La desconocida
Emma
Una semana antes
Jesper se apresura a cerrar la puerta, pero yo soy más rápida y meto la bota en el hueco antes de que cierre, esa bota ergonómica que puede aguantar tanto la lluvia como caídas de rocas. Saco el chisme de plástico que compré por Internet, el que parece un móvil, y lo sujeto contra su mano mientras pulso el botón rojo.
Él profiere un grito agudo, suelta la puerta y cae al suelo. Echo un vistazo rápido alrededor antes de colarme en el calor del recibidor y cerrar la puerta.
La pistola paralizante no es peligrosa, lo decía muy claro en el manual de instrucciones. Solo incapacita a la víctima durante unos minutos. Es desagradable, pero en absoluto perjudicial para personas sanas. Y Jesper está sano. Está sano y tiene éxito y, como la mayoría de personas sanas y de éxito, no tiene ni idea de la suerte que tiene. Necesita que se lo recuerden.
Vuelvo a guardar la pistola paralizante en el bolsillo y me agacho a su lado. Saco las cuerdas de plástico y le ato las muñecas a la espalda. Él suelta un bufido, escupe y se remueve un poco, pero no opone resistencia real, lo que casi es una decepción. Es demasiado fácil. Tenía infinidad de posibles escenarios en la cabeza en los que Jesper y yo rodábamos por el suelo del vestíbulo en una pelea mortal. Sin embargo, ahí estaba, impotente como un niño.
Se me ocurre que ya no es sexi ni atractivo. Solo es un hombre pálido de mediana edad finalmente atrapado por sus delirios de grandeza.
—No es peligroso —digo—. Tenía que hacerlo. Tenemos que hablar. Me debes una explicación. —Sus piernas se sacuden un poco y babea en el suelo, eso me incomoda, me recuerda a un viejo postrado en cama. Luego empieza a toser.
—Suéltame, joder. Duele.
—Lo siento —digo—, pero necesito que estés quieto y me escuches. Luego puedes hacer lo que quieras.
No contesta. Se queda ahí tumbado de costado en el suelo, es patético. El pecho se infla y se desinfla y tiene los ojos cerrados, como si intentara ahuyentarme. Me quito el abrigo. Lo doblo, me inclino y se lo pongo debajo de la cabeza. Luego me siento a su lado en el suelo y le acaricio con suavidad el pelo.
—¿Qué quieres? —Su voz es un susurro.
—Quiero saber por qué.
—¿Qué quieres decir con «por qué»?
Parece confuso, supongo que se debe al efecto prolongado del impacto eléctrico.
—Por qué me dejaste. Por qué te llevaste mi dinero y mi cuadro. Por qué hiciste que me despidieran. Por qué mataste a mi gato. Por qué. Por qué. Por qué.
—No sé de qué me hablas.
Su voz es dura y hostil como el suelo helado de fuera. Como si fuera un simple ladrón que entra en su casa en vez de su novia. Saco la pistola paralizadora y le doy una descarga, sobre todo para demostrarle que no está bien hablarme así. Sufre una sacudida, como si le hubieran dado una patada en la ingle, gime y luego se queda quieto.
—No te atrevas a burlarte de mí. Jugaste conmigo mientras te fue bien y luego me tiraste a la basura. Lo único que quiero saber es por qué. ¿Es demasiado pedir?
No contesta, pero lo veo respirar. Alrededor de las caderas se ha formado una mancha de humedad, que se extiende por el vestíbulo hacia la puerta.
—Mataste a nuestro hijo —digo en voz baja.
Hace un ruidito. Suena como una tos, o tal vez una risita seca e infeliz que intenta enmascarar.
—No sé de qué estás hablando —repite.
Pienso en darle otra descarga, pero decido que no es buena idea. No quiero hacerle daño, solo obligarle a escuchar. A darme una explicación.
—¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo?
Jesper respira hondo y me mira por primera vez desde que se ha desplomado en el suelo. Tiene los ojos inyectados en sangre. Su mirada revolotea ansiosa entre el techo y yo.
—¿Eres tú la que me escribió la carta? —pregunta.
—Sí.
—Pensaba que era mejor no ponerme en contacto contigo.
Suspira y se queda hecho un ovillo en el suelo. Se produce una breve pausa y luego vuelve a hablar:
—¿Cómo te llamas?
—Vamos, ya lo sabes. Me llamo Emma.
—Por favor, Emma…
Le caen lágrimas por las mejillas hundidas mientras continúa:
—Escúchame, ¿puedes?
—Claro.
Me apoyo en la pared, cruzo los brazos, intrigada y molesta a la vez por esa repentina iniciativa.
—Sé que crees que nos conocemos. Que… somos íntimos. Pero no es cierto. No te conozco de nada. Lo que recuerdas… nunca ocurrió. No te he traicionado, ni engañado ni… matado a tu gato o lo que fuera. Todo eso… está en tu cabeza. ¿Lo entiendes? Te lo has imaginado. Nosotros nunca… tú y yo. No nos conocemos. No sé cómo convencerte, pero… Emma. No creo que seas una mala persona. De verdad, no lo creo.
Me tumbo a su lado en el suelo y apoyo la mejilla en las frías baldosas de piedra. Mi cara está a unos centímetros de la suya. Me pregunto si todo lo que dice es una pura mentira o de verdad se lo cree. Tal vez sea una forma de represión.
—Me dejaste el día que nos prometimos. No sé por qué desapareciste de repente, pero supongo que tiene algo que ver con la chica morena. Lo que no sabías era que estaba embarazada.
No contesta, se queda ahí con las lágrimas cayéndole por la cara. Continúo:
—Dejarme… lo entiendo. La gente lo hace. Lo comprendo. Pero lo que no entiendo es por qué hiciste todo lo demás, por qué tenías que… destrozarme.
Él hace una mueca, parece tan abatido que le pongo una mano en la mejilla.
Nos quedamos ahí en absoluto silencio sobre el suelo frío. La respiración se le calma un poco y los sollozos se apagan.
—Escucha, Jesper. Todo volverá a ir bien.
Él asiente y le cabe un hilo de baba de la comisura de los labios al suelo.
—Todo volverá a ir bien —dice, en voz baja.
—Porque nos queremos —digo, y le beso la mejilla, manchada de lágrimas y mocos.
—Nos queremos —repite.
De pronto oigo que alguien se acerca por la entrada y el clic cuando se abre la puerta.
Me doy la vuelta y ahí está ella.
La mujer morena se tapa la boca con las manos, como si intentara reprimir un grito.
Retrocede despacio hacia la entrada sin decir nada y yo me levanto de un salto y corro hacia ella. El olor a perfume pende alrededor de ella, de pronto soy consciente del aspecto que debo de tener: sin duchar, hedionda, con los pelos desgreñados.
La agarro de las muñecas y pierde el equilibrio. Lleva unas esbeltas botas de piel negras de tacón, más adecuadas para ir de compras que para un combate cuerpo a cuerpo.
—Pero ¿qué demonios? —Su voz es estridente y suena sorprendida, entiendo que soy lo último que esperaba ver en el vestíbulo. Debía de pensar que ya se había librado de mí. Tiramos en direcciones opuestas mientras damos vueltas en la entrada. Le suelto la muñeca en el momento justo, cuando está arriba del todo de la escalera que lleva al sótano. Sale volando como un niño que salta de un columpio. Sus gritos mientras baja a golpes la escalera son horribles, como los de un animal agonizante.
Está en medio de la escalera y doy unos pasos hacia ella. El cabello oscuro está extendido como un abanico alrededor de la cabeza y una mancha roja crece a toda prisa. Me agacho a su lado y observo. Es imposible ver si sigue respirando, pero le sigue saliendo sangre de la cabeza. Se está formando un mar de sangre y un riachuelo se ha escindido. Baja por la escalera como una cascada.
Me pongo en pie. Todo me da vueltas. Esto no formaba parte del plan, se suponía que nadie iba a salir herido. Iba a hablar con Jesper, nada más. Cierro los ojos en un intento de ahuyentar los mareos.
Jesper grita.
—¡Para! Ella no tiene nada que ver con esto. Pégame a mí. Debería haber contestado a tu carta, a los mensajes de texto. Hazme lo que quieras, pero no toques a Angelica. Por favor, Emma. Por favor.
La habitación da vueltas cada vez más rápido y me asalta una repentina náusea. El olor a sangre y a orina me acorrala. Lanzo otra mirada a la mujer, que está igual de quieta que antes. Junto a los pies brilla algo metálico: unas llaves del coche. Las cojo y subo el cuerpo de la mujer al suelo de la entrada. Le doy una patada en la cara para ver si está viva. Gimotea un poco.
—Por favor, suéltame. Por favor… lo siento. Debería haber llamado. Por favor. ¡Perdóname!
La voz de Jesper suena distante, como si llegara del interior de un tubo. Todo ha salido mal y lo único que quiero es salir de aquí. Dejar de ver el cuerpo delgado de Jesper en el suelo y el olor a miedo y a muerte.
Pero no puedo. Aún no.
Tengo que demostrarle a esta mujer, esta mujer que me apartó de Jesper, que no ha ganado. Tiene que saber a quién ama Jesper y a quién pertenece, aunque tenga que obligarla.
—Observa —susurro—. Observa con atención.