Generación EGB

Javi Nieves · Capítulo 18 de 59

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Generación EGB

De pqueños no soportábamos…

NUESTROS POSTRES FAVORITOS

Las madres conocían nuestras debilidades como si nos hubieran parido y lo utilizaban para darnos donde más dolía. En la mesa, el mínimo error nos costaba caro: quedarnos sin postre. No se sabe el porqué de tanta inquina.

Nos pirraban los Petit Suisse, y más cuando llegó el que llevaba azúcar, las copas Dalky de chocolate con cubierta de nata, el flan Dhul y el que hacían nuestras madres, las natillas de Danone…

Excepto durante aquellos dolorosos paréntesis de la yogurtera y el kéfir, los yogures que comíamos eran Danone —el Casper con sabor a Coca-Cola—, Yoplait, Chamburcy, RAM… A mediados de los ochenta descubrimos los PMI, que se hacían pasar por yogures y aguantaban meses y meses en el frigorífico, lo cual siempre daba mala espina. Dejaron de fabricarse hace cuatro años.

 

DE PEQUEÑOS NO SOPORTÁBAMOS…

Comer sesitos, ya fueran de ternera o cordero, rebozados, con huevo o con cebolla, y en general cualquier derivado de casquería.

Las visitas eternas a casa de nuestras tías las tardes de los sábados. Nuestros padres nos decían que nos quedáramos quietecitos y no habláramos. Nos podían confundir con el perro de porcelana que custodiaba el pasillo.

Las visitas eternas de nuestras tías las tardes de los domingos. ¿Es que no tenían casa?

Que nos agarrasen los carrillos y nos besuqueasen la cara.

Que nuestras madres nos limpiaran con un pañuelo mojado con su saliva.

Que nos dejaran el pijama debajo de la ropa o nos metieran la camiseta por dentro de los calzoncillos cuando hacía frío.

Que nos remetieran la camisa por dentro de los pantalones continuamente en las bodas.

Que nos pusieran aquellos calzoncillos con bragueta de color blanco, amarillo o azul pijama que usaban nuestros padres.

Heredar la ropa de nuestros hermanos y primos. Las madres siempre tenían que cogernos los bajos de los pantalones.

Heredar los libros de texto ya subrayados y pintarrajeados de nuestros hermanos y su material escolar: rotuladores gastados, estuches destrozados y manchados de tinta…

Los chicos, que nos confundieran con una chica solo por llevar el pelo largo —«Es que eres tan guapo que pareces una niña»—. Tranquilo, ya no había forma de arreglarlo. O que nos dejasen el flequillo como si nos hubiera dado un lametazo una vaca.