Generación EGB

Javi Nieves · Capítulo 38 de 59

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Generación EGB

Capítulo 6: Nuestros juguetes

El día que nos regalaban el primer balón de reglamento dormíamos abrazados a él. Aquel olor a cuero recién engrasado. Sí, ese que te ha venido a la pituitaria ahora mismo. Eran nuestros tesoros que tanto nos había costado conseguir bajo la eterna amenaza paterna.

—Tiene que durar.

Por eso jurábamos amor eterno a la peonza grabando con una navaja nuestro nombre en esa piel de madera. Revisábamos los rodamientos de las ruedas del monopatín, lubricándolos casi a diario con 3-en-uno. Pasábamos horas resolviendo una y otra vez aquellos rompecabezas de veinte cubos que nos sabíamos de memoria. Daba igual que fueran cutres, de plástico, como aquellos soldados Montaplex que venían en sobres sorpresas. Y nunca nos cansábamos de ellos. ¿Dónde estarán ahora?

 

LO QUE NUNCA NOS TRAÍAN LOS REYES MAGOS

Queríamos que nos envolvieran el escaparate de la juguetería y jugábamos con nuestros hermanos a ver quién se pedía antes todos los juguetes que anunciaban en la tele: «¡Me lo pido!», «¡Y yo!», «¡Me lo pido!», «¡Yo más!».

Cuando por la mañana corríamos a ver qué nos habían dejado… plof, caíamos en el pozo de la decepción de ese tablero de la oca en el que jugamos la partida de nuestra infancia. Otra vez el Trivio 6000, aquella copia aburrida del Trivial Pursuit.

EL SCALEXTRIC

Nunca supimos si los Reyes Magos trajeron el Scalextric para nosotros o para nuestros padres. Lo desenvolvíamos, poníamos los ojos como platos y cuando nos abalanzábamos hacia él oíamos un:

—Quieto, que tú no sabes.

Nuestro regalo nos duraba diez segundos. Manadas de familiares nos lo arrebataban y empezaban a montarlo. Si conseguíamos poner suficiente cara de pena nos dejaban un mando, eso sí, advirtiéndonos:

—Esto no es un juguete.

El Scalextric nos daba interminables horas de diversión a cambio de que mantuviéramos limpias las pistas y las escobillas y que cambiásemos estas cada cierto tiempo. Pero ¿cuántos de nosotros lo hicimos antes de que el coche dejara de funcionar? Aquello ya no eran escobillas metálicas, eran cuatro pelillos como los de nuestros incipientes mostachos.

EL IBERTREN

La fruta prohibida de todo hogar que se lo pudiera permitir. Y no ya por el precio, sino porque siendo tantos en casa andábamos más apurados que Gollum en una joyería. Porque nadie en su sano juicio quería tener solo un Ibertren: aspirábamos a reproducir el continente europeo en nuestras habitaciones. Para ello existía el Iberama, miniaturas de coches, casas, semáforos, personas humanas, montañas, valles… Muchos seguimos deseándolo con las mismas ganas.

CINEXIN

«CinExin, el cine sin fin». Lo de cine sin fin era porque no hacía falta rebobinarlo, no por otra cosa. Teníamos todo el poder sobre Pluto, Popeye, la Pantera Rosa, Donald… ¿Que queríamos que Mickey corriese? Manivela a toda máquina. ¿Hacia atrás? ¿Que se parase? Ya no podíamos hacer más, ¡pero nos moríamos de risa!

LOS MICRO MACHINES

«Si no son Micro Machine, no son los auténticos». El tono agresivo del anuncio, esos fuegos tatuados en la caja y en los coches, aquellos circuitos que nos obligaban a acelerar a fondo para conseguir un looping completo… Diríase que más que un juego se trataba de una escuela de poligoneros.

BLANDI BLUB

Nunca un moco verde había sido tan deseado. Se estiraba como un chicle y lo mejor es que no manchaba… O eso le decíamos a nuestros padres para conseguir que nos lo comprasen.

TELESKETCH

Aquella pizarra mágica que se borraba agitándola bocabajo y estaba diseñada para convertirnos en una generación de niños frustrados. Incorporaba dos ruedas, una para dibujar horizontal y otra para hacerlo en vertical, con lo que trazar una línea curva o una diagonal era misión imposible. No nos salía ni el eccehomo de Borja.

LOS JUEGOS DE CONSTRUCCIÓN

Tente, Lego, Mecano, Exin Castillos… Todos compartían algo que los hacía atractivos a nuestros ojos: su versatilidad. Cualquier cosa que construyéramos nos servía para jugar con nuestros soldados, nuestras muñecas… Los padres nos los regalaban porque donde había uno parecía que no hubiera niño.

EL CUBO MÁGICO DE RUBIK

Juramos que algún día lo completaríamos sin recurrir al sucio truco de cambiar las pegatinas. Nunca es tarde. Además, ahora podemos apuntarnos a la Asociación Española del Cubo de Rubik, que lo mismo hasta ofrecen asistencia psicológica las veinticuatro horas del día.

Los puzles tridimensionales se pusieron de moda y no tardó en caer en nuestras manos otro ingenio del profesor Ernö Rubik: la serpiente. La gracia consistía en combinar sus veinticuatro prismas en diferentes posiciones para transformarlos en un perro, una cruz, una pelota, una cobra, un rectángulo… Y para de contar, porque enseguida nos aburría.

La serpiente quiso aprovechar el tirón de su hermano de seis caras sin éxito. Y es que el cubo es uno de los iconos de la EGB. Según Wikipedia, en 2009 se habían vendido trescientos cincuenta millones de unidades. Es el juguete más vendido del mundo. Si lo dice Internet, va a misa.

HUNDIR LA FLOTA

Con lo sencillo que era jugar con un par de hojas de cuaderno… Pero aquello molaba más, con esos pinchitos que teníamos que clavar sobre nuestras naves. Después llegó la versión computadora y se acabó eso de hacer trampas cambiando el transatlántico de lugar. ¡Tocado y hundido!

TRAGABOLAS

Le dábamos al mando como unos posesos y el hipopótamo estiraba el cuello como una tortuga para engullir el máximo de bolas antes de que lo hicieran nuestros tres rivales. Aquello no era muy estable, y solíamos terminar la partida en el salón del vecino.

OPERACIÓN

Sacar los extraños huesos sin que el paciente se quejara exigía pulso de auténtico cirujano. Cada pieza ósea tenía un nombre a cual más dispar: el calambre del escritor, la manzana de Adán, la mariposa juguetona… El caballo renqueante se nos atragantó: no había manera humana de sacarlo sin que la nariz roja se encendiera.

QUIMICEFA

Con un buen repertorio de componentes químicos, unos tubos de ensayos, un quemador de mecha de alcohol y un libro de recetas podíamos hacer cientos de experimentos, desde meter un huevo duro en una botella hasta recrear una erupción volcánica en nuestra propia habitación. Y aun así, el fabricante juraba que los productos eran totalmente inofensivos. ¿Qué insensato dejaría esa bomba en manos de unos niños aficionados a las explosiones?

CHEMINOVA

Era una versión del Quimicefa, pero sin campaña de imagen, aunque lo cierto es que muchos de nuestros padres ya jugaban con él en los años sesenta. Queríamos fabricar una poción que nos transformase en el increíble Hulk o nos volviera invisibles. No es que llevásemos dos líneas de investigación separadas, es que mezclábamos líquidos a lo loco y probábamos a ver qué pasaba… a excepción de aquellos que teníamos hermanos pequeños, esas pobres cobayas.

MAGIA BORRÁS

¡Una varita mágica! Nuestros sueños al alcance de un simple movimiento de muñeca acompañado del adecuado sortilegio. El juguete con el que conseguir todos los juguetes. ¡Mentira! De aquella varita lo único que hicimos aparecer fue un pañuelo en el que secar nuestras lágrimas.

YOYÓ RUSSELL CINCO ESTRELLAS

En la calle, como mucho, veíamos el de tres, también de Russell o bien un sucedáneo de marca desconocida. La moda de los yoyós pegó fuerte. Si no queríamos convertirnos en unos excluidos sociales, al menos teníamos que saber hacer el perrito y el columpio.

LA BH CALIFORNIA

Pasamos la infancia heredando bicicletas de los primos, hermanos…, que no solían ser de nuestra talla y con menos extras que un Seat Panda. Y entonces vimos a aquel niño en esa BH California amarilla y reluciente. ¿Qué chica se fijaría en nosotros con el trasto que llevábamos?

LA CASIO TONE

¿Cuántos de nosotros no hemos querido uno para optar por una vida nómada en una Transit? Y no era difícil hacerse con él. Enseguida descubríamos el botón mágico, el que nos metía de fondo una bossa nova y nos creíamos Nacho Cano.

TRISTÓN