La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 2 de 40

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La desconocida

Emma

 

 

Dos meses antes

—Mierda, esa roca es enorme.

Los dedos huesudos de Olga agarran el anillo y lo sujetan contra la luz, como si intentara asegurarse de que es real.

—Muy bonito —dice, y me lo devuelve—. ¿Cuánto costó?

—Fue un regalo. No podía preguntar eso.

—¿Por qué no?

—No puedes.

Se hizo el silencio un momento.

—Entonces, dinos, ¿quién es el príncipe? —dice Mahnoor.

—No puedo…

—Oh, vamos. —Mahnoor suelta una risita—. Estás prometida. ¿Hasta qué punto puede ser eso un secreto?

Una gruesa trenza negra le cuelga por el hombro. Tiene alrededor de los ojos una línea negra del delineador.

—Es complicado —empiezo.

—Mi tía se casó con su primo. No se lo dijeron a nadie durante diez años —comenta Olga para ayudar—. Tienen dos hijos. Eso sí que es complicado. De verdad.

—Lo prometo. No es un pariente. No hay nada de incesto. Es solo que es… complicado.

—¿Como en Facebook? «Es complicado».

Olga suelta una risa astuta.

—Tal vez.

Se hace el silencio en la diminuta cocina americana y la nevera se enciende con un suspiro. Entiendo la curiosidad de mis colegas. Yo habría reaccionado igual, pero esto es distinto. Es una situación excepcional. Estaría mal y sería una irresponsabilidad por mi parte contárselo a alguien, sobre todo a Olga y a Mahnoor. Podría causar problemas a Jesper, y en última instancia a mí.

Además, lo prometí.

Olga hace un montoncito con las migas de la mesa y se pone a dibujar patrones con las uñas largas y blancas acrílicas.

—No entiendo por qué tanto secretismo —se queja—. Una cosa es que estuviera casado, pero es evidente que no, porque estás prometida con él.

Mahnoor levanta la mano.

—No quiere contarlo. Respétalo.

Le doy las gracias en silencio a Mahnoor, que me devuelve la sonrisa y se coloca la trenza en la espalda.

Olga aprieta los labios finos y hace una mueca de desesperación.

—Lo que digáis.

Silencio de nuevo. Mahnoor se aclara la garganta.

—¿Cómo fue el funeral de tu madre, Emma? ¿Fue bien?

Mahnoor. Siempre tan amable y considerada. Tiene la voz suave y una manera de hablar lenta y cautelosa. Las palabras son como pequeñas caricias dulces. Me pongo el anillo en su sitio. Respiro.

—Fue bien. No hubo mucha gente, solo los más cercanos.

De hecho, solo había cinco personas en la pequeña capilla. Había unas cuantas coronas funerarias solitarias en el sencillo féretro. El organista tocó algunos himnos, aunque yo sabía que mi madre odiaba los himnos y las oraciones. Muerta, como en vida, tienes que rendirte a la tradición, eso es lo que creo.

—¿Cómo te sientes ahora? ¿Estás bien? —Mahnoor parece preocupada.

—Estoy bien.

Lo cierto es que en realidad no sé cómo me siento, pero, sea lo que sea, es difícil de explicar. La situación es surrealista. No me entra en la cabeza que mi madre esté muerta, que realmente su cuerpo grande y gordo estuviera dentro de ese ataúd. Que alguien la vistiera, le peinara el cabello rubio y áspero y la metiera ahí. Que hubieran cerrado y atornillado la tapa, o lo que sea que hagan.

¿Qué debería sentir?

¿Desesperación, tristeza? ¿Alivio? Mi relación con mi madre era complicada, por decirlo con suavidad, y durante los últimos años, desde que empezó a beber «a jornada completa», como decía una tía mía, no nos veíamos mucho.

Y ahora esto de Jesper. En medio de todo este misterio, me da el anillo y me dice que quiere compartir su vida conmigo. Yo miro el diamante que brilla en mi dedo y pienso que, pase lo que pase, nadie me lo quitará. Lo valgo. Me lo he ganado.

La puerta se abre de un golpe.

—¿Cuántas veces tengo que deciros que no me dejéis sola en la tienda? Os quedáis por ahí fumando mientras…

—Nadie está fumando —le interrumpe Olga con aspereza, y se acaricia el pelo largo y fino con la mano.

Su comentario me sorprende. Las discusiones con Björne no suelen acabar bien. Él se pone tenso, estira el cuerpo largo y flaco y se mete las manos en los bolsillos de los tejanos perfectamente gastados que le caen perfectamente bajos en el trasero. Balancea el peso adelante y atrás sobre las botas de vaquero, mira a Olga y levanta la barbilla, lo que hace que la papada parezca aún más pronunciada de lo habitual. «Parece un pez —pienso—. Un pez malvado que acecha en agua turbia esperando a su presa». El pelo oscuro y mate le cuelga largo sobre el cuello cuando lanza la cabeza hacia atrás.

—¿Te he pedido tu opinión, Olga?

—No, pero…

—Muy bien. Te sugiero que cierres la boca y me ayudes a etiquetar tejanos, en vez de quedarte ahí sentada admirando tus nuevas uñas rusas.

Se da la vuelta y cierra de un portazo.

—Pene —dice Olga que, pese a llevar diez años en Suecia, aún tiene dificultades para encontrar las palabras adecuadas.

—Supongo que será mejor que salgamos de aquí —dice Mahnoor, se levanta, estira un poco la blusa para alisarla y abre la puerta.

 

De camino a casa compro algo de comida. A Jesper le gusta la carne y esta noche estamos de celebración, así que compro un poco de solomillo, del caro, el orgánico, aunque en realidad no puedo permitírmelo. Compro lechuga, tomate cherry y queso de cabra para asarlo sobre tostadas. Paso mucho tiempo frente a los estantes de la tienda de licores. Paso la mano por las abultadas botellas que tengo delante para llamar mi atención. El vino no es mi especialidad, pero solemos beber tinto. A Jesper le gustan los vinos sudafricanos, así que me decido por un pinotage de cien coronas.

Es de noche cuando camino por Valhallavägen hacia casa. Sopla un viento gélido del norte y unas gotitas duras de lluvia me azotan la cara. Contemplo el pavimento negro y húmedo y acelero en el último tramo hasta la puerta.

El edificio de pisos se construyó en 1925 y está justo al lado del centro comercial de Fältöversten, en una zona pija de Estocolmo. Una tía mía vivió allí hasta que murió hace tres años. Por algún motivo incomprensible heredé el piso, lo que provocó cierta controversia entre mis parientes. ¿Por qué yo, Emma, que ni siquiera tenía una relación estrecha con Agneta, heredaba el piso en el centro de la ciudad? ¿Cómo la había engañado para que me lo dejara?

No era del todo ilógico. La tía Agneta no tenía hijos y nos veíamos de vez en cuando. Todas mis tías se reunían a veces, decididas a mantener vivo su matriarcado disfuncional, y a veces yo las acompañaba.

Abro la puerta y presiono el pomo de latón. Me sorprende el olor familiar a tostada y detergente. Y algo más, algo un poco correoso que no podía identificar del todo. Algo orgánico y conocido. Dejo las bolsas en el suelo con cuidado, enciendo la luz del pasillo y me quito los zapatos mojados. Dejo el abrigo en un colgador, agarro una toalla y me seco las gotas con suavidad.

Hay dos sobres en el suelo. Facturas. Los recojo y los llevo a la cocina. Los dejo en el montón con los demás y los recordatorios. La montaña de papeles tiene un grueso alarmante y recuerdo que tengo que hablar con Jesper de eso. Tal vez no esta noche, pero pronto. No puedo seguir dejando las facturas en un montón. Un día habrá que pagarlas.

Llamo a Sigge y saco un poco de comida de gato del armario. En cuanto oye el crujido está aquí, acariciándose contra mis pantorrillas. Me inclino hacia delante, le acaricio el pelaje negro, le hablo un poco y luego salgo al salón.

Mi piso apenas está amueblado. También heredé las sillas de Carl Malmsten de la tía Agneta. La mesa y las sillas del salón los compré en Internet y la cama es de IKEA. También tengo un escritorio, que encontré en el Ejército de Salvación. Está cubierto de libros y libretas rojas. Además de trabajar en la tienda, estoy estudiando el bachillerato internacional. Dejé el colegio. Me sucedieron ciertas cosas que me quitaron la capacidad y las ganas de continuar, pero siempre se me dieron bien los estudios. Sobre todo las matemáticas. El mundo de los números tiene algo liberador. No hay zonas grises, ni subjetividad, ni espacio para la interpretación: o calculas bien o mal.

Ojalá el resto de cosas en la vida fueran tan sencillas.

Por un momento pienso en Woody. Con el pelo largo y moreno recogido en una cola de caballo en la nuca. El hábito de ponerse la mano en la mejilla cuando escuchaba, siempre con una intensidad asombrosa. Como si todos tuviéramos algo verdaderamente importante que decir. Quizá fuera cierto. Siento un escalofrío y salgo al salón.

Algún día dejaré de pensar en Woody, me dije. Un día su recuerdo se desvanecerá como una vieja Polaroid y seguiré adelante como si no hubiera existido.

En mi casa hay un objeto que tiene auténtico valor: un cuadro de Ragnar Sandberg colgado en el dormitorio. Una composición naíf de jugadores de fútbol de amarillo y azul. Me gusta mucho. Mi madre me insinuaba a menudo que lo vendiera para repartirnos el dinero y que ella se pudiera beber su parte, pero yo me negaba. Me gustaba tenerlo ahí, en la pared, donde siempre había estado colgado.

La tía Agneta también me dejó algo de dinero. Cien mil coronas, para ser exactos. Fajos de billetes de cien coronas envueltos con cuidado que encontré en el armario de la ropa de cama. Nunca se lo dije a mi madre, sabía perfectamente lo que habría hecho.

Me acerco a la ventana y miro fuera.

Cinco plantas por debajo se extiende la calle Valhallavägen como una negra arteria gigantesca que alimenta de tráfico Lidingövägen y el centro de la ciudad, parte del monumental sistema circulatorio de vías que entrecruzan Estocolmo. La lluvia ha arreciado. Azota la ventana y deja regueros aceitosos. Fuera debe de hacer frío, casi bajo cero, y siento un escalofrío.

Desempaqueto la comida, corto el queso de oveja en trozos y lo pongo sobre unas tostaditas. Enciendo el horno y preparo la ensalada. Luego me doy una ducha. Siento cómo el agua caliente se desliza sobre mi cuerpo. Inspiro el vapor caliente. Lavo con cuidado cada centímetro de mi cuerpo con el jabón que sé que le encanta. Noto los pechos blandos e inflados cuando los masajeo. Agarró el champú y me lavo el pelo antes de salir de la antigua bañera con asiento.

El baño está lleno de vapor. Abro un poco la puerta, limpio el espejo con una toalla y me inclino hacia delante. Tengo la cara hinchada y con un leve rubor. Las pecas destacan con claridad sobre la piel pálida, como cientos de pequeñas islas esparcidas de manera caprichosa en un mar. Unas son más grandes y otras más pequeñas. Algunas se funden en conglomerados y forman continentes irregulares de piel rojiza sobre el mar pálido.

Empiezo a alisarme con suavidad el pelo largo, de color caoba, con un peine de púas anchas. Examino los pechos. Son grandes, demasiado para mi cuerpo, con los pezones anchos y de color rosa claro. Siempre los he odiado, desde que esas horrorosas protuberancias pequeñas empezaron a hacerse visibles, como forúnculos en la piel clara. Hice todo lo posible por ocultarlas: llevar camisas holgadas o caminar con la espalda encorvada. Comía demasiado.

Jesper dice que le encantan mis pechos, y le creo. Se tumba entre mis piernas, los acaricia como si fueran dos cachorros y habla con uno y luego con el otro, con amor. Se me ocurre que el amor no es solo lo que uno siente por otro ser humano, sino verse una misma a través de los ojos de tu amante. Ver la belleza donde antes solo veías defectos.

Me maquillo a conciencia. A Jesper no le gusta que lleve demasiado maquillaje, pero no significa que le guste que no lleve nada, solo que parezca que no llevo maquillaje. Se tarda mucho más cuando intentas conseguir ese aspecto natural. Cuando termino, me pongo un poco de perfume en todos los puntos estratégicos: las muñecas, entre los pechos, el cuello. Me pongo un poco cerca de la ingle. Luego me pongo el vestido negro, sin nada debajo, me seco los pies con cuidado en la alfombra del baño y salgo.

Jesper suele ser puntual. Me siento tentada de poner las tostadas en el horno a las siete, pero solo tardan unos minutos en hacerse, así que es mejor esperar a que llegue. La lluvia sigue golpeando contra el cristal oscuro de la ventana con la misma intensidad. Fuera, el sonido de las sirenas se disipa. Enciendo velas en la mesa. La corriente de las ventanas viejas y agujereadas hace que las llamas se agiten, y las sombras en la estancia cobran vida, empiezan a moverse. Ondean por las puertas y la mesa avejentadas de la cocina. Por un momento parece que toda la habitación se balancee, y que sea contagioso, porque de pronto siento una leve náusea.

Cierro los ojos y me agarro a una silla. Pienso en él.

 

Jesper Orre. Por supuesto, había oído hablar de él, había visto imágenes en televisión y en la prensa rosa. También hablábamos de él de vez en cuando en la tienda, claro. Sabíamos que nuestro CEO era controvertido, tanto en los negocios como en otros aspectos. Básicamente era el chico malo de la industria de la moda, con reputación de ser duro y carecer de escrúpulos. Cuando llegó a ser CEO, despidió a todo el equipo de dirección en un mes y se llevó a su propia gente. Enseguida se sucedieron más cambios. Se despidió al veinte por ciento de los empleados. Enviaron a nuevos directivos para ver cómo tratar a los clientes. Se introdujeron normas de etiqueta más estrictas para la plantilla. Almuerzos más cortos, pausas más breves.

Cuando entró en la tienda aquel día de mayo, al principio no lo reconocí. Había algo un poco confuso en su aspecto. Se quedó en medio de la sección masculina y se puso a dar vueltas despacio, como un niño de pie en medio de un circo mirando al público con los ojos desorbitados.

Me acerqué y le pregunté si podía ayudarle en algo. Es mi trabajo, y la empresa tiene manuales con fórmulas hechas para que las utilicen los empleados, otra de las ideas de Jesper que no gustó al sindicato.

Se volvió hacia mí, aún con esa expresión confusa, se pasó la mano por el pecho, cohibido, y señaló una gran mancha naranja que tenía en la pechera de la camisa.

—Tengo una reunión de dirección en media hora —dijo, mientras seguía evitando mi mirada y escudriñando la tienda con los ojos—. Necesito una camisa nueva.

—¿Espagueti boloñesa?

Se quedó helado y un amago de sonrisa se reflejó en su tez bronceada. Luego me miró a los ojos y en ese momento lo reconocí. Por suerte, apartó de nuevo la mirada, porque de pronto su presencia resultaba tan abrumadora, tan palpable, que no sabía qué hacer. Me dejó sola en ese silencio, incapaz de manejar la situación.

Tardé unos instantes. Al final recobré la compostura.

—¿De qué talla?

Me miró de nuevo y entonces me percaté de su cara de cansancio.

Lucía ojeras, unas anchas mechas grises en las sienes y una triste arruga que bajaba de la comisura de los labios daba un aire casi amargo a su rostro. Parecía mayor que en las fotografías. Mayor y más cansado.

—¿La talla?

—Sí, vaya, su talla de camisa.

—Perdone, claro —me dijo.

—¿De qué color le gustaría?

—No lo sé. Tal vez blanca. Algo neutro. Algo apropiado para una reunión de dirección.

Me dio la espalda y escudriñó la tienda. Escogí tres camisas que me parecieron adecuadas. Cuando volví, seguía ahí.

—¿Cree que podría ayudarme a decidir? —preguntó.

—Por supuesto.

La pregunta no tenía nada de raro, formaba parte del trabajo ayudar a los clientes a encontrar prendas que quedaran bien. Esperé fuera del probador hasta que salió con la primera camisa, la blanca.

—¿Queda bien?

—Absolutamente. Queda perfecta, pero pruébese también las otras.

La cortina volvió a cerrarse sin hacer ruido. Dos minutos después salió con la siguiente camisa: era de rayas azules y blancas con el cuello abotonado.

—Eh…

—¿No le gusta?

Parecía tan preocupado que estuve a punto de echarme a reír.

—No, no, solo que no es apropiada para una reunión de ejecutivos. Probablemente debería llevar algo un poco más… formal.

Asintió como si estuviera dispuesto a obedecer a todos mis caprichos y volvió a entrar en el probador.

—¿Me pruebo también la tercera? —dijo desde dentro.

—Creo que sí, sin duda.

Todo aquello empezaba a divertirme. Era como un jueguecito gracioso con nuestro CEO, que se había colado en la tienda de incógnito. Como un rey en un cuento de hadas que se viste de mendigo para mezclarse con sus súbditos.

Se abrió la puerta del probador y salió con una camisa de color azul claro.

—Es perfecta. Debería ponerse esa —afirmé—. Es seria, pero no tan aburrida como la blanca.

—Entonces… ¿en esta tienda vendemos cosas aburridas?

Tenía un brillo nuevo en los ojos y me miraba de una forma totalmente distinta.

—Bueno, a veces los clientes necesitan prendas aburridas.

—Touché.

Sonrió y se detuvo cuando entraba en el probador.

—Me gusta tu estilo, ¿cómo te llamas?

—Emma. Emma Bohman.

Él asintió y desapareció tras la cortina sin decir más.

 

Mientras marcaba la camisa ocurrió algo que me cambió la vida para siempre. Jesper se puso a buscar la cartera, frenético. Era evidente que cada vez se sentía más avergonzado.

—No lo entiendo. Tendría que… —Buscó en los bolsillos y luego hizo un gesto de resignación—. Maldita sea —masculló entre dientes.

—Oiga, puede volver más tarde con el dinero. Sé quién es.

—De ninguna manera, la caja quedaría descuadrada. No quiero causarle problemas.

—Bueno, si intenta engañarme, le enviaré a la policía.

No captó la broma. Vi que se le formaban gotas de sudor en el nacimiento del pelo. Brillaban como cristales bajo la potente luz artificial.

—Maldita sea —repitió, y de algún modo sonó a pregunta, como si me pidiera consejo sobre aquella situación incómoda.

Me incliné hacia delante y le toqué el brazo con suavidad.

—Oiga, le presto el dinero. Le apunto mi número. Ya me lo pagará cuando pueda.

Y así ocurrió.

Se llevó mi número de teléfono, aliviado. Al salir de la tienda agitó la nota en el aire, como si le hubiera dado una especie de diploma, y me sonrió.

 

Miro el reloj que estaba colgado encima de la televisión. Las siete y veinte. ¿Dónde está? A lo mejor entendió mal la hora. Tal vez pensó que tenía que venir a las ocho en vez de a las siete. Algo me da mala espina. Nunca había conocido a nadie tan puntual como Jesper. Siempre llega a tiempo, y siempre con flores frescas en la mano. En pocas palabras, es el caballero perfecto. Puede parecer rudo y arrogante, casi brutal al principio, pero en realidad es sensible, empático y juguetón como un niño.

Y puntual.

Me sirvo otra copa de vino y pongo las noticias. Los agricultores franceses han volcado toneladas de patatas en la circunvalación de París para protestar por un cambio en los subsidios de la Unión Europea. Un tornado había afectado a Sala por la tarde y había provocado daños graves en un colegio nuevo. Unos científicos chinos han encontrado un gen que, si es defectuoso, causa cáncer de próstata.

Apago de nuevo el televisor. Jugueteo con impaciencia con el móvil. No me gusta molestar a Jesper, pero me preocupa que haya entendido mal algo: ¿la hora, el sitio, la fecha?

Le envío un mensaje de texto breve preguntándole si está de camino. Espero no parecer demasiado insistente.

 

Jesper Orre. Si lo supieran Olga y Mahnoor.

Si lo hubiera sabido mamá.

Siento un retortijón en el estómago. No pienses en mamá.

Demasiado tarde. Ya noto su presencia en mi pequeño salón. Huelo la mezcla de cerveza y sudor. Veo la carne pálida esparcida sobre el sofá donde está desplomada, roncando a todo volumen delante del televisor, con una lata de cerveza medio vacía plantada con firmeza entre las rodillas.

Mamá siempre alardeaba de que nunca bebía nada más fuerte que la cerveza. Lena, una de mis tías, solía comentar que el alcohólico que solo bebía cerveza era el más trágico, el adicto más bajo de todos, con un pie en la tumba y otro de camino a la tienda para llenar la nevera.

Sin embargo, la parte más triste era que mamá no siempre había sido así. En algún momento hace mucho tiempo fue distinta. Aún lo recuerdo con claridad, y a veces me pregunto si lamento la pérdida de la persona que fue más que su muerte.

 

Un recuerdo temprano. Estoy sentada con mi madre en mi cama estrecha. Las paredes de la habitación están sucias, llenas de huellas de dedos y de manos, incluso de pies. «¿Cómo consigues subirte por las paredes como un mono?», solía decirme mamá, para luego soltar un suspiro dramático mientras intentaba frotar las huellas con un paño húmedo.

Fuera era de noche. Alguien estaba quitando nieve con una pala en el patio. Oía los golpes duros cuando la pala penetraba en la nieve y chocaba con los adoquines de debajo. Dentro hacía frío, y mamá y yo llevábamos pijamas de manga larga y calcetines. Mamá tenía en el regazo el cuento de los tres ositos.

—¡Sigue! —dije.

—De acuerdo, pero solo un poco más —dijo mamá con un bostezo, y giró una página arreglada con cinta adhesiva en una esquina. Miró el texto con una expresión seria.

—«¿Quién ha dormido en mi cama?» —leí yo, siguiendo las palabras con el dedo índice.

Tenía siete años y estaba en segundo de primaria. Había aprendido a leer antes de empezar el colegio.

En realidad, no recuerdo cómo aprendí. Supongo que hay niños que lo captan sin más, lo descodifican solos. En todo caso, mi profesora se puso muy contenta cuando llamó a mi madre para decirle que iba muy por delante de mis compañeros en lectura y, comentó ella, dado que «la lectura es la base del resto del aprendizaje», eso significaba que las cosas me irían bien en el futuro.

—¿Y la línea siguiente?

—«El osito miró al oso mayor y neg… negó con la cabeza» —leí.

Mamá asintió, concentrada. Parecía que estuviera meditando sobre un complejo problema matemático. En ese preciso instante se oyó que llamaban con suavidad a la puerta del dormitorio. Papá asomó la cabeza. Llevaba un libro y un paquete de tabaco en la mano. El pelo largo le caía sobre la cara formando una suave onda. Siempre pensé que papá parecía una estrella de rock, con el pelo fino y el estilo desenfadado. Era moderno de una manera que no era ninguno de los demás padres o madres, y normalmente prefería que me llevara él al colegio en vez de mamá.

—Solo quería daros las buenas noches —dijo, y entró en la habitación. Se acercó a la cama, se inclinó y me dio un beso en la mejilla. La barba incipiente rascaba contra la mejilla, y el olor a tabaco apestaba en las fosas nasales.

—Buenas noches —dije, y lo seguí con la mirada mientras salía. La espalda delgada, junto con el peinado, o la falta de él, y esa peculiar manera de mover los brazos al caminar hacían que pareciera un adolescente.

Miré a mamá de nuevo. Era lo contrario de papá. Tenía el cuerpo grande y en forma de bobina, como un animal que vive en el mar, tal vez un león marino o una ballena. Su pelo decolorado salía disparado en todas direcciones y los pechos amenazaban con estallar a través del pijama de franela cada vez que respiraba hondo.

—Te toca —dije yo.

Mamá dudó un segundo, luego movió el dedo índice despacio por el texto.

—No h…

—No he —completé. Mamá asintió y lo intentó de nuevo.

—«No he dormido… en tu cama», dijo el os… os… os…

—Osito —dije. Mamá me apretó con la mano.

—Vaya, osito es una palabra difícil.

—Pronto te parecerá fácil —dije, muy seria. Mamá me miró. De pronto le brillaban los ojos y me apretó la mano.

—¿De verdad lo crees?

—Claro. Todo el mundo en mi clase sabe leer.

No le dije que todas las madres y padres también sabían leer. Pese a tener solo siete años, sabía que la entristecería. Era la única que lo sabía. Ni siquiera los colegas de mamá o papá conocían su vergonzoso secreto.

—Podemos seguir practicando por la mañana —dijo mamá, y me dio un beso en la mejilla—. Y no le digas nada a papá de…

—Te lo prometo.

Apagó la luz y salió de la habitación. Yo me quedé tumbada en la cama, con una cálida sensación en mi interior. Era sentirse necesitada, además de querida.

 

¿Y si mamá siguiera viva, si hubiera tenido la oportunidad de verme con Jesper? ¿Qué habría pensado? Algo me dice que no le habría gustado la atención que probablemente despertaría nuestra relación. Habría fruncido los labios y me habría lanzado una mirada autocompasiva y de decepción, y mascullaría algo sobre que no me importaba ella, pero qué iba a esperar, ya que nunca la había ayudado con nada. Luego se pondría a hablar de la arpía de la hija de Löfberg, que aún vivía en casa, aunque tenía treinta años y cuidaba de su madre mayor.

Miro el reloj. Las nueve y media. Empiezo a notar un leve desasosiego en el pecho y, antes de poder definirlo con palabras, sé lo que es: miedo. ¿Y si realmente le ha pasado algo a Jesper? Es de noche, sopla viento y seguro que las carreteras están cubiertas de una gruesa capa de lluvia helada. Lo pienso unos segundos, luego cojo el teléfono de la mesa. Dudo. Es raro lo mucho que me cuesta llamarlo. Es como si mi valía dependiera en cierto modo de que él me deseara más de lo que yo lo deseo a él, o por lo menos igual. Solo las mujeres desesperadas te incordian, creo, y las mujeres desesperadas son difíciles de querer.

Al final, llamo.

La llamada pasa directamente al buzón de voz y me pregunto si ha apagado el móvil y por qué. Vacío la copa de vino, me pongo la manta encima y cierro los ojos.

 

Jesper tardó una semana en llamarme por el préstamo y en invitarme a comer.

Quedamos un sábado cerca de su pequeña segunda vivienda en Södermalm. El restaurante estaba abarrotado y había mucho ruido. Al principio casi no lo reconocí. Llevaba tejanos y una camiseta y parecía bastante más joven que aquel día en la tienda, vestido con traje. Toda su actitud era distinta. La expresión un tanto incómoda, confusa, se había desvanecido. Tenía la espalda recta. Sonreía y me miraba con seguridad.

—Emma —dijo, y me dio un beso en la mejilla.

Me dio vergüenza. Nadie me besaba en la mejilla, ni siquiera mi madre.

Sobre todo mi madre.

—Hola —dije.

Se reclinó sobre la silla y me observó en silencio, se quedó así sentado hasta que me dio vergüenza y sentí el impulso de decir algo, aunque solo fuera para romper ese agobiante silencio.

—¿Cómo fue la reunión de dirección?

—Bien.

Sonrió. Sus ojos tenían un brillo de avidez, casi de hambre, como si viera algo comestible al mirarme. De pronto me sentí incómoda con la situación.

—¿Por qué me has invitado a comer?

La pregunta me salió de forma espontánea. Su conducta me confundía tanto que la única manera que se me ocurría de manejarla era la sinceridad brutal.

—Porque siento curiosidad por ti —contestó sin dudar y sin apartar la mirada de mí.

Bajé la mirada hacia mi regazo y estudié mis tejanos nuevos, que había comprado especialmente para aquella comida. Qué estupidez. Como si a Jesper Orre le importara lo que llevara yo, una dependienta.

—Siento curiosidad porque me trataste como a un igual —aclaró.

Le miré a los ojos. Por un instante me pareció vislumbrar algo oculto en ellos, tal vez dolor, o enfado, como si hubiera mordido algo amargo.

—¿Un igual?

Él asintió despacio. Desde la barra llegaba un rugido colectivo. Me di la vuelta: en la pantalla colgada en la pared el Arsenal acababa de marcar contra el Manchester United.

Jesper se inclinó hacia delante sobre la mesa y acercó su cara a la mía, tanto que olí la loción de afeitado y el aliento a cerveza. De nuevo sentí una incomodidad que se apoderaba de mí.

—Cuando eres… cuando tienes mi trabajo —se corrigió—, poca gente alrededor se comporta con normalidad. La mayoría te trata con un respeto exagerado. Algunos ni siquiera osan hablar conmigo. Pocos dicen lo que realmente piensan y sienten. Es agotador. Y provoca cierta soledad, ya me entiendes. Pero tú dijiste lo que pensabas. Me trataste como una persona normal.

Me encogí de hombros.

—¿Y no lo eres?

Soltó una carcajada y bebió un sorbo de cerveza. Tenía los brazos bronceados y cubiertos de vello dorado.

—Será una locura, pero siento una especie de conexión contigo. Si eres sincera…

—¿Sí?

—¿No eres también de esas personas que se sienten solas? ¿Rara? ¿Distinta de la gente que te rodea? ¿Una… observadora?

Asentí despacio. Tenía razón. Siempre me había sentido diferente, desde pequeña. Siempre tenía la extraña sensación de estar interpretando un papel secundario en mi propia vida. De estar sentada en una burbuja, observándome desde fuera. La pregunta era cómo demonios lo había visto Jesper Orre en los diez minutos que pasó en la tienda conmigo.

Se oyeron suspiros de abatimiento desde la barra.

—El balón ha ido al poste —dijo Jesper.

—¿Cómo… cómo lo sabes?

—¿El qué?

Él miró confundido hacia la pantalla, como si le preguntara sobre el partido.

—Lo mío. Me compraste una camisa y ahora afirmas que somos iguales. Y que somos unos solitarios. No sabes nada de mí. Ni quién soy, de dónde vengo o qué quiero de mi vida. Y aun así dices… todo eso. Como si creyeras que puedes leerme como un libro.

Él levantó la cerveza para brindar y me guiñó el ojo.

—Como te he dicho, me gusta que me trates como a un igual. Y eres valiente. Como yo.

 

Salí del restaurante con las piernas temblorosas. Tenía las mejillas calientes y las manos sudorosas. No sé qué sentía con más intensidad: irritación por su precisa descripción de mí después de pasar tan poco tiempo en mi compañía o la atracción que ya existía. Además, no podía dejar de pensar si tenía razón. ¿Éramos parecidos? ¿Había una conexión, una sensación instantánea de pertenencia que derribaba todas las barreras de clase, edad y profesión?

Eran poco más de las cuatro cuando fui corriendo hacia Slussen. Era una tarde cálida, solo llevaba una camiseta sin mangas y aun así me caía sudor entre los pechos, así que cuando iba por la mitad de Götgatan tuve que parar y recuperar el aliento. La gente pasaba: peatones y gente de compras, mendigos y mujeres con velo de camino a la mezquita. Me sentía como si estuviera en medio de un río desbordado, como si hubiera perdido la habilidad de gobernar un barco que iba a la deriva en un mar de gente.

Cuando llegué a la entrada del metro, vi una silueta conocida en la entrada: Jesper Orre. De alguna manera había adivinado adónde iba y había llegado antes que yo.

Me agarró de la mano.

—Ven —fue lo único que me dijo.

Me llevó con él y yo no pude protestar, ni discutir. La sensación de impotencia me aturdía, pero también me causaba una rara liberación. Un alivio de la responsabilidad y la culpa que van asociadas. Lo seguí. Cerré los ojos y dejé que me guiara a través del mar de gente.

 

Cuando me despierto son las tres de la mañana y estoy en una posición extraña, medio inclinada en la butaca. Tengo el cuello rígido y me duele cuando me levanto. La oscuridad ha levantado un muro negro al otro lado de la ventana y el viento ha arreciado. Silba a través de las grietas y noto el aire frío en los tobillos.

Por algún motivo, me recuerda a mi padre y el insecto que encontré. Debía de tener unos diez u once años.

 

La oruga, que era sorprendentemente regordeta y de color verde claro, me recordaba un poco a un oso de goma con pelo. Tenía la misma forma redonda y la barriga semitransparente. Del estómago le salían un montón de patitas y en la cola tenía una pequeña lengüeta. Me hacía cosquillas cuando subía por la mano pecosa hasta el brazo.

—¿Muerde? —pregunté.

Papá lo negó con la cabeza.

—No, el pinchito que tiene en el lomo es el probóscide anal. Es completamente inofensivo.

La oruga siguió trepando y yo puse la parte inferior del brazo hacia arriba para que el polvoriento rayo de sol que entraba por la ventana iluminara su cuerpecito verde. De pronto era casi transparente. Como una piedra preciosa brillante y perfectamente pulida que descansara sobre la muñeca.

—¿Dónde la has encontrado? —preguntó papá.

—En el arbusto que hay junto al columpio.

Él asintió, y luego dijo:

—Come hojas. Vamos a buscarle algo de comer.

Pasamos de puntillas por el pasillo para no despertar a mamá. Papá me indicó que le siguiera con un gesto y la puerta principal se cerró con un clic. Los edificios que rodeaban el pequeño patio abrazaban la escasa vegetación con sus elevados cuerpos de cemento. El sol no había conseguido alzarse sobre las azoteas y el patio estaba en sombra. También estaba desierto. Los columpios colgaban abandonados de las barras metálicas y el cajón de arena estaba vacío, esperando a los niños que pronto saldrían a jugar. Había unas cuantas palas de plástico rotas esparcidas en el camino de grava que había al lado. A lo lejos se oía música de Oriente Medio y un niño gritaba. El aroma a café pendía en el aire de principios de verano.

—Aquí —dije, al tiempo que señalaba el arbusto con las ramas dentadas.

Papá rompió algunas ramitas mojadas por el rocío en silencio, luego me miró muy serio.

—Ahora vamos a construirle un nidito.

Pusimos las ramas del arbusto en un bote de cristal y volvimos al edificio con el mismo sigilo que antes. El pasillo estaba oscuro y olía ligeramente al tabaco de mamá. La oí roncar en el dormitorio de al lado. Papá buscaba en un armario y se oyó la caja de herramientas. Cuando volvimos al salón, tenía un pequeño objeto afilado en la mano.

—Esto es un punzón —susurró, y lo empujó a través de la tapa metálica varias veces para hacer agujeros para que el habitante verde del bote pudiera respirar. La oruga parecía aceptar su nueva casa. En apariencia no le pedía mucho a la vida, una rama y algunas hojas, porque enseguida se acomodó en una de las ramas espinosas.

—¿Ahora qué pasa?

—Algo increíble —dijo papá, y se limpió unas gotas de sudor de la frente bronceada—. Algo absolutamente increíble. Pero debes tener paciencia. ¿Tienes paciencia?

 

Busco el móvil. No hay llamadas perdidas, ni mensajes de texto. Jesper se ha saltado nuestra cita para cenar sin dar explicaciones. ¿Debería estar furiosa o preocupada? Decido que, a menos que esté en urgencias con las dos piernas enyesadas, merece un par de gritos.

Con una manta sobre los hombros, me arrastro hasta la cocina. Pongo la ensalada, los canapés y el vino en la nevera. Luego llamo a Sigge y me acuesto.

La luz matutina gris azulada se filtra a través de las finas cortinas. Hace frío en la habitación y me meto más en el edredón en busca de calor. Sigge, que está hecho un ovillo a mis pies, se despierta y se lame las patas. Por unos segundos mi mente está vacía de todo lo que no sea ese agradable calor y el suave sonido de las gotas de lluvia que golpean contra la ventana.

Entonces lo recuerdo.

Jesper ayer no apareció. Por algún motivo no acudió a su propia cita para cenar y acabé sola en la cocina, con una bandeja llena de canapés y sin nada más que un vestido negro y escotado.

Mi móvil está en el suelo. Sin llamadas perdidas, ni mensajes de texto.

Me siento en la cama. La habitación está fría y entra una ráfaga de viento. Pese a envolverme bien con el edredón cuando me acerco a la ventana, noto que el aire frío se cuela por las rendijas.

Observo cómo el tráfico matutino avanza despacio por Valhallavägen. Personas diminutas, apenas más grandes que arañas, se abren paso hacia el metro. Salgo al salón para ver las noticias. Si ha ocurrido algo, un accidente, un crimen, tal vez lo mencionen. Cuando me hundo en una de las butacas verdes, siento náuseas. ¿Cuánto bebí ayer? Debería comer algo.

Voy a la cocina y abro la nevera.

Los canapés están bien colocados en la bandeja. Cojo dos, vuelvo al salón y enciendo el televisor, pero la pantalla se mantiene en negro y aparece un breve texto en amarillo diciendo que no hay señal. Me meto uno de los canapés en la boca y vuelvo a la cocina, bastante convencida de saber qué ha ocurrido. Traslado con cuidado la columna de facturas a la mesa, me meto el segundo canapé en la boca y empiezo a abrir sobres. Saco un recordatorio tras otro de compañías de suministros, mi proveedor del móvil y tarjetas de crédito.

En cierto modo, todo esto es culpa de Jesper. Hace un mes le dejé un dinero y desde entonces voy poniendo las facturas en un montón en vez de pagarlas. Mi sueldo no es suficiente, nunca lo ha sido, pero antes siempre tenía un pequeño rincón al que acudir.

Abro el último sobre: es de la compañía de la televisión por cable. Miro la carta en la que amenazan con cortarme la televisión y las suscripciones de banda ancha si no pago la factura en diez días.

La carta tiene fecha de hace dos semanas.

Dejo el sobre a un lado y recojo el montón de facturas. Dudo un momento, sin saber muy bien qué hacer con ellas. Luego las dejo en la panera, que chirría cuando cierro la tapa.

En el metro, leo las noticias en el teléfono. Un apuñalamiento en Rinkeby, disturbios en Malmö, pero nada sobre Jesper Orre. Tampoco dicen nada de accidentes de tráfico que pudieran haber ocurrido durante la noche.

El vagón de metro está a rebosar y el calor y el olor de tanto cuerpo junto vuelven a provocarme náuseas. Tengo que bajar en la estación de Östermalmstorg, donde me quito la chaqueta y me siento un momento en un banco. Me tapo la cara con las manos. Por el rabillo del ojo veo que la gente me mira desconcertada, incluso angustiada, pero nadie se para a preguntar si me encuentro bien, y lo agradezco.

Lo único en lo que puedo pensar, lo único que quiero saber es dónde está Jesper y por qué no se presentó anoche.