Generación EGB
Mentiras piadosas
EL ARTE DE FINGIR O CÓMO CONSEGUIR UN INDULTO
Ya podíamos llorar, patalear… Cuanto más insistíamos y más insoportables nos poníamos, más empeoraba la situación. De eso nos dábamos cuenta enseguida, así que al final respirábamos hondo un par de veces, secábamos nuestras lágrimas y lo asumíamos. Si no podíamos conseguir una amnistía aún nos quedaba la posibilidad de una reducción de condena por buena conducta.
Durante unos días, que por cierto parecían de cuarenta y ocho horas, poníamos y recogíamos la mesa, bajábamos la basura sin que nos lo recordaran, pasábamos más tiempo delante de los libros —nadie ha hablado de estudiar—, hacíamos la cama, recogíamos nuestros juguetes… y con cara de cordero con billete de ida al matadero vagábamos por la casa arrastrando los pies como alma en pena. La mayoría de las ocasiones funcionaba. Nuestras madres se ablandaban y convencían a nuestros padres en el dormitorio de que quizá fuera el momento de conmutarnos la pena.
—El niño se ha enmendado, ha aprendido la lección. A lo mejor hemos sido demasiado duros…
Si la respuesta del padre era un:
—No sé… A lo mejor…
Entonces mirábamos al cielo y dábamos gracias a Superman. ¿Que por qué se les oía hablar? ¿Es que acaso tú no ponías la oreja en la puerta de su cuarto?
MENTIRAS PIADOSAS
Dicen que más vale una mentira que nos haga feliz que una verdad que nos haga llorar. Qué gran verdad. ¿Por qué íbamos a disgustar a nuestras madres diciéndoles que solo habíamos aprobado gimnasia y recreo? Eso sería de mal hijo. Lo suyo era contarles que habían robado en el colegio y se habían llevado todas las notas y que no intentaran llamar al director porque le habían secuestrado. Una mentira creíble para hacer feliz a la mujer que nos trajo al mundo. Pero nuestros padres, erre que erre.
—Te va a crecer la nariz como a Pinocho.
—Ojalá —pensábamos.
Mentir se convertía en el último recurso para evitar un castigo seguro. Y nos hicimos unos expertos, aunque fuera a base de aprender de los errores. Si nos queríamos escapar una tarde a los recreativos diseñábamos una coartada con nuestro mejor amigo: cada uno le diría a sus respectivas madres que iría a estudiar a casa del otro. Pero ¿y si una de ellas llamaba a la otra o ambas se encontraban en la calle? Necesitábamos una excusa mejor, el plan perfecto. ¡Eureka! Les diríamos que íbamos a estudiar a la biblioteca del barrio. Aquello funcionaba un par de veces. A la tercera, cuando estábamos a punto de batir el récord en el Galaxian, aquel mítico juego de marcianitos, una madre pasaba por delante de los recreativos. Soltábamos el joystick y nos escondíamos detrás de la máquina. Respirábamos aliviados, creyendo que nos habíamos librado de una buena… hasta que cinco minutos después uno de los padres nos sacaban de allí a colleja limpia.