La desconocida
Peter
La oscuridad se apodera rápido de Estocolmo y el tráfico empeora mientras conduzco desde el barrio de Djursholm hacia la comisaría en Kungsholmen. Pienso en el cuerpo congelado de Jesper Orre en el contenedor verde de arena. En la cara ensangrentada cubierta de escarcha. Como siempre que me topo con la muerte, me viene a la cabeza la imagen de mi hermana Annika disfrutando en la roca aquel verano, hace tantos años. Su cuerpo delgado, que empezaba a redondearse, el olor a tabaco pendiendo sobre el brezo seco y la sensación de agujas afiladas bajo los pies de piel fina.
¿Qué habría pasado si no le hubiera contado a mi madre que Annika se había fumado un cigarrillo en los acantilados? ¿Seguiría viva hoy en día? Creo que mi madre sospechaba que me sentía culpable por la muerte de Annika, porque no paraba de decirme que fue un accidente y que no era culpa de nadie. Lo repetía casi como un mantra. Aunque a lo mejor era porque resultaba demasiado doloroso admitir que Annika nadó hasta morir por voluntad propia.
Annika fue la primera. Me enseñó que la vida no era para siempre. Le siguieron otros. Petter, el chico pelirrojo del 7B, estampó el ciclomotor contra un árbol y quedó en coma durante cuatro semanas hasta que su padre desconectó el respirador, hizo la maleta y se fue a Tailandia para no regresar jamás. Marie, que estaba en la academia de policía conmigo, enfermó de cáncer a los veinticinco. Prometió a todo el mundo que volvería pronto, incluso cuando estaba en cuidados paliativos.
Luego mi madre, claro.
Después de ella, dejé de contar. Parecía que todo el mundo a mi alrededor muriera, era una sensación horrible. Me hacía sentir como si yo fuera el siguiente. Como si todo aquello en lo que invertía tiempo, como investigaciones de asesinatos, pizza para llevar delante del televisor o porno deprimente en Internet, careciera de sentido. Como si pudiera saltar del puente del Oeste, porque nadie me echaría en falta: en cuanto las ondas en el agua desaparecieran, caería en el olvido.
Es cierto: nadie en la Tierra depende de mí. Nadie me necesita de verdad. Ni mis colegas, ni Janet. Ni Albin.
No de verdad.
Aun así, podías suicidarte, o tomarte una cerveza. Y cuando había que elegir entre el puente o el bar, siempre elegía el bar.
Sánchez está frente a la pared de pruebas, se recoge el pelo en una cola de caballo y dice:
—Recibimos una llamada poco después de las tres de alguien llamada Amelie Hökberg, que vive en Strandvägen, en Djursholm. Es la madre de Alexander Hökberg, de diez años, que, junto con su amigo Pontus Gerloff, encontró el cuerpo de Orre en el contenedor de arena. Por lo visto los niños llevaban toda la tarde jugando y Alexander iba a esconderse en el contenedor cuando encontró a Orre.
Sánchez señala el mapa clavado en la pizarra.
—El contenedor de arena está a cuatrocientos metros al oeste de la casa de Orre, en una zona boscosa. Se tardan unos siete minutos en llegar a pie desde la casa de Orre.
—¿Cuánto tiempo llevaba ahí? —pregunta Manfred.
—La forense aún no lo sabe. Primero tiene que haber una autopsia, y para eso el cuerpo tiene que descongelarse. Tardará por lo menos un día.
—¿Qué sabe la forense? —pregunto.
—Tenía heridas en la cabeza y la frente. Recibió un golpe o sufrió algún otro tipo de trauma. Probablemente murió de congelación.
Miro a Hanne. Trasmite una calma extraña, casi serena, sentada junto a la ventanilla con sus velas de Adviento. Pienso que no parece en absoluto que esté enferma, y recuerdo el cuerpo de mi madre demacrado y devorado por el cáncer.
—De acuerdo. Orre mata a Emma Bohman —dice Manfred, y estira su enorme cuerpo de manera que el chaleco se pone tenso con dificultades sobre la barriga—. Entonces ¿cómo demonios acaba en el recipiente de arena?
Se hace el silencio en la sala un momento.
—¿A lo mejor se estaba escondiendo? —sugiere Sánchez—. Estaba huyendo de un escenario del crimen, herido y confuso. A lo mejor se encontró con alguien y se escondió en el recipiente de arena. Y luego…
Se queda callada. Solo se oye el zumbido del sistema de ventilación. Son las ocho en punto y la mayoría de nuestros colegas ya se han ido a casa. Un detective solitario está sentado al otro lado de la sala delante del ordenador, aparentemente absorto en algo. Fuera, las luces de Kungsholmen brillan sobre el cielo negro de invierno de fondo.
—Entonces Orre mata a Emma Bohman, esa es nuestra teoría —continúa Manfred—. Le corta la cabeza. Le deja los ojos abiertos con cerillas y se va sin cartera, teléfono ni abrigo. Ni siquiera se llevó unas bragas para oler. Luego se mete en un contenedor de arena y muere. Me alegro de haber aclarado la secuencia de los hechos. ¿Quién quiere llamar al fiscal?
Sánchez suelta un fuerte suspiro.
—¿Hace falta ser tan… crítico todo el tiempo, joder? No he dicho que sucediera así. Solo intento encontrar una explicación que encaje con las pruebas…
—El problema es que no tenemos ninguna prueba. Ni siquiera sabemos la identidad de la mujer de la casa de Orre. ¿Cómo demonios vamos a saber qué ocurrió en realidad? ¿Puedes responder a eso?
Sánchez se cruza de brazos y aprieta los labios. Mira al techo. Parpadea. Por un momento parece que vaya a romper a llorar. Sé la presión que soportamos todos y me sabe mal por ella. Hace lo que puede. Siempre hace lo que puede, ella es así. Un perro no puede dejar de ser un perro. Y Sánchez solo puede ser Sánchez. Un día será una detective brillante y a lo mejor eso es lo que molesta a Manfred.
—¿Sabes qué? No tengo por qué soportar esta mierda, Manfred. Me voy ahora mismo al instituto forense de Solna a buscar al odontólogo. Llámame si necesitas algo.
Se da la vuelta y desaparece por el pasillo. El sonido de los tacones se desvanece.
—¿Era necesario? —pregunto, y miro a Manfred a los ojos.
—Por Dios, Lindgren. No me digas que te crees esa teoría.
—Hace lo que puede.
Manfred niega con la cabeza, despacio.
—Lo siento, pero no es suficiente.
Se levanta, coge el abrigo que cuelga del respaldo de la silla y dice:
Tengo que ir a casa unas horas a dar un respiro a Afsaneh. Llámame si pasa algo. Si no, volveré en dos o tres horas.
Se va con paso lento y me deja a solas con Hanne. Tiene los ojos grises clavados en mí.
—¿Qué? —pregunto.
—Nada. Solo estaba pensando… ¿Siempre sois así… tan duros entre vosotros?
Me encojo de hombros.
—No es un grupo de crecimiento personal.
Veo una leve sonrisa en su rostro fino.
La sala queda en silencio un momento. Las lámparas parpadean y Hanne cierra los ojos, como si intentara evitar la luz fría. De pronto parece mayor. No menos guapa, solo mayor y más cansada, por el paso de los años.
—¿Cómo estás? —pregunto.
Abre los ojos, suelta una risita. De nuevo parece una adolescente, por su risa traviesa o por cómo pone cara de desesperación.
—Eres gracioso. Estoy bien.
—Porque he estado pensando en lo que me dijiste… —me apresuro a decir.
—No te preocupes. Sobreviviré a esta investigación.
Ya no puedo controlarme. Es como si por fin me esté dando cuenta de lo importante que es para mí. Es la primera y única persona que he deseado de verdad y eso la hace más importante que ninguna otra cosa, solo es que no me había dado cuenta antes. Tal vez sea porque me dijo que estaba enferma y ahora sé que nuestro tiempo juntos no es infinito. Ha quedado reducido a una serie de breves instantes, unidos en días y semanas, que podrían terminar demasiado pronto.
—Te quiero, Hanne —digo. En el momento en que pronuncio esas palabras, sé que lo digo de verdad, tal vez por primera vez en mi vida.
A Hanne le brillan los ojos.
—Va, Peter. Eso no lo sabes. No nos hemos visto en diez años.
—No, sí lo sé. Entonces también te quería, pero era demasiado tonto para entenderlo.
Le corren unas cuantas lágrimas por las mejillas, pero no les hace caso.
—Ya no importa —susurra, y se mira las manos, que descansan tranquilas en su regazo—. Estoy enferma y no podemos estar juntos.
—Pero a mí no me importa que estés enferma. Puedo cuidar de ti. Quiero cuidar de ti.
Me mira a los ojos.
—Créeme, no quieres.
El ajetreo del detective que estaba al otro lado de la sala ha cesado. Se levanta, se pone la chaqueta de piel, apaga la lamparita de la mesa y sale de la oficina.
—Sí quiero.
Hanne suspira y levanta la vista hacia la lámpara del techo. Bajo la luz clara, la piel de debajo de sus ojos parece fina, con una iridiscencia azul. Como la barriga de un pez.
—Por Dios, Peter. Eres como un niño pequeño cabezón. Estoy… perdiendo la memoria. Pronto no sabré ni cómo me llamo. No puedes ser mi cuidador, tienes que entenderlo.
—¿Pierdes la memoria? ¿Y eso? ¿Como el alzhéimer?
Hanne se tapa la cara con las manos.
—Tengo que irme —dice, y se levanta sin mirarme.
—¡Espera! ¿Puedo acompañarte?
Se da la vuelta. Se pone las manos en la cintura y niega despacio con la cabeza.
—No, ¡ríndete! Te he dicho que no funcionará.
No sé si está enfadada o solo cree que insisto demasiado.
Antes de salir de la oficina, se para delante de la pared de pruebas. Se queda un buen rato observando la imagen de Emma Bohman antes de darse la vuelta y despedirse de mí con un gesto.
La oscuridad fuera parece aún más negra y densa que antes. Me quedo junto a la ventana buscando a Hanne, pero solo veo una máquina quitanieves que se acerca por la calle desierta.
Me pregunto si es cierto que está perdiendo la memoria. Pero ¿por qué iba a mentir en algo así?
De pronto siento una profunda tristeza. Pienso en su cuerpo esbelto en la cama, las pecas de los hombros brillando bajo la luz del alba. En su deseo ardiente cuando hacíamos el amor, y su risa escandalosa e incontrolable de después, cuando nos tumbábamos juntos charlando en la cama estrecha. Casi oigo sus leves ronquidos, me recuerdan al chirrido de un barco, anclado en un mar tranquilo.
Un sonido seguro.
Pero sobre todo pienso en cómo me sentía cuando estaba con ella. Maravillosamente abierto, vulnerable y ligero.
Como una pluma.
¿Quién dice que no puede volver a ser así? ¿Quién decide que no puede ser?
La vida va de pérdidas, solía decir mi madre cuando fumaba debajo del ventilador. La pérdida de la inocencia con la que todos nacemos, de nuestros seres queridos, de nuestra salud y capacidades físicas y, en última instancia, por supuesto, la pérdida de nuestra propia vida.
Como siempre, tenía razón.
Manfred llama hacia las nueve. Suena alterado y algo más: con una intención que conozco muy bien.
—¿Estás en la oficina? —pregunta.
—Sí, ¿por qué? Me iba a ir pronto.
—Bergdahl ha hablado con una amiga de Angelica Wennerlind.
Observo la pared de pruebas donde la imagen de Angelica Wennerlind está colgada junto a una fotografía de Emma Bohman.
—¿Y?
—No te imaginas qué le ha contado. Está de camino a la comisaría con una colega. Podremos hablar con ella en veinte minutos.
Annie Bertrand es baja, rubia y lleva ropa de deporte, como si saliera directa del gimnasio. Nos encontramos con ella en una pequeña sala de interrogatorios de la planta baja: huele a podredumbre y a productos de limpieza. Manfred ha traído café y bollos del 7-Eleven, pero ella rechaza los dulces con educación y aclara que no come pan.
Hoy en día está de moda evitar el gluten, o el azúcar, o la leche. Sánchez también ha dejado de tomarlo, según ella se le infla el estómago como un globo en cuando ve un dulce.
—Gracias por venir —dice Manfred—. No solemos pedirle a la gente que venga a comisaría a estas horas, pero la investigación del asesinato en casa de Jesper Orre se encuentra en un momento decisivo y no queremos perder tiempo. ¿Puede contarnos de qué conoce a Angelica Wennerlind?
—Somos amigas desde el colegio. Entonces íbamos bastante juntas, pero ahora nos vemos a lo mejor una vez al mes. Ella vive en Bromma, trabaja en una escuela infantil en Ålsten, y yo vivo en la ciudad. Además, tiene a Wilma, así que no tiene mucho tiempo…
Su voz se apaga.
—¿Wilma es su hija? —pregunta Manfred.
—Sí. Es monísima, pero también muy intensa. Solo tiene cinco años.
—¿Y Angelica no vive con el padre de Wilma?
—No, es americano. Vive en Nueva York. Wilma fue una especie de error, podríamos decir. Angelica conoció a Chris de vacaciones y nunca tuvieron una relación de verdad. Pero cuando se quedó embarazada, decidió tener a Wilma. Le encantan los niños.
Manfred apunta algo en la libreta.
—¿Puede hablarnos del nuevo novio de Angelica Wennerlind?
Annie Bertrand asiente y bebe un sorbo de café.
—Sí. Era secreto, claro, a lo mejor era la única que lo sabía. Estaba saliendo con Jesper Orre y creo que iban bastante en serio. Incluso conocía a Wilma. Pero querían ser discretos por cómo persiguen los medios a Jesper. No creo que Angelica se lo contara ni a sus padres. Ya sabe, dicen que es todo un mujeriego. Probablemente no era muy divertido para Angelica leer artículos sobre él todo el tiempo en la prensa rosa. Pero en realidad creo que eran bastante felices. En todo caso era lo que decía ella. Me contó que iban en serio y que Jesper había dicho que por primera vez en su vida estaba enamorado. Quería vivir con ella, construir una vida juntos. Empezar de cero. Incluso estaba pensando en dejar el trabajo. Estaba cansado de estar bajo tanta presión y escrutinio. Iban a irse de fin de semana. Habían alquilado una casa de campo en algún sitio, creo, pero no dijo dónde. Probablemente querían huir de todo, estar solos.
Manfred me mira a los ojos en silencio y cierra la libreta de un golpe.