El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 34 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 4

4

Cuando Nehebkau abandonó el palacio se dirigió hacia el río, el único lugar en el que era capaz de encontrar respuestas. Sus aguas le susurraban al oído cuando este quería escucharlas, aunque su corazón no terminara por encontrar el camino que debía seguir. Siempre se había visto perdido en un laberinto del que le resultaba imposible salir, quizá porque no existía ninguna senda verdadera hacia la que dirigir sus pasos. Si ese era su destino no cabía sino aceptarlo, y de nada valían las componendas a las que se aferraba para intentar engañarse.

Al llegar a la orilla vio a Miu, que lo esperaba sentado sobre su barca. La figura del ladronzuelo se había convertido en parte de su propia realidad, sin proponérselo, aunque ambos perteneciesen a universos diferentes, distantes, que no obstante una mano se empeñaba en acercar de forma natural.

—Pensé que no volvería a verte, gran Nehebkau —dijo el truhan, al verle aparecer—. ¿Te han apaleado?

El joven hizo un gesto de fastidio, aunque se alegró de ver a Miu al cuidado de su esquife.

—Te lo pregunto porque nada bueno puede encontrar en ese lugar alguien como nosotros.

El pescador sonrió para quitar importancia al asunto.

—Los ladrones como yo sabemos bien a lo que me refiero. En la Gran Residencia, además del dios, conviven la ambición y los intereses desmedidos. Allí también se roba, no vayas a creer, aunque lo hagan de otra manera.

Nehebkau asintió, y luego relató de forma somera lo que había ocurrido.

—Shepseskaf —dijo Miu con evidente asombro—. He oído hablar de él, y no muy bien, por cierto. Al parecer por sus metus corre una sangre más divina que la del propio faraón. Aseguran que los caballos no tienen secretos para él, y que posee un carácter despótico y cruel que no se preocupa de ocultar.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—En Menfis es conocido de sobra, ya que era muy famoso en las Casas de la Cerveza que solía frecuentar hace años, siempre en compañía de viejos soldados, con los que le gusta relacionarse. A mí me parece extraño, pues ya me dirás qué necesidad tiene un hombre de su posición, que además dispone de su propio harén, de visitar una Casa de la Cerveza.

El joven se mostró sorprendido.

—Dicen quienes le conocen que le gusta mostrarse tal y como es, sin temor a las habladurías, pues por algo tiene sangre divina. En el beber no tiene medida, y cuando el shedeh le nubla el entendimiento es mejor no cruzarse con él, si no quieres terminar en el Sinaí o, peor aún, en alguna mina de oro junto a la quinta catarata, en el lejano país de Kush. Allí mandó a muchos de los que osaron mantenerle la mirada.

—Hablas de él como si se tratase de un ser terrible.

—Esa es su fama. No tiene ni idea del significado de la palabra «bondad», aunque es muy querido por el Horus reencarnado, que le honra con su amistad. Tuviste suerte de salir con bien de tu visita.

Nehebkau asintió mientras pensaba en lo que le decían.

—Bien es cierto que también es conocido por su arrojo, y que en otros tiempos hubiese sido un renombrado guerrero. Su mejor amigo es Horemheb, o al menos eso es lo que se cuenta.

—¿Horemheb?

—Así es, recuerda que te hablé de él en la fiesta del Año Nuevo.

El joven se encogió de hombros, ya que no le interesaba en absoluto la política de Kemet.

—Es el general de los ejércitos del norte. Primer consejero de Tutankhamón, junto con Ay, su tío abuelo. Afirman que ellos dos son quienes gobiernan el país de las Dos Tierras.

Nehebkau miró a su amigo con perplejidad, al ver la cantidad de chismes que conocía.

—Seguro que le impresionaste —continuó Miu con los ojos muy abiertos —. Incluso los príncipes se ven obligados a rendirse ante tus poderes, gran Nehebkau.

—Dudo haber impresionado a un hombre como ese. Además, ya sabes lo poco interesado que estoy en tales cuestiones.

—La prueba la tienes en que no te arrojó a sus guepardos. Corren historias de todo tipo acerca de ellos.

—Ya me lo imagino —fue la escueta contestación del joven, a quien no le gustaban en absoluto los chismorreos.

—Deberías no olvidar sus últimas palabras —señaló Miu con rotundidad —. Si dijo que te llamará, lo hará.