquietos, seguramente por la llegada del dios que acababa de morir. Sin duda le harían un sitio, y ella trataba de localizarlo para que velara por su casa ante lo que había de venir. Era probable que Nut ya lo hubiera recibido para darle la bienvenida, para ofrecerle la vida durante toda la eternidad, y Meresankh se inflamaba de esperanza, ya que muy pronto la larga espera tocaría a su fin.

En el poblado había corrido la noticia. Del norte venían unos hombres para encargarse del sueño eterno de Tutankhamón, y Meresankh podía adivinar sus nombres. Los cielos poseían sus propias leyes, difíciles de comprender para los mortales, pues habían sido escritas por los dioses en una lengua que no era de este mundo. Eran textos fascinantes, repletos de enigmas que parecían indescifrables; sin embargo, ella era capaz de leerlos, quizá porque había nacido apadrinada por Aah y Khonsu, ambas entidades lunares, bajo las bendiciones de Thot, el más sabio entre los sabios. De alguna manera Meresankh era parte de aquel misterio, y por ello recorría la bóveda celeste, el lugar en el que su ba se sentía feliz, envuelta en su misticismo.

Sin embargo, esa noche no pudo evitar sentirse inquieta pues Seshat, la diosa encargada de medir el tiempo, le había susurrado que este se había cumplido; que los hechos se precipitarían con arreglo a la voluntad de los dioses. La joven escudriñó el vientre de Nut con su corazón de maga, y la señora del cielo le permitió ver un rostro dibujado entre las estrellas. Meresankh lo reconoció al instante, pues lo llevaba impreso en su alma desde mucho antes de conocerle, y la joven se estremeció al sentir su presencia. Nehebkau la miraba con sus intensos ojos azules, y Meresankh tuvo el convencimiento de que desde la profundidad de la noche él la buscaba, aunque no lo supiese todavía.