El sueño de Tutankhamón
Capítulo 38
38
Al regresar a Per Hai, Nehebkau entró en una especie de melancolía que, no obstante, supo disimular. El dios se hallaba eufórico, pues su visita a la que algún día sería su tumba le había llevado a convencerse de que se convertiría en un gran faraón. En su opinión era magnífica, y cuando quedara finalizada no tendría que envidiar a los túmulos construidos por sus ancestros. La última morada era un tema capital para cualquier egipcio, y sobre todo para el señor de las Dos Tierras, quien desde el lugar de su descanso eterno se uniría a los dioses para así velar por su pueblo.
Ya en los aposentos del rey, ambos amigos departieron largamente sobre las particularidades de aquel sepulcro, y cómo sería la decoración de la cámara mortuoria cuando se terminara.
—Sin duda Neferabu hará que pueda disfrutar de todo lo que agrada a mi corazón cuando me encuentre en el Más Allá —aseguró Tut con evidente alegría.
—No podrías haber elegido a un maestro mejor para decorar tu tumba.
—Lo sé. En uno de los muros dibujará mi afición a la caza en los pantanos. Para ello piensa recrear una escena en la que navegaré sobre una barca de papiro junto a un bosque de estas plantas acuáticas, acompañado por otro esquife en el que estará Ankhesenamón. En una de mis manos sujetaré varios pájaros, para que sirvan de reclamo, y en la otra sostendré mi boomerang, listo para lanzarlo, mientras por encima de los macizos de papiro doce patos intentan escapar. La reina recogerá del agua una de las plantas en tanto me aferro a dos tallos para dar impulso a la embarcación. ¿No te parece una idea excelente?
—No se me ocurre otra más acertada —convino Nehebkau, sabedor de la pasión que sentía el faraón por la caza de patos en los marjales.
—Todas las imágenes cobrarán vida, y así podré disfrutar de mis cacerías durante millones de años en compañía de mi esposa —dijo Tut con ensoñación—. En el muro frontal mi imagen se presentará ante Osiris, el señor de la eternidad, y luego seré llevado ante Hathor, junto al ka real, para que me insufle la vida. Después me veré frente a la diosa Nut, y más adelante de nuevo junto a Hathor, quien tomará uno de mis brazos.
Nehebkau asintió, ya que la escena no dejaba de ser la habitual; y el rey pareció leerle el pensamiento.
—Sin embargo, Neferabu ha ideado un registro verdaderamente singular, que hará que la cámara mortuoria sea distinta a las demás —se apresuró a decir el soberano—. ¿Recuerdas la situación de la habitación anexa? —Su joven amigo asintió—. Sobre su puerta de acceso, la pared se decorará con una escena única. En ella, los cuatro hijos de Horus que guardarán mis vísceras. Duamutef, Quebesenuef, Amset y Hapy aparecerán sentados alrededor de una mesa con ofrendas, una pareja frente a la otra, con aspecto humano, portando dos de ellos la corona del Alto Egipto, y la otra pareja, la del Bajo. Ellos guardarán la entrada a la sala en la que se depositarán los vasos canopes.
—De este modo cobrarán vida para castigar a quien ose profanar tu tumba —apuntó Nehebkau.
—Siempre permanecerán vigilantes —dijo Tut con gravedad.
Luego hablaron de otros detalles, como los capítulos del Libro de la Salida al Día, también conocido como de los Muertos, hasta que al faraón se le cerraron los ojos y se quedó dormido.
Durante un rato Nehebkau pareció abstraído en las imágenes de la tumba, aunque al cabo los más torvos pensamientos se apoderaron de su ánimo. Su encuentro con Kahotep le había causado una honda impresión. De nada valía engañarse, ambos se habían reconocido al momento y, con el primer cruce de sus miradas, se habían dicho cuanto sentían. La de Nehebkau transmitía su culpabilidad, vagamente disfrazada de un arrepentimiento que aún le envilecía más a los ojos del viejo capataz. En la de este se adivinaba el oprobio; la vergüenza y el rencor de un hombre que, no obstante, no había nacido para odiar. Sin embargo, el joven no había sido capaz de leer su luto, puede que por el hecho de haber desviado la vista, abrumado por su propia culpa. Siempre recordaría el efecto que le causó Kahotep al ver su silueta recortada en la penumbra, justo a la entrada del hipogeo, como si un genio del Amenti aguardara en aquella hora para llevárselo a los infiernos.
Allí sería donde, seguramente, lo enviarían los cuarenta y dos jueces cuando le llegase el momento de ser juzgado en la sala de las Dos Verdades, aunque la mirada que le dirigiese el capataz quedaría grabada a fuego en su corazón durante el resto de sus días.