Generación EGB
Las primeras explosiones… controladas
Año tras año íbamos ampliando el catálogo: chicles con cepo o de pimienta, polvos picapica para estornudar, la tinta china que se limpiaba con agua, ¡la caca de perro falsa!, el moco de plástico, los pútridos dientes de monstruo… Uno de nuestros favoritos era el anillo ducha, que lanzaba un chorrazo de agua a todo el que se acercaba a apreciarlo de cerca. Funcionaba gracias a un «complejo» mecanismo, una pera amarilla con forma de cabeza de chino. El mismo que llevaba incorporado el levanta platos, con el que conseguíamos que la comida de nuestras madres cobrara vida propia. La experiencia nos enseñaba que nunca debíamos utilizarlo con platos de sopa demasiado llenos…
Casi todos aquellos artículos llevaban impreso el enigmático rostro de un tal Mi-Shan-Fu, uno que debía de ser primo del que anunciaba el flan chino El Mandarín o que hizo la mili con Fu Manchú. Por cierto, si buscas en Google verás que se siguen fabricando. No es de extrañar; el mundo es de los cachondos. Cada vez que escuchamos a la Merkel nos tronchamos…
BOMBAS FÉTIDAS: ADMIRADAS Y TEMIDAS
Uno de los artículos que siempre aparecía en lo más alto del top ventas navideño eran las bombas fétidas, aquellas cápsulas que contenían un líquido amarillento nada apetecible y de olor nauseabundo pero que convertían a su poseedor en el más respetado y envidiado de la pandilla. Cuando llevábamos una encima nos sentíamos poderosos. Todos nos miraban con respeto, e incluso guardaban las distancias.
Se presentaban en una caja de tres unidades que hasta incluían instrucciones: «Tirar la bombita contra el suelo o pisarla. Al momento esparcirá un olor insoportable». Pero su manejo era un asunto delicado. Transportarlas en el bolsillo del pantalón no era lo más recomendable si ya habíamos adquirido cierta conciencia de la levedad de nuestra existencia. Un movimiento en falso podría romperlas, y si nos «explotaban» encima ya podíamos darnos por muertos… socialmente. Y convertirnos en unos apestados a tan tiernas edades marca. Al amigo de un amigo le pasó.
LAS PRIMERAS EXPLOSIONES… CONTROLADAS
Había otro artículo que rivalizaba en ventas y fans con las bombas fétidas: los fulminantes de cigarrillos, aquellos inofensivos minipetardos que introducíamos entre el tabaco con ayuda de un palillo y que explotaba en las narices, literalmente, del incauto fumador. Contábamos en voz muy baja los segundos eternos que transcurrían hasta el fatal desenlace, mientras la adrenalina trepaba por nuestras gargantas y entonces… ¡pum!
Además, tenía la ventaja de ser una broma de larga duración: los días siguientes nos venía a la memoria la cara de estupefacción de la víctima y no podíamos evitar volver a desternillarnos. ¿Que por qué lo hacíamos? Sencillo, porque éramos buenos hijos y queríamos ayudar a nuestros padres a dejar de fumar. Para ellos no debía de ser tan evidente, porque a más de uno esta buena acción nos costaba el postre. Tan inofensivos —al menos para nosotros— no eran.
LOS PETARDOS: ATRACCIÓN FATAL
Nos encantan las explosiones, para qué ocultarlo más. Coincidimos en culpar de ello al Equipo A, que en cada episodio hacía estallar una media de diez bidones de gasolina, una gasolinera, un almacén repleto de dinamita, siete coches y dos furgonetas. Asistíamos a aquellas bacanales de fuego y destrucción pegados a la pantalla con los ojos resecos por no parpadear. Esperábamos que el humo dejara paso a un desolador panorama de cuerpos desmembrados y destrucción… Pero nada más lejos de la realidad. Los malos malotes se levantaban con el pelo descolocado, se sacudían el polvo y se entregaban con deportividad… sin una sola brecha o un mal esguince. Este era el único fallo que tenía la serie.
Los fulminantes para que nuestros padres dejasen de fumar estaba bien, pero necesitábamos más, así que corríamos a los puestos de chuches a llenar nuestras cananas de aquellos cartuchos de pólvora con mecha para emular a nuestros convictos favoritos. Los petardos de dos pesetas, los más flojos, eran perfectos para nuestras primeras explosiones. Después solo los comprábamos cuando ya nos habíamos fundido casi toda la paga. Habíamos pasado al siguiente nivel: los de cinco pesetas. Contundentes y económicos, eran los más demandados gracias a su relación precio/carga. Pero si queríamos jugar a cosas de mayores, ahí estaban los de quince y veinticinco pesetas. Con forma de caramelo y una mecha de garantías, su envoltorio de papel kraft guardaba las cargas explosivas más potentes del mercado. Quien se hacía con uno se convertía por derecho en el jefe del comando y, como tal, ese día era el responsable de seleccionar los objetivos de nuestras operaciones.
¿QUÉ NOS GUSTABA EXPLOTAR?
Casi todo era susceptible de ser volado por los aires: la casa de palillos que habíamos construido en clase de trabajos manuales, un bote de refresco que nos encontrábamos en la calle, el Barriguitas que le habíamos quitado a nuestra hermana pequeña como venganza por haberse chivado a nuestra madre de que habíamos estado ojeando la Interviú de nuestro padre, una papelera, la tapa de una alcantarilla…