La desconocida
Peter
La investigación de un asesinato es como una vida: tiene un principio, un nudo y un desenlace. Como en la vida, uno nunca sabe en qué punto está hasta que ha terminado. A veces acaba cuando apenas ha empezado, y otras parece prolongarse para siempre, hasta que le llega una muerte natural o el abandono.
La única diferencia es que una investigación, a diferencia de la vida, consiste en llegar al final de la mierda y saber que has llegado. A veces me pregunto si la vida no será también así.
Antes pensaba que formaba parte del atractivo del trabajo: lo impredecible, el elemento azaroso que no se podía controlar. Sin embargo, ahora también se ha convertido en una rutina, como todo lo demás.
La mujer que está sentada delante de nosotros en la sala de interrogatorios se llama Anja Staaf. No sé si nos ayudará a averiguar qué ocurrió en casa de Jesper Orre el domingo, pero sin duda es una de las mujeres con la que más tiempo ha pasado durante el año pasado, según sus amigos.
Tiene el pelo oscuro, casi negro, con un peinado que recuerda a una antigua chica de calendario. Tiene la piel pálida y mucho maquillaje: lápiz de ojos grueso y labios de color rojo oscuro. Lleva un vestido de topos que acentúa los pechos, una chaquetita y botas negras. Parece tranquila, aparenta una calma inusual para estar en una sala de interrogatorios de una comisaría.
Manfred le sirve agua y enciende la grabadora, explica que la interrogamos en relación con el asesinato que tuvo lugar en casa de Jesper Orre el domingo pasado. Ella asiente muy seria y toquetea uno de los brillantes botoncitos de perla de la chaqueta.
—Bonita chaqueta —dice ella, y señala con la cabeza el blazer de lana de color mostaza de Manfred. Él mantiene la compostura, pero acaricia con suavidad la solapa derecha.
—Gracias. Se hace lo que se puede —balbucea—. ¿Puede decirnos cuándo y cómo conoció a Jesper Orre?
Ella alza la vista hacia el techo, como si se esforzara por recordar.
—Fue en el club —dice—. En Vertigo, donde trabajo. Iba de vez en cuando y, bueno, empezamos a hablar. Luego empezamos a salir de vez en cuando. A veces cenábamos, otras solo venía a mi casa a pasar la noche.
—¿Cuándo fue eso?
La chica hace una pausa.
—Hace más o menos un año. Aunque hace meses que no lo veo.
—Y el club, Vertigo, ¿qué tipo de sitio es?
—Bueno, es un club normal, aunque la mayoría de los habituales sienten interés por varios fetiches o culturas raras y les gusta la fiesta. Pero no todo el mundo es excéntrico. Hay que ir bien vestido para entrar. Si llevas pantalones de abuela y sandalias, no hace falta ni que te acerques.
Arruga un poco la nariz al decir lo último, como si los pantalones de abuela fueran lo más repugnante que pueda imaginar, en cierto modo obsceno.
—¿Y Jesper es uno de esos… excéntricos?
No puedo evitar sonreír a Manfred, que está descolocado pese a su dilatada experiencia interrogando a todo tipo de personas. No obstante, no es tanto la charla sobre fetiches lo que lo incomoda, sino el hecho de que la chica sea joven, guapa y, para colmo, haya elogiado su querida chaqueta.
—Jesper no es tan excéntrico. Creo que le da curiosidad probar un poco los límites. Busca emociones, por así decirlo. Aunque en general es un tipo muy dulce y amable.
—«Dulce y amable» no son las palabras exactas que usan sus colegas para describirlo.
La chica suspira.
—Bueno… yo no sé cómo es en el trabajo, solo cómo actuaba cuando nos veíamos.
—¿Y cómo era entonces?
De nuevo levanta la vista hacia el techo.
—Bueno, pues feliz, majo. A veces parecía un poco estresado, miraba el móvil de forma compulsiva todo el tiempo y esas cosas. Pero suponía que formaba parte de su trabajo estar disponible en todo momento. Recuerdo que me daba pena. Por supuesto, no quería que lo vieran por la ciudad conmigo, probablemente porque la prensa amarilla siempre lo estaba persiguiendo. Sí, me daba pena.
Se queda callada. Clava sus intensos ojos azules en mí.
—¿Dónde quedabais? —pregunta Manfred.
—Como he dicho, en el club o en mi piso de Midsommarkransen.
—¿Y cuánto tiempo estuvisteis juntos? Has dicho que os conocisteis hace un año y que hace meses que no lo ves.
La chica suelta una risa floja.
—Madre mía, no estábamos «juntos». Solo quedábamos. Follábamos. Sexo. Ya sabes. —Manfred la mira como si no lo supiera—. ¿Sexo sin ataduras? Es lo mejor, ¿no crees?
Manfred asiente, dudoso.
—¿Alguna vez se puso violento durante las relaciones sexuales? ¿Pasó algo que la asustara?
—¿Asustarme? —Se ríe—. No. Era dulce, como he dicho. Un poco brusco. Le gustaba hacerlo con brusquedad, pero a mí también, así que no era un problema.
—¿Brusco? ¿Como en el sadomasoquismo?
—Para nada. Solo era… bueno, ya sabe. Le gustaba agarrarme con fuerza y esas cosas.
Ahora parece comprometida, como si fuera importante para ella explicar cómo de brusco se mostraba Jesper Orre. Como si quisiera evitar malentendidos en su testimonio a toda costa.
—¿Alguna vez quedaron en su casa?
Ella lo negó con la cabeza.
—Nunca. Vive en las afueras.
—¿Y de qué hablaban cuando no tenían relaciones sexuales?
—De todo. Política, deporte. Estaba muy metido en el deporte. Creo que también entrenaba mucho, porque estaba muy en forma para su edad. Era evidente que se cuidaba. Nunca comía frutos secos ni patatas fritas ni ese tipo de cosas en el club. Casi siempre bebía agua con hielo y limón.
—De acuerdo. Entonces era un tipo realmente sano.
Ella frunce el entrecejo y se reclina en la silla. Cruza los brazos y noto que no le gusta la deriva que toma la conversación.
—En realidad, sí —dice.
Cuando Manfred está a punto de mostrar a Anja la salida, ella se vuelve y me mira a los ojos.
—Bueno, hay una cosa más.
—¿Sí? —digo.
—A veces me robaba la ropa interior.
—¿Le robaba la ropa interior?
—Sí. Supuse que le gustaba la lencería. No me importaba mucho, salvo que era bastante cara, así que como mínimo hubiera podido reemplazarla por otra, teniendo en cuenta lo que gana, ¿no cree?
Cuando la amiga de Jesper Orre se ha ido, Manfred y yo volvemos a la segunda planta. Manfred jadea un poco. Supongo que es por la escalera, pero hemos dejado de incordiarle con lo de perder peso. Es adulto y supongo que sabe lo perjudiciales que son esos kilos de más.
—Bueno, apuesto lo que quieras a que es un pervertido —dice.
—No es ilegal tirarse a tías forrado de látex o ser brusco en la cama.
—Pero robar lencería sí.
—¡Una idea genial! Vamos a detenerlo por robo.
Manfred sonríe. Se quita la chaqueta y se limpia el sudor de la frente.
—Medio cuerpo de policía está buscando a Orre. No necesitamos una excusa para detenerlo. —Parece que Manfred va a cambiar de tema, luego dice—: Nunca deja de sorprenderme lo distinta que es la gente bajo la superficie pulida.
Asiento, pero también pienso que hay cosas peores que ocultar el hecho de tener una vida sexual excitante. Por ejemplo, que no haya nada en absoluto bajo la superficie. Estar hueco por dentro, como una botella de leche vacía.
Como yo.
—Por fuera es un CEO respetado y trabajador, pero en realidad es un mirón vestido de látex incapaz de mantener una relación auténtica. Le da miedo la responsabilidad. Le da miedo la vida —dice Manfred, como si fuera un médico con la autoridad para dar un diagnóstico fatal.
Mucho después de que Manfred se vaya, sigo sentado en mi escritorio. Observo cómo oscurece el cielo sobre Estocolmo. Va cambiando de un gris sucio al negro profundo. Unos cuantos copos de nieve solitarios se mueven en remolinos en una ráfaga de viento. Las ventanas del piso del edificio de enfrente están iluminadas por un amarillo cálido y revelan que toda la gente normal y responsable, signifique lo que signifique eso, está en casa preparando la cena o echada delante del televisor.
Me viene a la cabeza la imagen de Hanne, cómo me ha estrechado la mano en la sala de reuniones sin mirarme a los ojos. Ha sido como si mirara a la pared que había al lado de mi cabeza. Por supuesto, he sentido algo cuando nos hemos tocado: un tipo de pena por lo que nunca fue, tal vez. O un absurdo deseo de explicarme, de aclarar por qué actué como actué. Decir todo lo que no me atreví a decir entonces.
Como si así pudiera mejorar algo.
Luego pienso en lo que ha dicho Manfred, que a Jesper Orre le daba miedo la responsabilidad. Si mi madre estuviera viva, sentada aquí enfrente de mí, probablemente diría que a mí me daba miedo la responsabilidad. Cualquier responsabilidad. La responsabilidad en las relaciones, en el dinero. Sí, en todo en este maldito planeta.
Imagino a mi madre sentada en la silla enfrente de mí. Con el cabello largo recogido en una gruesa trenza en la espalda. Su cuerpo delicado con el trasero un poco ancho. Con esas gafas al estilo de los años ochenta demasiado grandes para su rostro, enjuto y bronceado.
—Ulla Margareta Lindgren, te he pedido que vengas para prestar declaración sobre tu hijo, Peter Ernst Lindgren. Sí, yo, el mismo.
—¿De verdad es necesario?
—No será mucho tiempo.
—Bueno, en ese caso, sí. Pero ¿podemos acelerar un poco? No tengo todo el día. —Pausa. Mamá se toquetea el pelo y me dedica una mirada seria que no puede evitar.
—¿Me considerarías una persona responsable?
Se oye un profundo suspiro.
—Ya sabes que siempre te he querido, Peter. Tienes un corazón de oro, de verdad, nadie puede negarlo. Pero nunca has asumido responsabilidades. Mira cómo vives. Tan descuidado. Ingieres comida de paquetes de plástico que son perjudiciales para el medio ambiente. Tampoco reciclas. Nunca ves a tu hijo. La pobre Janet ha tenido que soportar la carga sola. Bueno, no digo que tengáis que vivir juntos, los adultos deben decidir esas cosas solos. Y, para ser completamente sincera, nunca pensé que fuerais compatibles. Pero, por el amor de Dios, podrías haber ayudado. Albin es carne de tu carne. Y no muestras interés por el mundo que te rodea, pese a ser policía. Apenas lees el periódico. En Siria y Gaza los niños se mueren como moscas, y lo único que te importa es ver películas malas y trabajar. Es tan… negligente, Peter. Es lo único que digo. Cuando era joven, era activista. Trabajaba por mis convicciones, pese a tener un trabajo y dos hijos. Tú me acompañabas a los mítines. No tenía nada de raro. No entiendo por qué no puedes hacerlo tú también. Aprovecha la oportunidad, tú que estás a medio camino de la vida. Antes de que te des cuenta, se acaba.
Me levanto, me acerco a la ventana, apoyo la frente contra el frío marco de la ventana, negro. Cierro los ojos y dejo que me asalten los recuerdos.
Mi madre participó en el movimiento contrario a la guerra de Vietnam. Era diseñadora gráfica y ayudó en la maquetación del Vietnam Bulletin, así como de varios carteles y folletos. A veces mi hermana Annika y yo la ayudábamos a pintar pancartas o a recoger periódicos en la casita del parque Kronobergs donde quedaba el grupo. Recuerdo que mi padre odiaba que la acompañáramos porque pensaba que éramos demasiado pequeños para entender el tema de Vietnam, o cualquier asunto político. Pero nosotros le suplicábamos y al final papá cedía, le daba un beso a mamá en la mejilla y le advertía que cuidara bien de nosotros, que nos protegiera de la peor propaganda antiimperialista.
Me encantaban esas reuniones.
Siempre había otros niños y el ambiente era alegre y permisivo. Pese a que todo el mundo trabajaba mucho, nadie tenía prisa. Los niños corríamos por allí, pero nunca nos interponíamos en el camino de nadie.
Como yo era tan pequeño, me encargaban lo más fácil: colorear las letras de pancartas como «EE.UU. fuera de Indochina» con rojo sobre fondo blanco. Annika, que era mayor, podía pintar los cohetes americanos, y eso me ponía celoso.
Cuando terminábamos de trabajar, los adultos bebían vino y tocaban la guitarra, o comentaban la situación en Indochina. Yo jugaba con los demás niños. A veces me quedaba dormido en el suelo, delante de las piernas de mi madre.
A veces los Freedom Singers cantaban para nosotros, y lo que había empezado como una tarde rutinaria de trabajo culminaba en, o tal vez degeneraba en, una escandalosa fiesta.
A veces uno de los chicos delgados con chaqueta de pana y patillas se sentaba muy cerca de mi madre, le ofrecía tabaco y se empujaba hacia arriba las gafas de concha con indignación mientras hablaban sobre el comité sueco por Vietnam o sobre los pacifistas radicales, tan simpáticos pero, madre mía, qué ingenuos. A veces uno de esos hombres rodeaba a mi madre con el brazo y le tocaba el cabello largo y moreno. Ella siempre sonreía y se apartaba un poco. De algún modo, pese a mi edad, sabía que ese movimiento significaba seguridad y estabilidad. Mi madre pertenecía a mi padre, aunque ella lo llamara «reaccionario» de vez en cuando y yo entendiera que era una palabra fea.
Entonces, un día, terminó la guerra. Los luchadores por la libertad habían ganado y los imperialistas habían regresado a Estados Unidos a comer hamburguesas y beber Coca-Cola. Ya no caían bombas sobre la jungla y los arrozales, sobre niños desprotegidos. El napalm ya no laceraba la carne y el hueso como si fuera un cuchillo candente cortando mantequilla.
Recuerdo que de algún modo sabía que aquello debía hacerme feliz, mamá decía que era bueno, y que debería estar orgulloso de haber asumido la responsabilidad y ayudado a parar la guerra, pero yo me sentía triste. Vacío.
No habría más mítines. Ni más manifestaciones. No habría más pancartas que colorear.
Recé a Dios para que trajera otra guerra pronto, pero no albergaba grandes esperanzas porque mi madre me había dicho hacía mucho tiempo que Dios era un producto capitalista creado para mantener a los pobres en su lugar.
Me doy la vuelta. Mi madre no está. En un instante se ha trasladado de la silla que tengo enfrente al frío suelo del cementerio de Woodland. En el pasillo oigo a mis colegas que salen de la oficina. Conversaciones salpicadas de risas que se desvanecen y mueren.
Hora de irse a casa.
De encender el televisor y pasar otra noche de mi vida sin rumbo fijo.