El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 20 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 20

20

 

Los reverenciados gatos solucionaron el inesperado problema y, a los quince días del infortunado incidente, Rai volvió a sonreír, aunque de resultas de aquel episodio perdiese algunos dientes. Todo se había solucionado de forma milagrosa, pues entre la comunidad de trabajadores nadie dudaba del omnímodo poder de los dioses. Sin embargo, una figura había cobrado especial relevancia, y no era para menos. Nehebkau se había convertido en una especie de amuleto todopoderoso, del que ningún obrero quería prescindir. En el campamento se hacían lenguas alrededor de su persona y, dado lo proclives que algunos eran a la exageración, la figura del joven se convirtió en una especie de heka capaz de desafiar el poder de las cobras, y de mantener a la comunidad libre del peligro de los temidos ofidios. Aseguraban que su conocimiento acerca de los venenos no era de este mundo y por las noches, mientras los obreros departían amigablemente bajo las estrellas tras una dura jornada de trabajo, muchos testimoniaban que en Tebas pocos dudaban que Wadjet se había hecho cargo de Nehebkau desde el mismo momento en que había venido al mundo.

—Nadie puede causarle ningún mal —manifestaban los veteranos, junto al fuego del campamento.

—Imaginaos las consecuencias si alguien levanta la mano contra él — matizaban los más temerosos—. Si se lo propusiera, este hombre sería capaz de organizar un ejército de cobras.

—Así es —aseveró uno, que parecía llevar la voz cantante—. ¿Os imagináis mayor poder? —Los presentes asintieron en silencio—. Hace con las serpientes lo que le viene en gana. Nunca vi nada parecido.

—Dicen que curó a Rai al poner una de las manos sobre su corazón. Le liberó del veneno con su magia —declaró otro, convencido.

—Al parecer Sekhmet también está de su parte, pues quienes lo conocen atestiguan que jamás ha estado enfermo. Suerte que le tenemos entre nosotros.

Hubo un murmullo de aprobación, ya que todos pensaban lo mismo.

—Sé de buena tinta que muy pronto dejará de ser un semedet para convertirse en un Servidor de la Tumba como nosotros —puntualizó quien parecía ser el más respetado—, que lo ocurrido ha llegado a oídos del visir, y este obrará en consecuencia para otorgarle su bendición.

Este y otros muchos rumores corrieron por el campamento durante un tiempo, y quien más quien menos se alegraba de que el joven fuese requerido para que los acompañase durante su ardua tarea. Kahotep en persona se negaba a que Nehebkau los abandonara para regresar a la aldea, ante el disgusto de este.

—Sé que no tengo derecho a retenerte —se disculpaba el capataz—. Pero piensa en la oportunidad que se te ofrece. Podrías ver cómo progresan los trabajos en la tumba, y Neferabu te explicará el modo en que va a decorarla. ¿No te parece un privilegio? Piensa que dentro de poco serás uno de nosotros.

Para Nehebkau aquellas no eran buenas noticias. Su actual situación era la idónea, ya que se encontraba libre de ir a donde quisiera y, sobre todo, podía visitar a su amada a la caída de la tarde para entregarse a ella hasta que despertara el nuevo día.

Sin embargo, no supo negarse a los deseos del viejo capataz, y durante un tiempo accedió a formar parte de su Tripulación como si se tratase de un remero más. Así fue como tuvo la oportunidad de entrar por primera vez en una tumba real, algo impensable para la mayoría de los mortales, y ver cómo los canteros se habían abierto paso a través de las entrañas de la montaña para construir un largo pasillo, con dos tramos de escalera, que llevaba hasta una sala en la que se cavaba un pozo. Solo restaba por concluir una habitación anexa a la cámara funeraria, según constaba en los planos. Todavía había mucho por hacer, pues al excavar la roca de caliza a golpe de cincel, a menudo se topaban con nódulos de duro sílex que dificultaban mucho el trabajo, y por tanto retrasaban la obra. Era necesario salvar los obstáculos para terminar la tumba lo antes posible, pues nunca se sabía cuándo Anubis visitaría al faraón.

Neferabu le mostró algunos bocetos de la decoración final del sepulcro, y Nehebkau se sintió impresionado ante la complejidad de los conceptos simbólicos que cubrirían las paredes. Cada signo tenía un significado, y toda la composición artística obedecía a un único propósito: ayudar al difunto monarca a renacer en la otra vida.

Por las noches Nehebkau dormía al raso, como a él le gustaba. Arropado por el infinito manto tejido por las divinas manos de Nut, el joven viajaba a través de la bóveda celeste en busca del rostro de su amada. En cada uno de los luceros creía encontrar su mirada, iluminada por mil centellas, y al entrecerrar los ojos el rostro de Neferu se le presentaba en todo su esplendor, cual si se tratara de una de aquellas estrellas a las que llamaban «imperecederas», para decirle que lo esperaba, ansiosa de ofrecerle sus labios, todo su cuerpo, para que lo tomara como solo él sabía, y así viajar de nuevo juntos hacia el mundo que habían creado y al que ya no podían renunciar. Era allí donde ambos querían vivir, un lugar construido por la ilusión, mil veces mejor que el palacio del faraón.

Sin embargo, algo se removía en sus entrañas; una velada angustia que circulaba por sus metus y a la que tarde o temprano debería enfrentarse. De forma inconsciente había tratado de evitarlo durante un tiempo, pero era inútil; aunque todo fuese parte del engaño. Por fin una tarde Ipu vino a su encuentro, con los brazos abiertos y la sonrisa del verdadero hermano.

—¡Quieran los dioses inmortalizar este momento! —exclamó mientras abrazaba a su amigo—. ¡Cuánta alegría!

Nehebkau le correspondió, aunque nunca comprendió cómo pudo vencer su azoramiento.

—Cuando me enteré de tu llegada di gracias a Meretseguer por haber escuchado mis plegarias —continuó Ipu, que se mostraba exultante.

Su amigo no supo qué decir y forzó una sonrisa lo mejor que pudo.

—Me hablaron de tus proezas, aunque a mí poco me hayan extrañado — prosiguió Ipu—. Ja, ja. Tu mera presencia sirvió para hacer entrar en razón a las cobras.

—Fueron los gatos —se atrevió a decir por fin Nehebkau, repuesto ya de su primera impresión.

—Ja, ja. Continúas siendo tan misterioso como de costumbre, pero en cualquier caso me alegro de que hayas venido. ¿Sabes?, los hombres hablan de ti con gran respeto.

—Todo fue debido a la casualidad.

—Me imaginaba que dirías algo así, aunque yo sepa que cuanto ocurre obedece a un designio y que nada es casual.

Nehebkau negó con la cabeza, pues sabía de sobra cómo pensaba su viejo amigo.

—Te aventuré que algún día te encontrarías aquí; que los dos formaríamos parte de esta bendita comunidad. ¿Recuerdas?

—Vienes profetizándolo desde que, siendo aún niños, corríamos por los palmerales.

—Y ya ves que no me he equivocado. Dentro de muy poco te nombrarán Servidor de la Tumba; ja, ja.

Nehebkau hizo un ademán para quitar importancia al asunto, pero su amigo no le hizo caso.

—¿Te imaginas? —continuó este—. Te darán una casa, y poseerás tu propia tierra, y hasta una vaca y un asno si lo deseas. A no mucho tardar habrás de buscar esposa, ja, ja. Pero dime, ¿cómo está Neferu? ¿Se encuentra bien atendida?

Sin poder evitarlo Nehebkau sintió que sus metus se llenaban de hiel; un fluido espeso y tan amargo que creyó le corrompería las entrañas. Hizo ímprobos esfuerzos por mantener el gesto, y por primera vez tuvo la impresión de haberse convertido en alguien que nunca hubiese deseado ser.

—La vida en la aldea sigue su curso, y tu casa se encuentra tal y como la dejaste —se atrevió a decir al fin.

—Estaba seguro de que sería así. Que en mi ausencia te encargarías del cumplimiento del maat.

Nehebkau asintió, enmascarando su pesadumbre, sin entender cómo era capaz de mirar a la cara a su amigo.

—Hathor me colma de venturas —señaló Ipu—, y yo la honro trabajando en las entrañas de la montaña en la que habita. Ella nos da su sustento en el alumbramiento, y también al pasar a la «otra orilla», para que podamos renacer de nuevo. Apenas salgo de la tumba, pues es preciso apuntalar bien la labor que hacen los canteros para evitar derrumbes. Por eso no pude venir a verte antes. Pero… háblame de mi esposa, ¿pregunta por mí? ¿Sabes si me echa de menos?

Nehebkau tuvo que tragar saliva antes de contestar.

—Sé que te ama —mintió—, y que está orgullosa de tu trabajo.

—¡Cuánta fortuna! Kahotep ya me lo adelantó, pero quería escucharlo de tus labios. Mas dejémonos de sensiblerías y celebremos nuestro encuentro. Tengo una cerveza excelente. Beberemos y hablaremos de los viejos tiempos. De la Tebas que dejamos atrás y del futuro que nos espera. Nunca soñé que los dioses pudiesen llegar a sernos tan propicios.

Aquella noche ambos amigos bebieron para honrar a Bes como correspondía. Juntos recordaron su infancia y las andanzas por los campos en las afueras de Waset, su sagrada ciudad, de la que Ipu se sentía tan orgulloso, a la vez que brindaron por los tiempos venideros y las bendiciones que habían recibido de forma inmerecida.

—Si el buen Akha levantara la cabeza se mostraría satisfecho —aseguró Ipu en una de sus libaciones no sin esfuerzo, pues se le trababa la lengua.

Para Nehebkau fue su primera borrachera, hecho que por otra parte nunca olvidaría. Él, que se había jurado ser abstemio durante el resto de su vida, caía en brazos de Bes como si fuese un paisano más, de los muchos que solían frecuentar las Casas de la Cerveza. Antes de perder el buen juicio se le presentó la imagen de su padre, que yacía sin vida en un sucio callejón, sin duda para que él mismo se recriminase el haber faltado a su palabra tras haberse entregado a la bebida. Claro que esa no era la única promesa a la que había sido infiel. Había engañado a su mejor amigo de la forma más vil, sin escrúpulo alguno, mirándole a la cara como haría el peor embaucador. En el fondo eso es lo que era: un tipo taimado que no tenía ni idea de lo que significaba el maat; se dijo que allí era a donde le conducía su agnosticismo, aunque mucho antes de que perdiese la consciencia comprendiera que los dioses poco tenían que ver con sus actos. Sabía que volvería a caer en brazos de Neferu a la primera oportunidad, que la buscaría como si fuera un depredador en pos de su presa, y que no dudaría en fingir de nuevo frente a su amigo, colocándose la máscara que fuese precisa. Esa era su naturaleza, aunque nunca lo hubiese sospechado.