El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 24 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 24

24

Nehebkau descendió por el Nilo como si formase parte de sus aguas. La corriente lo empujaba, perezosa, quizá para que el joven tomase conciencia de cuanto había ocurrido, de la magnitud de sus actos, así como del peso de la losa que debería llevar sobre sus espaldas durante el resto de sus días. Era una piedra ciclópea que, una y otra vez, trataba de arrojar al río, pero no podía. La portaba sujeta con cadenas de las que le resultaba inútil liberarse al haber sido forjadas por el ardid, el egoísmo y también por la locura. Había permitido que esta se apoderara de él para dejar marcados a los demás, a cuantos le amaban, probablemente para siempre.

Ya nada se podía hacer, y en cada recodo del río imaginaba el dolor que dejaba tras de sí, así como el sentimiento que él mismo se había encargado de ahogar en aquellas aguas. Lo había arrojado a las profundidades, y nadie lo podría rescatar jamás.

Sin embargo, la vida seguía, como el curso del río que fluía imparable hacia el norte hasta desembocar en el Gran Verde, un mar que aseguraban resultaba inabarcable, y en el que moraban todo tipo de extrañas criaturas que rendían vasallaje a Set, el dios del caos. Dentro de poco, Sopdet, la estrella

del perro[27], ascendería de nuevo por el horizonte, tras haber permanecido oculta durante setenta días, para anunciar la llegada de la crecida y con ella la celebración del año nuevo.

A Nehebkau la crecida le desagradaba de forma particular. Durante aquella estación, la fisonomía de Kemet cambiaba por completo para convertirse en un inmenso pantano en el que se hacía difícil vivir. Las aguas se oscurecían, repletas de sedimentos, y la pesca se convertía en un oficio complicado no exento de la habitual magia con que se revestía cuanto ocurriera en Egipto. Muchos peces quedaban atrapados tras los diques que se levantaban en los campos cuando las aguas volvían a bajar, en los pequeños estanques que se formaban, para regocijo de los campesinos y fastidio de los hombres del río. Definitivamente, akhet no era una buena estación para los pescadores, y el joven decidió darse prisa para llegar al Bajo Egipto antes de que lo alcanzara la crecida.

Quince días después que el nilómetro de Elefantina anunciase la avenida, esta se presentaría en Menfis, convertida en un mar de sustratos negruzcos que pintarían la tierra de negro para bautizarla como Kemet.

En realidad, Nehebkau pronto se vio embaucado por el paisaje, entregado a los mil olores que llegaban desde las orillas para perfumar el aire que respiraba, extasiado ante la multitud de especies que parecían dispuestas a acompañarle en su periplo. La vida bullía por doquier, y por primera vez recuperó el ánimo al contemplar cómo los hipopótamos asomaban sus monstruosas cabezas sobre la superficie del agua para mirarle con curiosidad. Desde los arenosos islotes que se formaban en el río, los cocodrilos lo veían pasar, mientras tomaban el sol, indolentes, como si no fuera con ellos. El joven los conocía bien y recordaba que su padre, el difunto Akha, siempre le había asegurado que eran los animales más sabios de Egipto. Desde su balsa de tallos de papiro, él les mostraba las palmas de sus manos, a modo de saludo, convencido de que le daban la bienvenida a su reino, del que no en vano el joven también formaba parte. El río era su mundo, siempre lo había sido, y ahora que regresaba a él de nuevo, se daba cuenta de lo que había sido su vida al alejarse de las aguas, de lo vulnerable que podía llegar a ser. El esquife era su hábitat, y sobre él se sentía dominador de cuanto le rodeaba.

Sin embargo, existía otro Egipto dispuesto a mostrar al joven su insignificancia. Se alzaba por doquier, como si se tratase de un gigante inabarcable surgido de la tierra para desafiar los milenios. Explicaba por qué el país de las Dos Tierras era distinto a los demás, y también cuál era la naturaleza de las gentes que lo habitaban. Eran moles ciclópeas de dura piedra construidas por la mano del hombre para mayor gloria de los dioses. Kemet se encontraba repleto de ellas, y al observarlos desde su barca, Nehebkau tuvo la sensación de que, de algún modo, estos lo miraban con desdén, con divina prepotencia, para hacerle saber que no era nadie, que había sido la fragilidad de su condición humana la que le había conducido hasta allí, y que los dioses de los que abominaba eran los verdaderos soberanos de aquel valle, en el que todas las criaturas les pertenecían. El agnosticismo alimentaba sus carcajadas, y desde el interior de sus templos, los dioses recordarían a aquel joven, con cada golpe de su remo, que ellos estaban allí para decidir la suerte de su destino; quisiese o no.

De este modo atravesó todos los nomos que le separaban del Bajo Egipto.

En el quinto, conocido como Harui[28], los Dos Halcones, supo que su capital, de nombre Gebtu, estaba consagrada a Min, el dios de la fecundidad de la tierra, y que en ella confluían las caravanas venidas desde todo el mundo conocido para comerciar con las más exóticas mercaderías. También supo que

en Iunet[29], el nomo del Cocodrilo, se reverenciaba a Hathor ya desde la antigüedad, y que en Hut, la Mansión del Sistro, ya había fundado un asentamiento el faraón Sesostris I. Al alcanzar Ta-wer, la Gran Pradera, la octava provincia del Alto Egipto, el joven pasó junto a Tjeny, su capital, la ciudad santa de Abydos de la que tantas veces había oído hablar. Era tan antigua que aseguraban que allí se encontraba enterrado Osiris, quien tenía dedicado un templo desde los tiempos de la XII Dinastía.

Algunos de los primeros monarcas que habían gobernado Kemet habían construido allí sus sepulturas, y Nehebkau tuvo que rendirse ante la evidencia de que su incredulidad religiosa no tenía cabida en el país de los dos mil dioses.

Al llegar a Akhmin, a la que llamaban Ipu, el tiempo pareció detenerse. El río discurría con lentitud, formando suaves meandros en cuyas orillas, Min, el dios de aquella comarca, había decidido mostrar su prodigalidad al llenar los campos de abundancia. Se trataba de un vergel sin igual, rebosante de vida, de todo lo bueno que se pudiese desear, en el que se encontraban los dominios que habían pertenecido a la difunta reina Tiyi. Su divino esposo, Amenhotep III, le había hecho construir un lago para su recreo de cerca de trescientas aruras, setenta y cinco hectáreas, del que ahora disfrutaba su familia. La pesca era abundante, y Nehebkau decidió permanecer unos días en aquel paraíso en donde se hubiese quedado a vivir para siempre. Mas debía continuar. Una voz en su interior le advertía de la necesidad de navegar hacia el norte, como si solo al recorrer la totalidad del río, sus aguas pudieran lavar su conciencia. Era un impulso que le animaba a dejar atrás cuanto conocía, pues sin saberlo había iniciado su propia búsqueda, quizá para averiguar quién era él en realidad.

De este modo prosiguió su viaje, sin saber lo que este podía depararle, pues su vida era una incógnita. En realidad, siempre lo había sido, pero era ahora cuando mostraba su auténtica naturaleza, la inconsistencia del terreno que pisaba y hasta el desarraigo que mantenía con cuanto le rodeaba. Mientras bogaba, río abajo, el joven tuvo tiempo para pensar en estas cuestiones, pero fue incapaz de encontrar respuestas. Estas parecían ajenas a su buen juicio, como si una fuerza poderosa se empeñase en mantenerlas ocultas. ¿Quién era? ¿De dónde procedía? ¿Qué extraño conjuro le incitaba a abominar de los dioses?

El paisaje le invitaba a entregarse a la ensoñación, pues todo el Valle del Nilo parecía obra de un imposible que, no obstante, se hacía presente desde hacía milenios. Las tierras feraces se daban la mano con las yermas, y las arenas del desierto se asomaban a los fértiles campos de la manera más natural, para conformar un cuadro que definía las señas de identidad de una tierra en la que la vida y la muerte se abrazaban sin ninguna dificultad.

En ocasiones, la imagen de Neferu salía a recibirlo como si formara parte de aquel escenario. A veces le esperaba en algún recodo del río y otras le observaba pasar desde los palmerales. Nehebkau hubiese querido ofrecerle la mano para subirla a su barca y navegar hasta los confines del mundo, pero ya no podía, y según discurría su viaje el rostro de su amada se fue perdiendo entre los cañaverales hasta quedar atrás, envuelto entre las brumas de un tiempo al que resultaba imposible regresar, pues ya nada sería igual.

La monumentalidad de Egipto terminó por dejar de sorprenderle, en parte porque se encontraba por doquier, y también por el hecho de desconocer su propia historia, su verdadero significado. Así, dejó atrás templos y capillas, necrópolis y hasta palacios que parecían surgir de entre la espesura, como solitarios gigantes de piedra. Al llegar a Akhetatón, el joven detuvo su marcha atraído por lo que se antojaba un espejismo. Ante él se hallaba la ciudad de la que había oído hablar en tantas ocasiones durante su infancia, la capital de la cual algunos aseguraban había surgido la infamia. El Atón moraba en ella, y el joven recordaba la ruina que supuso para Tebas su revolución religiosa, así como las persecuciones de las que él mismo fue testigo.

Sin embargo, el lugar le impresionó, pues en una desértica estepa Akhenatón había levantado una urbe repleta de templos y palacios, de inmensas avenidas que recorrían barrios en los que se alzaban hermosas mansiones, residencias rodeadas de frondosos jardines; espléndidas villas en las que se solazaron los principales de aquella corte formada por «hombres nuevos», y talleres en los que los maestros legarían a la posteridad una nueva concepción del arte. La capital contaba con todo aquello que un hombre pudiese desear, pues al otro lado del río se extendía una inmensa campiña cubierta de huertos y frutales, de viñedos y campos de labor. Nadie pasaría necesidades si adoraba al Atón y, no obstante, a Nehebkau le pareció que aquel lugar estaba carente de vida, cual si se tratase de un moribundo abandonado a su suerte. Hacía ya cinco años que el nuevo faraón había trasladado su residencia a Menfis, y en Akhetatón, la ciudad del Horizonte de Atón, apenas quedaban en uso algunos edificios administrativos, como la Casa de la Correspondencia, o el Palacio Norte, a donde Tutankhamón regresaba de vez en cuando, decían que llevado por la nostalgia, al haber nacido allí.

Al joven le pareció que aquel era un buen lugar para descansar, y durante algunos días se dedicó a lo que mejor sabía: pescar. Hizo buenas capturas, que cambió por grano, queso y un pequeño saco de lentejas, pues estas le gustaban mucho. Disfrutó de las buenas hortalizas, sobre todo de los puerros, y aprovechó su estancia para acudir al barbero. Este le observó unos instantes, mientras acordaban el precio, pues sentía curiosidad por el color de su cabello.

—Hace algunos años me faltaban horas para poder atender a mi clientela —aseguraba aquel individuo en tanto deslizaba su cuchilla de cobre con maestría—. Pero ahora ya ves. Me las veo y me las deseo para ganar un

quite[30]. La corte decidió trasladarse al norte, y a no mucho tardar Akhetatón se convertirá en un recuerdo. Nadie deseará vivir aquí.

Nehebkau guardó silencio, pues el futuro de la ciudad le traía sin cuidado.

—En los buenos tiempos hubo altos dignatarios que requirieron mis servicios —continuó el barbero—. Decían que poseía un don, ya que siempre gocé de un pulso firme, y que yo recuerde nunca corté a nadie. Fueron años felices en los que esta capital floreció hasta límites insospechados, bajo el lema favorito del faraón. Seguro que lo conocerás.

El joven hizo un ademán con la mano con el que reconocía su ignorancia.

—¡Cómo! ¿Nunca oíste hablar de él? Pues no se me ocurre otro mejor: Come, bebe y sé feliz —apuntó el buen hombre, categórico—. La gente lo acogió con entusiasmo; muchos hasta las últimas consecuencias, je, je.

Nehebkau apenas esbozó una sonrisa de aprobación pues la cuchilla se deslizaba muy próxima a su cuello.

—No existía un lugar mejor para vivir —prosiguió el barbero—, pero con los años el clima se enrareció y el dios terminó por comportarse de forma extraña. Corría el rumor de que había perdido la razón, y que solo le interesaba el culto al Atón y satisfacer sus apetitos sexuales, je, je. Aseguran

que en este particular superó a su padre, Nebmaatra[31], lo cual ya resulta difícil de creer.

El barbero apartó su navaja para mirar el resultado, y sonrió complacido.

—En realidad, era su Gran Esposa Real, Nefertiti, quien gobernaba — continuó en tanto apuraba un poco más el afeitado—. Una mujer bellísima, pero con un carácter terrible. Como sabrás, tomó el poder a la muerte de su esposo para coronarse con el nombre de Smenkhara, aunque solo lo pudo mantener durante algo menos de tres años. Dicen que acontecieron hechos asombrosos, aunque nunca supiésemos lo que ocurrió en realidad. La intriga era la verdadera reina en aquella corte.

Nehebkau asintió y luego pidió que le rasuraran la cabeza.

—Je, je. Parecerás un sacerdote; uno de esos que se hacen llamar web, los puros de manos —señaló el hombre mientras tomaba entre sus dedos algunos rizos rojizos—. Una vez afeité a alguien que tenía el pelo de tu mismo color; idéntico.

El joven lo miró un instante, sorprendido por el tono que había empleado el barbero.

—Al parecer se trataba de un príncipe, medio hermano del dios, puede que uno de los muchos que había tenido su padre, Nebmaatra, con las concubinas de su harén. Aseguran que este llegó a poseer más de mil, y que hizo lo posible por visitarlas a todas; je, je.

Nehebkau pareció interesarse por lo que le contaban, pues poder atender a mil mujeres se le antojaba cosa de hekas.

—Como te lo cuento. Aquel príncipe era muy arrogante, con fama de poseer mal carácter, un auriga extraordinario y muy aficionado a las mujeres, je, je. Algo que debía de venirle de familia. Sin embargo, fue generoso conmigo y recuerdo que, al terminar de afeitarle, clavó su mirada en mí con unos ojos tan azules como los tuyos, seguramente para que yo supiese a quién había tenido el honor de afeitar.

—¿Cuál era su nombre? —se interesó el joven.

El barbero se encogió de hombros.

—Eso no lo recuerdo; como tantas otras cosas que me han sucedido. Los hentis han terminado por pesar demasiado en mi corazón, y mis juicios ya no son como antaño, y aún menos mi memoria.

Nehebkau se mostró pensativo, sin saber muy bien el porqué.

—Si piensas quedarte, ya te adelanto que no es una buena idea — sentenció el barbero al reparar en el gesto de su cliente—. En pocos años esta ciudad parecerá una necrópolis, solo habitada por chacales, serpientes y escorpiones.

—Sin embargo, los muros de sus templos y palacios todavía resplandecen. Ahora entiendo el significado de su nombre. En su mejor época tuvo que ser fácil vivir aquí —replicó Nehebkau, al observar con curiosidad los edificios anexos al Gran Palacio, situados frente a él.

—Así es. Pero todo parece haber formado parte de un espejismo. Los buenos años no regresarán. Además, eres demasiado joven como para pensar en establecerte aquí. Si quieres abrirte camino deberás ir al norte, a Menfis, que es donde se encuentra la corte. ¿Conoces Menfis?

Nehebkau negó con la cabeza.

—Ah. Una gran ciudad, sin duda. Una vez estuve allí, hace ya muchos años, y te aseguro que no tiene parecido con ninguna otra capital. ¿De dónde eres? —preguntó el barbero de repente.

—Del sur —contestó el joven, escueto.

—Je, je. Ya sé que eres del sur. Tu acento te delata, aunque te confieso que me es indiferente que hayas nacido en uno u otro lugar. En mi juventud viví en Tebas, y te aseguro que la ciudad santa de Amón no es más que un villorrio si la comparamos con Menfis. Allí se encuentra el verdadero poder, y se pueden hacer buenos negocios. Su gente no se parece en nada a la de Tebas, que en mi opinión es una santurrona.

Nehebkau agradeció aquella charla con una sonrisa franca, a la vez que reconocía el buen trabajo del barbero. Este tenía razón, ya que al despedirse el joven bien hubiese podido pasar por un sacerdote web adscrito a cualquiera de los grandes templos. Siguió el consejo de aquel hombre, y al día siguiente prosiguió su viaje hacia el Bajo Egipto. Desde su barca continuó maravillándose de cuanto veía, del orden que parecía regir por doquier, del

trabajo de los [32] meret en los campos, del inflexible control de los inspectores, capaces de contabilizar hasta la última gavilla de trigo, de la inacabable sucesión de templos y tumbas que jalonaban las orillas del Nilo, algunos excavados en la roca. Los Señores de Oryx, el decimosexto nomo del Alto Egipto, se habían hecho enterrar allí, y la reina Hatshepsut construyó

durante su reinado un [33] speos dedicado a Pajet, la diosa leona patrona de la provincia.

Cuando llegó a la altura de El Fayum, el joven tuvo la impresión de que llegaba a las puertas de un mundo diferente. Merwer, el gran lago, nombre por el que era conocido aquel paraje, era una extensa depresión conectada con el Nilo por un largo brazo fluvial que convertía aquella región en un lugar extraordinariamente fértil, con una exuberante vegetación en la que abundaban las especies salvajes, sobre todo los cocodrilos. Sin lugar a duda aquel era el reino de Sobek, pues se le veía por todas partes ya que los marjales se hallaban repletos de caza y todo lo que era necesario para la vida

del dios cocodrilo. Decían que aquella área abarcaba más de seis [34] iterus, y

Nehebkau pudo imaginar la magnitud que algo así representaba para los ojos de los habitantes del Valle; y el poder que los dioses creadores manifestaban ante ellos.

La primera pirámide que contempló fue la de Meidum. Vista desde el río le pareció una torre gigantesca que amenazaba con desmoronarse. Ignoraba por completo a quién pertenecía, y enseguida pensó en los Servidores de la Tumba con los que había convivido. Otros como ellos la habían levantado mil años atrás, y dedujo con facilidad los hentis de trabajo que debieron emplear para erigirla. Su revestimiento había ido desapareciendo con el paso de los siglos y en el vértice quedaban a la vista varios escalones que debían de conformar el núcleo. Le pareció un lugar abandonado a su suerte, y se preguntó si todo el esfuerzo de los trabajadores del Lugar de la Verdad no caería algún día también en el olvido.

De Itjtawy solo podía opinar lo mismo. La que un día fuese ciudad amurallada, capital de los faraones de la XII Dinastía, se alzaba ahora solitaria, sin vida, como si se tratase de un lejano recuerdo que las arenas se habían encargado de devorar. A lo lejos se extendía la necrópolis, con más

pirámides[35] que aparentaban hallarse en ruinas, y junto a las márgenes del río aparecieron nuevos campos de la mejor tierra nhb, que eran administrados por el clero del dios Ptah. Aquellos eran sus dominios, pues su templo era el dueño del ocho por ciento de los cultivos de Kemet, que le habían sido restituidos tras el reinado de Akhenatón por el nuevo faraón. El país volvía a regirse por el orden inmutable establecido desde hacía milenios, y Nehebkau volvió a sentirse insignificante al comprender el alcance de aquel equilibrio del que el Estado se sentía garante. En Egipto el tiempo parecía detenerse, como si este no importara en absoluto.

A la mañana siguiente el paisaje sufrió una transformación. El río apareció repleto de embarcaciones que surcaban sus aguas en ambas direcciones cargadas con todo tipo de mercancías mientras, en las riberas, las gentes iban y venían tirando de asnos con las alforjas llenas. Menfis ya se anunciaba, y al doblar un recodo del Nilo, la ciudad surgió ante él de repente, para asombro de un joven que no daba crédito a lo que veía. Esta era casi tan antigua como el propio país, pues en ella había establecido su capital el unificador de las Dos Tierras, Narmer. En su perímetro todavía se levantaba la muralla blanca que le dio su primer nombre: Ineb-Hedj; aunque en los tiempos del faraón Sesostris I se la conociese como AnkhTawy, la que une las Dos Tierras. Ahora todos la llamaban Men-Nefer, o lo que es lo mismo, «belleza estable». Era una urbe enorme, que a los ojos del joven hacía parecer insignificante su Tebas natal, y cuyos muelles bullían de actividad entre un laberinto de naves de todo tipo que salían y entraban de su puerto de forma incesante. Las había de todas las formas y tamaños; desde falucas hasta las gabarras encargadas del transporte de mercancías por el Nilo, aunque lo que más impresionó a Nehebkau fuesen los barcos de alto bordo que se atrevían a atravesar el Gran Verde para comerciar con los pueblos del otro lado del mar.

El joven había oído hablar de estas embarcaciones, aunque nunca se había imaginado que pudieran ser capaces de navegar por los dominios de Set, el señor del caos, y desafiar su ira. Muchas se encontraban atracadas en triple fila, pues no había sitio suficiente en los muelles para todas, mientras se afanaban en cargar y descargar sus mercancías ante la atenta mirada de los funcionarios de la aduana, que contabilizaban hasta la última mercadería con el fin de aplicar las tasas correspondientes. Los escribas encargados de tomar nota eran tan puntillosos que no dudaban en hacer inspeccionar las bodegas de los navíos ante la menor duda de verse engañados. Menfis estaba llamada al comercio, y su estratégica situación cerca del delta hacía de su puerto, Per Nefer, «el buen viaje», un enclave al que podían arribar los mercantes para importar y exportar los más diversos productos, muchos de ellos procedentes de lejanas tierras.

Sin duda todo ello hacía de la capital una ciudad cosmopolita que poco se parecía a las demás, y desde los tiempos en que el gran Tutmosis III extendiera su imperio hasta las orillas del Éufrates, la urbe no había dejado de crecer, al haberse abierto Egipto a otros pueblos. Gentes llegadas de Retenu y de las islas del otro lado del mar se habían establecido allí, dispuestas a hacer buenos negocios, y las mercancías traídas desde oriente hacían furor, ya que las clases altas se habían aficionado al lujo en todas sus formas desde que el país de las Dos Tierras se empezara a recuperar de la ruina a la que le había conducido el infausto reinado de Akhenatón, el faraón hereje.

Por este motivo el ajetreo era habitual. Allí todo el mundo parecía tener prisa, como si no existiese un mañana, y no dudaban en alzar sus voces entre el gentío para llamar la atención sobre cualquier cosa que estuviesen dispuestos a negociar. A Nehebkau le parecía imposible que alguien pudiese llegar a entenderse entre semejante griterío, y al instante lo comparó con la quietud del lejano sur, con la tranquilidad con que se vivía en Tebas o la paz que se respiraba en el Lugar de la Verdad. Este era un Egipto diferente, y se preguntó cómo podría abrirse camino en un lugar como aquel, donde sin duda imperaba la ley del más astuto. Allí los chacales recorrían los muelles en busca de su particular carroña, aunque cambiasen los aullidos por sonrisas ladinas y palabras embaucadoras. Aquel que podía engañaba, y todos lo aceptaban como algo natural, incluso cual si fuese una obligación. Se trataba del imperio del ardid, y en verdad que en aquel reino los virtuosos eran legión. Detrás de cada acuerdo, después de alcanzar un buen trato, cualquiera podía tener la impresión de haber sido engañado; solo era necesario acostumbrarse.

Durante unos días Nehebkau vagó por los muelles como un ánima perdida en busca de un lugar en el que establecerse. Allí poco rédito podría sacar, pues hasta existían lonjas en las que se vendía el pescado del día, y algunos ejemplares provenientes del Gran Verde, algo que al joven le pareció asombroso. Sin embargo, no renunció a su esquife, puede que debido al cariño que le tenía, o quizá a que aquella vieja barca representaba los recuerdos de toda una vida. Indefectiblemente, se imaginaba a Akha sobre ella, con su piel cobriza, dura como el cuero, pegada a sus huesos, lanzando las redes justo en el sitio que debía, con aquel gesto inexpresivo del que nunca había sido capaz de separarse. A donde fuera que hubiese ido a parar su ba, Nehebkau estaba convencido de que su expresión nunca cambiaría, pues que él supiese su padre no conocía otra. En ocasiones se preguntaba cómo habría sido este en realidad, cuál su auténtica naturaleza, aunque terminara por comprender que semejantes cuestiones formaban parte de un imposible que nadie podría responder.

El joven ocultó su esquife lo mejor que pudo, entre unos cañaverales situados cerca del puerto. Era un lugar discreto, y en él pasaba las noches tumbado sobre su barcaza, como siempre había hecho. Le pareció que las estrellas brillaban menos, y que con mayor frecuencia Nut ocultaba su vientre sobre la bruma que formaba la humedad del río. Allí la diosa Tefnut era poderosa, y de seguro que las noches de invierno resultarían frías.

Una tarde alguien le descubrió. Nehebkau cocinaba unas carpas recién capturadas cuando oyó ruido de pisadas tras unos matorrales próximos al lugar en el que se encontraba. La pequeña lumbre, hecha con sarmientos, crepitaba a la vez que extendía un delicioso olor a pescado frito al que resultaba difícil resistirse. El joven era un maestro en el arte de prepararlo, y mientras removía con cuidado las ascuas observó que una cara asomaba por entre los arbustos como si se tratase de una aparición. Pasada la primera impresión, Nehebkau estuvo a punto de soltar una carcajada, ya que aquel rostro se le antojaba enteramente gatuno, con unos ojos abiertos como si fueran cuencos, que le miraban fijamente, sin pestañear. Al poco el desconocido se relamió, y Nehebkau suspiró mientras volvía a prestar atención a las brasas.

—Los arbustos son un mal lugar para ocultar a un hambriento —dijo mientras observaba el fuego.

Al momento el desconocido salió de su escondite y se aproximó con cautela.

—Qué gran verdad es esa, aunque, qué quieres, no existe ningún lugar capaz de aliviar al estómago atormentado —respondió el extraño con resignación.

Nehebkau le estudió un momento, mientras se aproximaba, e hizo un ademán con el que le invitaba a acompañarle.

—Gracias, amigo. Aún quedan corazones compasivos en esta ciudad sin conciencia. De algún modo, los dioses te lo recompensarán.

El joven sacudió la cabeza, divertido, como solía ocurrir cuando le mentaban la intervención divina por cualquier motivo. Luego miró con disimulo al recién llegado. Parecía mayor que él, de piel cetrina, como la de las gentes del Alto Egipto, de talla mediana y tan delgado como si hubiese nacido de un cañaveral. Al sentarse reparó en sus miembros huesudos, y orejas algo puntiagudas, que destacaban en su cabeza tonsurada. Sus facciones resultaban singulares hasta el extremo de que su semblante se asemejaba por entero al de un gato. El joven pescador de nuevo aguantó la risa, y el invitado pareció hacerse cargo de la situación para continuar con la conversación.

—Imagino el mal efecto que te causo, aunque, por otra parte, ya esté acostumbrado.

Nehebkau lo observó con más detenimiento y vio cómo aquel individuo clavaba sus ojos en las carpas mientras se relamía. Entonces oyó cómo le sonaban las tripas, en tanto el tipo se llevaba ambas manos al estómago.

—Dos días sin comer son demasiados hasta para alguien tan delgado como yo —se excusó—. Mis metus deben de estar ya sin fluidos, y por eso se quejan.

—Bueno, eso pronto lo remediaremos. El pescado ya está casi listo, y todavía dispongo de una hogaza de pan.

El extraño abrió aún más los ojos para mirar hacia el asado con evidente codicia; como quien se encuentra con un tesoro inesperado.

—¿Cómo es que no has comido en dos días? —quiso saber Nehebkau mientras le ofrecía una de las carpas y un trozo de pan.

—La vida —dijo el desconocido a la vez que se llevaba el pescado a la boca—. Uhm —exclamó—. Está delicioso. Jamás probé uno mejor. Por fin Shai se apiadó de mi suerte al cruzarte en mi camino. Soy muy afortunado.

Nehebkau asintió, divertido, ya que aquel tipo le parecía ocurrente. Durante un rato los dos permanecieron en silencio, mientras aquel hombre devoraba con fruición la inesperada cena que, al parecer, le había deparado el dios del destino. Luego, ya más satisfecho, el extraño comenzó a hacer alarde de su locuacidad.

—Perdona mi atrevimiento —aclaró— pero debes comprender lo inusual

que resulta encontrarse con una cena semejante. Dudo que el [36] Ti aty haya comido un pescado tan delicioso. Tiene un gusto exquisito que no adivino de dónde procede.

—Es el cilantro.

—¡Cilantro! —exclamó el invitado—. Ya me parecía a mí un manjar.

—Así lo preparamos en el Alto Egipto.

El desconocido asintió, pues el acento delataba a su anfitrión.

—¿De qué parte del sur eres? —quiso saber, aunque al instante se apresuró a puntualizar—: No pretendo entrometerme, amigo. Solo lo he preguntado por curiosidad.

—Soy de Waset.

—La ciudad santa de Amón —señaló aquel tipo, como si hubiese sido testigo de un prodigio—. Es la primera vez que me cruzo con un tebano, y a partir de hoy daré gracias a los dioses por ello. Tenéis bien ganada vuestra fama de virtuosos.

Nehebkau soltó una risita, ya que su invitado le parecía divertido.

—Yo en cambio soy de aquí. Nací en Menfis, y a esta ciudad seguramente será a la que Anubis vendrá a buscarme.

—Parece un buen lugar en el que vivir.

—Menfis es hermosa, pero también ingrata para el que tiene que buscarse la vida a diario. Deduzco que la visitas por primera vez.

—Nunca había salido de Tebas.

—Ignoro qué te trajo hasta aquí, pero has recorrido un largo camino.

Nehebkau no contestó, pero se percató de que aquel hombre lo observaba con extraordinaria viveza. Al punto este continuó.

—No hay mejor lugar que este para perderse entre el gentío —se atrevió a decir—. En Menfis da igual cuál sea tu nombre.

El joven pescador hizo un gesto de sorpresa, ya que el nombre era una cuestión de la mayor trascendencia para cualquier egipcio.

—Así es —prosiguió su acompañante—. A tales extremos ha llegado esta capital. Yo mismo desconozco mi nombre.

Nehebkau no pudo evitar una mueca de asombro.

—Es tal y como te lo cuento. Ignoro quién soy, y por ende quiénes pudieron ser mis padres. Algunos aseguran que soy producto de un milagro, aunque yo me temo que más bien proceda del pecado, ja, ja.

—¿Entonces…? —preguntó Nehebkau, desconcertado.

—En Menfis todos me llaman Miu.

Sin poder remediarlo el tebano soltó una carcajada, pues de este modo llamaban a los gatos.

—Ríe cuanto quieras, pues no voy a enfadarme. Lo entiendo perfectamente.

El joven pescador mostró las palmas de sus manos para disculparse.

—Espero que no te hayas ofendido —quiso aclarar—, pero convendrás en que no es un nombre muy común.

—Y dado a la burla, pero no me importa. Si nací con cara de gato, solo a Khnum habrá que pedir responsabilidades.

—El dios alfarero es muy aficionado a la broma; eso hay que reconocerlo.

—Hay quien asegura que en el vientre materno se obran prodigios de esta clase, sin que se conozcan las causas.

Nehebkau volvió a reír, ya que Miu hablaba sobre ello con una total convicción, tal y como si durante la concepción se echara a suertes la naturaleza de la criatura que habría de nacer.

—De nuevo debo disculparme, Miu; aunque si te detienes a considerar el asunto, tampoco saliste tan mal parado. En mi opinión pocos animales pueden compararse con los gatos.

—Uhm… tienen sus particularidades, sin duda. En Menfis los encuentras por miles, y en el puerto proliferan especialmente pues lo mantienen limpio de ratas. Los mercaderes aseguran que algunos son grandes como leopardos, aunque a mí siempre me pareció algo desproporcionado.

Nehebkau asintió, riendo entre dientes, ya que saltaba a la vista lo dado que era su invitado a la exageración.

—Bueno —dijo el joven mientras recomponía la compostura—. Para serte franco te confiaré que mi nombre tampoco es muy usual. Como te ocurre a ti, yo tampoco conocí a mis verdaderos padres, aunque, eso sí, un alma caritativa me recogiese para cuidarme.

Miu abrió de nuevo los ojos desmesuradamente, en lo que parecía ser un gesto habitual, para mostrar su asombro; y Nehebkau cayó en la cuenta de que aquel hombre no tenía pestañas, como les ocurría a los gatos.

—Al menos alguien se ocupó de ti —señaló Miu—, y no tuviste que vagar por la Tierra Negra abandonado a tu suerte.

—En eso tienes razón; aunque a la postre no tuviera una madre que pudiese bautizarme como corresponde, igual que te pasó a ti.

—Oh. Un hecho lamentable que, no obstante, es relativamente frecuente en Menfis. Aquí el río se despierta cada mañana con alguna criatura abandonada en un cesto. Algunos son pasto de los cocodrilos, aunque suelen recoger a la mayoría.

El joven pescador se lamentó con un gesto.

—Pero dime, pues ya tengo curiosidad —prosiguió Miu—. ¿Cómo te haces llamar?

—Nehebkau —dijo este en tanto clavaba la mirada en su invitado.

Miu hizo un aspaviento sumamente cómico y acto seguido una mueca de asombro; como si se hallase ante un imposible.

—Nehebkau —repitió con evidente estupefacción—. Ese sí que es un nombre poderoso. Dudo que tu madre hubiera podido encontrar uno mejor. Nehebkau… el indestructible. No conozco a nadie que se llame así.

Su anfitrión se encogió de hombros, ya que él tampoco había elegido aquel nombre.

—Con semejante apelativo se puede recorrer Kemet de norte a sur con total seguridad; sin temor a que pueda ocurrirte algo. Ahora comprendo cómo fuiste capaz de descender por el Nilo en tu esquife sin sufrir contratiempos.

Nehebkau quiso quitar importancia al asunto, y trató de ocultar su primer bostezo. Al momento su invitado hizo un ademán con el que se quería despedir, pero el tebano le animó a quedarse.

—Puedes dormir aquí, si lo deseas —le dijo—. Todavía tengo un poco de queso que podremos desayunar por la mañana.

Aquellas palabras resultaron convincentes a su inesperado acompañante, quien juró por la poderosa Sekhmet que no importunaría en absoluto el sueño de aquel ba bendecido por la diosa Maat, que había accedido a llenar su estómago de forma altruista.

Nehebkau se tumbó cerca de su barca, y al poco ambos se durmieron plácidamente, con la satisfacción propia de quien ha cenado bien.

Sin embargo, ya de madrugada, Miu se despertó, y durante un rato permaneció en silencio, casi sin moverse, aguzando el oído, como haría un gato que se preciara. Hasta él llegaba la respiración acompasada de su anfitrión, quien parecía hallarse en el mejor de los sueños. Con sumo cuidado se incorporó para dirigir la mirada hacia el zurrón situado cerca de Nehebkau, en el que se había fijado desde que diera el primer mordisco a la carpa. Ignoraba lo que pudiese contener, pero fuera lo que fuese sería bueno para él, pues no poseía nada. Con sumo cuidado se aproximó a Nehebkau, sin hacer el menor ruido, y acto seguido tomó el pequeño bolso para hurgar en su interior.

Tal y como le habían dicho había un buen pedazo de queso, que cogió al momento, y algo envuelto en una tela que parecía desgastada por el paso del tiempo. Con cuidado la desenvolvió y entonces sus ojos volvieron a abrirse, como acostumbraba a hacer cuando se sorprendía por algo. Aquella era una visión deslumbrante, un milagro inesperado imposible de definir, un hecho insólito que solo podía darse una vez en la vida.

Miu acarició el brazalete, y casi con reverencia lo expuso a la luz de la luna, que aquella noche brillaba con particular fulgor. Se trataba de una joya extraordinaria, digna de un príncipe, con incrustaciones de piedras semipreciosas, y tallada con maestría. El orfebre había grabado en ella la figura del dios Set, y al momento Miu se percató del gran valor que poseía. En Menfis podría obtener un buen precio por ella. Suficientes deben como para salir de la miseria en la que se hallaba; incluso podría encontrar una mujer de su gusto en el mercado de esclavos. Era una pena, ya que aquel joven se había mostrado sumamente generoso con él, al compartir su cena, pero la vida le había sido tan esquiva a la hora de administrar su suerte que era imposible rechazar el regalo que ahora le ofrecía. Sería un desaire — pensaba— y eso era algo que jamás haría, pues bien sabía él lo poco dada que era a ofrecer una segunda oportunidad. Aquel brazalete le convertiría en otro hombre, y Miu estaba convencido de que se lo merecía.

El truhan se sonrió, y después de introducir la alhaja en el zurrón, echó un último vistazo al joven, que continuaba dormido. Luego se levantó con cuidado, dispuesto a marcharse, y justo cuando se volvió se encontró ante lo inesperado.

Al principio no supo si salir corriendo, pero algo en su interior le dijo a Miu que era mejor permanecer donde estaba si quería volver a ver la luz del día. El menfita tragó saliva con dificultad, y acto seguido sintió que las fuerzas lo abandonaban, como si todo formase parte de un formidable hechizo para dejarle indefenso ante una muerte segura. De su garganta salió un gemido lastimero, y a continuación invocó a cuantos dioses conocía para implorar su ayuda; entonces la cobra se alzó en toda su majestad para situarse apenas a un codo de distancia y clavar sus ojos en él, en tanto mostraba su lengua bífida. Era una mirada terrible, fría y a la vez cargada de mensajes, arrolladora, con la que anunciaba su poder para arrebatarle la vida. Miu sintió que su vientre se aflojaba, y sus esfínteres huían de su control. Pensó que su tiempo estaba cumplido y siempre aseguraría que vio cómo Anubis se le aproximaba, con su sempiterna sonrisa de chacal, dispuesto a llevárselo sin hacer preguntas. En ese momento una voz resonó a su espalda.

—Si te mueves morirás.

Miu volvió a gemir, pero permaneció quieto, como si se tratase de una de

aquellas estatuas que tallaban «los que daban la vida[37]». En su angustia escuchó pasos de alguien que se aproximaba, y al poco una figura se inclinó junto a él, al tiempo que abría sus brazos y emitía palabras que era incapaz de entender; sonidos inconexos que le aterrorizaron.

Al momento la cobra fijó su atención en Nehebkau, quien gesticulaba para llamarla a su lado, como si se tratase de su perro favorito; sin el menor temor. El reptil pareció entenderle, ya que se echó a tierra para después reptar sobre sus rodillas y encaramarse a sus hombros.

—Ahora puedes soltar el zurrón —señaló Nehebkau, impasible, en un tono ausente de temor, como si aquello fuese algo natural.

Miu hizo lo que le pedía, sin apartar la vista del ofidio, y durante un rato observó cómo este se deslizaba por el cuerpo del tebano de la forma más natural, cual si se sintiese a gusto en su compañía. Así pasaron los minutos, aunque Miu jamás sería capaz de cuantificarlos. Para él, el tiempo se había detenido, pues atendía a la escena hipnotizado, igual que si se tratase de un sueño que no podía abandonar.

Ya próximo al alba, Nehebkau volvió a extender sus brazos con parsimonia, y susurró algo a la cobra, que al momento se echó de nuevo al suelo para acto seguido zigzaguear y desaparecer entre la espesura, con evidente pereza. Luego el joven se incorporó para tomar la bolsa y regresar hacia donde se encontraba su barca. Entonces Miu salió de su aturdimiento, y sin poder contenerse empezó a sollozar al tiempo que se llevaba ambas manos al rostro y sacudía la cabeza, lamentándose. Estaba tan impresionado que su cuerpo comenzó a temblar sin que pudiese hacer nada por evitarlo. No era dueño de sí, y en su corazón tuvo tal congoja que se vio invadido por un sentimiento de culpa que le resultaba desconocido; una emoción de la que no tenía constancia y le llevaba a verse como un ser despreciable.

Cuando al fin se recuperó, Miu miró al tebano, que lo observaba, impasible, sentado junto a su esquife; y al momento corrió hacia él para caer de rodillas y suplicar su perdón.

—Soy un ser vil —se lamentó—, indigno de sentarse a tu mesa. No encontrarás en Menfis a alguien tan aborrecible. Me diste de comer y yo te pagué de la peor forma, pues te quise robar. Soy un tipo infame al que esta noche humillaste con tu poder. Perdóname. Para mí eres como un dios.

Nehebkau lo miró fijamente, pero permaneció en silencio.

—Te contaré la verdad. Te abriré mi corazón, aunque nunca creas en mi arrepentimiento. Yo soy un simple ladrón, de los más humildes que puedas hallar en Menfis, pero un ratero, al fin y al cabo, que toma lo que puede para poder subsistir. Así es mi vida, aunque por mucho empeño que ponga no llegue más que a ladronzuelo. Me aprovecho de los descuidos ajenos, y me gusta deambular por los muelles para robar a los extranjeros que llegan al puerto, pues no me conocen. Me paso las horas de acá para allá en busca de incautos, y a la caída de la tarde acostumbro a apostarme en las proximidades de alguna Casa de la Cerveza, a las que suelen acudir marineros y comerciantes. El shedeh tiene la virtud de nublarles el entendimiento y, si veo la oportunidad, los sigo para sacar partido de su borrachera. A eso me dedico, aunque, como podrás comprobar, poco rédito obtengo con mi villanía. Hace dos días sustraje la bolsa a un mercader libio con sus ganancias, que no eran pocas pues contenía varios anillos de oro y un collar de lapislázuli, era una buena ganancia que me hizo concebir las mayores fantasías para mi futuro, igual que me ocurrió esta noche al ver tu brazalete. Lo malo fue que me topé con una pareja de medjays, de las que acostumbran a vigilar los muelles. Supongo que sabrás lo que algo así significa, ¿verdad?

Nehebkau asintió ya que se imaginaba sin dificultad todo lo que ocurrió después.

—Solo Anubis me resulta más peligroso que una pareja de medjays — continuó Miu con abatimiento—. Al percatarse de mi robo salieron en mi persecución como si se tratara de lebreles; corrían como guepardos, aunque pude escabullirme en uno de los almacenes y ocultarme en un gran cesto de harina. Por un momento creí sentirme a salvo, lo malo fue que soltaron al mono.

Nehebkau sabía a lo que se refería. Los medjays se hacían acompañar por un babuino, que liberaban de su correaje cuando necesitaban su intervención. Eran animales feroces, con enormes colmillos con los que eran capaces de hacer frente a los leopardos, y muy fieles a sus dueños. Él los había visto entrar en acción en múltiples ocasiones, y no había reo que pudiese escapar de ellos.

—Cuando oí sus chillidos ya lo tenía encima del cesto —se lamentó el menfita—, y al llegar los medjays, alertados por el griterío, y levantar la tapa de mimbre, el mono metió la cabeza para enseñarme sus terroríficos colmillos, al tiempo que rugía. A sus dueños les costó apaciguarle para que se bajase del cesto, como si el animal tuviese algo personal contra mí, mas al fin lo consiguieron para luego sacarme de allí entre risotadas y los peores improperios que se puedan escuchar. Hubo burlas de todo tipo y la gente acudió a ver el espectáculo, pues me hallaba cubierto de harina de pies a cabeza, blanco como el lino más puro. Algunos pedían que me hornearan para hacer buenas hogazas, y otros que me tiraran al río para ser pasto de los cocodrilos, entre grandes carcajadas y una general algarabía. Pero como verás, no ocurrió ni lo uno ni lo otro. Me dieron cuatro palos y me ataron de mala manera, mientras me aseguraban que en esta ocasión no me libraría de ser condenado a trabajar en las minas del Sinaí.

Miu detuvo su relato unos instantes, como para coger aire, mientras perdía su mirada en el río, en tanto el tebano lo observaba en silencio, sin perder detalle de lo que le contaba.

—Esta no iba a ser la primera vez que me llevasen ante el juez, aunque bien podía tratarse de la última —prosiguió el menfita—. A pesar de que saben que soy inofensivo suelen imponerme las penas habituales, en las que se reparten bastonazos más allá de lo imaginable. En una ocasión me dieron cincuenta, con alguno que otro sangrante, y en confianza te diré que aún no comprendo cómo pude recuperarme de la tunda. El último magistrado con el que me vi las caras ya me advirtió que, si volvía a importunarle con mis fechorías, me enviaría al Sinaí. ¿Te haces una idea de lo que significa esa palabra?

Nehebkau hizo un gesto de desconocimiento, y el ladronzuelo continuó con su historia.

—Ignoro quién pudo bautizar con ese nombre a un lugar semejante. Creo que el Amenti hubiese sido mucho más apropiado, sobre todo porque de este modo todos los condenados en el Juicio de Osiris ya sabríamos lo que nos esperaría. El Sinaí es sinónimo de los más terribles padecimientos. En sus minas la tierra te arrebata el aire hasta dejar que mueras consumido por tu propia desgracia. Yo allí duraría poco, como es fácil imaginar; estoy convencido de que en una semana Anubis me despacharía sin ninguna dificultad.

Nehebkau asintió, comprensivo, pues pensaba que solo era cuestión de tiempo el que Miu terminara en aquel lugar tan poco recomendable.

—Sin embargo, no estaba dispuesto a adelantar los acontecimientos — apuntó este último—. Debía escapar a cualquier precio, y eso fue lo que hice a la menor oportunidad. Yo también tengo mis habilidades, ¿sabes?, y con los años me he convertido en un consumado escapista. No hay nudo que se me resista, y si es necesario hasta soy capaz de descoyuntar alguno de mis miembros para deshacerme de las ataduras. Así pues, al primer descuido, corrí y me arrojé al río con las manos aún amarradas a la espalda, ya que prefería terminar mis días entre las fauces de un cocodrilo que verme en el Sinaí con mis huesos molidos por los golpes. Lo demás resultó sencillo, pues soy un buen nadador, y tras liberarme de mis ligaduras me escondí entre los cañaverales, muy cerca de aquí, donde pasé más de un día implorando a Sobek para que no enviase a alguna de sus criaturas a buscarme. Luego me aventuré a salir de allí, y al poco me llegó el aroma de tu asado, al que, como comprenderás, no me pude resistir. Esta es mi triste historia, y solo deseo que te hagas cargo de mi lamentable vileza y puedas perdonarme.

—Al parecer, la vileza que te atribuyes está en tu corazón. Da igual que yo te perdone. Mañana volverás a robar al primer incauto que se cruce en tu camino —aseguró Nehebkau con severidad.

—Pero tu caso es diferente. Me acogiste de buena fe, sin conocerme, y compartiste lo que poseías.

—Salvo el brazalete que decidiste robarme —dijo el tebano con sorna.

—Tienes razón, y es por eso que he reconocido mi culpa; pero luego recibí una gran lección que jamás olvidaré. Aún tiemblo al recordar lo que ocurrió después. Parece cosa de hekas; nunca vi un poder semejante. ¿Acaso eres un mago?

Nehebkau hizo un gesto de disgusto, ya que las hechicerías le desagradaban de forma particular.

—Entonces eres un enviado de Wadjet que me libró de una muerte segura. Un ser semidivino, pues no encuentro otra explicación.

—No hay ninguna explicación que dar —aclaró el joven tebano, ya que deseaba zanjar aquella conversación.

—En tal caso permíteme que te sirva —se atrevió a decir el pillastre.

Nehebkau rio quedamente.

—¿Servirme? Buena ocupación me ofreces. Lo último que haría sería asociarme con un ladrón.

—A tu lado podría reconducir mi camino y alejarme para siempre de mis hábitos mezquinos —aseguró Miu, que parecía muy excitado ante semejante posibilidad.

—No tengo intención de aliarme con nadie. Además, soy casi tan pobre como tú.

—Pero no te pediría nada a cambio. Siempre estaré en deuda contigo; te repito que para mí eres como un dios.

—No encontrarás en Egipto a nadie tan apartado de los dioses como yo — apuntó el joven en tono burlón, pues le divertían los gestos teatrales con los que se acompañaba el menfita cuando hablaba.

—Al menos accede a que te muestre la ciudad. Podría enseñarte hasta el último de sus rincones. Piensa que eres un forastero que la visita por primera vez, y hay todo un ejército de colegas dispuestos a interesarse por ti en cuanto te vean aparecer.

—Imagino que formáis una cofradía de la mejor condición —dijo el tebano con ironía.

—No existe ninguna con mayor reputación. Pero Menfis no es solo el reino de la astucia; se trata de una capital tan antigua como el país, llena de historia y hermosos lugares, donde un hombre como tú podría hacer fortuna.

Nehebkau enarcó una ceja con evidente desdén, ya que no estaba entre sus planes enriquecerse.

—Créeme —se apresuró a explicar Miu—. Aquí se halla la Administración del Estado desde tiempos inmemoriales, así como la residencia del faraón. El dios Tutankhamón, vida, salud y prosperidad le sean dadas, se aloja en el palacio que un día levantó el gran Tutmosis I, y que luego embelleció su abuelo. En Menfis se encuentra el verdadero poder que rige la Tierra Negra, y se pueden hacer buenos negocios.

El joven tebano observó a su acompañante con curiosidad. Sin duda hablaba con entusiasmo, aunque él no estuviera interesado en nada de lo que le contaba. No tenía ningún plan en particular, pues su viaje atendía a razones que solo competían a su conciencia. En el fondo él no era mucho mejor que aquel redomado ladrón, pues sus actos poco tenían que ver con la supervivencia y sí con el egoísmo y la artera traición. Si Menfis era la ciudad del engaño, él no desentonaría en absoluto, incluso podría dar clases de deslealtad a quien se lo pidiera.

Miu percibió aquel momento de duda, y al punto continuó.

—Seguro que eres un buen pescador, y yo podría ayudarte a vender tu pescado. En Menfis encontrarás mucha competencia, pero saldrás adelante si es eso lo que deseas. Yo mismo cuidaría de tu barca cuando así lo precisaras.

Nehebkau lanzó una carcajada, ya que lo último que se le ocurriría sería dejar a un ladrón al cargo de su querido esquife. Sin embargo, se detuvo a considerar la cuestión. Si Menfis era una ciudad tan laberíntica, ¿qué mejor que recorrerla en compañía de un truhan?