Generación EGB
Capítulo 1: El colegio
Javi Nieves
Generación EGB
Por mí, y por todos mis compañeros…
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Banshee 04.11.13
Título original: Generación EGB
Javi Nieves, 2013
Editor digital: Banshee
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Nos libramos de la reválida que tanto temían nuestros hermanos mayores y de tener que estudiar la lista de los reyes godos, pero a los niños de la EGB nadie nos lo iba a poner fácil. Nos convencieron de que para ser alguien en la vida había que tener una carrera, que eso nos aseguraba el futuro, así que por delante nos esperaban unos cuantos años de atender al encerado, hincar los codos… y aprender mecanografía.
ASÍ ERAN NUESTROS COMPAÑEROS DE CLASE
Los que fuimos a EGB llamábamos a nuestros compañeros de clase por su apellido: Paniagua, Llanos, Quismondo, Vidal, Romero, Ortiz… Era un mero formulismo, porque la verdad es que respeto, lo que se dice respeto, no nos teníamos mucho. Éramos de mote fácil y no tardábamos en adjudicarnos nuestro auténtico nombre. Sí, ese que nos ha dejado traumatizados para los restos.
Todos hemos sufrido al «pelota» que se sentaba siempre en la primera fila y levantaba la mano hasta para levantar la mano. Solía ser también el cuatro ojos y el repelente niño Vicente. Además, estaban el manta y el chupón, a los que nadie quería en su equipo de fútbol; el llorón, la masa —el gordito de la clase que siempre quería comerse nuestro bocadillo—, el cabeza buque, el altruista, el Dumbo, el salido, el raro —ahora sería el friqui—, el MacGyver —que tenía soluciones para todo—, la marimacho, el chivato o el velas —siempre con aquel moco asomando que subía y bajaba como un yoyó.
QUÉ PROFESORES NOS MARCARON
A un compañero de pupitre en quinto fue el de Lengua, que harto de que no dejara de incordiar acabó por tirarle un borrador a la cabeza: el del encerado. Le dio con el canto de madera y le dejó de recuerdo permanente una cicatriz en la frente. Qué tiempos aquellos en los que a los maestros se les permitía recurrir al lanzamiento de objetos para tratar de hacer carrera de nosotros…
Hay que reconocer que teníamos cierta práctica en sacar de quicio a los mayores y que se nos daba especialmente bien con nuestros profesores. Todos hemos tenido uno que un buen día desaparecía sin dejar rastro durante evaluaciones enteras. En clase no hablamos de otra cosa y nuestras especulaciones daban pie a leyendas urbanas de todo tipo. La que mejor le dejaba daba con sus huesos en la cárcel.
Cuando regresaba —algo que solía pasar después de las vacaciones de Navidad— lo hacía con mejor cara. Parecía otra persona, como con «más lustre», que decían nuestras abuelas. Una semana más tarde volvía a tener ojeras, al mes siguiente parecía demacrado y antes de los exámenes ya había derribado a otro compañero de un nuevo certero lanzamiento de borrador. El tío tenía puntería. Con el tiempo caímos en la cuenta de que éramos nosotros los culpables de aquellas desapariciones. Baja por depresión, que el estrés aún no se había puesto de moda.