Generación EGB
Castigos de nuestros padres
También podían hacernos copiar un mínimo de tres veces el tema del día. La otra, dirigida a hacer escarnio público de nuestra figura, consistía en obligarnos a pasar el resto de la clase de cara a la pared, ya fuera de pie o de rodillas, sujetando libros… En Guantánamo creo que la siguen utilizando.
SERVICIOS A LA COMUNIDAD
Los que eran unos friquis de los juegos de construcción, como el Tente o el Mecano, aprovechaban cualquier ocasión para dar rienda suelta a su afición. En los coles había unos cuantos, y al volver del recreo era habitual encontrarnos con un castell de sillas en medio de la clase. Eran admirables: se superaban en cada intento y hasta conseguían coronar su obra con la mesa del maestro.
Los alborotadores antisistema también aprovechaban el tiempo del recreo para hacer volar por las ventanas nuestros abrigos o esparcir por el suelo el contenido de las mochilas. A estos solíamos verles muy a menudo realizando servicios a la comunidad, como limpiando todos los borradores de los encerados, recogiendo los papeles del patio y vaciando las papeleras.
CRUELDAD INTOLERABLE: SIN RECREO
Pero había un castigo que superaba a todos en crueldad: que nos dejaran sin recreo. Pero no solo eso: además, nos confinaban a un aula de aislamiento con otros que habían corrido nuestra misma suerte y donde nos vigilaba el profesor de turno, que de vez en cuando alzaba la vista por encima del periódico para regodearse en nuestro infortunio. De entre el jolgorio del patio distinguíamos las voces de nuestros compañeros…
—¡Pásamela, que estoy solo!
—¡Eh, mi Bollycao!
—¡A trallón no vale!
—¡Quien la tira va a por ella!
Aquello nos hacía sentir aún más desgraciados y apenas probábamos los bocadillos. En resumen, todo un atentado contra la Declaración de los Derechos Humanos.
CASTIGOS DE NUESTROS PADRES
Los de casa también eran castigos anunciados:
—¿A que me quito el cinto?
—¿A que se te caen los pantalones? —pensábamos.
Aquel era el primer aviso. El segundo tenía forma de pantufla voladora. Si hubiera sido un deporte olímpico, los padres se habrían llevado el oro en la modalidad de lanzamiento… y nosotros en la de esquivarlas.
En ese momento tomábamos conciencia de lo frágil de nuestra existencia ante la inminencia de una buena tunda de azotes o una bofetada inesquivable. Nuestros padres habían sido educados en la convicción de que un guantazo a tiempo ahorra muchos disgustos, y la seguían a rajatabla.
TRABAJOS FORZADOS
—¡Esto parece una leonera!
Al rugido de nuestras madres corríamos a escondernos detrás del sofá. De nada nos servía. Nos descubrían enseguida para obligarnos a recoger el cuarto… y, ya de paso, barrer y pasarle la fregona al pasillo. Creo que por eso no teníamos muy claro si mantener ordenada nuestra habitación y no dejar la ropa por cualquier sitio… era un deber o un castigo. Por si acaso mejor tomarlo como lo segundo.
TORTURAS PSICOLÓGICAS: SIN POSTRE Y AISLADOS
Es una táctica de guerra basada en minar la moral del enemigo: dejarnos sin postre y obligarnos a permanecer en la mesa viendo cómo nuestros hermanos devoraban los suyos; o mandarnos a nuestra habitación, donde el único entretenimiento era la flamante enciclopedia Larousse de veinticuatro tomos y cuatro suplementos.
UN MES SIN SALIR
En aquella época casi toda nuestra diversión la encontrábamos en la calle: que nos castigasen sin salir de casa era la segunda peor cosa que nos podía ocurrir en la vida. La primera, que los graciosos de los compañeros nos bajasen el pantalón del chándal, dejándonos en calzoncillos en mitad del patio y delante de la chica que nos gustaba.
SIN PAGA
El bloqueo económico era otra de las represalias más recurrentes y efectivas. Nos cerraban el grifo y ya podíamos olvidarnos durante unos cuantos días de chucherías y petardos… Si éramos previsores podíamos sobrevivir recurriendo a los ahorros de nuestra hucha.