El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 11 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 11

11

 

Aquella tarde Ipu se casaba, y toda la comunidad del Lugar de la Verdad participaba gozosa de tan señalado acontecimiento. En realidad, no era preciso ningún tipo de ceremonia. Kahotep había dado autorización de «hacer esposa» a su futuro yerno, y este solo necesitaba invitar a la novia a que conviviesen bajo el mismo techo, a la vista de todos, para que el matrimonio fuese considerado válido. Hathor bendecía a dos de sus hijos para que se amaran bajo su tutela, y en Deir el Medina sus pobladores se alegraban, ya que de este modo el vecindario aumentaría en breve, y algún día habría nuevos brazos que ayudarían en la construcción de las tumbas. Incluso Maya, el superintendente del Tesoro y responsable directo de aquella aldea ante el faraón, había enviado sus felicitaciones.

El padre de la novia no cabía en sí de gozo. Poseía una bien ganada reputación, y como capataz de los trabajadores del «lado derecho» consideró hacer extensiva la invitación al resto de la Tripulación, los conocidos como «remeros del lado izquierdo», así como a todos los que se encargaban del buen gobierno del poblado. Por tal motivo decidió tirar la casa por la ventana, y dar muestras de su generosidad en un día tan señalado. Así, hizo traer ingentes cantidades de pan blanco con diferentes formas, entre las que proliferaban las que representaban a Hathor, como diosa del amor, o al simpático Bes, sempiterno protector del hogar. Ofreció deliciosas pastas endulzadas con miel y aromatizadas con sésamo, frutas o granos de anís. Abundaban los dátiles, hortalizas y aves de corral engordadas para la ocasión, y la cerveza correría como el Nilo en la crecida. Nehebkau llevó pescado en abundancia, y el bueno de Kahotep sorprendió a sus invitados con un asado de res, algo inusual, ya que la carne rara vez estaba presente en las mesas, al ser muy cara.

Un ágape digno de un príncipe, aderezado con múltiples especias, en el que no faltaban los higos de sicómoro, tan reverenciados por proceder de un árbol sagrado y, cómo no, la lechuga. Sobre este particular se hicieron las bromas acostumbradas y comentarios picantes, ya que la lechuga se consideraba un alimento que favorecía la potencia sexual, algo que muchos de los presentes pensaban necesitaría el novio. También corrió el vino de los oasis y más tarde el shedeh, lo que terminó por desatar las lenguas, y al poco los comentarios procaces. La novia lucía espléndida, y había quien opinaba que era demasiada mujer para el marido con quien se iba a casar. Neferu era fuego en movimiento, e Ipu un santurrón que se consumiría sin remisión, por muchas lechugas que tomara.

Los Servidores de la Tumba disfrutaron de una celebración que sería recordada durante muchos hentis. Sin embargo, habría un antes y un después de aquel día. Todo se inició con la primera mirada, tan fugaz como inesperada. Un destello surgido de algún rayo perdido del sol de la tarde, o

quizá de la voluntad de los dioses. No había explicación, mas los [25] kas, el

concepto que definía la esencia vital del individuo, se aferraron a aquella luz para dejarse envolver, cual si hubiesen esperado ese momento durante toda su vida. Eso fue lo que ocurrió cuando se reconocieron, para caer rendidos sin remisión. Ambos se enamoraron perdidamente como si en aquella hora fuesen parte de un suspiro que Hathor les regalaba. La diosa del amor se manifestaba como solía, de forma caprichosa, sin lugar para la razón. Esta poco importaba, pues la diosa solo necesitaba de su misterioso perfume para embriagar los corazones. Neferu y Nehebkau apenas cruzaron palabra, más allá de las que dictaba la cortesía cuando el joven felicitó a los recién casados. No eran necesarias, pues la novia sintió cómo sus entrañas se llenaban de mariposas, y en sus metus la sangre se desbocaba hasta crear remolinos por los que creyó desfallecer. Una fuerza desconocida la devoraba, y tuvo que hacer ímprobos esfuerzos para mantener la compostura, mientras caía prisionera del azul inmenso que se asomaba a los ojos de aquel hombre. Sin poder evitarlo se vio cautiva de ellos, encadenada sin remisión a quien solo conocía de oídas; a un heka de cabello rojizo y rasgos de príncipe que parecía nacido de un imposible. Khnum, el dios alfarero, había creado un sueño y Neferu se vio atrapada en él sin ánimo de volver a despertar.

Cuando al fin se separaron ella apenas fue consciente de lo que ocurría. Solo se vio arrastrada hasta el interior de su nueva casa, donde Ipu la tomó por primera vez. Enardecido, este consumó la unión con la mujer que siempre había soñado, dando gracias a los dioses por haberle colmado de tanta felicidad. Sin embargo, mientras la penetraba, Neferu pensaba en aquella mirada teñida de azul; que con cada embate era el miembro de Nehebkau el que le quemaba las entrañas, el que la hacía galopar por campos interminables sembrados de pasión. Una pasión que la abrasaba, a la vez que la animaba a azuzar la cabalgadura. Su ímpetu la hizo enloquecer, y con renovados bríos se lanzó en pos de su propio ensueño. Entonces, súbitamente, la carrera terminó, y ella sintió que aquel entramado se desmoronaba como si formase parte de un extraño conjuro. Junto a ella Ipu yacía desfallecido, mientras hacía esfuerzos por recuperar el aliento, y Neferu le dio la espalda, todavía envuelta en la quimera, empapada en el deseo no satisfecho. En ese momento se percató de que entre ambos no había habido ni una sola palabra.

Aquel día Meresankh también comenzó a escribir su propio relato; una historia que nada tenía que ver con la de su hermana, aunque tuviese el mismo protagonista: Nehebkau. Ella también había quedado prendada del joven pescador, aunque por diferentes motivos. No era el color de sus ojos o el de su cabello lo que la atraía, sino algo más intangible que, no obstante, captaba con claridad meridiana. Su ka también había despertado, pero en esta ocasión para escudriñar en lo más profundo de aquel hombre hasta llegar a su ba, su alma inmortal. Había verdadero poder en su interior, pero también sufrimiento; un sufrimiento que formaba parte del joven y ella notaba sin dificultad. Todo en él resultaba misterioso, y no tuvo duda de que existía un enigma que lo atormentaba y le hacía parecer impenetrable. Era como ella, un hijo de la luna, más allá de que su cabello pareciese bruñido por la mano de Ra. Aah, el Disco Blanco, el Hacedor de Eternidad estaba en él, y Meresankh sabía de sobra lo que esto significaba. Aah, el señor del Cielo, no necesitaba templos en los que rendirle culto. Su influjo se hallaba en el interior de sus elegidos y esto era lo que los diferenciaba de los demás.

Ella era consciente de la impresión que el joven había causado en su hermana. La conocía bien, y estaba segura de que se había enamorado de él con el primer cruce de sus miradas, que había despertado su pasión, y que esta correría imparable hasta verla satisfecha; así era Neferu. No cejaría hasta conseguir sus propósitos, y Meresankh imaginaba sin ninguna dificultad a dónde podrían conducir estos. Los caprichos traerían desgracias y no había nada que se pudiera hacer por evitarlo.

Sin embargo, pensó en sí misma, y al punto trazó sus propios planes. Se trataba de un papiro en blanco en el que era preciso transcribir hasta el último símbolo, colocar cada uno en su lugar de forma conveniente. Aunque se considerara hija de la luna, Meresankh sentía veneración por Heka, el dios menor que personificaba el poder mágico del sol, la magia en estado puro, y considerado el Gran Ka de Ra, de entre los diecinueve que poseía el padre de todos los dioses. Ella siempre se había sentido atraída por el lado oculto de las cosas, por lo que nadie ve, pero no obstante existe. Muchas noches, desde la azotea de su casa, mientras los demás dormían, Meresankh escudriñaba los cielos para leer sus mensajes. Nut los escribía a diario sobre su vientre para todo aquel que fuese capaz de descifrarlos, y ella podía hacerlo. Durante la vigilia que siguió a la boda de su hermana prestó particular atención a la bóveda celeste. La luna se alzaba en su creciente y traía señales ocultas tras su pálido manto; palabras escondidas que llegaron como un susurro a los oídos de la joven. Estas se presentaban como una premonición, y al punto ella supo que, de uno u otro modo, se cumplirían. Eran palabras desasosegadoras que dibujaban un escenario repleto de claroscuros. Sombras tenebrosas que trataban de devorar a los rayos teñidos de planta. Sin embargo, aquella era una luz purísima en la que brillaba la esperanza, y Meresankh no tuvo dudas de que poseía el poder de mil centellas.

Aquella misma noche comenzó a escribir en su papiro. Amaba a un hombre con el que no había intercambiado ni una palabra. Alguien que ni siquiera había reparado en ella y del que no sabía nada. Un enigma al que su corazón se había abrazado dispuesto a no soltarse jamás. Él era el elegido, y la medida del tiempo apenas tenía importancia. La luna así se lo había vaticinado, y Shai cruzaría sus caminos cuando llegase el momento. Ahora veía el futuro con claridad. En este había llanto, y un dolor insoportable, que daba paso a un paisaje cubierto por la bruma. Así debía ser hasta la llegada de un nuevo día.