Generación EGB

Javi Nieves · Capítulo 25 de 59

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Generación EGB

Travesuras en clase

El pobre hombre se caía de espaldas, ocasión que se aprovechaba para huir muertos de risa:

—¡Siempre pica! Jajajá.

 

TRAVESURAS EN CLASE

Todos hicimos de las nuestras en el colegio. ¿Quién no ha camuflado una tiza entre las tiras del borrador de la pizarra? ¿Quién no ha puesto la papelera encima de la puerta del aula para que al abrirla le cayera encima al profesor? ¿Quién no ha participado en una batalla de bolas de papel de aluminio Reynolds en medio de una clase? ¿Quién no ha pegado carteles en la chepa del profesor con mensajes de gran carga intelectual del estilo de «Llámame tonto» o «Me pica el culo»? ¿Quién no ha llamado a la policía desde una cabina avisándoles de que había una bomba en el colegio para aplazar un examen? Eran inocentes chiquilladas que en ocasiones iban subiendo de tono hasta llegar a un punto en que se nos escapaban de las manos…

En el colegio empezábamos por espolvorear polvos picapica o explotábamos una bomba fétida, lo que provocaba el desalojo inmediato del aula. En medio del desconcierto colocábamos un par de chinchetas en la silla de la profesora, que al regresar se sentaba sobre ellas. Al abrir su cajón para sacar la lista e hincharse a poner negativos se encontraba con la lagartija cazada en el recreo. El pobre reptil trataba de huir pero terminaba sus días aplastado bajo el libro de Sociales de la maestra mientras las dos empollonas de la primera fila vomitaban ante la visión de una muerte tan repugnante.

¿Cómo actuar en tales casos? Si nos entregábamos nos quedaríamos sin recreo una semana y dos sin postre, pero eso sí, tendríamos nuestros quince minutos de fama.

 

CASTIGOS EN EL COLE

Aprendimos mucho de nuestras gamberradas. Lo primero, que nuestros actos tenían unas consecuencias… siempre que nos pillasen in fraganti o algún compañero se chivase. Para preservar nuestra identidad teníamos dos opciones: cometerlas sin que nadie estuviese presente o perpetrarlas con nuestro auténtico círculo de confianza. Esas consecuencias tenían un auténtico círculo de confianza. Esas consecuencias tenían un nombre: castigo. Los podemos dividir en dos tipos: los del cole y los de nuestros padres.

Los castigos del cole eran lo peor que nos podía pasar. Si el profesor llamaba a nuestros padres para ponerles al día de las fechorías del niño, sabíamos que en casa nos esperaba una buena bronca… y otro castigo. ¿Por qué? Por estar castigado. Los padres de entonces no necesitaban más razones.

EL BORRADOR VOLADOR

La cercanía de un castigo era algo que se palpaba en el ambiente. Incluso a veces lo veíamos venir… volando hacia nosotros en forma de borrador. No hacían falta palabras. Era un aviso que conocíamos todos:

—Martínez, o se calla o le expulso.

En esa época también aprendimos mucho acerca del lenguaje no verbal.

EL CAPÓN ANILLO

Que nos echaran de clase por no reprimir un ataque de risa o por no haber dejado de darle a la sin hueso con nuestro compañero de pupitre no era un drama, al contrario… Aunque solo la primera vez. Si éramos reincidentes el profesor nos agarraba de la patilla y nos hacía recorrer de puntillas el interminable corredor que conducía al despacho del director. Este nos recibía con un efusivo capón anillo que, como el Rexona, no nos abandonaba el resto del día. Era un arte milenario cuyo objetivo era enmendarnos a base de chichones y que dominaban a la perfección los profesores con más solera.

EL REGLAZO: DOS VERSIONES

Otros recurrían a una única regla: en concreto, de madera de sesenta centímetros de largo. El reglazo era una de las técnicas más asépticas, ya que no dejaba marcas, y quizá por eso la más extendida entre el profesorado femenino. Se ofrecía en dos versiones: light, en la palma de la mano, y hardcore, en las yemas de los dedos, según el grado de gamberrada cometida. En cambio, a los incondicionales del guantazo les encantaba estamparnos su firma en la cara sabiendo que serviría de advertencia para el resto de compañeros.

«COPIE CIEN VECES…»

Si no nos sabíamos la lección o nuestro perro se había comido los deberes nos esperaban dos modalidades de castigo. Una de ellas, con un enfoque didáctico, se basaba en el método de aprendizaje por repetición:

—Mohedano, escriba cien veces «El caballito de mar no es un ave gallinácea» — esto es real, prometido.