El sueño de Tutankhamón
Capítulo 10
10
La vida cambiaba para Nehebkau. Sin apenas percibirlo, su barca se alejaba, río abajo, impulsada por el hálito de Shai. El dios del destino tenía sus singularidades, y una de ellas era la manera en la que hacía cumplir su voluntad. En ocasiones presentaba los caminos de forma súbita, sin oportunidad de elección, y otras veces lo hacía con sorprendente sagacidad, hasta el punto de dirigir los pasos del caminante sin que este fuese consciente de ello; así era la naturaleza del taimado Shai.
Esto fue lo que le ocurrió a Nehebkau. Una fuerza misteriosa le había llevado hasta el Lugar de la Verdad, sin proponérselo, como si él poco tuviese que decir al respecto. Su natural agnosticismo se había convertido en humo al verse en una comunidad que rendía culto a los dioses en todas sus formas. El joven ignoraba que hubiese tantos, y se sorprendió al comprobar el efecto que causaba su propio nombre entre los habitantes del poblado; Nehebkau. Para él no era más que un apodo, aunque existiese un dios antiquísimo, hijo de Selkis, que se llamaba así. La diosa escorpión era venerada en Deir el Medina, y sus sacerdotes veían en el joven pescador aspectos que los llevaban a pensar en lo idóneo de su nombre. En realidad, Nehebkau daba muestras de ello a diario, y muchos vecinos le requerían, convencidos de que su mera presencia bastaba para librarlos de las serpientes y los escorpiones.
—¡Es hijo de Selkis y Wadjet le tutela! —proclamaban algunos.
Y a fe que no les faltaba razón, pues su relación con las cobras parecía cosa de hekas, y con el tiempo hubo quien aseguraba que el uno no podía vivir sin las otras; que por algún extraño motivo se necesitaban de forma imperiosa, como si en realidad perteneciesen a la misma especie.
Los magos le trataban con respeto, y al poco fue admitido en la escuela de Amenaankhu, el maestro pintor que hacía honor a su nombre, pues así se llamó un célebre artista que se hizo famoso durante la lejana XII Dinastía. El viejo preceptor tardó poco en percatarse del don que poseía el muchacho, y decidió enseñarle su sagrado oficio, a pesar de que el joven fuese un semedet y, por tanto, no perteneciera de pleno a la comunidad. Nehebkau se aplicó a su tarea, y progresó de tal modo que pronto fue enviado a la escuela de uno de los escribas del poblado.
—Si quieres convertirte en un Servidor de la Tumba es preciso que comprendas lo que dibujas —le dijo una tarde Amenaankhu.
Así fue como el hijo de un pobre pescador se vio frente a una de las figuras más respetadas: la del escriba. Estos eran famosos no solo por atesorar el conocimiento y comprender las «palabras de Thot», sino también por su arrogancia y desconsideración hacia los que no las entendían. Solían ser altaneros y displicentes, así como muy aficionados a infligir castigos a sus alumnos. Tenían poder, y lo mostraban a la menor oportunidad.
Sin embargo, Nehebkau no era un párvulo al uso, y cuando el escriba lo tuvo frente a sí se abstuvo de menospreciarle, pues bien conocía la fama de su pupilo y el estrecho vínculo que mantenía con Wadjet. No era cuestión de enemistarse con la diosa cobra, así que se limitó a ceñirse la peluca adecuadamente y emplear su habitual tono engolado, tan característico. El tipo atendía al pomposo nombre de Menkheperreseneb, y estaba muy satisfecho de ello. Aseguraban que pertenecía a una conocida familia de rancio abolengo, venida a menos en los tiempos en los que Akhenatón persiguió las antiguas creencias. Al parecer uno de sus antepasados con el mismo nombre había sido primer profeta de Amón cien años atrás, durante el reinado de Tutmosis III, quien por otra parte le había favorecido largamente al
otorgarle una espléndida tumba en el Valle de los Nobles[24]. Desde entonces todos los primogénitos se habían llamado igual, y el escriba se sentía heredero de un linaje del que se mostraba orgulloso, y estaba decidido a hacer valer ahora que se había regresado a la ortodoxia.
Menkheperreseneb sintió curiosidad desde el primer momento. Saltaba a la vista que Nehebkau poco se parecía a los pescadores que faenaban en el Nilo. Su piel clara y pelo rojizo significaban un reclamo para cualquier mirada, y resultaban inusuales en el Alto Egipto. Era obvio que aquel joven procedía del norte, aunque él ignorase de dónde y de quién. Este particular era habitual, pues todos los días aparecía en el río algún recién nacido abandonado, con la esperanza de que encontrase una familia que le diera una vida mejor que la que hubiese podido tener. Era indudable que Nehebkau poseía un porte aristocrático, y sus intensos ojos azules y profunda mirada bien podrían hacer de él hijo de un príncipe, aunque solo fuese un pescador. El escriba era sumamente perspicaz, y tardó poco en percatarse de las luces que alumbraban el corazón de su alumno.
Este poseía un don, y si los dioses le habían empujado hasta el Lugar de la Verdad, Menkheperreseneb nunca osaría desairarlos. No obstante, se sorprendió de la facilidad con la que el joven asimilaba cuanto le enseñaba, y las prodigiosas manos que mostraba con el uso del pincel. Los pintores de las tumbas no necesitaban ser amanuenses, pero sí conocer las complejas liturgias que debían plasmar en las paredes. Estas tenían que rezumar magia con el fin de ayudar al difunto a renacer en la otra vida; poderosos conjuros sin los cuales el finado se hallaría perdido.
A Nehebkau el mundo al que se asomaba le parecía ciertamente complicado. A los innumerables dioses con los que se decoraban las tumbas, había que añadir los genios y guardianes de las puertas que el fallecido debía atravesar si quería alcanzar el Más Allá. Si el viaje por la vida ya le resultaba proceloso, el que aguardaba tras esta le parecía una broma pesada. Era obvio que el paraíso no estaba al alcance de cualquiera, y ello le llevaba a considerar su agnosticismo como una especie de baluarte contra aquella desigualdad. Sin embargo, aprendía cuanto le enseñaban, al tiempo que disfrutaba al dar vida a las figuras de unos dioses en los que apenas creía. Un escenario extraño en el que sin saber por qué parecía tener un papel reservado.
El Lugar de la Verdad lo había acogido como si fuese uno de sus afortunados hijos, pero a la caída de la tarde, Nehebkau abandonaba el poblado para dirigirse al río, donde guardaba su barca. Allí pasaba la noche, envuelto en una frazada, con la vista fija en el cielo y la mirada perdida entre los luceros que salpicaban el vientre de Nut. La diosa nunca le decepcionaría y, desde su esquife, el joven le formulaba mil preguntas, convencido de que solo bajo aquel manto infinito podría obtener alguna respuesta. Estaba seguro de que ella lo escuchaba, y en ocasiones Nehebkau tenía la certeza de que la diosa le susurraba al oído para decirle que no le olvidaba; que ella cubría la tierra de Egipto y él era uno de sus hijos a quien, algún día, le haría saber cuál era su lugar.
Fue entonces cuando, por primera vez, tuvo la impresión de haber estado perdido, de desconocer cuál era su función en el gran teatro creado por los dioses. Apenas sabía de sí mismo, y mucho menos del papel que habría de representar. Su mundo había sido el río, y de repente se veía en medio de un mar sin horizonte; una extensión de agua inacabable en la que era indiferente el rumbo que pudiese tomar. Había pasado su vida refugiado en una pobre barca, la que el bueno de Akha le había proporcionado, y ahora se daba cuenta de lo anacrónico de su existencia. Por eso, al perder su mirada por entre las estrellas, Nehebkau creyó leer su mensaje. Los cielos nunca mentían, y estos le decían que él también tenía un camino predestinado, creyera o no en este; y que de una u otra forma lo seguiría. El Lugar de la Verdad le reclamaba, y Nut le hizo ver que haría mal en desoír su llamada.
Así fue como el joven perseveró en sus esfuerzos hasta asimilar conceptos en los que no creía. Miles de dioses se agolparon a las puertas de su entendimiento dispuestos a mostrarle un universo arcano, a la vez que deslumbrante, difícil de comprender. Ellos conformaban las raíces del Egipto profundo, las que constituían su auténtica esencia, las que le hacían tan diferente a los demás pueblos, y Nehebkau terminó por dejarse guiar por su mensaje, aunque en lo más recóndito de su corazón mantuviese viva la llama de su escepticismo.
Muy pronto fue requerido en la tumba que Tutankhamón había ordenado construir en el Valle de los Monos. Se trataba de un paraje majestuoso en el que imperaba el silencio y donde, aseguraban, habitaba la diosa Meretseguer, «la que ama el silencio». Las obras iban a buen ritmo, y el joven colaboraba en un sinfín de trabajos. A veces ayudaba a colocar los espejos de cobre pulido que captaban la luz solar para iluminar el interior del hipogeo, o repartía las valiosas mechas de lino impregnadas en aceite de sésamo y sal, con las que alumbrarían las profundidades de la tumba sin temor a que las paredes se manchasen de hollín. Vio cómo los canteros se abrían paso a través de la roca, y cómo los experimentados maestros excavaban el largo corredor que conduciría hasta las tres cámaras mortuorias, según los planos del arquitecto real.
Aquella labor significaba la razón de ser de los habitantes del Lugar de la Verdad, y a ella se dedicarían empleando todos sus esfuerzos hasta terminarla. Pertenecían al faraón; y por ello se encargarían de proporcionarle su morada eterna.
Nehebkau era bien recibido por los trabajadores, pues estaban convencidos de que su presencia evitaría cualquier mal encuentro con las cobras. En ocasiones hasta le llamaban para que viniera desde la aldea, pues afirmaban que el joven les daba una gran tranquilidad de espíritu. No había día en el que no hiciese alguna demostración de sus facultades, y pronto aseguraron que todas las serpientes del Valle acudían a la presencia de Nehebkau para rendirle pleitesía.
—No necesita portar el ureus en la frente, como el faraón. Wadjet siempre está vigilante para protegerle de sus enemigos —manifestó un día uno de los trabajadores.
Semejante impiedad fue pasada por alto, pues todos en Deir el Medina pensaban de la misma forma. Sin embargo, aquellos comentarios desagradaban al joven, que se molestó aún más al enterarse de que corrían habladurías acerca de la muerte de su madrastra.
—Sabes muy bien que nada tuve que ver con el desgraciado final de Reret —le dijo Nehebkau a Ipu una tarde, dando por sentado que había sido este quien había divulgado la noticia.
—Si piensas eso te equivocas —aseguró Ipu, ofendido—. Y emplazo al sapientísimo Thot como testigo por si ha de recriminármelo el día en que pesen mi alma en la sala de las Dos Justicias.
Nehebkau arqueó una ceja con incredulidad.
—No pongas esa cara —continuó Ipu—. De sobra deberías conocer el alcance de tu fama, y también el de mi amistad.
—¿Fama? Lo que le ocurrió a Reret es tan viejo como Kemet. La gente muere a diario por las picaduras de las cobras.
—Parece que no te das cuenta de la realidad —se lamentó su amigo—. Tienes un don en tus manos, el maestro Amenaankhu es consciente de ello, y sé que algún día decorarás la tumba del Horus reencarnado.
—Sin embargo, al parecer mi popularidad se debe a otros motivos.
—No deberías extrañarte por ello. Posees poder sobre lo que los demás temen. Toda Tebas conoce tus prodigios.
—Exageraciones —replicó Nehebkau con disgusto.
—Me temo, amigo mío, que hace tiempo que tu reputación cruzó el río.
El joven pescador hizo un gesto de desagrado, ya que odiaba las murmuraciones.
—Deberás acostumbrarte a las habladurías. Es el precio que tendrás que pagar por ser tutelado por Wadjet.
—Ya sabes lo que opino de eso.
—Los demás piensan de diferente forma, y me aventuro a decirte que llegará el día en el que toda la Tierra Negra habrá oído hablar de ti.
Al oír aquellas palabras Nehebkau se estremeció, y su amigo le dio unas palmadas cariñosas.
—Aquí eres bien recibido —continuó Ipu— y muy pronto dejarás de ser un semedet para convertirte en un verdadero Servidor de la Tumba. Ya lo verás.
Nehebkau se encogió de hombros y perdió su mirada entre las colinas que rodeaban el poblado. Caía la tarde, y las sombras se alargaban con rapidez bajo los cerros para crear juegos de luces impregnados de magia. Hacia el este se encontraban los primeros cultivos, cerca del río, y sin poder evitarlo sintió deseos de regresar al lugar donde guardaba su barca. Ipu le adivinó el pensamiento.
—Ningún caminante puede seguir dos veredas al mismo tiempo —dijo este, contrariado—, y la que conduce hasta aquí no tiene retorno.
—Lo sé —respondió Nehebkau mientras se aprestaba a marcharse—, y Nut me castigará por ello.