Generación EGB
Así nos íbamos de vacaciones
Las chicas, que sus madres pregonasen a los cuatro vientos que ya eran «mujeres» cuando tenían el primer período o que las tensasen las coletas hasta que no podían dejar de sonreír.
ASÍ NOS ÍBAMOS DE VACACIONES
El turismo rural no es fenómeno reciente. Cuando éramos pequeños ya estaba inventado, y muchos pasábamos el verano en el pueblo de nuestros padres. Si queríamos playa, las opciones eran Torrevieja o La Manga del Mar Menor, donde podíamos cruzarnos por la calle con todos los concursantes que pasaron por el Un, dos, tres.
Las vacaciones eran uno de los momentos en que más cerca nos sentíamos unos de otros: sobre todo durante las nueve horas que duraba el trayecto desde Madrid a la costa en aquel Seat 127 en el que viajábamos con nuestros padres, hermanos, abuela y canario, la figurita del san Pancracio, el marco de fotos «No corras, papá», el perro de cabeza oscilante que vivía en la bandeja trasera, el balón de Nivea inflado y los chistes de Arévalo y el Payo Juan Manuel que nuestros padres compraban en la primera gasolinera. Y sin aire acondicionado ni cinturón de seguridad.
El equipaje se repartía entre el maletero y la baca: tienda de campaña, hamacas, mesa y sillas de camping… y hasta frigorífico, cocina, menaje del hogar, televisor de 14 pulgadas y un rollo de sintasol para el suelo de la parcela. Todo tipo de lujos para hacer de la parcela del camping nuestra segunda casa durante un mes, que era el tiempo que duraban las vacaciones de nuestros padres. A las cuatro de la mañana del 31 de julio media ciudad estaba en la calle montando todo aquello sobre la baca. Era un arte que se ha perdido.
A la vuelta, la misma hazaña. Al día siguiente nuestro padre se reincorporaba al trabajo como si nada. En aquella época nadie sufría ni depresión posvacacional, ni trastornos del sueño ni jet lag que valga.
LAS CELEBRACIONES FAMILIARES
LAS NAVIDADES
Preparar las cenas de Nochebuena y Nochevieja exigía una logística muy precisa y sin fallos. La familia entera se reunía en casa y nuestras madres estaban especialmente nerviosas: aquella era una de esas grandes ocasiones en las que podían lucir su mantel más lujoso y elegante —el hule siempre debajo, por supuesto—, la vajilla de las visitas y la cubertería de plata de ciento catorce piezas. En el menú no podía faltar la sopa de marisco, el cóctel de marisco, el salpicón de marisco, las gambas y los langostinos. Variadito. Y por supuesto, la botella de anís del Mono y la cuchara para los momentos musicales.
QUE NOS TRAÍAN LOS REYES MAGOS
De Papá Noel sabíamos básicamente por los anuncios de Coca-Cola. Los niños de entonces éramos acérrimos de sus majestades de Oriente, y cada uno teníamos nuestro rey favorito: al fin y al cabo, a alguien teníamos que culpar de que en vez del Monopoly nos dejaran aquella mala copia llamada Palé y otro esquijama idéntico al del año anterior. Aun así, todos los años recobrábamos la esperanza y echábamos un rato en escribirles nuestra carta.
—Estimados Sus Majestades de Oriente: el Fort Bravo de Playmobil, un Scalextric, el Ibertren, una bici BH con ruedines, el Magia Borrás, el Cheminova, el Simon…
Las niñas, a lo suyo:
—Estimados Sus Majestades de Oriente: la casa de PinyPon, el kit de la señora Pepis, el Barriguitas negro, la Nancy, el Pupitas, el Telesketch, el Enredos…
Pensábamos que cuantas más cosas apuntáramos más posibilidades tendríamos de que cumplieran alguno de nuestros deseos. Ingenuos. La suerte estaba echada. ¿Para eso nos molestábamos en prepararles la bandeja de turrón y la botella de anís?
LAS BBC
¿A quién no le provoca prurito que le inviten a una boda en la actualidad? Eso no nos pasaba cuando éramos pequeños. Un bodorrio, un bautizo o una comunión eran las ocasiones para reencontrarnos con los primos, beber Mirinda hasta que nos saliera por la nariz y volver a casa con algún billete de cien pesetas en el bolsillo, cortesía de los tíos más enrollados.
La parte negativa era que nos vestían de domingo y teníamos que calzarnos esos zapatos con borlas tan horribles como incómodos. Nada que ver con los náuticos que se pusieron de moda después, dónde va a parar.
En estos eventos familiares muchos de nosotros probamos nuestro primer cigarrillo, con apenas doce años… y permiso paterno. Bisonte, Celtas, Condal… Debían de resultarle divertido vernos echar medio pulmón a cada calada o pensaban que sus niños se estaban haciendo mayores. O las dos cosas.