Generación EGB

Javi Nieves · Capítulo 32 de 59

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Generación EGB

Ese cine…

Y más bits, los 32 de la Sega Saturn y la PlayStation, que ya no funcionaban con cartuchos, sino que los juegos venían en un CD. Nosotros lo tradujimos como «aquello se puede piratear» y la Play se quedó con todo el mercado.

CUANDO NO TENÍAMOS MÓVIL

Éramos niños con prefijo: el 91, si llamábamos desde fuera de Madrid; el 93 por delante si lo hacíamos desde fuera de Barcelona… No teníamos móvil ni smartphones con miles de aplicaciones, pero con aquellos teléfonos de rueda nos lo pasábamos pipa gastando bromas a nuestros amigos… o desconocidos. Ya hemos dicho que éramos unos cachondos. La única pega que tenían era que a la tercera factura de más de cinco mil pesetas nuestras madres acababan por ponerle un candado… hasta que llegaron los primeros con teclado y pudimos escapar de su control.

Las cabinas nos dieron mucho juego. Incluso existía la leyenda urbana de que si colgábamos rápidamente tres veces antes de que la otra persona contestara, podíamos hablar sin echar dinero. Y es que nos encantaba todo lo que fuera gratis, y por eso teníamos frita a la señora del 003, el de información telefónica, que no costaba un duro.

Nos creíamos que aquello era como el Google y que en él hallaríamos las respuestas a nuestras grandes dudas existenciales: el resultado de la quiniela, la fórmula para averiguar el cuadrado de la hipotenusa, si existe realmente el bosón de Higgs… También fueron nuestras primeras tragaperras. Cuando pasábamos por delante de una hurgábamos en el cajetín por si alguien se había dejado un duro, o la zarandeábamos a ver si caía algo. Si la aporreábamos a veces nos salían las tres cerezas. ¿Que la tarde se presentaba lluviosa con fuerte viento racheado? Qué mejor que una cabina para probar un número al azar de Burkina Faso vía cobro revertido, y ya de paso aprender idiomas. ¿Que el matón del cole nos había robado la merienda y las diez pesetas que nos dejaban nuestras madres «por si pasaba algo»? A pedir consuelo y un nuevo avituallamiento a las sufridas progenitoras vía cobro revertido previo paso por la operadora a la que antes habíamos torturado: si se daba cuenta de que éramos los graciosos de antes nos tocaba ayunar.

 

ESE CINE…

Fuimos la generación que en los setenta descubrió de extranjis el destape con las pelis de Pajares y Esteso —de aquellos polvos…—. Nos molaban los superhéroes, el amor, los mamporros, las explosiones y pasar miedo, y teníamos una noción muy clara del bien y del mal gracias a ET, Yoda y Darth Vader. El cine más cercano estaba a quince minutos andando desde casa, incluso al lado de nuestro portal. Cines de barrio que con el paso del tiempo se reconvirtieron en multisalas y de los que hoy ya solo queda la fachada. Los sábados nos atrapaban las sesiones dobles, una reposición y un estreno. Por trescientas sesenta y cinco pesetas podíamos revolotear por la sala durante cuatro o cinco horas. Y cuando llegaba el verano, el cine seguía en los pueblos de playa. Las sillas eran como potros de tortura y el sonido no era THX de ese, pero, por supuesto, no nos importaba.

LOS TIPOS MÁS DUROS DE LAS PELIS DE ACCIÓN

Se han reunido en Los mercenarios para hacer caja y costear sus divorcios, y nos cuesta distinguirlos de sus muñecos de cera. Sabemos que son ellos solo porque no arden con las explosiones, pero en sus buenos tiempos nos alegraron los días con sus gestos adustos, sus frases contundentes y sus puños de acero. Los tíos más duros del celuloide sabían lo que queríamos: un mamporro tras otro. Y lograban mantener el pabellón bien alto. Bud Spencer y Terence Hill también pegaban buenos cachetes, pero sin perder la sonrisa.

El cine de acción molaba. Sí, y uno de nuestros modelos fue una mala bestia que negociaba la resolución de los conflictos con un rifle de asalto AK-47. A Ronald Reagan, que era un señor que salía en el telediario, John Rambo le gustaba. Normal. Y a nosotros, que crecimos con él, aunque no supiéramos dónde estaba Vietnam. También le gustaría Rocky Balboa, un boxeador que entrenaba al ritmo de una música pegadiza y que en cada nueva entrega se las veía con un carnicero de peor calaña, pero ni M. A. Barracus —perdón, Mr. T— ni el soviético Iván Drago — Dolph Lundgren, otro que tal— fueron capaces de hacerle besar la lona.

No teníamos ni idea de qué era eso de la guerra fría, pero estas películas tan educativas nos dejaron bien clarito que los malos eran los rusos. No sé si todos los chicos de la EGB queríamos ser como Stallone, porque tendríamos que renunciar al Bollycao y a los dónuts, pero hubiéramos firmado por tener un hermano como él, que dejaba en bragas al mismísimo primo de Zumosol.

¿Te acuerdas de Chuck Norris? Sí, el ránger vitalicio. En El furor del dragón repartía leña nada menos que junto a Bruce Lee, antítesis de estos héroes anabolizados —lo suyo era pura fibra y sutileza: be water, my friend—. Luego nos hizo vibrar en Desaparecido en combate. Otra de Vietnam, para variar.

Schwarzenegger era el más versátil de todos. Si hacía una comedia le salía redonda, como Poli de guardería, mientras que Stallone, por ¡Alto o mi madre dispara! merecía eso, que su madre le pegara el tiro de gracia de una vez. El Chuache, como le bautizó Florentino Fernández en El informal, no se echaba a temblar ni con los marcianos, como demostró en Depredador. ¿Sería porque fue un cyborg en otra vida? Terminator, de la cosecha del 84, fue la primera de una popular franquicia en la que hacía de hombre cibernético, en esta ocasión malo. «Hasta la vista, baby».

Si el Chuache y Stallone eran la cara de la moneda, la cruz era Steven-Rompebrazos-Seagal y Jean-Claude Van Damme. Los primeros repartían caricias a puño limpio. Los otros hacían la danza del vientre antes de endosar la bofetada, como correspondía a sendos maestros de las artes marciales y el aikido. A Carlos Pumares, el crítico de Polvo de estrellas —«¿Sí, buenas noches, dígame?»—, el belga le hacía bastante gracia porque sus películas eran entretenidas. Vaya si lo eran. El cine de acción se hizo arte por obra y gracia de este armario que mostró ya sus poderes en Contacto sangriento —¡jo, esos títulos impagables del cine de entonces!—. Nos enchufábamos una de sus pelis y cuando acababan nos poníamos a imitar el spagat y acabábamos descoyuntados.

Todos ellos eran el brazo de la justicia, pero lo que sabían se lo debían a sus mentores, los más duros entre los duros: Charles Bronson y Clint Eastwood. Bronson nos lo insinuó en Yo soy la justicia, y por si no habíamos pillado la indirecta nos lo repitió en una secuela. En Harry el Sucio, Callahan, o sea, Clint, se liaba a tortas a la primera, pero lo que más le ponía era sacar a pasear su pipa, una Magnum 44 más larga… que sus piernas. El principio nos parecía demoledor, cuando encañona a un atracador y le suelta aquel speech sobre las balas que le pueden quedar en la recámara.

Otra policíaca para la historia, también con secuelas, sobre todo mentales para nosotros, fue Arma letal, con un argumento rompedor —es broma—: poli blanco y poli negro se enfrentan a los malos… y ganan —¡muera el spoiler!—.

Y hay películas que no han perdido su fuerza, como prueban sus constantes reediciones. Por ejemplo, La jungla de cristal, en la que Bruce Willis parecía un héroe de las viejas pelis de catástrofes, como El coloso en llamas. Menos mal que nosotros vivíamos en un bloque de cuatro pisos…

NUESTRAS PELÍCULAS DE CIENCIA FICCIÓN

No fuimos conscientes, pero asistimos a la resurrección de un género que llevaba varios años en coma. ¿Qué habría sido de nuestra infancia sin George Lucas, Ridley Scott o Steven Spielberg? El primero se la jugó con una película titulada La guerra de las galaxias por la que nadie daba un duro y los niños de la EGB aprendimos a manejar las espadas de luz de sus personajes. Fue, sin duda, nuestro mayor acontecimiento cinematográfico, solo superado por el vídeo de la boda de nuestra hermana años más tarde.

El año de san Naranjito, 1982, Spielberg, que ya nos había engatusado con Encuentros en la tercera fase, nos presentó a su criatura más entrañable, ET, que, como Dorothy en El mago de Oz, solo pensaba en volver a casa. Teléfono, teléfono… y dale con la matraca. Su hermano tecnológico se llamó Cortocircuito, un robot con cara de Woody Allen. Carne de psiquiatra total.

Ridley Scott nos ofreció dos clasicazos de la ciencia ficción. El primero, Alien, el octavo pasajero. ¡Menudo careto de susto se le queda al oficial Karen cuando ve al bicho ese tan feo saliendo de su estómago! ¿Muere desangrado o del susto? Aquella peli fue el no-va-más de los efectos especiales. Después llegó Blade Runner, y mientras Harrison Ford se dedicaba a la caza de replicantes nosotros soñábamos con llevarnos a la rubia Daryl Hannah —los más malotes— o la morena Sean Young — los más buenecitos— a ver arder naves más allá de Orión…

Lo flipamos todavía más con los efectos especiales de Desafío total, otra vez con el Chuache. Sharon Stone, que aún no era una sex symbol, recibía a su supuesto marido en plan Karate Kid, y luego nuestro actor preferido se quitaba una cabeza de mujer en un planeta no recomendado para menores de dieciocho.

Su director también hizo Robocop, sobre un poli muy duro que, desde luego, no tenía color con los que «apatrullaban» nuestra ciudad. Con Mad Max se cumplió la profecía del bueno de Arrabal en aquel programa mítico de Televisión Española que presentaba Sánchez Dragó: «El milenarismo va a llegaaaar». Y lo hizo dejando a los supervivientes de la Apocalipsis vistiendo en cueros, al más puro estilo sado.

Pero, por encima de todas ellas, la que más nos moló fue Flash Gordon, que vista hoy parece una película rescatada por error de las llamas de un manicomio. Era horrible, pero al menos la música era de Queen. ¿Qué habrá sido del rubiales? Seguro que acabó como bañista ahogado en Los vigilantes de la playa.

LAS DE TERROR

Los especialistas del terror se cebaron con nosotros, los muy cabritos. Nos daba miedo la oscuridad, la siniestra figura del practicante con su maletín de agujas hipodérmicas, las pesadillas, los perros que ladraban por la noche, los cipreses de los cementerios, los camiones frigoríficos, una serie sobre Jack el Destripador, las fotografías amarillentas del desván, los matones del colegio, los exámenes que llevábamos cogidos con pinzas… Pero todo eso era una nimiedad en comparación con las psicofonías y las apariciones de Al final de la escalera, que nos escalofriaron por su realismo, o con el miedo que pasamos viendo Pesadilla en Elm Street, en la que salía un pipiolo y casi irreconocible Johnny Depp. ¿Cómo íbamos a hacer caso a nuestros padres cuando nos decían que nos fuéramos a cama? ¿Y si se nos aparecía Freddy? —«Uno, dos, viene a por ti. Tres, cuatro, cierra la puerta. Cinco, seis, coge el crucifijo…»—.

Otro momento espeluznante: cuando Carol Anne, la niña de Poltergeist, se quedaba embobada frente a la tele: «Ya están aquí». Tampoco olvidaremos nunca la transformación de Un hombre lobo americano en Londres, la mejor de todos los tiempos… hasta ese momento.

Había pelis de niños cabrones, como El pueblo de los malditos. En comparación con ellos, Zipi y Zape eran unos santos. O Los chicos del maíz, donde Isaac, el líder de la banda, nos recordaba al abusón de clase. O El exorcista, con esa niña del demonio vomitando la sopa de judías verdes para pasmo de un cura que tampoco daba mucha tranquilidad. O La profecía, donde Damien llevaba a la muerte al primero que se le ponía por delante, a pesar de que sus padres se esforzaran por reconducirlo por el buen camino. O Carrie, donde una adolescente se vengaba de un mundo hostil con litros y litros de salsa de tomate. O Jason, aquel niño discapacitado que tras morir ahogado decide regresar para vengarse de sus compañeros de clase que le hacían mobbing. Debían de ser bastantes, porque ya lleva más de treinta años vengándose, siempre con su característica máscara de hockey. Recibida la ración de sustos, sacábamos los juguetes, y en la cara de nuestro oso de peluche veíamos a Chucky, el muñeco diabólico. Para echarse a temblar.

Las de bichos también tenían su gracia. Había ratas, abejas, tarántulas, pirañas… y dábamos gracias a nuestros padres porque por nuestro cumpleaños no nos hubieran regalado más que un perro o un gato.

Otro género fue el de tarados, con La matanza de Texas y El resplandor a la cabeza. Jack Nicholson recurría en esta última a todo su catálogo de gestos para aterrorizar a su familia —¡qué mal lo tuvo que pasar Verónica Forqué!— y, de paso, a nosotros.

Un apartado aparte merecen las grandes pelis de serie B, como los Critters, que conoció varias secuelas, y nos presentó a unos gremlins gamberros venidos del espacio exterior. O Posesión infernal, que en 2013 estrena remake. O Xtro, una mezcla de dramón de Antena 3 los sábados por la tarde, ET y Alien. Solo por eso merece la pena verla. O Basket case, la historia de un adolescente que guarda un secreto en una cesta: su celoso hermano siamés, la versión fea de Jabba the Hutt.

LAS DE AMOR

Entre tanta ensalada de tiros, los de la EGB también tuvimos nuestras «sisís» generacionales. A las madres y hermanas les encantaban, y nosotros, qué remedio, las veíamos con el rabillo del ojo. Los ingredientes eran siempre los mismos. Cojamos, por ejemplo, Oficial y caballero, donde un tío macizo como Richard Gere, ex American gigolo, enamora a la novia ochentera por antonomasia, Debra Winger. ¿Quién podría olvidar esa escena final en la que, vestido de comunión, coge en brazos a su chica y la rescata de su mundo fabril para llevarla a otro mentor… suponemos que con un catre?

Lo más de lo más era, en cambio, modelar una vasija de arcilla con nuestra pareja al compás de los Righteous Brothers. ¿Haríamos nosotros de mayores lo que Demi Moore y Patrick Swayze en Ghost? Y una más. La malograda Whitney Houston se llamaba Rachel Marron en El guardaespaldas, y un marrón es lo que le caía a su ángel protector, Kevin Costner, quien se jugaba la salud y el tipo para rescatarla de las oscuras garras del fenómeno fan. I will always love youuuu…

Y qué decir de Pretty woman. La cenicienta. ¿Qué nos gustaba de ese cuento? Que un príncipe azul se enamoraba de una princesa de la calle, que, además, se convirtió en la novia de América.

LAS PELIS DE UN ROMBO… Y MEDIO

Fuimos la generación que aprendió la anatomía del cuerpo humano en El lago azul. Era una película que nos dejaban ver a pesar de los desnudos. Sería porque estaba siempre bajo el agua… Quién sabe. Después aprendimos a usarlo con Instinto básico.

LOS MUSICALES

¿Quién no fue capaz de aprender la palabra mágica de Mary Poppins, el supercali… ese? Sospecho que el gusto por el musical lo heredamos de las películas que entusiasmaron a nuestros padres —sí, también las de Marisol—, aunque los de la EGB fueran muy diferentes.

De nuestros tiempos ha sobrevivido Fiebre del sábado noche, una peli de música disco y chulos de discoteca liderados por John Travolta a ritmo de los Bee Gees. La película tenía su moralina: menos fiestas y más curro, que luego pasa lo que pasa. El mismo Travolta protagonizó después Grease con Olivia Newton-John, y en la que Danny Zuko y Sandy Olsson cantaban y bailaban entre buicks, chevrolets y cadillacs, comían hamburguesas y bebían batidos, todo en tonos pastel y con toneladas de brillatina.

Nuestro cuerpo vibró al ritmo de What a feeling en Flashdance, mientras que en Dirty dancing las chicas querían ser como ella… y volar en los brazos de él. Por supuesto, nos compramos la cinta con las canciones.

LAS QUE NOS HICIERON REÍR

Somos de risa fácil, hay que reconocerlo. Si hubo un clásico para la generación EGB ese fue Loca academia de policía, de la que siempre nos quedarán las onomatopeyas de Larvell-Ruiditos-Jones. La cosa iba de veteranos y novatos, y cuanto más simples eran los gags, más gracia nos hacían. Tackleberry tenía más peligro con un arma que una tienda de chuches a la puerta de un colegio, y la secuencia en el bar de ambiente La Ostra Azul sigue arrancándonos unas cuantas carcajadas.

Todas las pelis de adolescentes que vemos hoy tienen algo de Porky’s, una de las películas más gamberras de la historia del cine. Contaba los desmanes de unos adolescentes en un instituto americano en los años cincuenta. Pee Wee, Cigarro Puro… le dan su merecido a Porky’s, el dueño de un club de alterne en esta y en las dos secuelas que tuvo. En su estela, Los incorregibles albóndigas, con el genial Bill Murray. El mismo año le vimos en Cazafantasmas, después en Los fantasmas atacan al jefe —un clásico ya en la programación navideña— y más tarde en Atrapado en el tiempo, una película sobre segundas oportunidades. O sobre terceras oportunidades. O sobre infinitas oportunidades. ¿Quién no querría vivir en un eterno día de la marmota para que al final todo fuera perfecto, incluso el beso con lengua a nuestra chic@ y el examen de Ciencias Naturales?

Y más títulos descacharrantes, Top secret fue todo un emblema del cine de parodias. Después llegarían Hot shots, la madre de todos los desmadres, que no existiría sin Aterriza como puedas y aquel muñeco hinchable que hacía las veces de piloto automático. Y tampoco hubiera existido Agárralo como puedas ni Espía como puedas… ni Leslie Nilsen.

Y, de postre, sesión doble de Tom Hanks, Esta casa es una ruina y Big. Y es que, comparados con los problemas de su nuevo hogar, las cíclicas manos de pintura para lavarle la cara al nuestro o al grifo que goteaba en el cuarto de baño eran simples minucias. A propósito de Big, ¿cómo quedaríamos nosotros en los pantalones de nuestro padre?

LAS PELIS PARA NOSOTROS

Reconozcámoslo. Los Goonies fue la mejor película de todas las infantiles. Un desván, el mapa de un tesoro, una aventura subterránea, piratas, gángsteres y niños como nosotros que se hacían llamar los goonies. Era, y siempre lo será, nuestra película. Pero hubo otras, muchas otras…

Los bicivoladores: hay que ver lo que ha crecido Nicole Kidman desde entonces. En esta película aún podía mover todos los músculos de la cara.

Solo en casa: un completo manual de autodefensa que no sabemos si tranquilizó o alarmó más a nuestros padres. La película nunca se hubiera rodado con un sistema eficaz de protección del hogar como los que anuncian ahora la tele. Macauly Culkin a lo Estela Reynolds. Genial.

La historia interminable: todos somos Bastian Baltasar Bux, aunque, por suerte, no todos acabáramos en un contenedor de basura. El Comepiedras, la vetusta Morla y la Emperatriz Infantil viven en las páginas mejores de nuestra memoria. ¿Por qué nuestro perro no volaría? La muerte del caballo de Atreyu en las aguas del pantano fue tan traumática para nuestra generación como el «Chanquete ha muerto».