Generación EGB
Leyendas escolares
Algunos se lanzaban al mercado negro de las falsificaciones y montaba un top manta. Las cintas de música grabadas de los 40 Principales valían ciento cincuenta pesetas y los juegos del Spectrum, unas cuatrocientas. Otros se dedicaban al negocio del sexo: vendían calendarios de bolsillo con chicas en toples o fotos recortadas de la Interviú. El precio variaba según la modelo de turno, pero por las de Sabrina y las de Samantha Fox se llegaba a pagar hasta cuarenta duros.
Las niñas tenían fijación por las tiendas. Comerciaban con abalorios de macarrones, piedras pintadas, pulseras de hilo de plástico que hacían ellas mismas — y que todos llevábamos—, pegatinas de la Barbie… Algunas compraban golosinas en el puesto que había a la salida del cole y después las vendían al mismo precio. No ganaban un duro, pero hacían realidad su sueño.
El reciclaje también fue una fuente de ingresos. Cuando andábamos escasos de fondos, recopilábamos todos los periódicos y revistas que andaban por casa y por la de los vecinos y las llevábamos a la chamarilería a venderlos al peso. El esfuerzo no merecía la pena, y así nos dimos cuenta de que lo que daba dinero era el soborno y la extorsión: si pillábamos a nuestro hermano fumando en la calle o no había ordenado su habitación, nuestro silencio nos podía hacer de oro; los compañeros que tenían un CinExin vendían entradas para asistir a la última película de Pluto; también se alquilaban las bicis: veinticinco pesetas dos vueltas a la manzana; algunos, hartos de que su hermano les mandara al bar a por tabaco, decidían comprar un cartón en el estanco, fingían que bajaban al bar y se quedaban con la diferencia. Hoy esos viajan en avión propio.
En Navidades cantábamos villancicos a puerta por puerta y comercio por comercio. Si había suerte, al segundo golpe de pandereta nos soltaban unas monedas para que nos fuéramos. Pero siempre estaba el que esperaba a que terminásemos para aflojar el bolsillo. Por dinero hacíamos cualquier cosa. Hasta perder la dignidad.
LEYENDAS ESCOLARES
El colegio ejercía un efecto amplificador y cualquier rumor enseguida se convertía en leyenda…, y de la leyenda a la realidad solo había un paso. Muchos nos llegamos a creer, por escucharlo mil veces, que Franco tenía el culo blanco.
Cuando nos regalaban una calcomanía nos mirábamos con cierto recelo. ¿Y si fuera una de esas que llevaba droga y que penetraba en nuestro organismo a través de la piel? ¿Y si era la misma droga que unos extraños echaban en los caramelos que regalaban a las salidas de los colegios? A veces pensábamos si serían invenciones de nuestras madres para que no nos llenásemos los brazos de calcomanías o para que no aceptásemos nada de desconocidos. Pero rápidamente desechábamos aquellas absurdas teorías. ¿Es que acaso estábamos locos?