El sueño de Tutankhamón
Capítulo 3
3
Cuando la noticia de la muerte de Tutankhamón llegó a Retenu, todos miraron hacia su general, consternados. El fallecimiento de un dios siempre era un suceso funesto ya que muchos pensaban que Kemet quedaba abandonado a su suerte. El ver a Horemheb acompañando a sus soldados en aquellas desgraciadas horas daba seguridad a las tropas, al tiempo que pensaban en el gran faraón que sería su oficial al mando, y las posibilidades que este tenía por conseguirlo, dado que Nebkheprura había pasado a la «otra orilla» sin descendencia.
Horemheb conocía muy bien la opinión de sus hombres, y la fidelidad que le guardaban. Podría ir con ellos hasta los confines de la tierra en busca de fortuna y gloria y, no obstante, cuando le comunicaron el deceso del rey, se abstuvo de manifestar públicamente sus ambiciones. Hacía ya varios hentis que el rumbo de su nave estaba trazado, y no lo variaría ni un solo grado. Aquel invierno se había presentado particularmente frío. Las noches en Canaán eran desapacibles, y en toda la frontera se estableció una especie de tregua que, sin embargo, nadie había pactado. No era necesario, pues resultaba mejor esperar a la primavera para seguir combatiendo.
En el interior de su tienda, Horemheb tuvo tiempo suficiente para reflexionar sobre lo que debía hacer. Había llegado el momento de pensar seriamente en sus intereses, y cuál sería su estrategia para hacerlos valer. La muerte de Tutankhamón le había entristecido de forma particular. Conocía al rey desde su más tierna infancia, y siempre había sentido hacia él un cariño sincero, independientemente de todo lo demás. Sin duda que para conquistar el poder era necesario huir de los sentimentalismos, pero en el caso de Tutankhamón no había precisado abandonarlos del todo. Desde el primer momento había sentido pena del faraón niño, como muchos le habían llamado, quizá porque quedara patente que este no era enemigo para nadie, y que si se sentaba en el trono de Horus era porque así lo habían decidido las verdaderas fuerzas que gobernaban Kemet. En el fondo había significado una magnífica elección que había permitido que Egipto volviese a respirar después de tantas desgracias. Las cosas estaban bien como estaban hasta la llegada de la luctuosa noticia, pues ahora la Tierra Negra emprendía un nuevo camino al que era preciso prestar toda la atención.
Al parecer habían ocurrido otra serie de hechos desagradables que, no obstante, poco habían sorprendido al general. Era la historia del mundo, y así continuaría siendo, aunque pasaran los milenios, o al menos eso pensaba Horemheb. Tutankhamón se había marchado para siempre, y otros habían urdido sus planes para sucederle, empezando por la hermosa Heteferes. La princesa siempre le había recordado a la difunta Tiyi; una reina muy por encima de su esposo, el bueno de Amenhotep III, a quien había manejado como nadie, para hacer salvaguardar sus intereses y llevar a cabo unos planes tramados durante toda su vida. Sin duda había sido una gran estadista, con amplitud de miras, algo de lo que carecía Heteferes. Su ambición, cimentada en parte en su soberbia, no le había permitido ver la irrealidad del escenario en el que se encontraba. Ni la muerte de su esposo le había hecho reparar en la fragilidad de su posición en la corte, y lo ocurrido después solo había sido una consecuencia de ello.
Sin embargo, Horemheb tenía plena conciencia de cuál era su situación. Se hallaba en el lugar que le correspondía, junto a su ejército, en el lejano Retenu, y de allí no se movería durante un tiempo. No era el momento de disputar el trono a Ay, y el conflicto que Egipto mantenía con el odiado Hatti le daba una excusa inmejorable para permanecer alejado del Divino Padre, sin que ello supusiera un menoscabo para su poder. Conocía bien a Ay, y sabía que este no le desafiaría, pues a su edad solo desearía disfrutar de un reinado tranquilo, después de toda una vida de incesantes intrigas. El viejo canciller nunca pondría en juego su trono contra un enemigo tan poderoso como el general, y comprendía mejor que nadie que en aquella hora Horemheb se hacía a un lado para dejarle gobernar en paz. Sin lugar a duda, el anciano haría lo mismo en su lugar, y aguardaría a que su oponente pasara a la «otra orilla» para reclamar sus derechos.
En el interior de su confortable tienda, a resguardo de los elementos, Horemheb estudió con atención la posición de las fichas de aquel juego. Muchas habían desaparecido, y comprendió que si jugaba como debía, la partida terminaría por ser suya. Resultaba obvio que no se presentaría al entierro de Tutankhamón, pues de hacerlo se vería obligado a reconocer públicamente a Ay como su legítimo sucesor, si no quería enfrentarse a él. Quien le diera sepultura sería declarado su heredero por ley, y con el Divino Padre ya en la setentena era mejor dejar el futuro en manos de Anubis, pues de seguro que aquel reinado sería corto. A su edad, el nuevo dios no tendría descendencia, y ello llevaba al general a pensar en el único escollo que tendría que salvar a la muerte de este: Nakhmin.
Horemheb no albergaba la menor duda de que tendría que enfrentarse a él. Nakhmin era general del ejército del sur, y el único hijo varón que había tenido el viejo canciller con su honorable esposa Ty. A nadie se le escapaba que Nakhmin sería favorecido por su augusto padre para que le sucediera a su muerte, pero aquel no poseía un linaje divino, y Horemheb nunca permitiría que llegase a ocupar un trono que no le correspondía. Había sido previsor, y hacía años que había llegado a acuerdos con el poderoso clero de Amón. El general tenía su favor, pues Karnak deseaba que aquella familia maldita desapareciera para siempre de la Tierra Negra. El Oculto la aborrecía tanto como él, y sabía que en Horemheb se hallaba el paladín que borraría el recuerdo de Amarna de la faz de Kemet. Para Amón el tiempo carecía de importancia; solo quedaba esperar.
Horemheb tuvo la certeza de que el rompecabezas tomaba forma, y brindó
por ello con su mejor vino, junto a Paramesu[67], su lugarteniente y hombre de confianza, un valiente oficial perteneciente a una familia del Delta, a la salud de Nebkheprura, a quien confiaba que Osiris hubiese declarado «justificado de voz».
En Menfis, Ay hizo valer sus derechos sin que nadie osara rebatirlos. En realidad, él mismo se había encargado de atribuírselos, aunque tal detalle ahora careciese de importancia. En su momento se había hecho nombrar Hijo del Rey, y los grandes templos de Kemet le daban su bendición, como también se la daba Horemheb de forma implícita.
Nehebkau vagaba por el palacio sin rumbo fijo, como un ánima perdida, sin saber a ciencia cierta qué sería de él. La muerte de Heteferes le había impresionado, sobre todo por el modo como había ocurrido. Los chismes habían corrido por los pasillos como caballos desbocados, hasta alcanzar tintes en verdad truculentos. Pero en lo que todos coincidían era en que la princesa había fallecido como consecuencia de una mordedura de serpiente. Este particular le había apesadumbrado, aunque al conocer más detalles no pudo dejar de extrañarse, ya que al parecer el ofidio la había picado en el cuello. Que él supiese, no recordaba a nadie que hubiera sido mordido en el cuello por una serpiente, y menos tratándose de una víbora cornuda. Sin duda hablaban de una especie muy peligrosa, sobre todo porque solían enterrarse en la arena para camuflarse a la espera de atacar a sus presas. Lo usual era que te picara en la pierna, si se veía amenazada, o en la espalda mientras dormías en el desierto, pues como era sabido acostumbraban a acurrucarse junto al cuerpo humano en busca de calor, y al moverse este durante el sueño se asustaban y solían atacar de improviso. Nunca había visto a uno de estos reptiles en palacio, y no tuvo dudas de que había algo oscuro detrás de aquella muerte, y más al saber que el príncipe Amenhotep había fallecido en extrañas circunstancias.
Esa noche los demonios andaban sueltos por la Gran Residencia, aseguraban algunos; y al joven le pareció que no les faltaba razón, aunque imaginó que la naturaleza de aquellos demonios era de carne y hueso, y poco tenía que ver con el Amenti.
A veces el tebano se dirigía a las caballerizas para ver a sus animales, con quienes hablaba durante horas, y otras conversaba con Maya, el único amigo que le quedaba, para recordar los buenos momentos que pasaron junto a Tutankhamón.
Una mañana, a los pocos días de la muerte del dios, Ay los llamó a su presencia, lo cual agradeció el joven, pues no sabía lo que se esperaba de él. El Divino Padre los miró con gesto serio antes de hablar.
—El halcón ha volado. Su cuerpo ya está en el wabet, el «lugar limpio», la divina sala de Anubis, donde el supervisor de los Secretos se encargará de embalsamarlo. Dentro de setenta días Tutankhamón será enterrado, y vosotros os ocuparéis de que todo se encuentre dispuesto para su sepultura como corresponde a un dios.
Ambos amigos se miraron de soslayo, pero al punto Ay prosiguió:
—Es mi deseo que tú, noble Maya, continúes como superintendente del Tesoro y al frente de la Plaza de la Eternidad; y en cuanto a ti, Nehebkau, he de decirte que serviste bien a Nebkheprura en vida, y que este ahora te demanda un último servicio, pues te amaba como a un hermano. Ayudarás a Maya para tener preparada la tumba con todo su ajuar funerario. Los trabajadores del Lugar de la Verdad estarán a tus órdenes. Tenéis setenta días. Ese es mi deseo y así debe cumplirse. Mañana mismo saldréis para Tebas.
Mientras se alejaban, Ay pensó en el nuevo mapa que se dibujaba ante él, y cuál sería su protagonismo. Muy pronto se convertiría en dios, y nadie en toda la Tierra Negra se atrevería a impedírselo. La hora de su triunfo se hallaba próxima, y el Divino Padre no pudo sino felicitarse por la carrera de toda una vida. El que en su día fuese «maestro de carros», había sobrevivido a todos y a todo, para terminar por sentarse en el trono de Horus. No existía un sueño capaz de contemplar semejante escenario, dentro de setenta días enterraría a Nebkheprura, y este pasaría a la historia como un niño débil e insignificante que se había mantenido en el trono gracias a él. Ay había gobernado en la sombra, y ahora lo haría de facto.
Durante los últimos días había pensado en Nehebkau. La figura del joven siempre le había parecido singular, y desde luego anacrónica en aquella corte. El Divino Padre estaba convencido de conocerlo todo de él, e incluso se sonrió ante el hecho de saber mucho más que el joven acerca de su vida. El tebano desconocía por completo cuanto había ocurrido en el Lugar de la Verdad después de su precipitada marcha, y a lo que tarde o temprano tendría que enfrentarse. Ay disfrutaba con aquel tipo de historias, y ese era uno de los motivos por los que había elegido al tebano para que acompañase a Maya; aunque no el único.
El Divino Padre no podía olvidar que Nehebkau era hijo de Shepseskaf. Lo sabía desde mucho antes de que su padre se lo confiara en su lecho de muerte. Era por tanto príncipe de Egipto y, dadas las circunstancias y los desagradables acontecimientos que se habían vivido tras el fallecimiento de Tutankhamón, era mejor no tentar al destino y desembarazarse del joven de una vez por todas. Solo el gran cariño que le había demostrado el faraón niño y la fidelidad del tebano hacia aquel durante todos aquellos años, habían evitado que siguiera los pasos de Heteferes. Pero Ay sabía que no era necesario, pues Nehebkau jamás regresaría a palacio. Su sitio estaba en Deir el Medina, desde donde le serviría, pues tenía planes para él.
Al reflexionar sobre ello, Ay rio quedamente. Sabía muy bien que no había tiempo suficiente para enterrar al rey como correspondía, y por ello, antes de partir, Maya recibiría nuevas instrucciones por parte del Divino Padre. La tumba de Tutankhamón en el Valle de los Monos no estaba terminada, y por tal motivo sería sepultado en otro lugar. Con ello salvaguardaría la memoria de alguien que le era muy querido, para toda la eternidad.