El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 80 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 50

50

 

A Nehebkau le gustaba Gizah durante el mes de hathor, mediados de octubre. Aunque continuaba haciendo calor, la atmósfera poseía cierta quietud que convertía el aire en respirable después de soportar el ardiente calor del estío. El joven disfrutaba de aquel periodo del año en el que las aguas empezaban a bajar de nivel para acabar por mostrar la verdadera cara de Egipto, la que terminaba por darle nombre: Kemet. El contraste de los campos pintados de negro con el dorado del desierto le parecía evocador. Ambos colores representaban los dos polos opuestos del país de las Dos Tierras, la fertilidad y lo baldío, y cada uno de ellos cumplía una función. Hacía tiempo que se sentía parte de aquel equilibrio eterno, y junto al faraón disfrutaba del regalo que los dioses les habían otorgado, desbocando sus caballos a través de las extensas planicies que rodeaban el pabellón de caza, en persecución de sus presas.

Aquel era uno de los lugares preferidos por Tutankhamón, al que gustaba ir a menudo para guiar su biga por las ardientes arenas que se perdían en el horizonte. En ocasiones, su pasión por la caza los hacía llegar hasta Saqqara, y una vez atravesaron la necrópolis para detenerse al pie de la pirámide roja, que más de mil años antes había levantado Snefru en Dasur. Todo pertenecía al dios, quien acostumbraba a vestirse como si fuese a entrar en batalla, ataviado con un casco khepresh, azul como el lapislázuli, y la espada curva que habían puesto de moda tras sus campañas en Retenu los faraones guerreros. Tut los reverenciaba de un modo singular, y muchas mañanas, antes de iniciar la cacería, visitaba el templo que uno de aquellos reyes, Amenhotep II, había construido frente a la Esfinge.

—En mi opinión ningún otro dios se le puede comparar en la batalla — aseguraba Tutankhamón en cuanto había ocasión, ya que reverenciaba la fuerza que había hecho famoso a dicho faraón—. Podía atravesar varias planchas de cobre al lanzar sus flechas, y le gustaba combatir en primera línea, junto a sus veteranos, quienes lo adoraban. ¿Sabes que colgó por los pies de la proa de su nave a uno de los reyes contra los que luchó?

Nehebkau había escuchado aquella historia tantas veces que la sabía de memoria, pero solía negar con la cabeza pues el faraón disfrutaba mucho al volverla a contar.

—De este modo subió por el río, hasta atracar en los muelles de Karnak. Debió de ser un espectáculo memorable —terminó por decir Tut.

En el santuario de Amenhotep II el faraón elevaba sus plegarias para que le fuese propicia la caza, aunque Nehebkau supiera que también pedía por el hijo que venía de camino, para que su ancestro le diera parte de su portentosa fuerza y naciese sano.

Cuando Tutankhamón vio los arneses que le habían regalado a su amigo, se prendó al instante de ellos, y ordenó a sus guarnicioneros que le hiciesen unos similares, en el que debía cambiarse el adorno de la cobra por el de Khepri, el escarabajo que simbolizaba el renacimiento. El dios era más feliz que nunca, y el joven tebano pensaba que todo era demasiado hermoso para que durara; sin saber por qué, tenía un mal presentimiento.

Tutankhamón tenía escrito su camino desde el día de su nacimiento, y por algún motivo Shai había decidido que la suerte no acompañara a aquel faraón débil y enfermo, a quien Khnum había proporcionado el corazón de un león.

En el quinto mes del embarazo, Anubis volvió a presentarse en palacio para cubrirlo de luto. Esta vez no tuvo paciencia, ni se dignó a esperar al parto, pues vino directo a llevarse al ansiado heredero, a quien arrancó del vientre de su madre. Ankhesenamón tuvo un aborto, y las ilusiones de la pareja real volvieron a quebrarse en medio de un dolor indescriptible. ¿Cómo era posible? Ellos, que habían luchado por devolver a los dioses a sus antiguos templos, que habían embellecido sus santuarios y restaurado las antiguas tradiciones, eran castigados de la peor manera posible. ¿Por qué les daban la espalda los padres creadores? Mientras ambos trataban de consolarse, buscaban una explicación, pero no la encontraron.

En la corte surgieron las habladurías, y muchos se convencieron de que aquella familia estaba maldita; que eran parte de una saga que había perseguido con saña a los dioses y que, como era bien sabido, estos tendían a mostrar su rencor y nunca olvidaban las afrentas sufridas; así era su naturaleza.

Tut lloró desconsoladamente la muerte prematura de su hija. Se trataba de una niña, como Ankhesenamón ya había vaticinado, y Nehebkau asistió a un drama personal que traería funestas consecuencias. Ni su aliento ni sus palabras de ánimo hicieron mella en el faraón. Nada ni nadie podía aliviar tanta pena, y el corazón de Tutankhamón terminó por romperse en pedazos. Buscó alguna razón donde no las había, y acabó por convencerse de que, en cierto modo, pagaba por los pecados cometidos por sus ancestros. Maat le había dado la espalda, y el faraón clamó ante aquella injusticia.

Sin embargo, no todo fueron tribulaciones en palacio. Al conocer la funesta noticia, Heteferes brindó con su mejor vino en la intimidad de sus aposentos, convencida de que aquella era una nueva señal que los dioses le enviaban para alumbrar aún más sus propósitos. Las piezas encajaban en aquel rompecabezas para demostrarle que su sueño podía hacerse realidad; que estaba muy lejos de ser una quimera. Su relación con Najt la había fortalecido, tal y como esperaba, a la vez que había endurecido aún más su corazón. Estaba dispuesta a llevar sus planes hasta las últimas consecuencias, y el juez la alentaba a ello, al intrigar como sabía, a fin de preparar el terreno a la espera de que llegase el día en el que Egipto cambiara de manos. Sin duda era un maestro del ardid, y su proverbial suerte le había llevado a confabular en su propio beneficio. La misión que Ay le había encomendado había pasado a un segundo plano, pues era capaz de ver las posibilidades que se le abrían en aquel asunto, y la gloria que esperaba al final del camino.

Intuía que el fin de aquella dinastía podía estar próximo, y era capaz de vislumbrar las luchas por el poder que se desatarían si Tutankhamón muriese sin descendencia. Habría desórdenes, y ese sería el momento de reclamar el trono para el único príncipe de sangre real que quedaba con vida. Entonces, a la sombra de la princesa, él gobernaría Egipto con puño de hierro y se convertiría en el hombre más poderoso de Kemet. Sin embargo, debía actuar con suma astucia, y forjar alianzas cuando llegase el momento.

La princesa le fascinaba. Ella era su alter ego, la mujer que le conducía al paraíso con el que siempre había soñado. Entre ellos apenas eran necesarias las palabras; sus kas se lo decían todo, y también sus miradas, que leían con facilidad. Heteferes le había abierto las puertas a su mundo; un lugar tan oscuro como deseara, donde poder abandonarse a sus bajos instintos, a la búsqueda del placer que ambos se procuraban, en compañía de las amantes a las que ella nunca renunciaría. Ambos poseían la misma naturaleza perversa, y ello los ayudaría a conseguir sus fines, pues Najt estaba convencido de que al final el mal siempre triunfaba.

Mientras tanto Ay se lamentaba por la tragedia, al tiempo que reflexionaba sobre sus posibles consecuencias. Conocía mejor que nadie a la pareja real, y ahora dudaba seriamente que algún día pudiesen procrear. Tutankhamón era un rey débil, y él sabía los impedimentos que podría tener para mantenerse en el trono ante un enemigo poderoso. Era el momento de extremar su vigilancia, de prestar atención a la empresa que Najt debía llevar a cabo, de velar por sus propios intereses.

Pese a ser un anciano, Ay conservaba la ambición por el poder. Lo había acariciado toda su vida y ahora que se encontraba en su vejez conocía cada mecanismo de su maquinaria. Había servido a grandes faraones. Amenhotep III y Akhenatón le habían enseñado lo mejor y lo peor de la realeza, así como la importancia de mantener a los nobles y los templos unidos en favor del dios. Controlar dichas fuerzas era todo un arte del que el canciller se creía un virtuoso. Sin duda su aprendizaje le había llevado toda una vida, y por este motivo podía vanagloriarse de ver con claridad cuanto ocurría a su alrededor, y hacia dónde se encaminaba el país de las Dos Tierras. Con veinte años menos a sus espaldas sus pasos habrían sido distintos, y también su determinación, pero él sabía como nadie el terreno que pisaba y hacia dónde dirigir su ambición.

Aunque muchos hubiesen intrigado contra él y le despreciaran en secreto, amaba Kemet sobre todo lo demás, y a su manera le había servido con su mejor ánimo, adecuándose a los tiempos que le habían tocado vivir. La época de Amarna había sido un periodo controvertido, en su opinión con luces y sombras, independientemente de que hubiese llevado a la ruina al país. Él había sido un furibundo seguidor del Atón, y lo continuaría siendo en lo más profundo de su corazón, pero era consciente del daño producido por el cambio religioso llevado a cabo por su hija Nefertiti y por Akhenatón, que había terminado por quebrar Kemet y sumirlo en la desolación.

Aquellos años le habían servido para profundizar en el conocimiento del alma humana, para saber lo que se escondía en los corazones de quienes se hicieron llamar «hombres nuevos», en general una verdadera escoria que se aprovechó de la oportunidad que les daba aquel régimen para medrar y enriquecerse a costa de lo que fuese. Así era la política. Sin embargo, él había logrado sobrevivir a aquellos tiempos convulsos, quizá porque comprendió antes que los demás que no conducían a ninguna parte. El reinado de Smenkhara estaba condenado de antemano, y fue doloroso como padre ver a su hija sucumbir, devorada por el monstruo que ella misma había alimentado.

Ay suspiraba al recordar con pesar la gran traición fraguada desde el trono, al pedir un príncipe al odiado Hatti, en la que él participó, sabedor de que de este modo acabaría definitivamente con un pensamiento que ya estaba muerto. Egipto era lo primero, y su nave debía navegar por aguas tranquilas para poder restañar sus heridas, para que cada cosa volviese a su lugar. Tutankhamón se había presentado como un regalo de los dioses, y durante aquellos últimos años Kemet había vuelto a respirar mientras recobraba su pulso perdido. Ay sentía gran afecto por el joven faraón mas, sin embargo, sabía que este no podría reinar solo. A su manera, Ay siempre lo había protegido, aunque se aprovechase de su posición para tomar las decisiones de Estado y gobernar junto a Horemheb, su eterno rival, al que no obstante consideraba beneficioso para la buena marcha del país.

El aborto de su nieta, Ankhesenamón, le invitaba a ver con mayor claridad hacia dónde debía dirigirse la nave del país, y se congratuló por su intuición al elegir a Najt para realizar aquel servicio. Había conocido a otros como él durante su larga existencia, aunque este pareciese superarlos a todos en degradación moral y ambición sin escrúpulos. En su opinión se trataba de un psicópata, el tipo perfecto para destruir a quien se le opusiera a la hora de conseguir sus fines. El pertenecer a las seis Grandes Mansiones era un bocado demasiado exquisito para quien se había criado en los arrabales de Menfis, un empleo irrechazable que, obviamente, no había dudado en aceptar. Ay comprendía que semejante nombramiento era un insulto a la judicatura, una burla a Maat, aunque esperaba que la diosa de la justicia pudiese perdonar su atrevimiento, pues todo lo hacía por el bien de Egipto. Najt era el veneno que el Divino Padre había preparado para acabar con Heteferes y sus sueños. Unos sueños que podían ser peligrosos, y con los que Ay terminaría de la forma más natural; para ello, ¿qué mejor que el amor?