La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 32 de 40

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La desconocida

Peter

 

Manfred está en el medio, inmóvil, como un monolito. Nos estudia con la mirada, uno por uno. Tiene un aire malicioso en el rostro. Algo primitivo que recuerda a un depredador que persigue a su presa.

—Bueno —farfulla Bergdahl—. Al final no era Emma Bohman. Será mejor que nos centremos en esa otra chica, Angelica Wennerlind.

—No —dice Manfred—. No. Algo no encaja. Dos mujeres tenían una aventura con Orre. Las dos desaparecieron, pero solo tenemos una víctima de asesinato. Y Orre está descongelándose en Solna como una bolsa de gambas mientras hablamos.

Hanne se levanta. Se acerca despacio a la pared de pruebas y señala uno de los papeles. Parece ridículamente pequeña al lado de Manfred, pero su voz es profunda y rotunda cuando empieza a hablar:

—La madre de Emma Bohman murió tres meses antes de que la mujer de la casa de Orre fuera asesinada. Su padre murió en mayo, hace diez años, cuatro meses antes de que Miguel Calderón fuera asesinado.

Se hace el silencio en la sala un momento. Un guardia de seguridad pasa por el pasillo, asoma la cabeza por la puerta y saluda. El tintineo de las llaves desaparece por la escalera.

—¿Adónde quiere ir a parar? —pregunta Manfred.

—Para una persona mentalmente frágil, la muerte de un ser querido puede disparar problemas de salud mental, incluso psicosis. Me parece raro que las muertes de sus padres se produjeran tan cerca en el tiempo de los asesinatos. A lo mejor no es una coincidencia.

Me impresiona la seguridad que demuestra Hanne ante la pared de pruebas. Todo su ser rezuma calma y autoridad. Si tiene problemas de memoria, no son evidentes.

—La investigación está repleta de extrañas coincidencias —dice Manfred, y se deja caer en una silla—. Por ejemplo, tanto Emma Bohman como Angelica Wennerlind tenían una relación con Orre.

—Eso no lo sabemos —dice Hanne con serenidad—. Las dos afirmaban que salían con él, pero ningún testigo ha confirmado sus relaciones. La amiga de Angelica Wennerlind dice que Angelica le habló de su relación con Orre. Y Emma Bohman decía que Orre era su prometido y que le compró un anillo de compromiso, pero en el vídeo de vigilancia de la joyería solo aparece Emma. Nadie más. Y, por supuesto, él negó la relación.

—Eso no es sorprendente en sí mismo —dice Sánchez—. Era muy discreto con sus chicas.

—Deberíamos volver a hablar con la tía de Emma Bohman —metió baza Manfred—. La que denunció su desaparición. Bergdahl, ¿puedes ponerte en contacto con ella? Tráela si está despierta.

Bergdahl asiente y se va de la sala con el móvil en la mano. Manfred se vuelve hacia Hanne de nuevo.

—¿Emma Bohman podría estar implicada en el crimen?

Hanne se encoge de hombros.

—Supongo que es posible. Aunque no hay nada concreto que lo indique, aparte del hecho de que sus padres murieron justo antes de los asesinatos. ¿Sabemos si existe alguna conexión entre Emma y Calderón? Quiero decir, además del momento de los asesinatos.

Manfred se cruza de brazos. Cierra los ojos.

—No hemos buscado ese tipo de relación.

—Tal vez deberíamos haberlo hecho —dice Hanne.

—Deberíamos haber hecho muchas cosas —masculla Manfred.

Se acerca unos pasos desde la escalera y unos segundos después entra Bergdahl.

—La tía estaba despierta. He enviado un coche a recogerla, estará aquí en veinte minutos.

 

Mientras esperamos a que llegue la tía de Emma Bohman, salgo con Manfred a fumar un cigarrillo. Le pide a Hanne que nos acompañe y ella se coloca el abrigo sobre los hombros y se lleva su libretita, como si fuera a tomar notas fuera.

Cuando se prohibió fumar en la comisaría, los habituales adictos a la nicotina nos vimos obligados a salir a los balcones o a la calle para practicar nuestro perjudicial hábito. Vamos a la pequeña terraza de la primera planta, que da al patio. Dos macetas de terracota cubiertas de nieve con plantas muertas desde hace tiempo hacen las veces de ceniceros, pero hay colillas en grupos al lado, como frutos caídos junto a un viejo árbol frutal. El cielo está negro y sin estrellas sobre la ciudad y el frío pica en las mejillas.

—Lo que ha dicho de Emma Bohman y Angelica Wennerlind —dice Manfred, y se vuelve hacia Hanne—. Lo de que afirmaban tener relaciones con Jesper Orre. ¿A qué se refería exactamente con eso?

Hanne aparta la mirada hacia los edificios y la ciudad. Juguetea con la libreta y dice:

—Quería decir exactamente lo que dije. No podemos saber si decían la verdad o era mentira.

—¿Por qué iban a mentir en algo así?

Hanne se encoge de hombros y esboza una sonrisa burlona.

—¿Por qué miente la gente? A lo mejor para parecer más emocionante o interesante. O quizás se lo creen.

—No la sigo —dice Manfred, y enciende un cigarrillo.

—Se puede sufrir un delirio. Son bastante frecuentes entre los pacientes psicóticos. Hay muchos ejemplos de personas que creían tener una relación con alguien sin haberlo conocido nunca en la vida real. Incluso existe un término médico para el fenómeno: erotomanía. La gente que sufre esos delirios suele enamorarse como un loco de un famoso o de una figura de poder, y a veces están convencidos de que han vivido juntos muchos años. A lo mejor incluso se casaron y tuvieron hijos.

—Un famoso o una figura de poder. ¿Como el CEO de la empresa para la que trabajas? —pregunto.

—Exacto —dice Hanne, y me mira a los ojos—. Y creen que ese amor es recíproco, aunque no lo sea.

Es como si Hanne me estuviera hablando directamente a mí y algo en mi interior se rompe. Cruje como una rama seca cuando la pisan. Por un segundo pienso si todo lo ocurrido durante los últimos días son imaginaciones mías: nuestras llamadas, la noche en su casa, el paseo por la nieve en Södermälarstrand. La sensación palpable de cercanía podría ser algo que ha creado mi cerebro a falta de otras relaciones íntimas en mi vida, o tal vez para aliviar el peso de la deuda que jamás podré saldar.

Manfred apaga el cigarrillo contra la pared y mira el reloj.

—Son y cuarto. La tía estará aquí en cualquier momento. Deberíamos volver.

Lena Brogren tiene sesenta y tantos años y un sobrepeso extremo. Lleva una túnica floreada que parece una tienda que le llega hasta las rodillas y unas mallas apretadas. Lleva los pies incrustados en unas botas de piel que parecen dos perritos que corretean alrededor de sus piernas. No para de mirarnos a todos mientras juguetea con el paquete de tabaco que tiene en la mano.

—Supongo que aquí no se puede fumar —dice.

Tiene una voz extrañamente aguda y clara, habría hecho una gran aportación en cualquier coro, y contrasta mucho con el enorme cuerpo y el rostro macilento y brillante.

—Lo siento —dice Manfred.

La mujer asiente y me mira.

—Mi pequeña Emma. ¿Qué ha hecho ahora? —pregunta en voz baja, mientras niega con la cabeza despacio y la papada se le balancea.

—No estamos seguros de que haya hecho algo —dice Manfred, y le explica a Lena Brogren por qué la hemos llamado después de las diez de la noche—. Estamos investigando el asesinato de una mujer joven y ha surgido el nombre de Emma.

—¿Puede hablarnos un poco de Emma? —añado.

—Emma es… dulce y educada. No hace mucho ruido. En realidad, nunca lo ha hecho. Hemos pasado mucho tiempo juntas desde que era pequeña, así que la conozco bien. Pero siempre ha tenido dificultades con la vida social, nuestra pequeña Emma. Y desde la muerte de Gun, la madre de Emma, mi hermana, se ha vuelto muy introvertida. En cierto sentido, es difícil conectar con ella. Normalmente voy de visita a Värtavägen, para asegurarme de que está bien, le prometí a Gun que lo haría. Pero las dos últimas veces que estuve no abrió la puerta, aunque se oía que había alguien dentro. Cuando vi el dibujo de la chica muerta, les llamé enseguida.

A la mujer le cuesta respirar y continúa:

—No está muerta, ¿no?

—No, no —digo—. La mujer encontrada en casa de Jesper Orre ha sido identificada y no es Emma.

El alivio de Lena Brogren es palpable. Se hunde más en su silla. Asiente y se limpia el sudor de la frente.

—¿Por qué dejó Emma los estudios? —pregunta Hanne.

La mujer parece confusa.

—No dejó los estudios, nunca empezó. Pasó aquello horrible con su profesor de diseño y tecnología y la dejó fuera de juego.

—¿Qué pasó con su profesor? —pregunto.

—Era el profesor sustituto. Acosó a Emma. Lo despidieron, claro, pero ¿de qué sirvió? El daño ya estaba hecho. ¿Se imaginan aprovecharse de una quinceañera de la que también eres responsable? ¿Qué tipo de monstruo hace algo así? Pero los caminos del Señor son inescrutables, ¿no? De todos modos, ese hombre acabó muerto. Asesinado. Fue una historia horrible, pero no me daba pena. Hoy en día mimamos a los delincuentes, ¿no creen? Ustedes trabajan todo el día con este tipo de cosas, deben de pensar…

Manfred la interrumpe con suavidad.

—Ese profesor sustituto, ¿cómo se llamaba?

Duda un momento, parece rebuscar en la memoria.

—Lo llamaban Woody.

Hanne se inclina hacia delante y toca con cuidado el brazo de Lena Brogren. Un gesto de empatía, pero también de intriga y expectación.

—¿Woody? Eso suena a apodo, Lena. ¿Recuerda su nombre real?

La mujer parpadea varias veces y por un segundo creo que va a romper a llorar.

—No —dice—. Algo extranjero, claro. Sí, era inmigrante. ¿Lo he dicho?

—¿Miguel Calderón? —sugiere Hanne.

El rostro de la mujer palidece y se estremece. Asiente despacio, con la mandíbula apretada.

—Calderón. Sí, eso era.