El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 76 de 108

Páginas del PDF

El sueño de Tutankhamón

Capítulo 46

46

Desde sus aposentos de palacio, Heteferes veía la vida pasar. Menfis era su ciudad; antigua, abierta, cosmopolita… Un lugar en el que le era posible respirar sin temor a envenenarse. Allí el aire se le antojaba libre de los chismes tan habituales entre la sociedad del sur, de sus cotilleos provincianos, de la falsa moral con la que muchos tebanos solían comportarse. Menfis siempre le daría la bienvenida a lo mundano, y al mirar hacia el puerto se ensimismaba al contemplar las naves llegadas desde el otro lado del Gran Verde, tripuladas por hombres que eran capaces de atravesar el mar guiados por las estrellas. Los capitanes cretenses eran famosos por ello, e imaginó los peligros a los que deberían enfrentarse al surcar unas aguas en las que habitaba Set, el señor de las tormentas.

Heteferes pasaba horas observando el ir y venir de las embarcaciones por el río, y el mundo que representaban. Las rutas comerciales comenzaban a tomar una importancia desconocida hasta entonces, y por el brazo canópico que conectaba con el Mediterráneo, el Nilo era navegado por las embarcaciones de alto bordo cargadas de mercancías, que conectaban Egipto con lugares lejanos, con pensamientos distintos al suyo.

Menfis la había llevado a reflexionar largamente acerca de Kemet, así como de cuál era su situación y lo que le depararía el futuro.

Amenhotep crecía sano, al cobijo que ella misma le dispensaba, mientras trazaba para él innumerables planes. El pequeño era su ilusión, la base sobre la que había edificado sus esperanzas, los sueños de toda una vida. Desde que enviudara, la princesa se había mantenido apartada de la corte, entregada al cuidado de su hijo, pero vigilante de cuanto ocurría a su alrededor y, sobre todo, de los pasos del faraón. Durante los últimos años Heteferes no había parado de tejer. Era la reina de las arañas, y no dejaba de lamentar la desconsideración que le habían demostrado los dioses al no colocarla en el lugar que le correspondía. Ella despreciaba al rey y a toda su casa, a sus visires y superintendentes, a sus cancilleres y demás sanguijuelas dispuestas a acaparar el poder a costa de la debilidad de la corona. En su opinión, la nave del Estado no era más que un cascarón de madera podrida que hacía aguas por todos lados, gobernada por ambiciosos dispuestos a construir sus propias embarcaciones con los restos del naufragio. Sin embargo, en su corazón ella alimentaba la creencia de que era posible evitar aquel hundimiento.

Tutankhamón no duraría mucho en el mundo de los vivos. Heteferes estaba segura de ello, y observaba con malsana satisfacción cómo el maltrecho cuerpo del rey se deterioraba día a día, consumido por un mal que no tardaría en devorarle por completo. Este detalle la hacía sonreír y también el hecho de que el faraón hubiese emprendido una huida que no le conduciría a ninguna parte. Así definía las últimas acciones llevadas a cabo por el dios. Una huida hacia delante que no conseguiría sino acercarle aún más a su final.

La princesa había confeccionado una discreta red de confidentes que le revelaban cualquier hecho digno de mención sucedido en la corte. Se sentía complacida por ello, así como por la cautela con que conducía sus pasos. Supo que la reina se encontraba de nuevo embarazada mucho antes que el resto de los cortesanos, y que las fiebres que habían atacado al monarca en los últimos tiempos lo habían debilitado de manera particular hasta el punto de que Pentju, su médico personal, había pedido a los sacerdotes de Sekhmet que intercediesen por la salud del faraón ante la diosa que traía las enfermedades.

El ver crecer a Amenhotep la llenaba de satisfacción. Este era un niño saludable, cuya fuerte naturaleza no se parecía en nada a la del linaje real. Heteferes no tenía la menor duda de que el heredero que venía en camino sería tan débil como sus padres, y con seguridad nacería con algún defecto que arrastraría durante el resto de sus días; eso si antes no se lo llevaba Anubis, lo que creía probable. En su corazón albergaba la esperanza de que, a no mucho tardar, su hijo sería el único príncipe con sangre divina en Egipto, descendiente directo del gran Tutmosis IV, el legítimo dios llamado a gobernar la Tierra Negra, el único que podría librarla de aquella familia maldita que había ocupado el trono durante dos generaciones.

Heteferes había reflexionado tanto sobre ello que se había convencido a sí misma de la viabilidad de sus planes. De seguro que Maat le sonreiría, pues el orden y la justicia serían restituidos, para satisfacción de los dioses creadores.

Sin embargo, la princesa era plenamente consciente de su fragilidad. Echaba de menos la figura de su esposo, ya que sabía que con Shepseskaf a su lado tendría el triunfo al alcance de la mano. Pero ahora se encontraba sola, y las únicas armas que poseía eran la astucia y la fuerza que le otorgaban sus derechos. Era el momento de cerrar futuras alianzas, y para ello necesitaba un protector.

Durante un tiempo había pensado en Nehebkau. Este se había convertido en un personaje relevante de la corte, muy respetado, y además era el verdadero padre de Amenhotep. Para la princesa hubiese resultado sencillo volver a atraerlo a su lado, pero vislumbraba el peligro que podría llegar a correr al ser también el joven hijo de Shepseskaf. Ella conocía mejor que nadie hasta dónde podía llegar la ambición, y lo volubles que se tornaban los corazones al sentir el poder al alcance de la mano.

También pensó en Nakhmin, general de los ejércitos del Alto Egipto; un hombre muy poderoso que ella sabía que la miraba en cada ocasión que habían coincidido. Además, era hijo de Ay, lo cual podía llevar a acuerdos definitivos, aunque también peligrosos. Los militares no le ofrecían garantías, ya que sabía muy bien lo poco dispuestos que estaban a renunciar al poder una vez que lo habían conquistado. Era necesario encontrar alguien dentro de la Administración capaz de dar seguridad a su casa, con el suficiente poder para protegerlos, y la ambición de prestarse a ser partícipe de sus planes.

Heteferes continuaba siendo hermosa, inalcanzable como una diosa. Sin embargo, había llegado la hora de abandonar su templo para mostrarse al mundo, pues su corazón le decía que había un hombre que aguardaba su llegada.