El sueño de Tutankhamón
El libro del Faraón
1
Shepseskaf entrecerraba los ojos mientras se deleitaba con aquel elixir. Era un vino excelente, de los mejores que se pudieran desear, que pertenecía a los viñedos que él mismo poseía en Buto, quizá los pagos más famosos de Kemet. Eran dignos de un dios, y él se vanagloriaba de ello a la primera oportunidad, convencido de que nadie más podía presumir de algo semejante. A Shepseskaf solo le interesaba lo exclusivo en todas sus formas, por algo era príncipe de Egipto, y además de la más vieja alcurnia. Su nombre lo decía todo, pues con este había subido al trono el último rey de la IV Dinastía, hijo del inmortal Micerinos por más señas, mil años atrás. Ya nadie se llamaba de ese modo, pero él se mostraba orgulloso de aquel nombre, y no había día en el que no agradeciese a su madre el que le bautizaran de semejante forma. Se sentía diferente a cuantos le rodeaban, siempre había sido así, incluso en los tiempos en los que había acompañado a su real primo, Akhenatón, como auriga.
De este no es que guardara un buen recuerdo, pues durante toda su vida le había parecido una especie de mesías, incapaz de llevar a efecto los planes que ya en su día había llegado a forjar su abuelo. No era la persona idónea para portar la doble corona, y los resultados de su penoso reinado así lo habían confirmado. En realidad, poco había tenido que ver con él, pues desde que tuviese memoria había pensado que aquella rama de la familia estaba condenada al fracaso.
Shepseskaf se consideraba un legítimo descendiente de los faraones guerreros. Creía haber nacido fuera de su tiempo; que, en épocas de su bisabuelo, Amenhotep II, hubiera podido seguirle en sus campañas contra el vil asiático, para demostrar su bravura, su espíritu belicoso, del que sin duda el faraón se hubiese sentido satisfecho. Sin embargo, los dioses habían decidido otra cosa, y en demasiadas ocasiones el príncipe se había sentido víctima de una broma colosal, de una injusticia inaudita, de un atropello al privarle de tener la vida que siempre había deseado: combatir.
Toda aquella energía, su espíritu guerrero, su arrojo, se había visto obligado a amoldarlo a un periodo de la historia en el que Kemet había estado en paz. Ni una sola campaña, ni un enfrentamiento digno de mención, si acaso alguna escaramuza contra el odiado kushita, despreciable para alguien de su alcurnia. A los treinta y ocho años de reinado de Amenhetep III le habían seguido los diecisiete de su hijo Akhenatón, en los que Egipto no se había levantado en armas. Demasiados hentis para un brazo como el suyo, siempre dispuesto a empuñar las armas a la menor oportunidad.
Tales circunstancias habían tenido una clara influencia en el carácter del príncipe, ya que su ardor guerrero no satisfecho había terminado por convertirle en un hombre violento, en ocasiones hasta pendenciero, siempre dispuesto a avasallar a quien se atreviese a oponérsele, al que no importaba en absoluto dar muestras de su crueldad. Su arrogancia era bien conocida, y nadie se atrevía a contradecirle, y mucho menos a desafiarle.
En cierto modo se hallaba condenado a su suerte, pues nunca había sido feliz. El amor no era un sentimiento desconocido para él, aunque las mujeres fuesen su debilidad por otros motivos. Las frecuentaba cuanto le era posible, daba igual la condición que tuvieran, como si en verdad se tratase de una necesidad difícil de saciar. Sin embargo, su verdadera pasión eran los caballos, a los que quería sobre todo lo demás y a los que dedicaba la mayor parte de su tiempo desde que tuviese uso de razón. Los tenía en mayor consideración que al resto de su familia, y muchas noches hasta dormía con ellos, ya que aseguraba a sus más allegados que eran los únicos capaces de entenderle; sus mejores amigos. Junto a estos había pasado sus momentos más felices, y en ellos se había refugiado durante los insufribles años transcurridos en Amarna, donde se instaló la corte para servir al faraón.
Aún recordaba con pesar su vida en aquella ciudad, la locura a la que se entregó su primo, el Horus reencarnado, al perseguir las antiguas tradiciones hasta conducir a la Tierra Negra a la ruina; las intrigas sin fin que tenían lugar en Akhetatón; la ambición desmedida de todo aquel ejército de los llamados «hombres nuevos», siempre dispuestos a medrar al precio que fuese y, sobre todo, la insoportable visión de una familia real a la que terminó por aborrecer. En su opinión, la influencia que Nefertiti había tenido sobre su esposo había sido nefasta, y también la de sus seis hijas. Shepseskaf consideraba que eran unas meonas que habían terminado por apartar a Akhenatón de sus obligaciones para con Kemet, para hacer de él poco menos que un profeta visionario que había abandonado Egipto a su suerte. En aquella capital, creada de la nada, el príncipe había perdido los mejores años de su vida, y era su deseo no regresar a ella jamás.
Por fortuna los dioses habían terminado por devolver la cordura al país de las Dos Tierras, y un nuevo faraón se había avenido a devolverle su gloria pasada. La corte se había trasladado a Menfis, donde Tutankhamón se había entronizado con el nombre de Nebkheprura. A él servía Shepseskaf como «maestro de caballos», ya que al rey niño le fascinaban estos animales, así como las bigas, y el príncipe lo acompañaba como auriga durante las cacerías a las que el faraón era tan aficionado.
Shepseskaf salió de sus reflexiones mientras volvía a paladear el vino, y al punto observó a sus guepardos, que dormitaban junto a sus pies. Eran dos magníficos ejemplares con los que le gustaba salir a cazar por la meseta de Gizah en cuanto le era posible. Los tenía en gran estima, pues eran los únicos capaces de entender su naturaleza, de compartir el ardor que corría por sus metus ante la emoción que le proporcionaba la mera visión de la caza. Pertenecían a su misma especie y eso era todo cuanto le importaba.
Al poco el príncipe regresó a sus pensamientos. Esa misma tarde había recibido una visita que, tras despertar su interés, había acabado por dejarle sumamente intrigado. Se trataba de Siptah, un viejo orfebre al que conocía desde hacía muchos años y tenía en la mayor consideración. Este había llevado a cabo algunos encargos para el príncipe, siempre a su plena satisfacción, en los que había dado muestras de su bien ganada fama. Era notorio que la tía de Shepseskaf, la difunta reina Tiyi, había sentido una indisimulada predilección por el artista, y que Nefertiti también le había confiado diversos trabajos, pues era muy aficionada a la joyería. Por todo ello, el príncipe había coincidido con él en Tebas y también en Akhetatón, donde tenía su propio taller, y aún recordaba alguna de las obras de belleza sin par que habían salido de sus manos. Sin embargo, el motivo de aquella visita obedecía a otras cuestiones que terminaron por agitar el corazón de Shepseskaf.
—Tu visita constituye toda una sorpresa, noble artesano, así como tu insistencia en que te recibiera, pues sé que quieres verme desde hace días. Siento no haberlo hecho antes, pero mis caballos han necesitado todas mis atenciones durante los últimos tiempos.
Siptah hizo una leve reverencia para quitar importancia al asunto.
—Ahora más que nunca me debo a mis nobles animales, ¿sabes? — continuó el príncipe—. Solo en ellos encuentro satisfacción, y ya te adelanto que no tengo intención de hacerte ningún encargo.
El orfebre asintió, a la vez que hacía un ademán con el que daba a entender que lo comprendía perfectamente.
—Atrás quedaron los días en los que agasajaba a las damas a la menor oportunidad, y te encargaba collares y todo tipo de exquisitos abalorios. Gasté una pequeña fortuna contigo.
—Lo recuerdo, mi príncipe. Siempre me infundiste un gran respeto.
Este asintió, como si aquello fuese lo más natural. Luego prosiguió.
—Hubo un tiempo en el que las mujeres llegaron a consumir mis metus, hasta envenenar mi corazón. Ahora sé que el amor no es más que un fraude.
Siptah volvió a asentir, pues poco tenía él que opinar al respecto. Al ver su expresión Shepseskaf lanzó una carcajada.
—Olvidaba que no tenías esposa. Al menos durante la época que pasaste en Amarna —señaló el príncipe, divertido.
—Hathor nunca se fijó en mí; qué le vamos a hacer.
—Eso que ganaste. La diosa del amor bien pudiese ser la de la perfidia. Lo que te da con una mano es capaz de arrebatártelo luego con las dos, para reírse a tus espaldas. Honrarla es una pérdida de tiempo y suele resultar costoso.
—Al menos a mí me dio trabajo.
El príncipe volvió a reír, en tanto ofrecía vino a su invitado.
—Y supongo que también esclavas —apuntó, malicioso—. Algún vástago habrás tenido de ellas.
—Me temo que cuando Anubis venga a buscarme no tendré quien me llore, aunque confío en que las plañideras me acompañen hasta mi última morada. Al menos he pagado el sepelio por adelantado.
—Ja, ja. Bueno en eso nos parecemos. A pesar de mis incontables amantes yo tampoco tengo hijos.
El orfebre desvió la mirada un momento y su gesto se ensombreció. El príncipe lo observó con atención.
—Dime a qué debo tu visita —quiso saber este tras llevarse la copa a los labios.
Siptah pareció dudar un instante antes de responder.
—Hace unos meses, un joven se presentó en mi casa, de forma inesperada, para pedir mi opinión sobre un objeto en particular.
Shepseskaf enarcó una ceja, burlón, pues consideraba dicho hecho como algo natural.
—No era una pieza cualquiera —se apresuró a continuar el orfebre—, sino una joya de extraordinaria belleza que enseguida me resultó familiar.
Sin saber por qué, el príncipe se mostró interesado.
—¿Dices que se trataba de una joya singular? —inquirió.
—Espléndida; y de incalculable valor. Me pareció muy antigua, y al examinarla con más detenimiento pude fecharla como perteneciente a la XII Dinastía, a principios diría yo, hace casi quinientos años.
El príncipe frunció el entrecejo, sin dejar de mirar a su visitante.
—Como te dije antes —apuntó el artista—, me resultó familiar, aunque no recordaba dónde la había visto.
—¿Qué clase de joya era? —preguntó Shepseskaf con evidente interés.
—Se trataba de un brazalete; genuino donde los haya.
—¿Un brazalete?
—Así es, mi príncipe. Magnífico; digno del señor de las Dos Tierras.
—Háblame de él, dime cómo era —se precipitó a decir el aristócrata.
Entonces Siptah le explicó cada uno de los detalles que ornaban la pieza, las soberbias piedras que la adornaban, sus misteriosas inscripciones. Al terminar, a Shepseskaf se le demudó el rostro.
—Fue por casualidad que, meses más tarde, recordé su procedencia, dónde lo había visto y a quién pertenecía. —El orfebre observó un instante, temeroso, a su anfitrión, y tragó saliva antes de proseguir—. El lugar era el palacio de Per Hai, en la ciudad de Tebas, y tú lo llevabas en uno de tus brazos.
—¿Estás seguro de lo que dices? —preguntó Shepseskaf en tanto hacía esfuerzos por ocultar su turbación.
—Completamente, mi príncipe. Te vi con él muchas veces mientras conducías tu carro.
Shepseskaf soltó un soplido, y al punto juntó ambas manos bajo su nariz, como si reflexionara.
—Háblame de ese joven. Quiero saber más acerca de él.
—Ese es el motivo de mi visita, gran Shepseskaf. Me pareció inaudito que alguien como él pudiese poseer semejante joya.
—¿Era de condición humilde?
—Un simple pescador, al parecer. Se presentó en compañía de un verdadero bribón.
—¿Se trata de ladrones? ¿Crees que robaron el brazalete?
—Miu, que así se llama el pillastre, es un truhan bien conocido en la ciudad, aunque el joven que iba con él distaba de parecer un ladrón, incluso tenía un porte distinguido. Dudo que haya podido robar una joya como esa a alguien como tú, mi señor.
El príncipe pareció recapacitar ante lo que escuchaba.
—Una vez poseí un brazalete como el que aseguras haber visto. Pero hace ya muchos años que me desprendí de él —dijo Shepseskaf, como para sí.
—Ignoro dónde lo hayan podido encontrar —apunto Siptah, no sin cierto temor por verse implicado en un asunto como aquel.
—¿Cuál era el nombre de ese joven? —preguntó el príncipe de repente.
—Se hace llamar Nehebkau, mi señor.
—¿Nehebkau? Vaya. Buen nombre se ha buscado. El dios mitad hombre y mitad serpiente.
—Este es otro de los aspectos misteriosos del asunto. El joven es de sobra conocido en la capital. En cada esquina se puede oír su nombre, pues como te apuntaba es muy popular.
—¿Popular? ¿Qué quieres decir?
—Muchos se acercan a él para que les dé su bendición o los proteja de los peligros que acechan a diario.
—¿Acaso es un heka? ¿Un hechicero que embauca al populacho?
—No, gran príncipe. Al parecer posee poderes sobre las serpientes. En las calles aseguran que es el hijo de Wadjet.
Shepseskaf no pudo reprimir una carcajada, aunque al momento se repuso pues se sentía interesado por lo que el viejo le contaba.
—¡El hijo de Wadjet! —exclamó—. No había escuchado nada igual.
—Yo mismo presencié lo que fue capaz de hacer hace tan solo unos días, frente al templo de Ptah.
Entonces Siptah relató lo ocurrido aquella tarde, y la increíble escena que tuvo lugar con las cobras, así como el desenlace. Shepseskaf no perdió detalle, y al oír cómo ambas cobras se transformaban en una especie de ureus, se sintió sorprendido.
—¿Cómo es ese tal Nehebkau? ¿Qué aspecto tiene? —quiso saber.
—He aquí otro de los misterios que envuelven a ese joven, pues al verlo de nuevo, la luz se hizo en mi corazón y fui capaz de recordar la procedencia del brazalete.
—¿Cómo fue posible tal cosa?
—Al joven le había crecido el cabello, que ahora es abundante y tan rojizo como el tuyo, mi príncipe, y espero que me perdones por lo que he de decirte. Es tu viva imagen.
Al escuchar tales palabras, Shepseskaf se agitó íntimamente, y tuvo que hacer esfuerzos por mantener la compostura.
—Mi viva imagen —musitó al cabo—. Imposible. ¿Acaso ignoras que mi abuelo fue el gran Tutmosis IV?
Siptah agachó la cabeza, sabedor de lo que podía ocurrirle si ofendía a aquel hombre. En más de una ocasión le había visto manejar el látigo, ya que se vanagloriaba de no necesitar a nadie si quería dar un escarmiento. Hubo un tiempo en el que sus desafíos llegaron a ser famosos en la corte, aunque fueran muchos los que pensaran que abusaba de su posición, pues nadie tenía permiso para enfrentarse a un miembro de la realeza. Sin embargo, Shepseskaf no lo necesitaba; él se las bastaba para arreglar sus asuntos a su conveniencia, y nadie osaba oponérsele, ya que en el combate no tenía rival. Los que le conocían bien aseguraban que hubiese sido un gran guerrero, digno de acompañar a cualquiera de sus belicosos ancestros, Tutmosis III, o su hijo, Amenhotep II. Junto a este último, sin duda, hubiera sido plenamente feliz. Shepseskaf poseía una naturaleza cruel, muy acorde con el temperamento de su bisabuelo, al que decían que se parecía mucho. Por todo ello, el viejo orfebre no se atrevió a levantar la mirada del suelo, arrepentido de haber confiado todos aquellos detalles al príncipe.
—Si ese joven regresa de nuevo a tu casa, házmelo saber —señaló Shepseskaf en tanto perdía la mirada en algún lugar que solo él conocía, quizá entre sus recuerdos más profundos.
—Será como ordenes, mi príncipe —se apresuró a decir el viejo, aliviado de no haber sido azotado.
Tras retirarse Siptah, Shespseskaf permaneció durante un buen rato abstraído en sus reflexiones. La historia que le habían relatado resultaba inaudita, difícil de creer, pero no obstante le turbó sobremanera, como si se tratase de una amenaza cierta para su persona. Era indudable que un príncipe de Egipto como él poco tenía que temer de ello, aunque por algún motivo sintió una profunda desazón en su corazón, de la que no fue capaz de librarse. Conocía al detalle aquel brazalete, su antigüedad y, por supuesto, lo que significaba. Poseía su propia historia, como todo lo valioso, que llegaba a ser centenaria. La pieza en sí encerraba un mensaje, y Shepseskaf se lamentó de que, después de tantos años, hubiese salido de nuevo a la luz. Él la creía olvidada para siempre; pero no obstante…
Después de meditar sobre ello largo rato, pensó en su nuevo dueño. Al parecer se trataba de un joven encantador de serpientes, famoso en la ciudad, a quien el pueblo veneraba como si se tratase de un dios. Decían de él que era hijo de Wadjet, y semejante idea hizo que el príncipe esbozara una sonrisa displicente, pues no creía en semejantes cuentos. En la misma corte abundaban los hekas, que se ganaban la vida con sus hechicerías y engañifas. Él mismo había presenciado todo tipo de prestidigitaciones, y lo que algunos eran capaces de hacer con las cobras. Estos eran animales divinos, temidos a la vez que respetados, cuya imagen mantenía un nexo con la realeza que resultaba inquebrantable. Wadjet era la primera defensora del Horus reencarnado, y por este motivo se mantenía fusionada a su corona.
El nombre de Nehebkau se le antojó grandilocuente, y en el mejor de los casos una exageración. Hacerse llamar como un dios tenía sus ventajas entre el populacho, aunque al príncipe no le sedujese que alguien con semejante apelativo tuviese el brazalete que un día le perteneciera a él. Sobre este particular poco tenía que añadir, independientemente de que aquella alhaja hubiese sido o no robada. En su opinión el destino era soberano, y a él estaban sujetos hasta las joyas más preciadas.
Sin embargo, se sorprendió de que aquel joven no estuviese interesado en vender el brazalete. Siptah le había asegurado que no tenía la menor intención de hacerlo, e incluso que se había sentido ofendido por ello, y esto fue lo que condujo al príncipe a cavilar aún más sobre el asunto. Que aquel peculiar encantador tuviese el cabello rojizo no era un hecho extraño, en el Bajo Egipto había muchos pelirrojos, aunque sí lo fuera que además poseyera un brazalete como aquel y tuviera los ojos azules. El viejo orfebre aseveraba que se parecía a él, y el príncipe recordó la época en la que vivió en Tebas y en Amarna. Durante aquellos años llevaba el pelo largo, casi hasta los hombros, y al pasar en su carro al galope por la avenida real de Akhetatón, cuantos le veían aseguraban que el Atón enviaba sus divinos rayos sobre la cabeza del príncipe para teñirlos con el color del sol al atardecer. Ahora tenía la testa tonsurada, como correspondía a un príncipe de su edad, aunque seguía manteniendo la imponente figura de la que siempre había hecho gala, y el porte majestuoso que, decían, había heredado de su bisabuelo. A sus cuarenta y tres años su fuerza continuaba siendo portentosa, al igual que su destreza con los caballos y la capacidad para ingerir cuanto vino se le antojara. Así era Shepseskaf, «maestro de caballos» del faraón, quien tras apurar de un trago el vino que aún quedaba en el ánfora, decidió que era el momento de conocer al misterioso joven al que, según aseguraban, Wadjet en persona tutelaba.