El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 67 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 37

37

 

Nehebkau había temido aquel momento desde el instante en el que el dios había llegado a Waset. Era de esperar, por mucho que se hubiese convencido a sí mismo de lo contrario, y cuando llegó la hora al joven se le presentaron sus viejos fantasmas, uno por uno, cual si en realidad se encontrase en algún lugar del Inframundo. El mes de mesore ya anunciaba la llegada del verano, y muy pronto el río volvería a crecer para iniciar, con la avenida, el ciclo natural que otorgaba la vida al Valle del Nilo desde el principio de los tiempos. Así, las aguas bajarían saturadas de limo benefactor hasta convertirlas en gachas negruzcas que terminarían por alimentar los campos con su sustrato divino, pues no podía entenderse de otra forma. El rey regresaría a Menfis para pasar el estiaje, pero antes de que el periodo de las «aguas altas» llegara a Tebas, quiso visitar la que algún día sería su tumba; ver cómo progresaban los trabajos en el interior de la que estaba destinada a convertirse en su morada eterna.

Este deseo entraba dentro de lo esperado, por mucho que Nehebkau hubiese querido engañarse. Con frecuencia sus irrealidades solo servían para conducirle a la frustración, y terminaban por causarle un sufrimiento del que le era imposible escapar.

Los trabajos en el Valle de los Monos habían continuado durante los años en los que Nehebkau se había ausentado del Lugar de la Verdad. Los Servidores de la Tumba habían seguido con su labor, abriéndose paso a través de la roca viva de la montaña tebana, día a día, a fin de construir para su señor el hipogeo en el que descansaría para siempre cuando Osiris lo llamara a su presencia. Al parecer todas las cámaras habían sido terminadas, y solo faltaba por dar vida a su interior de la mano de los artistas que debían decorarlas.

—Maya asegura que la «casa del oro» lucirá espléndida cuando termine de ser pintada, pero ardo en deseos de verla —dijo Tutankhamón a su amigo aquella mañana.

Este asintió, en tanto disimulaba su zozobra. La última vez que acompañó a los trabajadores estos ya habían comenzado a trazar los primeros bosquejos en una de las paredes de la cámara mortuoria, a la que solían denominar como la «casa del oro». Sin duda allí se encontrarían sus viejos amigos, con Kahotep a la cabeza, y por supuesto Ipu, a quien no había dudado en traicionar sin reparar en las consecuencias. ¿Qué ocurriría cuando sus miradas volvieran a cruzarse? ¿De qué le serviría su disfraz?

Nehebkau había estado tentado de aducir que se sentía indispuesto, para librarse de aquella vergüenza, pero en el último momento comprendió que si lo hacía sería devorado por su cobardía durante el resto de sus días. Aquella visita formaba parte de su propia penitencia, y debía cumplirla si quería verse redimido de su culpa algún día.

El Valle Occidental continuaba tal y como lo recordaba. El Valle de los Monos, como habitualmente lo llamaban, era un lugar solitario, majestuoso, en el que imperaba el silencio. Los altos farallones que lo rodeaban lo hacían único, al tiempo que ayudaban a conformar un paraje de desértica belleza en el que era posible respirar la espiritualidad que emanaba desde lo alto de los cerros, donde habitaba la diosa Meretseguer, «la que ama el silencio». En opinión del joven, aquel cañón superaba en grandeza al Valle de los Reyes, pues poseía magia, y no se le ocurría un lugar mejor donde excavar una tumba real para alcanzar la gloria eterna. El túmulo se encontraba casi al fondo del wadi, próximo al de su abuelo, Amenhotep III, y al que su padre había empezado a erigir para luego abandonarlo.

Se trataba de un sepulcro que poco tenía que ver con los anteriores construidos durante la XVIII Dinastía. En realidad, mostraba similitudes con el que Akhenatón se había edificado en Amarna, con un eje recto que terminaba por desviarse al alcanzar la cámara mortuoria. El corredor principal era largo y más ancho de lo acostumbrado, y tras descender los primeros escalones que daban acceso al hipogeo, las paredes se encontraban labradas con ranuras donde se colocarían los listones utilizados para poder bajar el sarcófago de granito.

Después de descender una nueva escalinata, el pasillo penetraba en la montaña hasta llegar a un pozo situado antes de la «casa del oro»; la habitación en la que descansaría el ataúd real.

Quizá influenciado por el pensamiento religioso de su padre, Tutankhamón abandonaba la costumbre de sus ancestros de construirse la última morada con pasillos que giraban hacia la izquierda cuando se enterraba al rey, o hacia la derecha cuando se sepultaba a una reina. El dios Nebkheprura había decidido que los corredores fuesen rectos, iniciando de esta forma una costumbre que, curiosamente, seguirían los soberanos de las dos próximas dinastías.

Durante todo el camino a través de aquel valle, Nehebkau se dejó envolver por el silencio mientras su corazón se aceleraba. Siempre aseguraría que este hablaba por sus metus con la fuerza de mil arietes; que sus muñecas latían y su estómago se contraía presa de la angustia. Nadie dijo una sola palabra, y conforme el cortejo real avanzaba, el más absoluto mutismo se apoderó de él, como si en verdad Meretseguer impusiese su ley. Solo las pisadas y el sonido producido por Ipy, el encargado de agitar el abanico del rey, rompían aquella quietud en tanto, en lo alto, un halcón sobrevolaba el Valle para dar la bienvenida al Horus reencarnado.

Un pequeño séquito aguardaba a la entrada de la tumba, y ya en la distancia Nehebkau pudo reconocer al superintendente de la Plaza de la Eternidad, Maya, acompañado por Djehutymose, su inseparable asistente, y junto a ambos una figura que conocía bien: Kahotep. La silueta de este se destacaba sobre las que le rodeaban y, sin saber por qué, se hizo más grande según se acercaban, como si se tratara de la de un gigante. En la puerta de aquel hipogeo el tamaño del viejo capataz se agigantaba ante sus ojos como si se hubiese convertido en un ser superior que aguardaba, impávido, el momento que durante tanto tiempo había esperado, y al hallarse ya próximo, Nehebkau se sintió tan pequeño que no tuvo el valor de mirarle a la cara.

Sin embargo, todo se precipitó ya que, al descender de su palanquín, los presentes cayeron de bruces para postrarse ante el dios que los honraba con su visita. Con ella Nebkheprura reconocía el arduo trabajo que, durante ocho años, habían llevado a cabo sus fieles servidores, los habitantes del Lugar de la Verdad, por quienes sentía una particular consideración. Él los mantenía para que le otorgaran el descanso eterno y se encargaran de guardar para siempre los secretos que encerraría su tumba.

Tutankhamón les ordenó levantarse, y apoyado en su bastón saludó a Maya, a quien apreciaba en gran manera, y luego a Kahotep como responsable de las obras. Al viejo capataz los ojos se le velaron por la emoción, aunque al poco sintió que desfallecía, que no sería capaz de mantenerse sobre sus piernas. ¿Qué tipo de hechizo obraba en aquella hora?

Kahotep lo reconoció con el primer golpe de vista, daba igual que aquel hombre estuviese tonsurado como si fuera un profeta, ni que su atuendo fuese el de una persona principal. Ni todos los disfraces urdidos por la serpiente Apofis podrían ocultar su identidad. Era Nehebkau, el joven que había llevado la desgracia a su casa, el causante de la tragedia que había castigado a su familia, de la vergüenza que estaría obligado a soportar hasta que pasara a la «otra orilla».

Al observar que fijaba su atención en el joven, Djehutymose le susurró de quién se trataba, y al enterarse de que aquel canalla había llegado a convertirse en «amigo del faraón», el viejo creyó que su pecho estallaba. ¿Cómo era posible? ¿Dónde estaba el maat que regía el camino recto en aquella tierra? ¿De qué tipo de pasta estaban hechos los dioses para permitir semejante burla? Nehebkau cruzó con él su mirada por primera vez, y al leer en ella su culpa, Kahotep tuvo la certeza de que sus metus se llenaban de ira, de un fluido espeso y ponzoñoso que lo devoraba sin remisión. Hubiera querido clamar a la justicia divina, postrarse de nuevo ante Nebkheprura para hacerle saber el alcance de aquella ignominia, para contarle lo ocurrido y quién era en realidad aquel hombre al que había bendecido con su amistad, pero no pudo. Su corazón atribulado le impedía despegar los labios, mas dirigió una vez más su vista a Nehebkau para atravesarle con el poder de mil lanzas, para fustigarle sin misericordia y decirle que estaba condenado, que en la hora de su juicio ningún Horus reencarnado correría a ayudarle, y que Ammit devoraría su alma sin remisión. Todo esto le transmitió el buen capataz, y al ver la luz de sus ojos y su expresión compungida, supo que había entendido hasta la última palabra.

El faraón hizo ver sus deseos de proseguir su visita, y junto a su real séquito descendió los escalones que conducían a las profundidades de la tumba. Nehebkau siguió a su señor sin atreverse a levantar la mirada, incapaz de apartar la vista de aquellos peldaños que llevaban al primer corredor del túmulo. Kahotep vio pasar el cortejo junto a él, y cómo aquel joven sin alma desaparecía en las entrañas de la montaña sagrada, pero no pudo acompañarlos. Sus pies se negaban a moverse en tanto su corazón pugnaba por salirse de su pecho. Entonces tuvo la sensación de que aquel saltaría en pedazos, que sus metus reventaban para ocasionarle un dolor insoportable. A duras penas sus manos se aferraron a la roca que él había ordenado horadar al iniciar los trabajos de aquel hipogeo, para terminar por doblarse sobre sí mismo presa de un gran padecimiento. Uno de los trabajadores acudió en su ayuda, y pasados unos minutos el viejo capataz pareció recuperarse e hizo una seña para que se apartaran. Su dignidad le daba fuerzas, y acto seguido abandonó el lugar, casi arrastrando los pies, mientras buscaba un poco de aire que llegara a sus pulmones.

De este modo Kahotep se alejó de la tumba para siempre, con el convencimiento de que el maat no era sino una palabra sin significado, y los justos, náufragos a merced de la tormenta. De una u otra forma esta terminaba por engullirlos ante la pasividad de unos dioses ciegos y sordos. No entendía nada. Su mundo se desmoronaba al haber sido fundado sobre cimientos ilusorios. En él no había cabida para nadie, y mientras se alejaba tuvo la certeza de que muy pronto no sería más que arena con la que alimentar el desierto. El Valle de los Monos quedaba atrás, como si formase parte de un sueño del que había despertado, y sus ojos se llenaron de lágrimas, llevados por el desconsuelo. La vida lo había derrotado, y solo le restaba poder llegar hasta su casa.

Para Nehebkau la visita a aquella tumba se convirtió en un descenso al Inframundo. Según se adentraba por el corredor descendente, aumentaba en él la sensación de haberse transformado en un ánima perdida en busca de un lugar en el que poder descansar en paz. Sin duda, aquel túmulo podía convertirse en el emplazamiento perfecto para tal fin, y, no obstante, a cada paso que daba, el joven se sentía más cerca de la perdición eterna. El encuentro con el viejo capataz había sobrepasado sus peores presagios, pues su mirada había tenido el poder de desnudar su corazón para arrojarle a las fauces de la tenebrosa Ammit. La diosa devoradora de los muertos se le había presentado para dar buena cuenta de él, como correspondía al condenado. Ya no era preciso que Osiris lo llamase ante su tribunal; Kahotep se había encargado de dictar su sentencia sin necesidad de que su alma tuviese que ser pesada, ni que el sapientísimo Thot hubiera de tomar nota del resultado. El Amenti lo esperaba, y según avanzaba por el lóbrego pasillo el joven se sintió, por primera vez, abandonado a su suerte. Tuvo la impresión de que su ka había quedado atrás, en algún lugar lejano, que había huido de su lado avergonzado por lo que había hecho. Su fuerza vital había desaparecido y él seguía los pasos del faraón cual si se tratase de un animal gregario, quizá un perro, aunque supiese que estos eran incapaces de traicionar a quienes amaban.

Sin saber por qué, la imagen de su padre se le apareció entre las sombras, a la vez que el nombre de su madre resonaba en su corazón, y se le ocurrió que en ellos podía hallarse la respuesta, que lo peor de ambos corría por sus metus para hacer de él lo que era. ¿Qué otra cosa podía esperar? No eran fantasmas de quienes huía, sino de sí mismo.

Sin embargo, al llegar a la cámara mortuoria recobró su consciencia. Varios hombres trabajaban en su interior, y al momento buscó con la mirada al que un día fuese su mejor amigo, pero no le encontró. Ipu no se hallaba entre los obreros, aunque sí Neferabu, el maestro pintor a cargo de la decoración de la tumba. Nehebkau recordó los días en los que ayudó al maestro como aprendiz, y también sus enseñanzas, así como la empatía que surgió entre ambos. Por un instante ambos cruzaron sus miradas, aunque Neferabu la apartó enseguida para dirigir su atención al dios, a quien explicaba la escena que pintaría sobre la pared frontal, al oeste de la habitación, que lucía cubierta de cuadrículas sobre las que dibujarían las imágenes.

Dos de los muros de la sala se hallaban ya decorados. En el de la izquierda, Nehebkau reconoció a la diosa Neftis situada entre dos barcas solares. En la situada a su derecha navegaba la Enéada heliopolitana encabezada por Ra-Horakhty, seguida por Shu, Tefnut, Geb, Nut, Osiris y Horus, y bajo ella se encontraban dos textos extraídos de los capítulos ciento treinta y ciento cuarenta y cuatro del Libro de los Muertos, con el fin de asegurar la vida eterna del faraón difunto a la llegada al otro mundo, y a la izquierda de la diosa Neftis se encontraba la otra barca solar que portaba dos estandartes, sobre los que se alzaban sendos halcones.

Al joven los registros de aquella escena le parecieron magníficos, aunque enseguida dirigió su atención a la pared situada frente a la anterior, al otro lado de la sala. Sin duda pensó que estaba llena de magia, ya que en ella se representaban escenas procedentes de la primera hora del Amduat, el Libro de la Cámara Secreta, «aquello que está en el Mundo Subterráneo». Entre ellas podía observarse a Khepri, el dios escarabajo, símbolo del renacimiento, que navegaba sobre una barca solar como signo de un nuevo amanecer por el cielo nocturno, mientras a su izquierda lo acompañaban las cinco deidades que se encargaban de recibir a los difuntos en la otra vida: Maat, la señora de la Barca, Horus, el ka de Shu y Nehes.

Bajo esta representación la pared se hallaba dividida en doce cuadrículas, dentro de cada una de las cuales se encontraba un babuino que saludaba la reaparición del sol en el nuevo amanecer.

Tutankhamón se mostró satisfecho ante lo que vio y prestó un particular interés por la cámara anexa a la que se acudía desde la sala del sarcófago, y en la que se depositarían en su momento los vasos canopes que contendrían sus vísceras. La tumba distaba de estar terminada, pero el faraón era aún muy joven, y para cuando Anubis acudiera en su busca aquel hipogeo luciría esplendoroso, digno de un gran rey, o al menos eso era lo que todos esperaban.