El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 53 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 23

23

Aquella mañana el dios escuchaba con atención cuanto Horemheb tuviera que decirle. La pequeña estancia en la que se producía la audiencia se encontraba sutilmente perfumada por el incienso de pistacho, al que Tutankhamón no parecía dispuesto a renunciar, casi con seguridad debido a que le traía recuerdos de su infancia en Akhetatón, donde era ampliamente utilizado. La sala regalaba un delicioso frescor a los presentes, pues los altos y estrechos ventanales dejaban entrar al alabado «aliento de Amón», el viento del norte, nombre con el que los egipcios se referían a este. Junto al rey y su preceptor se hallaban dos de sus generales, además de Shepseskaf y Nehebkau, quienes escuchaban con atención al mer mes, generalísimo de los ejércitos del norte.

—Por fin, mi señor, ha estallado la rebelión que esperábamos desde hacía tiempo. En el este de Mittani ha habido enfrentamientos contra sus conquistadores hititas, y la guerra es inevitable. El reino de Asiria apoya las revueltas, como preveíamos que iba a suceder.

—Asiria es un gran aliado, ¿verdad? —quiso saber Tut, para imaginar el poderío que aquel Estado comenzaba a fraguar.

—Buscan un espacio vital —intervino Shepseskaf, que escuchaba con atención la conversación.

—Así es —continuó Horemheb—. Algo que resulta muy conveniente para nuestros intereses. Su alianza con los mittanios obligará al rey hitita a enviar sus tropas a aquella región para combatirlos. Suppiluliuma iniciará una guerra de desgaste que nos será muy provechosa para recuperar nuestras posesiones en el territorio de Amki.

—Nuestros embajadores han cerrado acuerdos muy provechosos con Asiria —intervino el faraón, quien de un tiempo a esta parte se hallaba al tanto de lo que ocurría en aquella zona tan sensible para los intereses egipcios.

—Se sienten fuertes, mi señor —aclaró Shepseskaf—, y el cerrar acuerdos con ellos permitirá respirar a Kemet.

—Yo no lo hubiese dicho mejor, príncipe —señaló Horemheb—. Estamos exhaustos, y es el momento de que intentemos acaparar un poco de aire.

—La Casa de la Correspondencia ha hecho un buen trabajo. Tutu, nuestro viejo embajador, ha enseñado bien a sus sucesores el arte de la diplomacia — apuntó el rey.

Hubo murmullos de elogio a las palabras del faraón antes de que Horemheb continuara.

—Es el momento de tomar la ciudad de Kadesh. Esta plaza es la llave que da acceso a Retenu.

—El general tiene razón —dijo Shepseskaf—. Es una buena ocasión para recuperar esa ciudad.

—¿Cómo se hallan nuestras arcas? —quiso saber Tut en tanto parecía reflexionar.

Todos se miraron sorprendidos con la pregunta, pues esta denotaba el buen juicio que poseía el rey, a quien apenas habían tenido en consideración hasta ese momento.

—Me temo que exhaustas, mi señor —puntualizó el generalísimo—. Pero el coste que pueda tener la campaña no debe inquietaros. Todo Retenu sabrá que volvemos dispuestos a reconquistar lo que nos pertenece. Los estados vasallos que todavía nos son fieles se sentirán aliviados y las revueltas cesarán. Además, Suppiluliuma tendrá que preocuparse de atender a dos frentes, lo que debilitará sus fuerzas. El precio no debe importarnos.

—Tienes razón —manifestó el dios, que poco a poco había sentido cómo la sangre se agolpaba en sus metus, y el ardor guerrero inflamaba su corazón —. Deberás ocuparte de los preparativos, buen Horemheb.

—Será como el Horus reencarnado desea. Hoy mismo enviaré al superintendente del Tesoro a cobrar cuantos impuestos sean posibles, incluido todo el grano. Aunque necesitaríamos más para mantener una guerra prolongada, esto bastará para la campaña que llevaremos a cabo. El gran Nebkheprura, vida, salud y prosperidad le sean dadas, nos guiará a la batalla.

Los allí presentes hicieron un gesto de sorpresa, pero al punto el faraón se levantó de su sillón dorado como empujado por mil resortes, sin temer ya a su cojera, que día a día iba en aumento.

—¿Iré al frente de mis ejércitos? —preguntó, entusiasmado.

—De dos divisiones. Tú las mandarás sobre tu carro divino, gran rey — precisó Horemheb, que sabía mejor que nadie cómo conseguir el favor de su majestad.

—¡Dos divisiones! —exclamó Tut, eufórico—. Al fin haré saber al «vil asiático» cuál es el poder de mi brazo. Pisotearé a esa chusma y la encadenaré a mi biga, para entrar triunfante en Menfis. Entonces mi tatarabuelo se sentirá orgulloso de mí. Desde las estrellas que no conocen el descanso sonreirá, por fin, al ver que su pueblo vuelve a atemorizar a la tierra de Canaán. Puede que me decida a colgar a sus reyes de la proa de mi nave para recorrer el Nilo hasta Tebas, y dejarlos en los muelles de Karnak. Eso agradará a mi padre Amón.

—Sin duda se sentirá satisfecho por ello. Si se lo pides él guiará tu brazo, como hizo con Amenhotep II, el último rey que sentó la mano sobre esa chusma. Todavía recuerdan su nombre, y amenazan con él a los niños si se portan mal —apuntó Horemheb.

Hubo risas y comentarios jocosos, ya que Amenhotep II había sembrado el terror cuando guerreó en Retenu, y su crueldad se había convertido en proverbial.

—Ja, ja —rio Tutankhamón, enardecido, a la vez que se palmeaba los muslos—. Partiremos hacia la gloria, y todos vosotros me acompañaréis.

Así fue como se desarrolló aquella reunión, y acto seguido el monstruo de la guerra afiló sus garras para volver a despertar de su letargo. El viejo Penbuy, escriba real y superintendente del Tesoro de Tutankhamón durante los últimos años, había sido sustituido por Maya, hombre capaz y muy próximo a Horemheb, quien se encargó de cobrar los impuestos necesarios para poder emprender la campaña con la que tanto soñaban.

Nehebkau asistiría a todos los preparativos sin salir de su perplejidad, pues nunca había podido imaginar que un pobre pescador llegara a acompañar a la guerra al señor de las Dos Tierras. Se figuró la cara que hubiese puesto Akha de haber sido testigo de aquellos hechos, aunque de seguro hubiera terminado por encogerse de hombros y regresar a su barca, para perder su cansada mirada por los bosques de papiro que crecían a orillas del río; absorto en un mundo que no compartía con nadie.

Una tarde Ay hizo llamar al tebano a su presencia. Lo aguardaba sentado en una silla de tijera de ébano con incrustaciones de marfil, con expresión ausente, como si no se hallara allí, carente de toda vida. Sin embargo, al aproximarse el joven, el Divino Padre parpadeó y acto seguido dirigió una mirada inquisidora a su invitado, dispuesto a leerle el alma si tenía oportunidad.

—Te felicito por el título que ostentas —dijo Ay con gravedad—. El dios, vida, salud y prosperidad le sean dadas, te hizo un inmenso regalo al nombrarte su amigo. Seguro que conoces el alcance de su significado, y también el de mi posición. Es por eso que deseo conversar contigo, Nehebkau.

—El Divino Padre siempre podrá contar conmigo, si con ello ayudo al gran Nebkheprura, vida, salud y prosperidad le sean dadas —repitió el joven, pues conocía lo estricto que era Ay con la etiqueta real. Este permaneció unos segundos en silencio antes de continuar.

—Estoy preocupado, como espero que lo estés tú también, ante las noticias que han llegado a mis oídos. Me refiero al encuentro que tuvo lugar hace pocos días con algunos generales, en los que se trataron asuntos de la mayor importancia para el país y la corona; encuentro al que, si no me equivoco, tú asististe.

—El dios me permitió acompañarle, tal y como tú ya sabes, Divino Padre —apuntó el joven, lacónico, pues desconocía cuál era el propósito de aquella cita.

—Por este motivo te encuentras ante mí. No me sorprende el hecho de que Egipto pueda ir a la guerra, pero sí el que el faraón vaya al frente de sus ejércitos. Lo primero me parece inoportuno y descabellado, y lo segundo, una locura. Supongo que estarás de acuerdo conmigo.

—Poco entiendo yo de guerras, Divino Padre, pues bien sabes que soy un simple pescador. El dios me reclamó para que cuidara de él y a ello dedico mi vida. Le sirvo en todo aquello que me demande.

Ay asintió, pues esperaba aquella respuesta.

—Precisamente por ello eres consciente de la gravedad del asunto. Tú mejor que nadie conoces los males que aquejan al faraón, y el peligro que correría si marchara a la cabeza de sus tropas a la batalla. En su actual estado sería difícil que sobreviviera a cualquier ataque enemigo.

—El Horus reencarnado posee el corazón de un león, y arde en deseos de demostrarlo a su pueblo, como corresponde a un gran faraón. Poco puedo yo decidir en tales asuntos, Divino Padre, aunque no dudes que siempre lo protegeré.

—¿Es cierto que fue Horemheb quien hizo esa proposición? —se interesó Ay.

—Así es, mi señor —contestó Nehebkau, al momento, ya que sabía que Ay terminaría por enterarse de aquella circunstancia.

Este soltó un exabrupto, aunque enseguida recompuso su actitud habitual con la que se mostraba inescrutable.

—Por ello recibirá el agradecimiento que solo un insensato merece. Es demasiado pronto para ir a la guerra; y menos contra un enemigo como el Hatti. Sé que Maya ha sido enviado a cobrar cuantos impuestos le sea posible a un país que se siente extenuado —se lamentó Ay—. Supongo que la idea también sería de Horemheb.

—El dios nos sorprendió a todos al preguntar por el estado de las arcas — observó el joven—. Ya es un hombre, mi señor, y de un tiempo a esta parte con gran interés por cuanto ocurre en Kemet.

—Un hombre… —musitó Ay, como para sí—. ¿Sabías que pronto tendrá un heredero?

Nehebkau no supo qué decir, y como en tantas ocasiones se encogió de hombros.

—Yo aseguraría que sí, aunque eso ahora no importe —matizó el Divino Padre—. Es obvio que guardabas el secreto, pues si no te habrías alegrado al oírlo de mis labios.

—Fueron los del faraón los que regocijaron mi corazón, Divino Padre. Sus palabras quedan en él selladas para siempre.

—Ya veo. Olvidaba que estuviste a punto de convertirte en un Servidor de la Tumba. Puede que ese fuera el camino que hubieses debido tomar —dijo Ay con tono enigmático.

Nehebkau se sintió incómodo, ya que el preceptor le insinuaba, a la menor ocasión, que conocía todo acerca de su pasado en el Lugar de la Verdad.

—Sin embargo, tu fidelidad al dios me satisface, y también tu silencio. Este es un bien escaso en esta corte. Si lo guardas como debes, Maat te lo reconocerá, y yo también. No se me ocurre mejor recompensa que esa.

Nehebkau hizo un gesto de agradecimiento y el Divino Padre reflexionó sobre los últimos acontecimientos. Le satisfacía la fidelidad del joven tebano hacia el dios, así como el hecho de que pudiera guardar un secreto como el que Tutankhamón le había confiado. Un heredero cambiaba por completo los planes que Ay había concebido durante los últimos años, pues las repercusiones que ello pudiera provocar se le antojaban sombrías. Nadie mejor que él conocía la idiosincrasia del faraón. Lo había visto nacer, educarse entre sus nietas, crecer al amparo de una revolución que iba más allá de la religión. El mismo Divino Padre era un atonista acérrimo, pero su dilatada experiencia le había enseñado a adaptarse a las circunstancias de manera camaleónica, a fingir cuando era preciso, y a observar con vista certera el horizonte, a fin de adelantarse a los acontecimientos y obtener ventaja. Él ya había advertido los cambios que operaban en el faraón, y este particular no dejaba de preocuparle.

Tutankhamón era todavía un niño cuando había sido elevado al trono de Horus; un joven maleable sin duda, que, no obstante, daba muestras de poseer sus propias ideas, algunas imposibles, y otras capaces de devolver a Egipto a la ruina de la que intentaba salir. A Ay el soberano no podía engañarle, e intuía que este era muy capaz de volver a implantar el culto al Atón como primera religión del Estado. En su bisoñez, el rey pensaba que ello era posible, que el dios de Akhenatón podía convivir en la cúspide del panteón egipcio junto a Amón, Ra o Ptah, pero el viejo canciller sabía muy bien que se equivocaba, que ello no era factible, y que si lo hacía Kemet volvería a sumirse en el caos, pues esta vez las fuerzas fácticas combatirían aquel pensamiento y llevarían al país al borde de la guerra civil. Aquella era una encrucijada que debía evitarse a toda costa, y el Divino Padre tendría que sopesar con sumo cuidado cada paso, cada consejo que diera al dios, pues en Egipto todo se hallaba medido.

Su disputa con Horemheb por el control de los resortes del poder era lo natural. A Ay le parecía bien que el general intentase acaparar preponderancia, pues de este modo se mantenía un equilibrio que interesaba al Divino Padre y también a Kemet. Dada la situación de este, era necesario que Tutankhamón se mantuviese en el trono, pues de lo contrario la Tierra Negra se abocaría a un conflicto que no interesaba a nadie. Estaba convencido de que, a pesar de sus diferencias con Horemheb, ambos pensaban de igual forma, aunque los dos estuviesen dispuestos a aprovechar cualquier ocasión que se presentara para hacerse con el poder supremo.

Nehebkau no era más que un simple peón en aquel juego y, no obstante, cualquier movimiento que hiciese podría tener una significancia mayor de lo imaginable. Era mejor conocerlo de antemano y aprovechar la sincera amistad que este sentía por el faraón en beneficio del astuto Ay. Por ese motivo hacía muchos meses que el Divino Padre le vigilaba. Conocía sus aficiones, gustos y agnosticismo, así como sus amoríos. Estaba al corriente de sus encuentros con Heteferes desde el primer momento, aunque se cuidara de enjuiciarlos. Los juicios a menudo enturbiaban la realidad, y la vida había enseñado a Ay lo poco recomendables que podían llegar a ser. Él miraba y veía, y esto era todo cuanto necesitaba.

Conocía de sobra a Heteferes como para saber que cualquier paso que esta diese obedecía a un propósito. Siempre había sido así, desde el momento en el que Akhenatón la había hecho mujer. El dios Neferkheprura había llegado a sentirse muy atraído por la princesa, y esta había alimentado sus propias expectativas. Pero sus intereses se habían topado con la formidable figura de Nefertiti; un animal político de primera magnitud, de quien Ay siempre se sentiría orgulloso, pues no en vano se trataba de su hija. Nadie en Egipto había podido con ella, y con cada una de sus acciones había llegado a doblegar cualquier poder que osara oponérsele. Convertirse en faraón, como ella hizo, solo estaba al alcance de los elegidos, y Heteferes había tenido que conformarse con calentar el lecho de Shepseskaf, un personaje anacrónico que vivía fuera de su tiempo, a quien el Divino Padre despreciaba como a una reliquia del pasado que no tenía lugar en el Egipto que quería construir. El príncipe se consumiría en su propia insignificancia, y también Heteferes, a quien consideraba capaz de todo por predominar sobre los demás. Los sueños que esta albergara no eran más que humo, y como el humo se disiparían, llevándosela consigo para siempre, pues de la princesa no quedaría recuerdo alguno.

Al despedirse del joven encantador de serpientes, Ay pensó en la conversación que habían mantenido. Pronto habría un heredero, y también una guerra en la que intervendrían dos divisiones. Calibró cuáles serían las consecuencias de una campaña como aquella, y al poco se sonrió. Su hijo, Nakhmin, se mantendría en Tebas como general del Alto Egipto, y podría sacar beneficios de ello. Habría que prepararse para lo que tuviera que venir.