El sueño de Tutankhamón
Capítulo 12
12
Tenía la mirada de plata, e igual que la luna ejercía su poder sobre las mareas, ella lo hacía sobre las conciencias.
Eso aseguraban en la aldea al referirse a la joven, y cuando Nehebkau la vio aparecer, calle arriba, no le extrañó en absoluto. Era día festivo y, como era habitual en estos casos, reinaba una gran alegría en la comunidad. Los hombres habían regresado de su arduo trabajo semanal, bendecidos por la diosa Meretseguer, patrona de la necrópolis, y también por el faraón, quien, a través de Maya, les había hecho llegar nuevos alimentos en abundancia, así como cerveza, vino y aceite. Aquella noche las mujeres, por fin, habían podido dormir abrazadas, y al despuntar el nuevo día todo eran sonrisas y semblantes felices, pues en verdad que se trataba de una jornada de celebración. Muchas familias aprovechaban para dirigirse al río, a las parcelas que poseían en los campos de labor, donde disfrutaban de todo lo bueno que aquel vergel quisiera regalarles. Algunos se aventuraban hasta los bosques de papiro para cazar, y otros pasaban las horas pescando, o simplemente dormitando a la sombra de los frondosos palmerales, mientras los niños jugaban y alegraban el ambiente con sus risas. Pocas cosas hacían más feliz a un egipcio que disfrutar junto a su familia de todo lo bueno que los dioses les habían concedido, y aquella mañana estaban dispuestos a aprovechar hasta el último rayo de Ra, pues a no mucho tardar el Nilo comenzaría a crecer, y sus aguas cubrirían aquellos campos durante meses.
El año nuevo se encontraba próximo, y otra vez se iniciaría un nuevo ciclo vital, para alegría de los habitantes del Valle, quienes deseaban fervientemente que dichos ciclos fuesen inmutables.
También había quien aprovechaba el día para hacer ofrendas a los dioses, o visitar la capilla de Hathor, divinidad que tenía muchos devotos en la aldea. Hacia allí se dirigía Meresankh esa mañana en compañía de Ranefer, a quien llevaba cogido de la mano, pues era muy revoltoso. Al cruzarse con ella, los vecinos la saludaban afectuosamente, ya que era muy querida por la comunidad, y algunos se detenían a departir con la joven, quien no en vano se ocupaba de remediar no pocos males, al conocer fármacos caseros para casi todo; o al menos eso aseguraban en el poblado.
Ya próximo a ellos, Nehebkau experimentó una sensación extraña, como de temor, que le hizo detenerse sin proponérselo. De pronto se vio ante un muro infranqueable en mitad del camino, y tuvo la impresión de que su huida terminaba de forma abrupta; que le sería imposible dar un paso más; que había llegado el momento de enfrentarse a sus fantasmas; a abandonar la irrealidad a la que durante años se había aferrado; a despojarse de las falsas ilusiones que él mismo había concebido a su alrededor para seguir viviendo; a ser consciente de la ligereza con la que había juzgado a los demás para evitar sus propias responsabilidades. Notó cómo su pulso se detenía, y cuando Meresankh le habló por primera vez comprendió que no era sino un náufrago a merced de la tormenta.
—Por fin el hombre del río regresa a Ta Set Mat —le saludó ella con su habitual tono embaucador, en el que no había lugar para la prisa.
Nehebkau lo recordaba bien, y también que la joven lo había llamado de la misma forma hacía años, cuando él ya era amante de su hermana: «el hombre del río».
El joven se estremeció, y al momento pensó que no existía una frase mejor que aquella para definirlo. Eso era; un tipo surgido de las aguas que se había encargado de cubrir de luto la casa de Kahotep, para luego seguir su camino. Un faraón había llegado a encumbrarlo, pero en el fondo no era más que un simple pescador que había convertido su vida en una aventura.
Pero a Meresankh no podía engañarla. Como antaño, continuaba siendo dueña de la palabra precisa, y su antiguo magnetismo se había convertido en una fuerza avasalladora ante la que resultaba inútil resistirse.
Nehebkau pestañeó repetidamente en tanto se reponía de su impresión, y durante unos instantes pudo observarla con atención. La joven que conociese un día se había convertido en una mujer que parecía salir de un hechizo. Era hermosa, sin duda, aunque su verdadera belleza radicara en el misterio con el que parecía estar conformada; su esencia. Esta la acompañaba adondequiera que fuese, como una fragancia poderosa ante la cual era sencillo claudicar; abandonarse de manera natural a un perfume que él ya había percibido con anterioridad.
El sol de la mañana orlaba su esbelta figura, y de su oscuro cabello surgían destellos de lapislázuli, que lo hacía brillar de forma inusitada. Sin embargo, su piel parecía haber sido pintada por la luna, pálida y suavemente lustrada, envuelta en magia, como todo lo demás. A Nehebkau se le ocurrió que la joven se parecía a las estilizadas imágenes de la época de Amarna grabadas en las tumbas que él tan bien conocía, y al momento pensó que Meresankh bien podría pasar por una reina.
Ella captó sin dificultad las emociones del joven y descifró aquellos sentimientos, pues le resultaba sencillo leer en el corazón de aquel hombre. Aunque lo disimulara, también se estremeció, y como la primera vez que lo viera notó el poder que guardaba en su interior, su misteriosa naturaleza, y aquella oscuridad que subyacía en él y que a ella tanto la había fascinado desde el primer momento. Ahora podía percibirla con mayor claridad, para sentirse aún más atraída que antes. Había una lucha permanente en el corazón de Nehebkau de la que era incapaz de librarse. Una fuerza tenebrosa que habitaba en lo más profundo de su ser, como si Khnum, el alfarero, la hubiese moldeado cuando dio forma al joven en el vientre materno.
Merersankh se agitó, pues no tuvo dudas de que aquel hombre estaba maldito. Al punto atisbó hasta descubrir su ka, que se ocultaba temeroso de mostrarse. Había verdadero sufrimiento, y al momento se sintió cautivada por aquella naturaleza; seducida por un hombre del que se hallaba prendada desde su adolescencia.
Meresankh salió de sus reflexiones, y regaló al tebano una de sus sonrisas, mientras le hablaba con voz melodiosa.
—Como te dije una vez, Meretseguer te muestra el camino que has de seguir.
Nehebkau asintió, en tanto que recobraba la compostura.
—Es cierto, me ha devuelto a un lugar al que pensé que nunca regresaría.
—La diosa te reclamó.
—Para encontrar un Lugar de la Verdad distinto al que dejé, y una Meresankh convertida en toda una mujer.
Luego miró a Ranefer, que lo observaba con atención, y le sonrió.
—Ranefer y yo ya nos conocemos. Al parecer es un príncipe que lucha contra el temido Hatti.
—Sí —dijo el chiquillo con su vocecilla—. Estoy a las órdenes del faraón.
El tebano se abstrajo durante unos segundos en tanto examinaba al pequeño con detenimiento. Era un niño fuerte, de piel clara y hermosas facciones, con un cabello tan rojizo como el suyo. Al cabo, el silencio se hizo incómodo, y Nehebkau salió de sus reflexiones para encontrarse con la mirada de Meresankh, una mirada profunda ante la que experimentó cierto desasosiego, como si a través de esta la joven fuese capaz de averiguar hasta el último de sus secretos.
—Debemos continuar nuestro camino —dijo ella, al darse cuenta de que aquel encuentro debía concluir—. Hathor nos aguarda, y no me gusta hacer esperar a los dioses. Que Meretseguer te guarde, Nehebkau.
Y dicho esto Meresankh continuó su andadura, calle arriba, en compañía de Ranefer, quien no pudo evitar mirar hacia atrás en un par de ocasiones. El tebano le hizo un gesto de despedida con la mano, mientras veía cómo la joven se alejaba bien envarada, altiva, como si se tratase de una de aquellas princesas de la corte que él había conocido en Menfis. Había verdadera magia en su persona, y el tebano sintió un estremecimiento, ya que le había producido una honda impresión. Resultaba imposible no fijarse en ella, no dejarse influenciar por su magnetismo, no adormecerse bajo el influjo de aquella esencia sutil y totalmente desconocida. Saltaba a la vista que Meresankh no era como el resto de las mujeres con las que había tratado, y no le extrañó saber que, a pesar de hallarse próxima a cumplir veinte años, no se había casado, pues en verdad que parecía inalcanzable.
Como la mayoría de los aldeanos, él también había decidido pasar la jornada disfrutando de la belleza del Nilo. Sobre su vieja barca surcó las aguas que tan bien conocía para saborear la suave brisa y dejarse envolver por los recuerdos. El río había sido su hogar durante la mayor parte de su vida, y tras buscar un remanso se tendió sobre el vetusto esquife de papiro, con las manos entrelazadas bajo la nuca, para rememorar escenas que ahora se le antojaban pertenecer a un pasado lejano. Un sinfín de imágenes desfilaron por su corazón, y por un momento se convenció de que el viejo Akha había acudido a saludarlo con su rostro surcado de arrugas, feliz de verle de nuevo en la vieja barca con la que el pescador se había ganado la vida.
Sin embargo, esta había cambiado para el joven, y al pensar en ello se convenció de que al abandonar Tebas había cerrado una puerta que era imposible abrir de nuevo. Ahora su existencia era otra, y mecido por las aguas no tuvo dudas de que aquel muchacho había quedado atrapado en el pasado para siempre, y que allí debía continuar. Nehebkau era otro hombre a quien la vida se había encargado de forjar sin que él se hubiese dado cuenta. Las heridas habían moldeado su carácter, y también las penitencias que él mismo había terminado por imponerse. Su andadura por la vida no era sino un curso que estaba obligado a seguir, como lo hacía el Nilo hasta morir en el Gran Verde. Lo que dejaba atrás no era más que un aprendizaje que no podía oponerse a su avance, pues al terminar su viaje debía ser más sabio que cuando lo empezó.
Nehebkau suspiró, satisfecho. Se notaba distendido, libre de agobios, como si el pesado equipaje con el que había cargado hubiese sido arrojado al fondo del río. Era una sensación nueva, y sin comprender por qué, experimentaba un optimismo que le era completamente desconocido y no sabía a qué atribuirlo.
Al incorporarse, la imagen de Ranefer se le presentó tan diáfana como si el pequeño se encontrase allí. Había pensado en él durante los últimos días, y sus reflexiones habían terminado por llenarlo de dudas. No había pesar en ellas, aunque sí confusión, y mientras perdía la mirada por entre los cañaverales supo que su permanente éxodo había terminado, y que fuera lo que fuese lo que Shai hubiese determinado, jamás volvería a engañarse a sí mismo.
Al tomar de nuevo el remo, el tebano tuvo una idea, y al punto dirigió la barca hacia una zona en la que sabía que abundaban las percas. Luego tomó el arpón que había pertenecido al viejo Akha, y cuando se presentó la ocasión lo lanzó con gran habilidad sobre su presa. Se trataba de un buen ejemplar, y Nehebkau se ufanó al comprobar que seguía siendo un buen pescador. A la caída de la tarde, poco antes de que Ra-Atum se pusiera, el tebano se presentó con la pieza recién pescada en la que fuese casa de Kahotep, para entregársela a Meresankh, quien no pareció sorprenderse.
—Se trata de una buena captura —aclaró Nehebkau mientras sonreía, pues medía casi dos codos, un metro.
—El hombre del río nos abruma con su generosidad —dijo ella con voz cálida, a la vez que hacía un gesto de agradecimiento.
—Aseguran que Neith puede tomar su apariencia —apuntó el tebano, que conocía el especial apego que la joven tenía hacia los dioses.
—Es una diosa de difícil comprensión —dijo Meresankh en tono misterioso—. Puede dar vida a los seres con solo mencionarlos.
Nehebkau no supo qué contestar, y aprovechó para depositar en el suelo el cesto donde llevaba la perca que él mismo se había encargado de despiezar. Luego rechazó la oferta que le hizo la joven para que cenase con ellos, y se marchó presuroso, ya que debería levantarse antes del alba para dirigirse al Valle de los Monos, a fin de proseguir con los trabajos en la tumba del dios Kheperkheprura.
Aquella misma noche Meresankh subió a la azotea para hablar con las estrellas. Eran tantas las cosas que tenían que decirse que la joven vagó sin rumbo durante un buen rato, para extasiarse con la contemplación del cielo de verano. El firmamento nunca se equivocaba, y todo había ocurrido tal y como los luceros habían predicho. Pensó en Nehebkau. Aquel hombre había traído la desgracia a su familia y, no obstante, Meretseguer lo había hecho regresar para que acabase de cumplir su penitencia. Así eran los dioses; incomprensibles e injustos para los humanos, ya que tenían otra medida de las cosas.
El verle de nuevo le había provocado emociones difíciles de calibrar, aunque ella las conociese de sobra. Las había alimentado durante años, y ahora amenazaban con escapar de su corazón para desbordarse por cada uno de sus metus. Se sentía fascinada por su aspecto tonsurado, que bien pudiese hacerle pasar por un sacerdote, aunque en realidad se tratara de un príncipe. Lo había presentido la primera vez que le vio, y ahora estaba segura de ello. La luna se lo había dicho, como tantas otras cosas, y al observar cómo esta aparecía sobre los cerros en su cuarto creciente, se dispuso a escuchar cuanto tuviese que contarle; los secretos que ella sabía que Nehebkau guardaba en su corazón. Deseaba asomarse a su lugar más oscuro, pues solo de este modo ella podría dar luz a las tinieblas en las que él había vivido. Al preguntar acerca de ello, Aah, el dios lunar, le susurraba palabras que llegaban desde el Amenti, para pintarle un paisaje tenebroso que no parecía de este mundo. Al hablarle de ello, la luna se afligía, y sus lágrimas de plata inundaban el corazón de la joven para convertirla en su sacerdotisa. Meresankh quedaba así bañada en magia, y con esta forjaría la llave con la que poder acceder a lo más profundo del alma de aquel hombre. Ella estaba destinada a devolverle la luz; así estaba escrito, y así debía cumplirse.
Era aún noche cerrada cuando Nehebkau se dispuso a salir de su casa, camino de la necrópolis, y al abrir la puerta se encontró con un pequeño cesto en el suelo. En él había pan, queso, dátiles y un poco de pescado asado. El joven introdujo los alimentos en su zurrón y sonrió. Había un buen trecho hasta llegar al Valle de los Monos, y él tendría en lo que pensar.