El sueño de Tutankhamón
Capítulo 21
21
Nehebkau remaba sobre su vieja barca hacia el corazón del río, allí donde la corriente era más fuerte. Era mediodía, y Ra-Horakhty invitaba a disfrutar del final del otoño, después de que las aguas hubiesen abandonado los campos para dejarlos pintados de negro; cubiertos por el limo benefactor que fecundaría la tierra. Sin embargo, el joven bogaba absorto en sus pensamientos, sin reparar en el magnífico espectáculo que ese día brindaba la naturaleza. Era portador del mal, y ahora comprendía cuál era el origen de todas las desgracias que, de una u otra forma, habían salpicado su camino. Muchos habían sufrido por esta causa, pues no tenía dudas de que la sabiduría de Meresankh sobrepasaba el entendimiento de aquel pobre pescador. En el fondo siempre sería el hombre del río, como muchas veces le llamaba su esposa, aunque ahora fuese capaz de construir una tumba para el dios. Esa era la realidad.
Al fin llegó a donde quería. Aunque conocía bien el río dejó de remar, ya que la corriente en ese lugar podía llegar a ser peligrosa. Era el sitio adecuado, y de inmediato se dispuso a hablar con Hapy, el único dios con el que había tenido tratos durante su juventud, para contarle lo que ocurría y hacerle partícipe del final de aquella historia. Debía pedirle permiso, a pesar de que estaba seguro de que el señor del Nilo le ayudaría a cerrar el último capítulo de un papiro escrito con sangre inocente. Los genios del Amenti se habían encargado de ello; aunque fuese su propia madre la que les hubiese proporcionado el cálamo.
Le habló de Meresankh, y también de Ranefer, y al escudriñar bajo las aguas estuvo seguro de que Hapy le observaba con gesto compasivo, y le animaba a terminar con tanta desgracia. Nehebkau asintió, y acto seguido tomó el brazalete para mirarlo unos instantes. En él estaba la mayor parte de su vida, el por qué se encontraba allí. Sin embargo, había llegado la hora de romper su vínculo, de hacerlo desaparecer para siempre de la memoria de los hombres, pues jamás debía adornar ningún otro brazo. El tebano suspiró, y acto seguido lanzó el brazalete al río, allí donde la corriente pudiese llevarlo lejos, quizá hasta el Gran Verde, el reino que gobernaba el iracundo Set, pues no en vano era a este a quien pertenecía.
Aquella misma noche volvieron a admirar los luceros. En realidad, lo harían durante toda su vida, aunque siempre recordarían la hora en que por fin las cuentas contraídas con los dioses habían quedado saldadas para siempre. El Nilo había terminado por convertirse en juez supremo, para exonerar a Nehebkau de toda culpa y condenar a aquel brazalete al olvido eterno. Todo lo ocurrido formaba parte del pasado y, al observar el cielo, el tebano fue capaz de leer por primera vez los mensajes escritos en el firmamento. En ellos se hallaba su futuro, lo que habría de venir, y el joven se sintió tan impresionado que no pudo evitar volver a mirar dentro de sí mismo para lamentar su ceguera. Había caminado a oscuras durante toda su vida y, no obstante, los dioses de los que tanto había abominado le habían enseñado una lección que jamás olvidaría.
Ahora sabía que las cosas no ocurrían porque sí, que todo tenía un propósito, y que la suerte no era sino una palabra a la que muchos se aferraban para tratar de explicar lo inexplicable. Sin embargo, la explicación resultaba sencilla: todo obedecía a un orden establecido que había que mantener; un orden que los hombres trataban de transgredir a la menor oportunidad, llevados por su compleja naturaleza. Pero al final todo volvía a su equilibrio, pues existía una armonía inmutable sujeta a leyes que eran inalcanzables, al haber sido transcritas por el cálamo de Thot, el más sabio de todos los dioses.
Nehebkau por fin las comprendía, así como que los padres creadores habían terminado por ser magnánimos con su persona, al otorgarle los bienes más preciados para cualquier habitante del Valle: el amor y una senda recta que seguir. Ellos le habían perdonado, y con cada una de las ofrendas que él les hiciera a lo largo de su vida, purgaría el recalcitrante agnosticismo del que el tebano había hecho gala durante su anterior existencia.
Lo que hoy está arriba, mañana estará abajo. Esta frase que tantas veces oiría repetir a su esposa se convertiría para él en una verdad absoluta. Formaba parte de la vida, y se congratulaba de poder comprenderla en toda su magnitud. Ya no tenía duda de que los astros les hablaban, aunque su lenguaje solo pudiese ser entendido por los iniciados. De alguna forma Meresankh era capaz de comunicarse con ellos, como él lo hiciese con las cobras. Así era la Tierra Negra, un país edificado sobre la magia. Sin esta, nada de cuanto le había ocurrido hubiese sido posible. Nehebkau tenía veinticinco años, pero parecía que hubiese vivido cien. Demasiados, según su criterio, aunque Meresankh le asegurara que llegaría a alcanzar los ciento diez; la «edad perfecta», según los textos sapienciales.
Al contemplar el vientre de Nut junto a su esposa, él también creía ver a Kahotep y Neferu sonreírles desde lo alto, e incluso al viejo Akha, al que nunca había visto reír. Seguramente este se sentiría orgulloso al ver el resultado de su buena acción al haberlo recogido, y el tebano imaginaba que brindaría por ello cada noche en compañía del resto de los luceros, complacido por haber seguido a su corazón como debía.
Meresankh estaba embarazada, y la joven maga aseguraba que Hathor les enviaría una niña que se convertiría en la luz de sus ojos. Ella ya había pensado en cuál sería su nombre, y Nehebkau no se sorprendió al saber que se llamaría Neferu. Así debía ser, pues de este modo su recuerdo los acompañaría durante toda la vida, aunque ahora ocuparía el lugar que le correspondía.
Nebkheprura también poseía su propia estrella. Nehebkau la había buscado entre las circumpolares, las que no conocían el descanso, hasta encontrarla. Allí estaba Tutankhamón, pues era la que correspondía a un dios, para velar por Kemet como siempre había deseado. El tebano lo amaría toda su vida como a un hermano, y cada noche le diría que a pesar de sus desventuras el joven faraón las había vencido, aunque fuese a su manera, y que sus buenos propósitos alcanzarían la eternidad. El sueño de Tutankhamón no moriría jamás.