Generación EGB
Los libros de nuestros padres
Además de los jerséis de rombos y pelotillas, muchos de estos títulos los heredamos de nuestros hermanos —no todo iba a ser malo—. El Principito nos enseñó que lo esencial es invisible a los ojos, y Momo, a no fiarnos de los hombres grises que querían robarnos el tiempo. Cuidado, ahora van de negro…
Envidiábamos al Barón de Münchhausen porque echaba las trolas más grandes que podríamos imaginar y siempre le creían, y soñábamos con encontrar ese lugar en el que sentirnos tan grandes como Gulliver. Ahora, cuando nos reprochan seguir siendo unos eternos adolescentes, como Peter Pan, solo se puede decir que… «¡la vida pirata es la mejor, con la botella de ron!».
LOS LIBROS DE NUESTROS PADRES
No había biblioteca familiar sin un buen manual de urbanidad, aquel tocho dedicado a la correcta disposición de los cubiertos sobre la mesa —¡los tenedores a la izquierda y el filo del cuchillo para dentro, Romerales!— o a la presentación en un acto de sociedad de postín. Tampoco podían faltar los manuales de educación sexual que nuestros padres escondían en la balda más alta, no fuera a ser que nos enteráramos de todos los secretos habidos y por haber. Una vez que desenmascaramos a la cigüeña, muchos descubrimos los enigmas de la procreación con el intrigante Cómo se hacen los niños, de Ana Westley, publicado a finales de los años setenta.
Siempre había una Biblia y un Quijote, faltaría más, y aunque todos nuestros males se pasaban con una aspirina, mejor tener siempre a mano una enciclopedia de la salud; y esta, de verdad, sí que daba miedo tocarla y abrirla… Nos repugnaban aquellas fotos de malformaciones genéticas o tumores extraños, pero a la vez ejercían en nosotros una atracción irrefrenable. Éramos incapaces de dejar de mirarlas. También leíamos los síntomas de todas las enfermedades que acababan en -itis, y jugábamos con nuestro hermano a ver quién tenía más. Esto explica por qué hemos salido tan hipocondríacos.
¿Y cuáles eran los best sellers que tentaban a nuestros padres? Los renglones torcidos de Dios, Los gozos y las sombras, La barraca, Simplemente María… Todos, del Círculo de Lectores. Y por supuesto, y se ha dejado a propósito para el final, las novelas de bolsillo Estefanía de Marcial Lafuente, que escribió decenas, no, cientos, no, miles de novelas populares del oeste.