El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 32 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 2

2

 

Muy de mañana, Shepseskaf salió de palacio con la curiosidad prendida en su ánimo y un poso de inquietud en el corazón, del que no lograba desprenderse. Le gustaba madrugar, y al respirar el aire fresco de finales del invierno, percibía cómo sus sentidos se desperezaban cual si renaciera, igual que le ocurría a Ra cada amanecer, al regresar de su proceloso viaje por el Mundo Inferior. Una intensa luz se desparramaba por la ciudad hasta dar vida al último callejón, y el príncipe entrecerró los ojos para dejarse envolver con ella, mientras caminaba por las calles camino del puerto. Iba solo, sin séquito alguno ni distintivo que hiciera mención de su rango, como si se tratase de un ciudadano más dispuesto a ganarse el pan diario. Al parecer, Nehebkau acudía a las lonjas a vender su pescado cada mañana, y hacia ellas se dirigió Shepseskaf, con el paso presto que tanto le caracterizaba y un vago presentimiento que no era capaz de reprimir.

Al llegar a Per Nefer, el buen viaje, como se conocía al puerto de Menfis, el príncipe se encontró con el habitual ajetreo de los muelles, la carga y descarga de las mercancías, el ir y venir de los marineros, los gritos de los vendedores que anunciaban su género, los comerciantes dispuestos a hacer su mejor negocio, y un sinfín de aventureros que deambulaban entre la multitud listos para dar un buen mordisco a la suerte. Per Nefer era un mundo en sí mismo, quizá con sus propias leyes, y Shepseskaf lo captó al instante, sin extrañarle en absoluto. Hacía muchos hentis que no visitaba los muelles y, no obstante, le agradaba aquella atmósfera saturada de algarabía. Allí tenía lugar a diario una lucha sin cuartel en la que cada cual trataba de salir vencedor. Un combate feroz por la supervivencia, que era muy del gusto del príncipe, como todo aquello que tuviese que ver con la confrontación. En realidad, él siempre había sido proclive a mezclarse con el pueblo, a frecuentar las Casas de la Cerveza, algo impropio de cualquier miembro de la realeza, aunque con los años hubiese acabado por no salir de palacio más que para disfrutar de sus caballos y acompañar al dios en las cacerías.

En su juventud había hecho las mejores amistades entre la soldadesca. Junto a los más veteranos era capaz de pasar las horas escuchando sus historias de soldado, las que sus padres y abuelos les habían relatado, ocurridas mucho tiempo atrás, durante las conquistas de los faraones guerreros. Gestas asombrosas de las que surgían héroes de leyenda como Mehu o el inigualable Sejemjet. Le gustaba, de forma particular, el relato de la conquista de Jopa, y rememorar el ardid empleado para ello por el general Djehuty al ocultar a sus soldados en el interior de grandes cestos que dejó abandonados frente a las puertas de la ciudad, como regalo, tras retirarse con sus tropas. Aquella era una verdadera epopeya, y a Shepseskaf le hubiese gustado haber podido participar en ella.

Sin embargo, toda la cercanía que el príncipe podía llegar a demostrar a los veteranos se convertía en arrogancia y trato desagradable con quienes le incomodaban; que eran la mayoría. En su opinión, todos cuantos pululaban en la corte no eran sino intrigantes hambrientos de prebendas, cuyas ambiciones no tenían límite. Eran como el nilómetro de Elefantina, profundo hasta alcanzar la cueva desde donde Khnum ordenaba la crecida de las aguas. Su ansia no tenía fin, y pugnaban por acaparar todo el poder que les era posible a costa de una realeza que había terminado por quedar adormecida ante las fuerzas fácticas que controlaban Kemet.

Shepseskaf causaba temor a los cortesanos, con quienes ajustaba cuentas a la menor oportunidad. Una mera mirada mal interpretada podía despertar la ira del príncipe, quien a veces se divertía azuzando a sus guepardos contra cualquier infeliz que hubiera caído en desgracia.

Durante toda la mañana anduvo de acá para allá, ojo avizor, observando el ajetreo, deseoso de descubrir a quien había ido a buscar. Resultaba obvio que las palabras de Siptah no eran motivo suficiente para que él se hubiese decidido aquel día a acudir al puerto. Era otra la emoción que le había empujado a ello, un sentimiento que no podía calificar pero que, no obstante, le hablaba desde lo más profundo de su corazón, sin que fuese capaz de evitarlo. Por algún motivo necesitaba ver a aquel joven, y eso era todo cuanto le importaba.

Ra-Horakhty, el sol del mediodía, estaba a punto de situarse en lo más alto cuando le vio. El príncipe casi había desistido de su infructuosa búsqueda cuando una figura se destacó entre un grupo de pescadores que vendían su género en una de las lonjas. El pelo rojizo lo delató, y enseguida Shepseskaf se apresuró a apostarse en un lugar discreto desde el cual pudiese atender a la escena sin levantar sospechas. Unos y otros discutían acerca del precio de las capturas mientras, agachado, Nehebkau trataba de convencer al comerciante de turno de la calidad de lo que había pescado. Parecía un acto más del teatro que el príncipe había presenciado, pero al incorporarse el joven, Shepseskaf sintió que su pulso se aceleraba, así como un extraño regusto en la garganta. No había duda, el viejo orfebre no se había equivocado ni un ápice, y el príncipe se restregó los ojos de forma instintiva, incrédulo ante lo que veía. Aquel individuo era su viva imagen, una copia exacta de su persona tal y como recordaba ser cuando tenía su edad. El mismo color de pelo, la abundante cabellera que le caía sobre los hombros, idéntico rostro, su piel… Pero ¿cómo era posible? ¿Qué suerte de broma era aquella? ¿Qué hekas habían intervenido para dar forma a alguien semejante? Era como si hubiese vuelto a nacer, cual si Khnum, el alfarero, hubiese decidido regocijarse al ser autor de una broma colosal. ¿De qué otro modo podría calificarse aquello?

El príncipe tragó saliva con dificultad al tiempo que le observaba con mayor atención. Aquel joven hacía sus mismos gestos, sus habituales ademanes, y hasta se movía igual. Asombrado, se fijó entonces en sus formas, en su fuerte complexión, en el porte aristocrático que exhibía, en el modo en que miraba a los demás. Sin proponérselo, había verdadera autoridad en aquella mirada, y cuantos le rodeaban parecían tenerle un gran respeto.

En un momento determinado, Nehebkau dirigió su vista hacia donde se encontraba el príncipe y al cruzarse con la de este, Shepseskaf se agitó aún más, hasta tener la impresión de que se hallaba ante un fantasma, un espectro surgido de lo impensable, una especie de aparición para la que no encontraba respuestas. De manera inconsciente buscó en su interior cualquier luz que pudiese esclarecer semejante conjuro, pero no pudo. Sus metus se habían convertido en cauces en poder del torbellino, y su memoria en una vorágine de escenas en las que buscar una contestación razonable. Entonces vio cómo aquel joven se marchaba, con un par de hogazas de pan y un trozo de queso, el precio que había acordado por el pescado, y el príncipe volvió a indagar entre sus recuerdos ante lo que parecía imposible. Sin embargo…

Durante unos días Shepseskaf pensó en lo ocurrido, dispuesto a esclarecer aquel misterio. Se convenció de que la respuesta se encontraba en el brazalete, aunque una parte de él se negara a aceptar lo que jamás hubiese deseado. Su humor se volvió insoportable, y mandó azotar a cuantos tuvieron la desgracia de sufrirlo; incluso llegó a amenazar al mayordomo de su casa con ofrecérselo de premio a los guepardos. Todos los que le servían le rehuían, y las mujeres de su harén se sintieron aliviadas al no verle aparecer por el gineceo.

Por fin una tarde tomó una decisión, y al punto ordenó ir a buscar a aquel joven para que lo trajeran a palacio; así lo escribía y así debía cumplirse.