Generación EGB

Javi Nieves · Capítulo 22 de 59

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Generación EGB

Capítulo 3: Las gamberradas

Los que fuimos a la EGB somos una generación de bromistas. Unos cachondos, vamos. Seguro. Y no porque nos lo enseñaran en el colegio, no. Allí, a la mínima que nos hacíamos los graciosillos nos caía un capón ninja, de esos que nunca veíamos por dónde habían llegado. Tras largas reflexiones, estas ganas de cachondeo, de poner en ridículo al prójimo como una excusa para echarnos unas risas a su costa tienen algo que ver con la copita de Quinta Santa Catalina que nos daban nuestros abuelos después de comer porque estábamos «esmirriaos».

—¡Hijo, qué mala cara! Tómate esto, que ya verás como enseguida coges color.

Y vaya si lo cogíamos. Qué sudores… Ahhh, aquellas primeras resacas de la infancia.

 

ÉRAMOS GAMBERROS, PERO INOCENTES

El caso es que en plena EGB nos pasábamos el año deseando la llegada de las vacaciones de Navidad. No porque estuviéramos poseídos por el espíritu que corresponde a la época —los únicos espíritus que conocíamos entonces eran los que nos habían enseñado en clase de Religión y aquellos de los que hablaba el doctor Jiménez del Oso en el programa de Televisión Española, Más Allá—. No. La Navidad era la temporada oficial para reírse del personal, una especie de cheque en blanco para dar rienda suelta al pequeño delincuente alborotador que todos reprimimos dentro.

Nuestros padres nos dejaban gastarnos toda la paga en los artículos de broma que solo en esos días se vendían en las tiendas de chucherías y en los puestos navideños, aunque no les hiciera demasiada gracia: sabían que, un año más, serían unos de los objetivos de nuestras gamberradas el día de los Inocentes. La familia, lo primero.

 

LAS PRIMERAS INOCENTADAS: LOS ARTÍCULOS DE COÑA

Porque sí, son unas fiestas para pasar en familia. De hecho, era la única época del año en que nos apetecía visitar a nuestras tías: en Nochebuena siempre caía el tradicional aguinaldo:

—A ver en qué te lo gastas —advertían.

Nosotros ya lo teníamos claro: en artículos de broma. Y como también nos habían enseñado a ser agradecidos, unos días más tarde las deleitábamos con una exhibición de la recién adquirida artillería: como uno más de Los hombres de Harrelson nos deslizábamos hasta la camilla del té y camuflábamos en el azucarero un par de terrones de azúcar-mosca o sembrábamos el parqué recién acuchillado de escarabajos-bomba que explotaban al pisarlos. Y ellas, encantadas con su sobrino, por supuesto.