El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 57 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 27

27

Horemheb se sentía satisfecho. Sus planes habían salido tal y como deseaba, o incluso mejor. La demostración de arrojo de la que había hecho gala el rey había sido muy conveniente, pues con ella el general aumentaría su influencia sobre el soberano. Ahora este se sentía parte del ejército, embriagado tras la consecución de un sueño que parecía imposible. El mismo Horemheb se mostraba sorprendido por lo ocurrido, aunque hubiera temido por la vida del faraón. Ignoraba de dónde este había sacado fuerzas para lanzarse al combate, aunque no por ello el general se dejara engañar. Seguía convencido de que el rey estaba condenado, aunque solo Anubis supiese cuándo se presentaría ante él. Su ascendiente sobre Tutankhamón le resultaba muy provechoso, pues no en vano este había llegado a declararle heredero en el caso de no tener descendencia. El general siempre había considerado aquellas palabras como una mera demostración de afecto, y él mismo deseaba que el faraón continuara con vida; al menos durante unos años más. Pronto el soberano tendría un heredero, aunque Horemheb albergara muchas dudas acerca del futuro de la criatura, dados los males que aquejaban a sus progenitores. El tiempo era su verdadero aliado, y a este había confiado el general su estrategia. Su enemigo, Ay, era ya un anciano, y Tutankhamón debía sobrevivirle.

Sin embargo, la inesperada entrada en escena de Shepseskaf se había convertido en un asunto que el general debía atender. No había nada mejor que anticiparse a los problemas antes de que se presentaran, y aquel ya se anunciaba en el horizonte. Sin lugar a duda todo eran conjeturas, pero Horemheb sabía muy bien en lo que estas podían llegar a convertirse; en desagradables realidades. Él, que conocía mejor que nadie al príncipe, se había percatado de su transformación, de la nueva luz de su mirada, del modo diferente con que veía al faraón, de quien inconscientemente se había distanciado. Todo obedecía a una misma causa: la ambición. Por primera vez esta se había despertado en el corazón de Shepseskaf, y Horemheb era capaz de sentirlo con claridad. En este particular superaba con creces a toda la corte, incluso a Ay, y conocía mejor que nadie cómo utilizar los resortes que hiciesen acrecentar su poder. Además de general se consideraba a sí mismo un gran legislador; un maestro de la intriga a quien era difícil engañar.

Durante todas aquellas noches de acampada junto a su ejército, había tenido tiempo para fraguar sus planes con minuciosidad. Ahora que conocía las ambiciones de todos los que celebraban aquella partida no tenía dudas acerca de cuáles serían sus pasos. Estos estarían envueltos en el sigilo, y la noche en la que se festejaba la victoria del dios a las mismas puertas de Kadesh, supo lo que debía hacer.

—Nuestros exploradores han avistado un pequeño contingente de tropas enemigas que se aproxima a la ciudad desde el norte —anunció Horemheb al faraón, en presencia del resto de los oficiales, entre los que se encontraba Shepseskaf—. Es preciso interceptarlos, para que podamos asediar la capital y rendirla en pocos meses. Debemos evitar que reciba cualquier ayuda del exterior.

—¡Ajá! —exclamó Tut, exultante—. Llevaré de nuevo a mi ejército hacia la gloria. Yo mismo lo conduciré para aplastar al «vil asiático».

Hubo algunos murmullos que Horemheb acalló al levantar una de sus manos.

—Mi señor, el dios Nebkheprura, ya consiguió la gloria ante su pueblo. Debemos permitir que sea otro quien mande el escuadrón de carros que salga a su encuentro —insinuó el general.

—Yo los dirigiré —manifestó Shepseskaf antes de que alguno de los allí presentes se le adelantara—. Permitidme honrar a Kemet en esta hora.

Horemheb permaneció pensativo durante unos instantes, y luego cruzó su mirada con la del faraón.

—Pocos valientes pueden comparársete. Todos sabemos que Amón te tutela, Shepseskaf, y también que eres el mejor auriga del ejército —apuntó el general.

—Es cierto —intervino Tut—. El príncipe es el elegido para detener a la chusma hitita. Ese es mi deseo. Que así se cumpla.

Los allí reunidos dieron muestras de aprobación, e incluso acudieron a felicitar a Shepseskaf por tener la oportunidad de demostrar el ardor guerrero que corría por sus metus. Llevaba toda una vida esperando ese momento y Horemheb le sonrió abiertamente, como lo haría un buen amigo.

Al día siguiente el príncipe partió al frente de su escuadrón, el mejor que poseía el faraón, altivo y desafiante, seguro de sí mismo, convencido de que al fin los dioses de la guerra le bendecían para que su nombre quedase grabado para la historia. Su gallardía no tenía parangón, y al observarle iniciar la marcha al mando de los hent-heteri, muchos asegurarían que era Montu, el antiguo dios de la guerra tebano, quien guiaba a sus hombres al combate. Horemheb vio cómo se alejaba, envuelto en una nube de polvo, y luego regresó a su tienda, con aire circunspecto y la mirada perdida.

Quienes asistieron a aquel enfrentamiento dirían más tarde que los tiempos nunca habían presenciado una carga de caballería semejante. Atacando en una formación cerrada, los carros cortaron por el centro las líneas enemigas para originar una gran confusión que terminaría en masacre. Una carnicería en la que los caballos pisotearon a cuantos encontraron en su camino mientras los kenyt nisw, los valientes del rey que los acompañaban, los mejores soldados de infantería, degollaban a diestro y siniestro como si en verdad fuesen genios llegados desde el Amenti.

El contingente enemigo huyó en desbandada, dejando el campo en poder de la muerte y el lamento. Shepseskaf ordenó perseguirle, ya que sabía que el mayor número de bajas del adversario se producía cuando este se retiraba, y él deseaba presentarse ante el faraón con un incontable número de cestos repletos de manos cortadas. Era la ocasión que había estado esperando desde que tuviese uso de razón, y no cejaría hasta ser condecorado con el oro al valor por el mismo dios. La historia de su propio linaje comenzaba en aquel momento pues, en su enajenación, estaba seguro de ser el origen de una nueva saga de grandes guerreros, que terminarían por ocupar el trono de Horus.

Persiguieron a los vencidos hasta casi reventar a los caballos, y al detener a sus tropas y mirar hacia atrás, el príncipe vio el rastro de cadáveres que había dejado a su paso.

—¡Hoy Nekhbet, la diosa buitre, comerá carroña hitita! —gritó a sus hombres—. No se me ocurre una mejor ofrenda.

Los soldados vitorearon al príncipe, en tanto se dedicaban a la tradicional rapiña y al recuento de manos por parte de los sesh mes, los escribas militares, que eran muy puntillosos a la hora de apuntar los trofeos, pues de ello dependerían las futuras recompensas que otorgaría el faraón. Amón había guiado el brazo de sus bravos y las tropas le elevaron sus loas, henchidos de orgullo por haber llevado de nuevo a Egipto por el camino de la victoria. Todo eran risas y parabienes cuando, de forma repentina, ocurrió lo inesperado.

El campamento egipcio estalló en aclamaciones al ver regresar a los vencedores. Habían conseguido un gran triunfo, por el cual Kadesh quedaría sitiada sin posibilidades de recibir ninguna ayuda. La noticia había llegado la tarde anterior, y el dios, junto a sus generales, se dispuso a recibir a sus valientes como se merecían.

Sin embargo, no todo eran buenas noticias. Un emisario se adelantó a las tropas para informar de un hecho desafortunado: Shepseskaf se encontraba gravemente herido.

Tras detener el ataque y arengar a los suyos, una flecha perdida fue a clavarse en uno de sus costados, la única zona que no cubría su coraza, astillándose en su interior. Quienquiera que la hubiese lanzado no podía haber tenido un mayor acierto, pues la herida era mortal.