El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 64 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 34

34

Las nuevas exequias de Akhenatón no se parecieron en nada a las que tuvieron lugar a su muerte en la ciudad del Horizonte de Atón. Esta vez no hubo una solemne procesión hasta su túmulo, ni se le dedicaron los honores debidos a un dios difunto. Tutankhamón había decidido que el enterramiento se llevara a cabo sin fasto alguno; en la mayor intimidad. El recuerdo de su padre jamás sería bueno para los habitantes de Waset, donde las persecuciones religiosas habían sido particularmente implacables, y el joven faraón no ignoraba que muchos se referían a aquel como «el rey perverso». Su nombre apenas era pronunciado y había quien aseguraba que era hijo de un demonio. En cierto modo, el sepultar a Neferkheprura-Waenra en el Valle de los Reyes no dejaba de suponer una afrenta a los tebanos, y en particular al clero de Amón, pero Tutankhamón opinaba que era una buena forma de regresar a las antiguas tradiciones y demostrar al templo de Karnak que el culto atoniano, por parte del Estado, quedaba olvidado para siempre. Osiris volvería a hacerse cargo de las almas de los difuntos en el Más Allá, y aquel enterramiento suponía un reconocimiento a lo equivocado que había estado Akhenatón en vida.

En cualquier caso, Amenhotep IV no sería el primer miembro de la familia real de Amarna inhumado en la Plaza de la Eternidad. La propia Nefertiti descansaba en el Valle de los Reyes, así como la vieja reina Tiyi, cuyo hipogeo compartiría ahora con su amado hijo. Por todo ello el dios se limitó a dejarse acompañar por un pequeño cortejo en el que figuraban sus dos visires, Useramón y Pentu, la reina Ankhesenamón y algunos de sus más allegados, entre los que figuraban el superintendente de las obras de la necrópolis real, Maya, y su gran amigo Nehebkau. No hubo plañideras que exteriorizaran su dolor con desgarradores gritos y gestos de desconsuelo, ni bailarines mu que danzaran frente a la entrada de la tumba. Un sencillo catafalco sobre el que descansaba el ataúd, tirado por una pareja de bueyes, fue suficiente para completar la procesión en la que Tutankhamón vestía con la piel de leopardo propia de los sacerdotes sem, la que correspondía llevar al heredero, pues el joven dios realizaría los ritos sagrados de la «apertura de la boca» para devolver al finado todos sus sentidos en la otra vida, como si en realidad Akhenatón fuese enterrado por primera vez. Este era el propósito principal de Nebkheprura, y para ello se hizo acompañar por un hery sesheta, un sacerdote lector experto en los ritos funerarios, al interior de la tumba. En esta sería depositado el magnífico ataúd de oro y pedrería fabricado en su día para Kiya, y adaptado ahora para que contuviese los restos del rey hereje, cerca del nicho que guardaba los vasos canopes con sus vísceras, que curiosamente también habían pertenecido a la reina a quien Akhenatón tanto había amado.

Al salir del sepulcro, Tutankhamón lo hacía como el único Horus reencarnado que se había sentado en el trono de Egipto tras la muerte de su padre, y en el brillo de sus ojos, Nehebkau pudo leer la satisfacción del resarcimiento. En aquella tumba no solo quedaba enterrado para siempre NeferkhepruraWaenra, sino también el recuerdo de la odiada Nefertiti y su hija Meritatón; tal y como si nunca hubiesen existido.

No hubo más celebraciones, ni siquiera el habitual banquete funerario, y al regreso a su palacio de Per Hai, Nehebkau tuvo la impresión de que Tutankhamón se sentía un verdadero señor de las Dos Tierras. Su maltrecha figura mostraba ahora una majestad desconocida hasta entonces, cual si aquel día hubiese sido coronado por los dioses por primera vez.

Durante las siguientes jornadas el faraón visitó Tebas revestido de una magnificencia desconocida hasta entonces. La capital en pleno salió a recibirle, para postrarse ante su señor y convertir las calles en una inmensa alfombra de espaldas sudorosas. El dios honraba a Waset con su presencia, y al llegar a Karnak todo su clero rindió la pleitesía debida a aquel que los había restituido después de tantos años de oscuridad y amargura. Wennefer, su primer profeta, le abrió las puertas del sanctasanctórum, el lugar más sagrado de Ipet Sut, donde habitaba Amón. Tutankhamón oró ante El Oculto, como su principal acólito, pues no en vano el rey era el sumo sacerdote de todos los dioses de Egipto, para purificarse con su divino aliento y embriagarse con su perfume. En aquel habitáculo, casi en penumbras, escuchó cuanto Amón tuviese que decirle, al tiempo que el rey le manifestaba su devoción y buenos propósitos para que el maat imperara en la Tierra Negra. El faraón estaba decidido a embellecer Karnak, a hacer que sus estatuas se mimetizaran con las del dios carnero para perdurar unidos durante millones de años. Ese era su propósito, hacer resplandecer de nuevo a Tebas como la capital espiritual de Kemet, y para ello era su voluntad proseguir con la magna obra que su abuelo había iniciado en el templo de Luxor.

Tutankhamón sentía fascinación por este lugar, Ipet Reshut, el harén meridional, nombre con el que era conocido, donde anualmente se celebraba la fiesta Opet durante el segundo mes del verano. El faraón no dejó pasar la oportunidad de atravesar su gran patio para admirar las estatuas de

Amenhotep III[55] y las capillas dedicadas a la tríada tebana: Amón, Mut y Khonsu; construidas por la reina Hatshepsut, y que luego usurparía Tutmosis

III[56], aunque lo que de verdad más admiraba era la impresionante columnata erigida por su abuelo, que servía de entrada al templo de Amón de Opet. Sus columnas, de veintiún metros de altura con capiteles papiriformes abiertos, soportarían un techo que haría que la única luz que penetrara en su interior procediese de las pequeñas ventanas con celosías colocadas en la parte superior. Sut y Hor, los arquitectos de Amenhotep III, no habían podido terminar la magna obra, pero Tutankhamón estaba decidido a concluirla para

mayor gloria de su abuelo y también de él mismo[57]. Le satisfacía de forma particular verse grabado en los muros de la columnata, encabezando la procesión de las barcas de la tríada tebana mientras saludaba a los dioses de Karnak. El patio del sol, también construido por su abuelo, le invitaba a soñar en convertirse en un dios tan poderoso como lo fuese Amenhotep III, que dejaría su sello en aquel santuario para pasmo de la posteridad.

Sin embargo, su lugar preferido era una pequeña habitación situada en la parte posterior del templo conocida con el nombre de la «habitación del nacimiento». En una de sus paredes se mostraba el nacimiento divino de su abuelo de las manos del dios Khnum quien, con su torno de alfarero, daba forma a Amenhotep III y a su ka.

En Ipet Reshut, Amón en su forma itifálica cobraba vida para rejuvenecer y revitalizar al faraón durante la ceremonia de Opet, en la cual el monarca reafirmaba su autoridad, así como los lazos que le unían con sus antepasados. Tutankhamón imaginaba cómo sería aquel templo una vez terminadas las obras, con la ceremonia de la fiesta de Opet grabada en los muros junto a su nombre, Nebkheprura, el gran faraón en el que ansiaba convertirse. Antes de abandonar Luxor siempre se detenía un momento ante las grandes estatuas sedentes de sus abuelos, junto a la columnata. Ambos lucían magníficos, aunque sintiera predilección por la figura de Tiyi, que mostraba su majestad y el gran poder que llegó a ostentar. En su corazón, Tutankhamón pensaba que, desde sus tronos de piedra, ambos le alentaban a proseguir por el camino que había tomado, sin más temor que el debido a los dioses, pero con la determinación de quien se había convertido en un Horus reencarnado, el verdadero poder sobre la Tierra Negra, y así debía hacerlo saber a aquellos a quienes gobernaba.