El sueño de Tutankhamón
Capítulo 15
15
Más allá de su contribución a la comunidad, Meresankh poseía un mundo interior que solo le pertenecía a ella. Ese era su refugio, la fuente de donde procedía su magia, el lugar donde se alimentaba su ka. Este era quien en realidad daba luz a su persona; el que se encargaba de hacerla brillar a los ojos de los demás; quien dibujaba el aura que siempre la acompañaría, de una intensidad que todos percibían, de una u otra forma, como si se tratase de una parte más del misterio que envolvía a la joven. Sus artes adivinatorias eran una característica más de su enigmática personalidad, y muchos aldeanos acudían a ella en busca de explicaciones para las cuestiones más extravagantes, aunque hiciesen hincapié en el significado de los sueños.
Todas las clases sociales creían firmemente que los sueños eran mensajes que, correctamente interpretados, permitirían adivinar el futuro. El mismo Tutankhamón había sido muy aficionado a escuchar de labios de sus magos el significado de los suyos, y en el Lugar de la Verdad sus habitantes no iban a ser menos. Claro que Meresankh se negaba a formar parte de ello, sabedora de las consecuencias que esto podría provocar, y también de lo hilarantes que llegaban a ser muchos de aquellos sueños. Velaba por la comunidad a su manera, y solo atendía a las palabras que, desde el cielo, el reino de Nut tuviese a bien comunicarle. No existía una magia mayor que la que habitaba entre las estrellas, la única con la que comulgaba, y de la que se empapaba cada noche como si necesitara de ello para seguir existiendo. Gracias a esta había podido leer con facilidad lo que para el resto resultaba imposible; comprender lo que se escondía detrás de su tragedia; interpretar aquel oscuro lenguaje que en tantas ocasiones llenaba de dolor a los habitantes del Valle.
Muchos pagaban injustamente por las traiciones de otros, y la joven no tenía dudas de que dichos dramas formaban parte de otros propósitos que se nos escapaban; que eran necesarios para cumplir con leyes que procedían del cosmos; incomprensibles a nuestros corazones. Con ello los dioses se cobraban deudas del pasado, al tiempo que abrían caminos insospechados que un día traerían la felicidad, o cerraban otros que no conducían a ningún lugar. Todo formaba parte de un inconmensurable misterio que todo lo ordenaba, imposible de desentrañar para las gentes, y que nadie podía cambiar.
Meresankh sabía que el enigmático Shai solo era un instrumento encargado de colocar a cada individuo en la senda que correspondía para hacer cumplir los dictámenes de los padres creadores, y todo lo demás se quedaba resumido en una palabra que a ella le gustaba de forma particular: «circunstancias».
Nehebkau había sido víctima de ellas, así como su padre, hermana y el bueno de Ipu. Las circunstancias los habían encadenado a todos por deseo de los dioses, sin que ningún corazón fuese culpable de ello. El tebano sufría porque pensaba que no era así. Él no comprendía aquellas leyes impenetrables que solo buscaban el equilibrio de todo lo creado, y mucho menos que su destino estaba escrito desde hacía muchos años, para que los hechos ocurriesen tal y como habían ocurrido. No era posible hacérselo comprender, y ella lo sabía, como también adivinara hacía años que Nehebkau un día regresaría para ocupar el lugar para el que, en realidad, había sido creado. Todas las desgracias y desventuras habían sido necesarias para convertir al tebano en el hombre que ahora era; el que los dioses necesitaban que fuese para poder cumplir su voluntad.
Ella lo amaba desde el primer momento, y lo seguiría amando hasta el día en que Osiris decidiese separarlos, pues su ka había sido forjado para que caminasen juntos, aunque él hubiera sido incapaz de percibirlo. La relación que el joven había tenido con su hermana había sido una circunstancia necesaria. Él la había amado apasionadamente con la medida del hombre, aunque sus esencias vitales jamás hubieran podido llegar a juntarse. El drama era inevitable, así como las trágicas consecuencias que se derivarían de él. Todos debían desaparecer para que el ka del joven y el de Meresankh se fundiesen en una sola esencia. Neferu, Ipu e, incluso, el buen Kahotep tenían que cruzar a la «otra orilla» para que ello fuese posible, y así lo entendió ella desde el principio, pues todo había ocurrido por designio divino.
Resultaba absurdo buscar culpables. No los había, y durante las últimas noches Meresankh había escrutado el vientre de Nut en busca de otro tipo de respuestas. Aquella oscuridad que atisbaba en el corazón de su amado la inquietaba, pues procedía de la semilla del mal. La tarde en que Nehebkau los obsequió con una perca ella lo volvió a percibir con más claridad, y ahora no albergaba dudas de que aquellas sombras tenebrosas existían en realidad. La luna se lo había confirmado entre susurros, pues conoce los secretos de la noche y cuanto esta arropa con su manto. El tebano llevaba un hechizo desde su nacimiento, capaz de provocar sufrimiento a quienes le rodeaban.
Para la joven, Ranefer había sido causa de felicidad. Era la viva imagen de su verdadero padre, aunque esto supusiese un motivo más para la desventura familiar. Ipu lo sospechó hasta el extremo de dejarse vencer por la desesperación que terminó con su vida, y Kahotep no albergó la menor duda, aunque su inmensa bondad jamás dejara traslucir ninguna reprobación. Entre el vecindario las sospechas se hicieron inevitables, sobre todo cuando al pequeño le creció un cabello tan rojizo como el del iracundo Set. Todos recordaban al joven pescador que había trabajado durante un tiempo junto a los Servidores de la Tumba y poseía poder sobre las cobras. Quien más quien menos había echado sus cálculos, y estos coincidían con el tiempo de gestación; además, algunas vecinas aseguraban haber visto tontear a la pareja tras los roquedales, e incluso hacerse arrumacos. Sin embargo, el Lugar de la Verdad terminó por considerar a Ranefer como hijo de Meresankh. En Kemet se recogían niños abandonados todos los días, y siempre como motivo de alegría. Que la tía se hiciese cargo del chiquillo era lo más natural y, pasados unos años, la aldea se avino a considerarlo como hijo natural; y como tal fue educado.
Desde que cumpliera los cuatro años el pequeño asistió al kap del Lugar de la Verdad, una escuela ciertamente reputada que poco tenía que envidiar a la de los príncipes y aristócratas. Allí los maestros eran experimentados, y versados en las liturgias sagradas que un día debían conocer los trabajadores especializados para poder decorar las tumbas reales. Esta era una labor de la mayor importancia, ya que en manos de estos obreros se ponía la vida del difunto dios en el Más Allá. Cualquier error o conjuro equivocado podría suponer que el finado no lograse superar su viaje por el Inframundo, por ello los preceptores solían ser inflexibles con los alumnos, a quienes mostraban el poder de sus varas a la menor oportunidad.
—«Los alumnos tienen las orejas en sus espaldas» —recitaban cuando hacían uso de las varas, parafraseando los textos admonitorios de los sabios de la antigüedad.
El pequeño era un buen estudiante, aunque travieso, y su particular peinado era motivo de peleas con otros niños que se burlaban de su apariencia principesca.
Nehebkau rondó al chiquillo durante un tiempo, observándole en sus juegos, para terminar por hacerse el encontradizo e interesarse por él. Siempre que se lo permitían sus obligaciones, el joven aguardaba a que el niño saliese de la escuela para saludarle, y a no mucho tardar se creó una clara empatía entre ambos que despertó sentimientos desconocidos en el tebano.
—Algún día seré capataz al servicio del señor de las Dos Tierras; igual que tú —aseguraba el pequeño una tarde, pues sentía un gran respeto por Nehebkau.
—Serás mucho más que eso —apuntaba el joven sin dejar de sonreír.
—Me gustaría convertirme en un gran personaje; a las órdenes del faraón.
—Seguro que lo lograrás, e incluso combatirás al Hatti. Creo que eso es lo que deseas.
Ranefer se encogió de hombros.
—Me gustaría llegar a ser un valiente del rey, aunque mi madre dice que pertenezco a este lugar, y aquí es donde he de servir al dios.
—Tu madre tiene razón. En esta aldea podrás ocuparte de que el faraón tenga lo que necesite durante millones de años.
—Pero combatir al lado del rey es lo que más deseo. Entonces sería famoso y el faraón me impondría el oro al valor —afirmó el rapaz con mirada ensoñadora—. Dicen que tú luchaste en Retenu.
—¿Dónde has oído eso? —inquirió el tebano con curiosidad.
—Es lo que cuentan en la aldea; y también que el dios era tu amigo.
Nehebkau volvió a sonreír al pequeño.
—¿Es cierto que conociste a Nebkheprura? —preguntó el niño con admiración.
—Es verdad.
—¿Y fuiste muy amigo suyo?
—Casi como si fuésemos hermanos. Dormíamos en la misma habitación.
Ranefer hizo un gesto de asombro.
—¿Cómo podías soportar su luz? El maestro asegura que los dioses poseen una luz tan poderosa que no les podemos mantener la mirada.
—Tutankhamón tenía esa luz de la que habla tu maestro, pero a mí no me dañaba porque era su amigo —aclaró el joven, divertido.
—¿Y hablaba contigo?
—Así es. Muchos días salíamos a cazar juntos.
El niño abrió los ojos desmesuradamente, asombrado por lo que escuchaba.
—Cazabais en el desierto —dijo como para sí, deslumbrado.
—Era un gran auriga y un excelente arquero.
—¿Tú también tenías un carro? —se interesó el rapaz, a quien fascinaban aquellas historias.
Nehebkau asintió.
—Y dos caballos, a los que quería mucho.
—Entonces eras como un príncipe —señaló el chiquillo, maravillado.
—Algo parecido —apuntó el tebano, en tono misterioso.
—Cuánto me gustaría poder conducir un carro. Tú podrías enseñarme a guiarlos.
—En el Lugar de la Verdad eso no sería posible, pero si quieres te enseñaré a pescar, y a cazar patos en los cañaverales.
Ranefer se mostró entusiasmado de nuevo.
—Esa sí es una buena aventura —dijo el chiquillo mientras batía palmas con sus manos—. Pero no sé si me dejará mi madre.
—Le pediremos permiso.
—No sé —apuntó el niño, preocupado—. Solo me permite abandonar la aldea en su compañía. Dice que afuera hay muchos peligros acechando.
—En eso tiene razón; pero trataremos de convencerla.
—Bueno… si voy contigo quizá acepte. Tú eres poderoso, y no tendría que temer a las serpientes —señaló Ranefer, rotundo.
Ahora el sorprendido fue Nehebkau.
—¿Eso dice? —inquirió este con curiosidad.
El niño hizo un gesto elocuente.
—Todos los vecinos saben que eres el hijo de Wadjet; que las cobras son tus mejores amigas. Ellas no tienen secretos que tú no conozcas.
—Por eso te digo que las evites. Nunca te acerques a ellas, ¿me entiendes?
Ranefer asintió, impresionado por el tono de aquellas palabras.
—Ellas no son de este mundo —continuó el tebano—. Si no las molestas te dejarán en paz.
El pequeño miró al capataz con fascinación, pues le parecía que poseía un poder inalcanzable.
—¿Puedo ser tu amigo? —quiso saber el pequeño.
—Ja, ja. Naturalmente. Eres el mejor que tengo.
—¿Como lo eras de Tutankhamón?
—Incluso más. El dios también hubiese sido tu amigo si te hubiera conocido.
Ranefer dio un salto de alegría.
—Cuando lo sepan en la escuela todos me envidiarán, y el maestro dejará de amenazarme con su vara.
—Debes obedecerle, y «aprender las palabras de Thot». En ellas radica el verdadero poder.
—Eso me dice mi madre.
—Ella es muy sabia.
Ranefer asintió, y acto seguido se despidió de su nuevo amigo.
—Tengo que irme, si no mi madre se enfadará. ¿Cuándo podremos volver a vernos?
—Siempre que quieras. Cuando no trabaje en la tumba te esperaré a la salida de la escuela.
El niño volvió a asentir muy a su pesar, ya que había olvidado que aquel hombre era el jefe de los trabajos en la tumba del dios Kheperkheprura, y que todos los obreros dependían de él.
Sin embargo, no tardaron en volver a encontrarse, y para sorpresa de Nehebkau el chiquillo le tenía preparadas un sinfín de preguntas acerca de Tutankhamón, de sus gustos y aficiones, incluso lo que comía.
—Le gustaban mucho los dátiles. Tenía siempre a mano una cesta repleta de ellos, todos sin hueso.
—¡Dátiles sin hueso! —exclamó Ranefer con incredulidad—. No sabía que existieran ese tipo de dátiles.
—Ja, ja. Se los quitaban antes de servírselos. No olvides que se trataba de un dios.
—Claro —dijo el rapaz, pensativo.
—También se deleitaba con las granadas y era muy aficionado a los ajos, puerros y pichones asados. En su mesa no faltaba de nada.
—¿Y tú comías lo mismo que él?
—Así es, y por las tardes, en los jardines del palacio, disfrutábamos de su juego preferido: el senet.
Ranefer pareció entusiasmarse.
—¡El senet! —exclamó de nuevo—. Mi madre me ha enseñado a jugar. Es su pasatiempo favorito. Dice que es un juego de príncipes.
—Lo es. ¿Por eso llevas la trenza de la niñez, como es costumbre entre la realeza? —preguntó Nehebkau con interés.
—Puede —dijo el chiquillo sin saber muy bien qué contestar, aunque al poco pareció reconsiderar la cuestión—. Aunque ella asegura que desciendo de príncipes.
—Entonces eres un gran personaje. ¿Dónde está tu padre?
—Se encuentra en Menfis. A veces mi madre me habla de él.
—¿Y qué te dice?
—Que era muy amigo de Tutankhamón, igual que tú. Él también es muy importante, ¿sabes?
Nehebkau notó una punzada en el estómago, y al momento sintió cómo una extraña sensación recorría sus metus.
—En ese caso quizá lo conozca. ¿Cuál es su nombre?
—Mi madre me ha asegurado que se trata de un secreto que no me puede revelar.
—Vaya —respondió el joven mientras disimulaba su desazón—. Meresankh es muy misteriosa.
—Ella dice que he de descubrirlo por mí mismo.
—¿Cómo ocurrirá eso?
—Él regresará al Lugar de la Verdad. Muy pronto estará junto a nosotros.
El tebano no pudo evitar estremecerse.
—Al parecer solo tu madre conoce el enigma —señaló este, impresionado por lo que escuchaba.
—Ella es muy sabia. Los vecinos de la aldea piden su consejo. Por las noches habla con las estrellas.
—¿Acaso es una heka? —preguntó el joven, sorprendido.
El pequeño de nuevo se encogió de hombros.
—Puede leer lo que está escrito en el cielo. Los mensajes que Nut le deja en su vientre. Conoce lo que ha de venir.
—Entonces no hay secretos para ella —afirmó el tebano con evidente ironía.
Ranefer captó al momento aquel tono de sarcasmo, y miró a Nehebkau muy serio, con una expresión que más se parecía a la de un adulto que a la de un niño, para seguidamente hablarle como si se tratase de un oráculo.
—Mi madre nunca se equivoca. Todo lo que le cuentan los cielos termina por cumplirse. Ese es su don.