El sueño de Tutankhamón

Eric Warman · Capítulo 18 de 108

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El sueño de Tutankhamón

Capítulo 18

18

Para Meresankh aquella semana resultó diferente. Con los trabajadores ausentes de la aldea, las mujeres se encargaban de la buena marcha de la comunidad acompañadas por algunos escribas, bajo la atenta mirada de los medjays que protegían el lugar. A diario los semedet acudían a ofrecer cuanto pudiesen necesitar, y Meresankh se ocupaba de adquirir lo que precisaba, así como de los quehaceres de su casa. A punto de cumplir catorce años ya era toda una mujer, muy querida por el vecindario, con fama de devota y fiel cumplidora del maat. Kahotep le había enseñado bien —decían—, y ella contaba las horas que restaban para que su padre regresara del campamento próximo al Ta Set Mat, el Gran Lugar, más conocido como el Valle de los Reyes. Meresankh le amaba sobre todo lo demás y cada día, en la intimidad, pasaba horas frente a una estela en la que estaba representada la diosa Meretseguer para pedirle que protegiera a Kahotep de todo mal. La joven estaba convencida de que sus preces eran escuchadas, pues no en vano la imagen de la patrona del Lugar de la Verdad estaba rodeada de cuatro orejas para que, de este modo, llegaran hasta ella sus súplicas. La «oreja que escucha» formaba parte de la magia de Egipto y Meresankh se sentía hija aventajada de ella.

Cada noche, como de costumbre, la joven se asomaba al mundo de las estrellas, y desde su terraza observaba el cielo en busca de sus mensajes. Nut nunca la decepcionaba, pues en su vientre podía ver el movimiento de los luceros y leer lo que habría de venir. Ella sabía lo que estaba ocurriendo, pero nada podía hacer. Shai, el inescrutable dios del destino, había decidido dibujar un escenario tan oscuro como las noches sin luna, en el que solo había cabida para la desgracia. Cuando el poblado dormía, Neferu abría sus puertas a una sombra que la llevaría a la perdición. Había verdadera fuerza en esta, un poder misterioso que Meresankh ya había captado desde el primer momento, y sabía que podía llegar a ser devastador. Él estaba envuelto en oropeles y, no obstante, se hallaba marcado por la abominación, cual si hubiese nacido maldito.

Sin embargo, Meresankh se abstuvo de decir nada a su hermana. Por la mañana, cuando ambas acudían a la panadería o se encontraban junto al pozo que suministraba el agua a la aldea, se limitaban a intercambiar las frases de costumbre, con cierta desgana, ya que su relación se hallaba lejos de ser la mejor. Eran tan distintas como distantes, y en sus corazones habían construido un Egipto que poco se parecía. No obstante, Meresankh encontró a Neferu más huidiza que de costumbre. Percibía con claridad cómo esta le rehuía la mirada, e incluso llegaba a azararse cuando sentía cómo la escrutaba. Esta era una singularidad que Meresankh no podía evitar, y por la cual era de sobra conocida. Tenía la facultad de indagar con facilidad en los corazones, que corrían a refugiarse en cuanto se veían sometidos por el poder de sus ojos, tan oscuros como impenetrables.

Pero tan solo fue necesario un cruce de sus miradas para que Meresankh supiese lo que escondía su hermana. El paisaje que esta le mostraba era tal cual se lo había imaginado, desolador al tiempo que contrario al maat. En él sobraban las palabras, pues la razón nunca las escucharía. Neferu la había perdido en algún lugar al que no era capaz de volver, quizá porque lo había olvidado para siempre.

Ambos amantes continuaron viéndose en encuentros fortuitos, detrás de algún risco o en el recodo de un sendero, sin poder esperar a que llegase la noche para volver a amarse. La pasión los consumía, como si se tratara de alguna enfermedad enviada por la colérica Sekhmet, para la que no existía cura. Allí de nada valían los hechizos, y solo quedaba encomendarse a la compasión que Hathor pudiese mostrar hacia ellos.

Una tarde Meresankh se hizo la encontradiza con el joven. Ella llevaba un pesado cántaro que Nehebkau tomó al momento, dispuesto a acompañarla hasta su casa.

—Dicen que has hecho grandes progresos en el arte de decorar las tumbas —comentó ella, zalamera, invitándole a trabar conversación.

—Ya conoces lo dados que somos a la exageración —replicó él encogiéndose de hombros.

—Sé que es cierto. Y también que Neferabu muy pronto te reclamará — continuó la joven con el habitual tono enigmático que solía emplear cuando se lo proponía.

Su acompañante esbozó una media sonrisa, pero no dijo nada, pues sus planes lo llevarían lejos de allí.

Meresankh descifró sin dificultad lo que ocultaba aquel silencio, y se estremeció íntimamente al volver a sentir el poder que el tebano guardaba en su interior. Se trataba de algo intrínseco a su naturaleza, moldeado por las manos de Khnum en el vientre materno, rodeado de una penumbra extraña, como surgida de un hechizo, que ella captaba con claridad. Ahí radicaba el misterio de aquel joven, y al punto Meresankh se sintió más atraída hacia él.

—Meretseguer te muestra el camino que has de seguir —prosiguió ella mientras le observaba de soslayo.

—Dudo que la diosa de este lugar sienta interés por un hombre del río como yo.

La joven rio con suavidad antes de continuar.

—¿Quién crees, si no, que te trajo hasta aquí?

Nehebkau volvió a encogerse de hombros, pues nunca se había interesado en tales reflexiones.

—Solo he tratado con Hapy —aseguró él—. A este dios me encomiendo cuando voy a faenar, aunque ya te adelanto que no siempre me escucha.

—Ya sé que muestras poca predisposición por la devoción a nuestras divinidades.

—Ellas habitan en su mundo y yo en el mío.

—Sin embargo, puede que algún día te veas obligado a plasmar en las paredes ese mundo en el que dices que habitan —señaló ella con ironía.

Nehebkau se detuvo un momento para mirarla con atención. Aquella joven poseía el don de la palabra precisa, y empleaba un tono embaucador cuando se lo proponía. Era dueña de un indudable magnetismo que él no acertaba a comprender de dónde provenía. A su edad ya era una mujer hermosa, pero su atractivo no procedía de su belleza. Consistía en algo más sutil que ella misma exhalaba como si se tratara de un perfume. Sin duda este resultaba misterioso y él se convenció de que podría llegar a ser embriagador para quien estuviese dispuesto a entregarse a él. Se dijo que Meresankh era capaz de controlar muy bien sus emociones, aunque intuyó la pasión que atesoraba, y que ocultaba muy dentro de sí. Aseguraban que la luna andaba en tratos con la joven, y él tuvo la certeza de que no se equivocaban.

Meresankh volvió a adivinar lo que pensaba su acompañante, y se estremeció por segunda vez.

—Mañana regresarán los trabajadores del campamento y será un día de fiesta para el Lugar de la Verdad —dijo Nehebkau, cambiando de conversación, mientras reanudaban la marcha.

—Ardo en deseos de ver a mi padre. Lo agasajaré como se merece — señaló ella con cierta ensoñación—. Ipu también estará entre nosotros. ¿Crees que es posible mayor felicidad?

Al oír aquellas palabras, Nehebkau hubo de hacer esfuerzos por disimular su agitación, y al punto tuvo el presentimiento de que Meresankh sabía lo que ocurría; que conocía la apasionada relación que mantenía con su hermana, el pecado al que ambos amantes se habían abrazado.

—Tal y como aseguras, Meretseguer os otorga su bendición —se atrevió a contestar él, justo cuando llegaban a la casa de la joven.

—No lo dudes —señaló esta mientras clavaba su mirada en él—, «La que ama el silencio» todo lo dispone para quienes le sirven. Como te dije antes, algún día ella te reclamará. Recuérdalo.

Tal y como estaba dispuesto, el décimo día de la semana los Servidores de la Tumba regresaron a sus hogares tras nueve jornadas de duro trabajo. La aldea volvió a bullir de alegría y en cada casa hubo motivo para la celebración, pues los obreros habían cumplido con su labor, como se esperaba de ellos. Kahotep se hallaba eufórico por el empeño que habían puesto sus hombres, pues su cometido había terminado por convertirse en la razón de su vida. Abrazado a sus dos hijas lanzaba exclamaciones con todo tipo de venturas y alabanzas hacia los dioses, exaltando la figura de su yerno, quien había decidido renunciar a su día de descanso para continuar con su ardua tarea en el Valle.

—¡Hija mía! —exclamaba el viejo capataz para dirigirse a Neferu—. Qué gran elección hiciste. Tu esposo está señalado por Meretseguer, es un ejemplo para todos los que construimos la eterna morada del faraón. Es el primero en entrar cada mañana en su tumba y, en ocasiones, se obceca en continuar en ella cuando todos regresamos al campamento para reponer fuerzas. El sehedy sesh, el escriba inspector a cargo de la buena marcha del trabajo, está admirado por su comportamiento, y seguro que pasará su informe al visir para que recompense debidamente la actitud de tu marido. No hay nada que me haga sentir más orgulloso.

Neferu no daba crédito a lo acontecido ya que, como apuntaba su padre, Ipu había decidido permanecer en el campamento para continuar trabajando en su día de asueto.

—Me dijo que tú lo entenderías; que darías gracias a Meretseguer por haberlo bendecido y te sentirías satisfecha de su ejemplo.

—No podría haber recibido una noticia mejor —aseguró Neferu mientras se esforzaba en disimular la alegría que experimentaba por no tener que verse de nuevo con su esposo—. La diosa que ama el silencio nos enaltece a los ojos de todos. No se me ocurre mayor honra que esa.

Meresankh se sintió escandalizada y miró a su hermana un instante sin saber si reír o soltar alguna inconveniencia, aunque como de costumbre terminó por disimular sus emociones y se limitó a asentir en silencio.

—Honra —repitió Kahotep con alborozo—. No se me ocurre una palabra mejor. Pero dejad que os mire. Veo que en nuestra ausencia no os ha faltado de nada. Sé que Nehebkau se ha ocupado de vuestras necesidades de forma conveniente; tal y como le pedimos. Es un buen muchacho. Lo supe desde el primer momento, aunque no sea muy proclive a exaltar a nuestros dioses, je, je.

—No ha habido ni un solo día que no se haya preocupado por nuestro bienestar —aseguró Meresankh con velada ironía.

Neferu la fulminó con la mirada, pero se limitó a asentir antes de intervenir en la conversación.

—Dime, padre —inquirió la joven—. ¿Crees que Meretseguer retendrá a mi esposo en el campamento durante mucho tiempo?

Meresankh volvió a fijar la vista en su hermana, ya que no daba crédito a tanta desvergüenza.

—Eso solo lo sabe la diosa, aunque me temo que se ausentará de venir por un tiempo. Su cometido es de la mayor importancia, ya que se encarga de apuntalar el techo de la tumba según vamos avanzando en la excavación. La sala del pozo está casi terminada, pero aún queda mucho por hacer.

—Comprendo, padre. Su labor es de una gran responsabilidad.

—Así es, hija mía. Ipu me aseguró que te alegrarías al saber que cumplirá la promesa que te hizo.

Meresankh estaba tan escandalizada que no pudo evitar romper su silencio.

—Padre tiene razón, hermana —dijo—. Eres afortunada al tener un marido como Ipu. Debes sentirte muy orgullosa de él.

—No tengas la menor duda de ello —sentenció Kahotep—. Y ahora celebremos mi regreso como corresponde. Esta noche los tres honraremos a los dioses con una buena cena y el mejor vino del que dispongamos.

Tal y como dijo el viejo capataz, la pequeña familia festejó su reencuentro con un buen banquete, en el que no faltó el vino de los oasis ni la exaltación a los dioses. Kahotep hizo libaciones en su honor hasta caer rendido en brazos de Bes, el contumaz borrachín. Luego, ya de noche cerrada, Neferu regresó a su casa para continuar conmemorando lo que para ella era un verdadero regalo de Hathor junto a Nehebkau, que aguardaba impaciente, refugiado entre las sombras. Él también conocía la buena nueva, y aquella noche ambos se entregaron con renovados bríos a una pasión que parecían no ser capaces de saciar. Aquella era, sin duda, una señal con la que la diosa del amor confirmaba que todo estaba dispuesto para ellos desde el mismo día en que fuesen alumbrados, y que no existía poder en el cosmos que pudiese cambiar su destino. De alguna manera se sentían elegidos, y no había una música mejor para sus corazones enamorados. Ahora bailaban al ritmo que les imponía una diosa a la que ya no podían renunciar. Hathor los tutelaba, y lo demás poco importaba.