Generación EGB

Javi Nieves · Capítulo 30 de 59

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Los juguetes de los puestos de chuches

LOS POLOS Y HELADOS

Llegaba el verano y los quioscos de helados brotaban como setas. Después de casi un año de impaciente espera, repasábamos el tablón una y otra vez y no sabíamos por cuál decidirnos. Los Drácula nos encantaban o los odiábamos, pero aquella cubierta de cola con interior de fresa y base de cremosa vainilla no dejaba indiferente a nadie.

Algo parecido sucedía con los ColaJet, esa mezcla de polo de limón y cola con una envoltura de chocolate. Su rival, siempre a la zaga, era el Capitán Cola. Después llegó el Frigodedo, que abrió el camino al Frigopie, de crema de fresa. El Fnatasmikos tenía una textura similar pero de vainilla y un palo que a la vez era un chicle, pero no estaba muy bien pensado y teníamos que comérnoslo deprisa, antes de que se desmoronase. El Frigurón, de un intenso azul curazao, no caló, muy ácido, y no estuvo en cartel mucho tiempo. El Twister tenía dos versiones en texturas helado y polo, y por su precio podíamos permitírnoslo en ocasiones especiales. Con los Calippo, de fresa o lima, llegó la revolución, y la competencia no tardó en reaccionar con el Pirulo. Si no nos quedaba mucha paga nos decidíamos por un Minimilk de nata, chocolate o fresa, que cumplían su función. Y si estábamos secos, un flash de cinco o quince pesetas, según el tamaño. Era el helado de los pobres.

Los Magnum, Cornetto… eran demasiado caros para nuestros bolsillos, así que tendrían que esperar el paseo de la tarde de los sábados con los padres. Ellos, por cierto, eran más de los cortes de helado de uno, dos o tres sabores, los bombón helado, los sándwiches de nata… y en casa, de Contessa, ahora Viennetta.

 

LOS JUGUETES DE LOS PUESTOS DE CHUCHES

Con las vueltas que sisábamos del pan o los restillos de la paga poco se podía hacer, pero conseguíamos estirar esa calderilla hasta límites insospechados. Nos llegaba hasta para comprar todo un regimiento. De plástico, eso sí: las figuritas de Montaplex. En cuanto llegábamos a casa rompíamos con ansia aquel sobre de papel para tomar contacto con nuestros nuevos compañeros de juegos, nada menos que un pelotón de soldados. Ya teníamos el ejército alemán, el confederado, el ruso… Y allí estaban, unidos por una tira de aquel plástico de olor inconfundible que llegaba hasta el tuétano. Después llegaron los sobre de los Monta Man. Los muñecos eran algo sosos, ¡pero articulados! Los teníamos que montar nosotros mismos, e incluso tenían sus propios vehículos —motos, helicópteros, bicicletas…— y complementos a juego.

Aquellas tiendas tenían de todo. Las niñas compraban madejas enteras de hilos de plástico de colores para hacer pulseras que luego lucíamos presumidos. También vendían los sobres-sorpresa, que no se entiende por qué los llamábamos así, porque siempre nos tocaba una pulsera de plástico duro con pendientes a juego, unas pastillas de leche de burra, dos sugus…

El juguete que causó furor durante una buena temporada fueron las manos locas, las gomas superelásticas y adherentes que acababan siempre pegadas en el techo del aula. Las había de muchos colores, y servían para darle collejas al que se sentaba delante de nosotros en clase. A los dos o tres días tenían un color poco saludable y dejaban de pegar. Nada como un buen baño con jabón… ¡y como nuevas! Y si se nos rompían, no pasaba nada. Teníamos que ir a por el pan, y a lo mejor alguna moneda, por descuido, se quedaba en nuestro bolsillo.