El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 82 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 52

52

Nehebkau fue testigo preferente de lo que ocurrió. Después de que Tut iniciara su impetuosa salida, el tebano trató de seguirle de la mejor manera posible, dadas las circunstancias. Hacía mucho que no veía sobre el pabellón de caza una niebla tan pertinaz, aunque celebró que hacia el oeste los bancos se disiparan y mejorara la visibilidad. Aun así, las formas parecían difuminarse por efecto de la bruma y cuando, al fin, localizó el carro del faraón tuvo la impresión de que se trataba de una visión engañosa, como si en realidad todo formase parte de la fantasía.

Sin embargo, los gritos con los que el dios animaba a los caballos eran reales, y tan nítidos que el tebano podía imaginarse sin dificultad el semblante del rey llevado por el arrebato. Lo había visto tantas veces que podría dibujarlo con facilidad en una ostraca. El ka de Tutankhamón mostraba en aquella hora su verdadera esencia y el soberano lo seguía, embargado en la emoción que le producía encontrarse consigo mismo, tal y como era en realidad.

El joven siempre aseguraría que había asistido a una especie de danza macabra, tamizada por los elementos. La tenue neblina iba y venía para terminar por dejar el ambiente bañado en vapor. Las figuras cobraban así una nueva dimensión, como si se tratara de uno de aquellos cuentos, tan en boga cinco siglos atrás, de los que se extraían máximas sapienciales que eran muy del gusto de la sociedad de aquel tiempo. Todo era posible, y al ver el tebano la forma temeraria en que conducía el faraón, tuvo la certeza de que este desafiaba a la suerte. Él mejor que nadie sabía lo caprichoso que podía ser Shai, y al instante azuzó a las caballerías para detener aquel baile que podía conducir a la desgracia.

Resultaba evidente que a Tutankhamón no le preocupaban los riesgos que corría y, ya más próximo al rey, el tebano pudo observar los botes que aquel daba sobre el cajón de su carro, y lo poco que parecía importarle su discapacidad. Por motivos que no alcanzaba a comprender, Nehebkau tuvo la impresión de que en aquel oryx se hallaban representados todos los males y desgracias que habían acuciado al faraón durante su corta existencia, y que en su alocada persecución se encontraba la posibilidad de acabar con ellos para siempre; el enterrar sus desventuras en lo más profundo de la inmensa necrópolis de Saqqara para, de este modo, convertirse en un hombre nuevo, liberado de su infortunio, cual si la sangre de la presa que se aprestaba a cobrar pudiese limpiar su propia maldición.

Ya próximo a la escena el tebano vio cómo, en su persecución, el dios maniobraba para dirigirse a un cercano wadi en el que la bruma se hacía más persistente, al tiempo que tomaba su arco para finiquitar la caza. Entonces, de improviso, el carro se desestabilizó por completo y el dios salió despedido a una distancia considerable, mientras su biga terminaba por volcar con gran estrépito. La representación que había tenido lugar terminaba súbitamente de forma espantosa, y Nehebkau tuvo el convencimiento de que estaba a punto de asistir al final de un drama en el que él mismo había participado; escrito desde el día en el que el faraón había venido al mundo.

Lo primero que oyó el joven fue el relincho de los caballos, aunque enseguida llegaran hasta sus oídos los gritos de dolor proferidos por su amigo. Había verdadera desesperación en ellos, cual si el rey lamentara terminar de aquella manera, impropia del soberano que siempre había soñado ser.

Nehebkau bajó de su carro presto a socorrer al dios, que gemía mientras se llevaba ambas manos a su pierna. El joven trató de calmarle, y no sin dificultad le hizo apartar las manos para comprobar el alcance de la lesión, en tanto el rey se agitaba presa del dolor. Al ver la herida al tebano se le demudó el rostro, y tuvo que hacer un gran esfuerzo por disimular la impresión que le causó. La pierna de Tutankhamón se había roto por completo, y su fémur sobresalía en parte por encima de la rodilla izquierda, que se encontraba cubierta de sangre. Por unos instantes al joven le abandonaron los juicios, consciente de la gravedad, pero enseguida trató de reponerse para animar a su señor.

—No es para tanto —disimuló como mejor pudo—. Los sunus de palacio te curarán antes de lo que te piensas y muy pronto volveremos a cazar. Aguanta, amigo. No olvides que en tu corazón ruge el león.

Al poco llegó una parte del séquito que los acompañaba, y entre todos colocaron al faraón en el carro de su amigo como mejor pudieron.

—Yo lo llevaré —señaló este con gravedad—. Adelantaos a palacio para que vengan a prestarnos ayuda.

Nehebkau condujo su biga de vuelta al pabellón con el mayor cuidado, pues cada irregularidad del terreno causaba un gran dolor al faraón, quien yacía sobre el cajón hecho un guiñapo. El sol había terminado por abrirse paso, y el cielo lucía límpido, sin una sola nube, para confundir su intenso azul con las amarillentas arenas que se perdían en el horizonte. La extensa planicie volvía a la vida, en tanto el dios se lamentaba ante el temor de poder perder la suya.

Aquel trayecto al joven se le hizo eterno y no pudo dejar de pensar en la crueldad que, a veces, los padres creadores demostraban a sus hijos. Tutankhamón tenía una pierna destrozada, la misma que a través de los años se había ido deteriorando de forma paulatina. Al tebano no se le ocurría una suerte peor, aunque hacía ya demasiado tiempo que pensaba que las casualidades no existían. Todo había estado en contra de aquel faraón desde el principio, y dudaba que en aquella hora los dioses fuesen a favorecerlo. Se le antojó que sería un final demasiado triste, injusto para alguien que había aceptado el hecho de que Khnum lo desproporcionara al darle forma en el vientre materno. Sus anchas caderas, propias de una mujer, y su maltrecha pierna no habían supuesto ningún impedimento para que el rey hubiese luchado por convertirse en el hombre que deseaba ser. Cualquier otro en sus circunstancias se hubiese hecho acompañar por un auriga durante las cacerías, pero Tutankhamón nunca lo permitió y, a pesar de la tragedia sufrida, esa sería su grandeza.

Ya próximos a las pirámides de Gizah, los médicos salieron a su encuentro. Pentju, el sunu personal del dios, fue el primero en atenderle, y al observar el alcance del traumatismo dirigió una discreta mirada a sus colegas, sombría donde las hubiera, en la que Nehebkau pudo leer el pesimismo.

Los sunus hicieron cuanto pudieron. Eran los mejores de la Tierra Negra, cuyos conocimientos alcanzaban hasta donde los dioses lo permitían. Enseguida trataron de calmar el dolor con tisanas de amapola tebana en las que Pentju incluía el cáliz, pues sabía que por algún motivo ello aumentaba considerablemente los efectos de aquel narcótico. Ningún médico de Egipto se hubiera atrevido a tratar un mal semejante. Pero era el dios quien se encontraba postrado, y sus sunus al unísono pronunciaron la consabida frase: «he aquí una enfermedad que trataré», sin importarles que no fuesen capaces de salvarle la vida.

La fama de los médicos egipcios al tratar todo tipo de heridas y fracturas era proverbial, y Pentju, junto a sus colegas, redujeron la del faraón con una habilidad asombrosa. Hacía muchos años que los sunus conocían las tracciones para colocar adecuadamente los huesos, y en aquel caso hicieron gala de una gran pericia para no dañar más el resto de la pierna, ya de por sí en malas condiciones, y evitar que la fuerza de los poderosos músculos hubiese superpuesto los fragmentos del hueso unos sobre otros. El fémur quedó alineado, pero la rotura abierta había provocado destrozos junto a la rodilla que, sin duda, causarían complicaciones. Era seguro que se produciría una infección, y para evitarla Pentju cubrió la herida con la mejor miel de Egipto, al tiempo que inmovilizaba la pierna con cuatro tablillas de madera

forradas con lino, que luego vendaron y aseguraron con un nudo de rizo[66].

—Quizá deberíamos haber aplicado grasa de buey para ensuciar un poco la herida y hacer que aparezca el «pus loable» —apuntó uno de los sunus.

Pero Pentju negó con la cabeza, pues dada la mala salud del rey era fácil excederse en el cálculo de la cantidad apropiada.

—Trataremos el mal cada día, pero me temo que estamos en manos de los dioses —se lamentó el médico real, que parecía pesimista—. Es preciso que los sacerdotes de Sekhmet apacigüen a la diosa con sus ofrendas, y pidan su favor. El dios lo va a necesitar.