Generación EGB
Aquellas maravillosas series
Esas noches nos dejaban quedarnos hasta las mil. Aquella fiesta tenía muchos invitados, la mayoría fijos: Raphael, Francisco, Mecano, Miguel Bosé, Juan Pardo, José Luis Perales, La Década Prodigiosa, Mari Carmen y sus muñecos, José Luis Moreno y los suyos, Eloy Arenas, Gila, Arévalo, Juanito Navarro, Tip y Coll… Durante unas cuantas Nocheviejas los anfitriones fueron dos señores con unos tics raros que eran divertidísimos, y tontería que decían, tontería que después repetíamos hasta la saciedad. Martes y Trece nos hacían entrar en el nuevo calendario con el pie derecho y la sonrisa en todo lo alto.
PRESSING CATCH
Aprendimos a hacer un piquete de ojos y vimos el mítico combate entre Hulk Hogan y el Último Guerrero. Solo por eso no puede faltar en esta lista. El hombre del millón de dólares, los Sacamantecas, el Enterrador, André el Gigante, Terremoto Earthquake… ¿Con cuál ibas?
AQUELLAS MARAVILLOSAS SERIES
LAS DE NUESTROS PADRES
Siempre ha habido malos, pero estos se pasaban. Dallas nos tuvo en vilo con las intrigas de la familia Ewing. JR era el hijo mayor, y su maldad y avaricia no conocía límites. Todo por el puñetero petróleo. ¿Recuerdas quién le disparó a bocajarro? ¿Y al pánfilo de Bobby, que resucitó de entre los muertos? Fue la primera de una serie de culebrones estadounidenses de giros argumentales imprevisibles, lujo y luchas de poder. En Dinastía, que tuvo una escuela, Los Colby, también había negocios petrolíferos por medio. Krystle Carrington contra Alexis Carrington. Linda Evans contra Joan Collins. Rubia contra morena. Buena contra mala.
Y cuando no se mataban por el petróleo lo hacían por el vino. Falcon Crest es el nombre de la finca de la familia Channing, enfrentada a los Gioberti por un asunto de lindes de sus viñedos californianos. La mala malísima aquí era Ángela Channing, de la que no se fiaba ni Chu-Li, su criado chino. Y eso que sabía karate.
¿Y Falconetti? Con aquel parche en el ojo que le daba un aspecto aún más siniestro, el sicario de Hombre rico, hombre pobre se convirtió en el hombre del saco de la EGB, y nuestras madres nos amenazaban:
—Como no te lo comas viene Falconetti y te lleva.
O nos comparaban con él:
—Ese niño es más malo que Falconetti.
Otras miniseries que engancharon a nuestras madres fueron El pájaro espino y Norte y sur. La primera es la historia de un sacerdote dividido entre su vocación y una jovencita llamada Meggie Carson, aunque lo que realmente las cautivó fue Richard Chamberlain, el que hacía de pájaro. La segunda, la historia de dos amigos que se conocen en la mili y después se ven divididos por la guerra de Secesión norteamericana. Uno de ellos fue Patrick. Sí, Swayze.
Y por supuesto, los otros culebrones. El primero fue Los ricos también lloran, la historia de una cenicienta que da con sus huesos de sirvienta en la familia Salvatierra y acaba enamorándose del primogénito, Luis Alberto, del que su madre no conseguía hacer carrera. Pero el bum llegó con Cristal y, pos supuesto, Luis Alfredo, que para nuestras madres estaba cañón. Contaba la historia de una pobre huerfanita que comienza a hacer sus pinitos en la agencia de modelos de Victoria Ascanio, a la sazón madrastra del tal Luis Alfredo, del que nuestra prota se enamorara, pero él está prometido con una tal Marion… Así empezaba. Les siguieron otros como Gabriela, Doña Beija, Caballo viejo, Topacio, Rubí, Abigail… Pero como las primeras, ninguna.
Todas estas series nos parecían divertidas e incluso las seguíamos, aunque no lo reconociéramos. Pero había otras con las que nos entraban hasta ganas de irnos a nuestra habitación a estudiar, como Crónicas de un pueblo, Los gozos y las sombras, Fortunata y Jacinta, La Barraca y Anillos de oro, que trataba de un bufete de abogados que llevaban casos de divorcio. Se acababa de legalizar en España y aquello fue toda una revolución, pero para nosotros era un auténtico rollo. Porque para abogado divertido, Juan Echanove en Turno de oficio, que se estrenó tres años después. Nos daba la risa tonta con el mote de su personaje: Pedete Lúcido.
LAS QUE VEÍAMOS EN FAMILIA
Los Roper, spin off de Un hombre en casa, aquellos vecinos entrometidos y gorrones —«¿Has visto a Thomas?», «¿Qué Thomas?» «Un whisky, gracias… jejé»—, su remake americano Apartamento para tres… En los setenta las sitcoms hogareñas también funcionaban. Enredos contaba la historia de dos familias, los Campbell, humildes, y los Tate, forrados, en una ácida parodia de los culebrones americanos de la época tan gamberra como La que se avecina. Con ocho basta fue un poco más ñoña, con la típica moralina final de cada episodio que tanto gusta a los yanquis.
El clan de los Ingalls echó a los Cartwright —Bonanza— de su rancho catódico, aunque no perderíamos de vista a Michael Landon, el cabeza de familia de La casa de la pradera. Regresaría con Autopista hacia el cielo convertido en un querubín de pantalón vaquero de cuello alto que se hacía más kilómetros que Willy Fog para recorrer el país de costa a costa obrando milagros. No importaba la edad o el sexo, la lágrima estaba asegurada.
Ya en los ochenta, La hora de Bill Cosby inauguró la moda de series de familias afroamericanas a la que se sumaron dos inquietantes pequeñajos como Webster y Arnold, El príncipe de Bel-Air… y Cosas de casa. Y así es como Urkel entró en nuestras vidas.
Con las cadenas privadas surgieron las primeras sitcoms nacionales modernas: Los ladrones van a la oficina, Canguros, Hermanos de leche, Ay, Señor, Señor, con Pajares y el debut de Javier Cámara, y por supuesto, Farmacia de guardia.
Sin salir del gremio, Emilio Aragón se puso la bata de Médico de familia y durante cuatro años el clan de los Martín fue el tema de conversación en ambulatorios, mercados y patios de colegio. Ninguna ganaría un Emmy, pero nos lo hicieron pasar pipa.
LAS DE POLICÍAS, DETECTIVES Y AGENTES SECRETOS
Éramos fans de esos personajes de gabardina gris y sombrero de ala ladeado, como Colombo, y bigote, como Mike Hammer, y de esos hombres que velan por la justicia en las calles, como los de Canción triste de Hill Street y Brigada central, o de polis como el teniente Teo Kojak, el de los chupa-chups rojos con chicle dentro. Pepe Carvalho, Starsky y Hutch y Los ángeles de Charlie eran las preferidas de nuestros padres, pero tenían dos rombos y nos mandaban a la cama a la voz de ¡Ar!
Solo nos dejaban ver Remington Steele. Nuestras madres fundaron un club de fans de Pierce Brosnan, aquel falso detective que resolvía casos a las órdenes de Laura Holt, que era la que de verdad sabía. Después se convirtieron en groupies quinceañeras de Don Johnson, Sonny Crokett, aquel chulazo con trajes de lino que luchaba contra la Corrupción en Miami con su inseparable compañero Ricardo Tubbs.
Y es que los dúos siempre han funcionado. En la agencia de detectives Luz de luna uno de los ingredientes era la tensión sexual entre los dos protagonistas, Cybill Shepherd y un actor idéntico a Bruce Willis pero con pelo. A nosotros nos hacía gracia su secretaria, la señorita Topisto. Era igualita a Cañizares, de Cámara café. Y luego estaban los que iban a su aire, como la parodia de James Bond, el Superagente 86, o Jessica Fletcher en Se ha escrito un crimen. Sería la abuela perfecta que todos hubiéramos querido tener de no ser gafe. Allá donde iba, asesinato al canto. ¿No te parecía bastante sospechoso?
LAS DE AVENTURAS Y LAS DE CIENCIA FICCIÓN
Nos imaginábamos en selvas impenetrables con Sandokán, o perdidos en la sabana con Orzowei, la versión perroflauta de Tarzán. Lo mejor era la música: «Or-zo-wei, laralalaralalá…». Alucinábamos con los paisajes futuristas de La fuga de Logan, Star Trek, Galáctica, Enano rojo… En aquellas series todo el presupuesto se iba en licra y papel de aluminio.
Otra que nos encantaba era el Planeta de los simios. ¿Un futuro apocalíptico en el que los monos dominan el mundo? ¡Eso era genial! En la categoría de bichos peludos también está Alf, un marciano comegatos y narizotas que a diferencia de ET no demostraba demasiado interés por volver a su casa, y Bigfoot y los Henderson, otro que se instaló en la de los susodichos y no se marchaba ni con agua caliente. Y nuestras madres que nos decían que no querían un perro en casa…
Pero si hubo una disparatadamente fantástica esa fue Un médico precoz, que narra la vida de Doogie Howser, un médico ¡de solo catorce años de edad!, que tenía tiempo para estudiar, hacer guardias, aguantar al cansino de su amigo Vinnie Delpino, obsesionado con las chicas y las camisas estampadas, y escribir un diario antes de irse a la cama en un Word de los antiguos. Aquello sí que no había quién se lo creyese.
LAS DE ACCIÓN Y LAS DE SUPERHÉROES
En la calle jugábamos a ser los hombres de Harrelson, el equipo A o MacGyver. También queríamos ser como David Hasselhoff. De mayorcitos envidiábamos su papel de Mitch Buchannon —el nombre mola, ¿eh?—, por eso de estar todo el día en la playa con Pamela Anderson y Carmen Electra. De canijos porque soñábamos que nuestra bicicleta fuera KITT. El coche fantástico inició una saga de vehículos con superpoderes. El halcón callejero era la historia de un llanero solitario sobre dos ruedas que se quedó en gorrión. Duró una temporada. ¿Y aquel helicóptero, El trueno azul, que no llegó a pedorreta? Era mucho mejor el artefacto de la serie El profesor Poopsnagle y el autobús volador, ese «que todos decían que nunca volaría… Bum-bum, chaca-chaca, bim-bam bing, esta es la canción que cantamos para ti». Qué recuerdos.
Para superpoderes los de La Superabuela, El gran héroe americano y El increíble Hulk. Lo único malo de esta serie era cuando el doctor Bruce Banner se transformaba en aquel mostrenco de color verde sofá de escay: daba grima mirarle a los ojos. Los Power Rangers no calaron mucho, pero les perdonamos porque nos recuerdan a Parchís.
Pero para héroe de infancia, el Robin Hood de la serranía de Ronda, Curro Jiménez. Nos pilló bien pequeños, y eso nos marcó, sobre todo a más de uno que se quedó con el mote de Algarrobo —el fiel escudero de maneras algo primitivas— para toda la vida.
LAS NUESTRAS
La bola de cristal nos trajo dos de las series que recordamos con más cariño, quizá porque éramos más tiernos que el Bimbo: Los Monsters y La pandilla. También nos parecía muy entrañable el profesor Shorofsky, que enseñaba música a Leroy y Danny Amatullo en Fama. Su muerte nos dolió, aunque no tanto como la de Chanquete. Ya teníamos callo.
Punky Brewster fue una versión pija de Pippi Langstrumpf. Una pijipi, vamos, pero muy mona. Ahora más. Algo parecido nos pasaba con Blossom, menos agraciada pero de esas que te ganan por simpatía. Todos esperamos que la siga conservando, porque le dio por estudiar y la vemos ahora en Big Bang Theory algo descuidada. Según cuenta Internet no siguió el método de Laly Ruiz, aquella señora de edad madura y aspecto apacible que sustituyó a Eva Nasarre en las clases de aeróbic matutinas de nuestras madres.
También las hubo que nos iban preparando para convertirnos en personas. «Crecer sucede en un latido. Un día estás en pañales, al siguiente ya no estás aquí». Era del último capítulo de Aquellos maravillosos años, que fue el Cuéntame de los americanos. Después nos dejaron fisgonear en El diario secreto de Adrian Mole, un adolescente inglés clavadito a Harry Potter que tenía por costumbre comprobar cada día el tamaño de su miembro viril y anotar la evolución en una gráfica.
Y no podemos olvidar, aunque quisiéramos, las series de nosotros, los chicos, llegamos a odiar con toda nuestra alma. Eh, chicas, estamos aquí… Y ellas a su rollo, babeando por Mike Seaver —Los problemas crecen—, Zack Morris y Slater —Salvados por la campana—, Dylan y Brandon Walsh —Sensación de vivir—… ¿Y nosotros qué hacíamos? Imitar aquellos flequillos, apuntarnos al gimnasio, dejarnos patillas… Ahora revisamos aquellos looks noventeros y pensamos: ¿estaba loco o qué?
La cosa no se detuvo ahí. Melrose Place, la secuela aburrida de Sensación de vivir, no les fue suficiente. Aún tenían huecos libres en sus carpetas para los chicos del instituto Siete Robles, de Al salir de clase, y para el rebelde-porque-el-mundo-me-ha-hecho-así de Compañeros, un tal Quimi. Claro que a nosotros quien nos gustaba era Valle, y todas se dejaron aquel peinado hachazo-en-mitad-de-la-cabeza con dos mechas rubias a ambos lados. Fue nuestra venganza, porque las únicas aventuras de instituto que nos gustaban eran las de Parker Lewis nunca pierde. ¡Sincronicemos relojes! Y tirábamos del flamante Casio con emisora de radio.