La desconocida
Peter
La investigación va en otra dirección, cambia de centro de atención de un día para otro como ocurre a veces con las investigaciones. La noticia de que el laboratorio nacional ha relacionado el machete con ambos asesinatos, el de la víctima anónima de casa de Jesper Orre y el de Miguel Calderón, ha estallado como una bomba en la comisaría. La actividad es igual de frenética que antes, pero parte de la resignación ha sido sustituida por las expectativas. A la enorme pared de pruebas de la sala de reuniones, empapelada con fotografías de la casa de Orre y de sus colegas y conocidos, se ha sumado otra pared de pruebas con imágenes parecidas del antiguo caso.
Por lo visto Sánchez se ha pasado media noche revisando el caso Calderón y ya está buscando puntos en común entre Calderón y Orre. Sospecho que será difícil, a primera vista sus vidas no tienen relación alguna.
Calderón tenía veinticinco años cuando fue hallado muerto en su piso de alquiler de Södermalm en septiembre hace diez años. Desempeñaba varios trabajos. Trabajaba de cocinero, de cuidador, repartía periódicos y era camillero sustituto. En su tiempo libre estudiaba kárate y tocaba el bajo en un grupo de jazz. No tenía novia y su hermana insinuó que creía que probablemente era gay. Cinco años antes de ser asesinado, fue condenado por atraco y robo pero, según la investigación preliminar, nada indicaba que tuviera conexiones criminales en el momento de su muerte. Tampoco había pruebas de que fuera a los mismos lugares que Orre: Sandhamn, Verbier, Marbella o los clubs nocturnos de Stureplan.
El hecho de que Orre siga desaparecido sugiere que él mató a la mujer anónima, y por tanto también acabó con la vida de Calderón. Sin embargo, unos cuantos tangas robados y el hecho de ser brusco en el trabajo no bastan como prueba. Necesitamos encontrar una conexión entre ellos y, si existe, la encontraremos. Aunque tengamos que colarnos hasta en el último mísero centímetro de su vida.
En ese momento los conocidos sentimientos de aburrimiento y resignación empiezan a asaltarme. Estoy cansado de estas lentas investigaciones de asesinato. Si alguien me lo hubiera preguntado hace diez años, habría dicho que era la tarea más emocionante y exigente a la que un investigador hábil podía hincarle el diente, pero lo único que siento ahora es una fatiga paralizadora. Lo que más deseo del mundo es comprarme un paquete de seis cervezas, irme a casa, hundirme en el sofá y ver programas de deporte. No creo que nadie que no sea agente de policía pueda entender el trabajo que acarrea estudiar la vida de una persona. La cantidad de horas de interrogatorios, investigación y papeleo que hay que superar hasta que la imagen se vuelve más clara y empiezan a surgir los elementos básicos.
Además, está Hanne.
En cierto modo, estuvo bien tener la oportunidad de hablar, aunque yo no dije mucho, pero no ha cambiado nada entre nosotros desde entonces. Lo noto, es evidente, aunque no soy capaz de definirlo. Es como un tono profundo y vibrante siempre presente cuando está ella. Casi como un zumbido de oídos. Y no tengo la más mínima idea de cómo quitármelo de encima.
A veces me sorprendo buscándola cuando está sentada en su mesa, con la camisa arrugada y el pelo canoso recogido en una cola chapucera. A veces la mente se escapa hasta ese lugar prohibido donde volvemos a estar juntos. Ayer, cuando le toqué el antebrazo, pensé que sigue siendo la mujer más guapa que he conocido jamás. Y la única con la que he podido hablar de verdad.
No sé por qué, pero me cuesta muchísimo hablar con alguien de cosas importantes, sobre todo con mujeres. Quizás me da demasiado miedo dejar entrar a alguien, como siempre decía Janet. O tal vez no tengo mucho que decir porque básicamente carezco de interés.
Sin embargo, con Hanne siempre tenía temas de los que hablar. Entonces, cuando estábamos juntos. Podíamos pasar horas tumbados en la cama, hablando de política, de amor o de tonterías, como por qué un determinado tipo de cortador de queso solo existe en Suecia. A veces me hablaba de Groenlandia y de los inuit, que llevaban miles de años viviendo allí en perfecto equilibrio con la naturaleza. Soñaba con viajar allí y luego ir en kayak entre el hielo a la deriva y cazar focas.
Por lo visto los inuit no tenían ceremonias nupciales especiales. Se juntaban y ya está. Solíamos bromear con que desde la perspectiva inuit probablemente nos considerarían casados.
Recuerdo que pensaba que era muy positiva y, bueno, traviesa, sobre todo a su edad.
Diez años mayor que yo.
Nunca me molestó, aunque ella no me creía cuando se lo decía. En cambio, me decía que tenía que pensar que nunca tendríamos un hijo juntos, que envejecería antes que yo. ¿De verdad quería estar con una anciana?
Sí quería. Y se lo dije.
Aun así, no pude hacerlo. La dejé esperando en la calle aquella noche. Me quedé sentado en la cama, helado, agarrado a las llaves del coche con una botella de vodka entre las rodillas. Petrificado y empapado en sudor frío. Cuando me llamó, no pude ni contestar, decirle que no estaba preparado para el compromiso.
No estaba preparado para el compromiso.
Qué expresión de mierda, por cierto. Qué excusa más increíblemente sosa para lo que incordiaba, se retorcía y palpitaba dentro de mí. El monstruo y el miedo que no se podían nombrar.
Asustado, era muy sencillo, estaba asustado.
Ojalá hubiera sido capaz de decirlo. De explicar con palabras claras y sin eufemismos lo que me estaba carcomiendo.
Tal vez mi vida sería distinta hoy en día.
Manfred aparece en mi mesa y tuerce el gesto.
—Tienes una pinta horrible, Lindgren.
—Gracias, muchas gracias. Y tú vas a una caza del zorro, por lo que veo.
Sonríe y se ajusta el chaleco de cuadros. Como siempre, va impecablemente vestido, un anacronismo andante en la segunda planta de la comisaría con un traje de tweed de tres piezas y un pañuelo de seda en el bolsillo del pecho.
—Hago lo que puedo.
—¿Alguna novedad? —pregunto.
—Hemos recibido una tonelada de avisos sobre el retrato de la víctima, el equipo de Bergdahl nos está ayudando a cribarlos. Orre sigue desaparecido sin dejar rastro. Ah, otra cosa. Un tipo que trabaja de cristalero en el centro comercial de Mörby nos ha llamado. Por lo visto arregló una ventana del sótano en casa de Orre hace poco. Según Orre, habían entrado en su casa pero no le habían robado nada. Probablemente por eso nunca lo denunció.
—Tendremos que indagar eso. Dile a Sánchez que quede con él —digo.
—Dios mío, ¿qué haríamos sin Sánchez?
Manfred canta su nombre con un gran vibrato, como un cantante de ópera, y levanta el brazo derecho por encima de la cabeza en un gesto teatral.
Sánchez nos lanza una mirada torva desde su mesa, pero se reprime de decir nada.
Salgo de la comisaría hacia las ocho en punto. Hay un límite en la cantidad de horas extra que estoy dispuesto a invertir, aunque estemos en medio de una investigación importante. Nadie agradece a un agente de policía que sacrifique su vida por el trabajo.
Cuando aparco frente al edificio donde vivo, me da la extraña sensación de que algo va mal. La luz de la escalera está encendida y la puerta ligeramente entreabierta, como si alguien no la hubiera cerrado bien. Saco la pizza que he recogido de camino a casa, entro y empiezo a subir la escalera.
El edificio fue construido en los años cincuenta, las paredes son de un estridente color pistacho y el suelo moteado. Parece que alguien haya esparcido piedrecitas negras y blancas aleatoriamente por el cemento. Cada planta tiene tres pisos y el conducto para la basura obligatorio. Vivo en el ático, algo que me parecía una ventaja hasta que me rompí el pie hace tres años y tuve que subir con muletas.
En la puerta está sentado Albin con un monopatín en la mano. Lleva una sudadera con capucha demasiado fina y tejanos que le cuelgan por debajo de la cadera. Lleva una bolsa desgastada en la mano. El pelo fino y rubio le cae delante de la cara, y las orejas, heredadas de Janet, sobresalen directamente.
—Hola —dice.
—Hola —digo—. ¿Qué haces aquí?
—He discutido con mamá. ¿Puedo quedarme en tu casa?
Estoy desconcertado. Albin nunca ha dormido en mi casa.
—No lo sé. Será mejor que llame a tu madre —digo, al tiempo que saco las llaves y abro la puerta. Dentro, en el suelo, hay un montón de ropa sucia y camisetas que pensaba lavar esta noche. Vuelvo a cerrar la puerta.
—¿No vas a dejarme entrar?
Albin se pone en pie y me mira a los ojos. Parece confundido y angustiado. Tiene la comprensible duda de si puede confiar o no en su padre.
—Sí, por supuesto. Es que… está desordenado.
—Como si me importara.
—No, claro.
Abro la puerta y entramos. La enjuta figura de Albin pasa deslizándose al salón como una sombra y se hunde en el sofá.
—Albin —digo—. Me alegro de verte, pero no sé si es buena idea que pases la noche aquí.
—¿Por qué no?
—Porque…
—¿Qué pasa?
—No tengo cama para ti.
—Puedo dormir aquí —dice Albin, al tiempo que da golpecitos en el sofá. Luego se tumba, se quita las zapatillas y apoya los pies en el reposabrazos.
Veo lo delgado que está y pienso si debería preguntarle si come bien. ¿No es lo que hacen los padres?
—Mañana tengo que levantarme pronto, así que el momento no es el mejor —digo.
—¿Y qué? Puedo quedarme aquí cuando te vayas. Mamá se ha vuelto loca del todo, no puedo ir a casa.
—Además, esta noche tengo que trabajar.
—No te molestaré.
Camino de un lado a otro de la habitación, sin saber qué hacer conmigo mismo. Luego dejo la pizza en la mesita de centro.
—¿Y Janet? ¿Sabe que estás aquí?
Albin se tapa los ojos con el brazo, como si no pudiera aguantar más preguntas.
—No.
—Entonces seguro que está muy preocupada. Voy a llamarla.
Janet aparece una hora después. Hacía mucho tiempo que no la veía de tan buen humor, incluso alegre. Por lo visto le encanta estudiar para ser especialista en uñas. Me enseña sus uñas nuevas, largas y de color rosa fucsia, y le digo que son bonitas aunque no lo crea.
Janet y Albin susurran un rato. Luego ella le da un fuerte abrazo y doy por hecho que se han reconciliado.
No me ha costado convencerla para que venga. Solo he tenido que explicarle que no tengo habitación para Albin, esta noche no. No sonaba ni sorprendida ni enfadada. ¿Por qué iba a estarlo? Nunca he tenido una habitación en mi vida para Albin.
Me coloco junto a la ventana y observo cómo se dirigen a su pequeño Golf rojo. Justo antes de que entre Albin, él se da la vuelta y me mira. Sin saber por qué, retrocedo un paso tras la cortina. Cierro los ojos con fuerza hasta que oigo que se va el coche.
A veces, cuando Albin era más pequeño, coqueteaba con la idea de pasar tiempo de verdad con él. Tal vez llevármelo a un parque de atracciones o a un campo de fútbol. Sin embargo, cuando intentaba imaginarnos juntos, se hacía un nudo en mi interior. No sabía cómo actuar cuando estaba con él.
Me dije que probablemente era mejor esperar a que fuera mayor y entendiera más. Por lo menos sabía hablar con adultos.
Sin embargo, cada año que pasaba se me hacía más difícil. ¿Cómo empiezas a pasar tiempo con tu hijo, al que en realidad no conoces, después de tantos años? ¿Qué demonios se supone que le dices a un desconocido que resulta que es sangre de tu sangre y que podría odiarte porque nunca has estado cerca? Ya ni el fútbol era una opción. ¿Nos quedaríamos ahí con una sensación forzada de solidaridad, una cerveza en la mano, fingiendo que éramos amigos o algo así? ¿O se suponía que debía romper a llorar y explicarle por qué nunca quise tenerlo en mi vida?
Nunca hubo ningún partido de fútbol, claro.
Al día siguiente por la mañana voy a casa de Jesper Orre con Manfred. Aún está acordonada con cinta policial, que se agita y cruje con el fuerte viento mientras recorremos la escasa distancia desde la verja de la puerta principal. Manfred encuentra la llave correcta en el manojo que nos dieron los técnicos, abre la puerta y enciende la luz del vestíbulo.
La sangre ha desaparecido, parece un pasillo normal y corriente. Solo al observar con detenimiento se distinguen los leves rastros de óxido marrón en las juntas de las baldosas de piedra en el suelo y entre la moldura y la pared. La muerte tiene tendencia a filtrarse en las cosas, creo. Como si no quisiera abandonar el lugar que visita. Se abre paso en paredes y suelos y deja el tufo característico de transitoriedad que no se puede eliminar. La mayoría de la gente escoge reformar la casa cuando ocurre algo así.
—¿Qué estamos buscando? —pregunto.
—Ni puta idea. Cualquier cosa que hayan pasado por alto los técnicos.
Empezamos a registrar la casa de forma metódica. Vamos de habitación en habitación, hacemos fotografías, revolvemos en la ropa, la porcelana y medicamentos antiguos. Hacemos fotografías para nuestro propio uso, los técnicos ya han tomado las imágenes oficiales del escenario del crimen.
Es una casa limpia y ordenada, casi estéril, y contiene muy pocos objetos personales. La única fotografía que encontramos, de Orre y unas cuantas mujeres en la playa, está en una estantería del salón.
Manfred la señala con la cabeza:
—Lo han incluido en el informe, no hace falta que hagas una fotografía.
—¿Por qué está roto el cristal? —pregunto, y rozo con el dedo los pocos añicos que quedan en el marco.
Manfred se encoge de hombros.
—Ni puta idea.
—Tal vez una de las mujeres de la foto es la víctima.
—Puede ser. Es imposible saberlo, la imagen está demasiado borrosa.
Como siempre que registramos una casa, me siento extrañamente inquieto. Como un intruso. No hay nada como revolver entre la ropa interior y la despensa de alguien para sentirte como un buitre, aunque sepa que es necesario.
Manfred repasa la estantería, que contiene solo unos cuantos libros, algunos adornos y muchas revistas de negocios. Levanta un montón de libros y estira el brazo hacia el estante.
—¡Mira lo que he encontrado detrás de los libros, Lindgren!
Me acerco a él. Tiene un DVD en la mano. En la portada aparece una mujer desnuda y atada tumbada en un aparcamiento, boca arriba y con las piernas separadas. Al lado hay un hombre de pie con un látigo en la mano, alejándose del fotógrafo.
—Maldita sea…
—Te dije que era un perturbado —murmura Manfred.
—¿Te lo vas a llevar a casa?
Me dedica una sonrisa torcida.
—Para ser sinceros, Afsaneh me castraría si lo encontrara entre mis cosas. A lo mejor deberías llevártelo tú. Por lo visto necesitas un poco de ánimos.
—Claro. El porno violento siempre me pone de buen humor.
Dejamos la película y entramos en la cocina. Los brillantes armarios negros y las encimeras de acero inoxidable me recuerdan a las salas de autopsia de Solna. Incluso el fregadero y el grifo con boca ajustable parecida a una ducha parecen oficiales.
—No es precisamente acogedor —dice Manfred, y frunce el ceño.
Coincido con él, pero agradezco que, incluso después de trabajar tanto tiempo juntos, nunca haya visto mi piso. Imagino lo deprimente que le resultaría mi casa. Manfred y Afsaneh viven en un bonito piso de finales de siglo con cocina de azulejo y arte en las paredes. Tienen cortinas, cojines, alfombras coloridas, libros y todas esas cosas que nunca llegué a comprar. Platos para pasteles, biberones, heladeras y exprimidores se amontonan en los armarios de la cocina. Hay invitaciones a distintos eventos colgadas en el espejo del salón que gritan a los cuatro vientos lo populares que son.
—¿Vamos a comprobar el sótano? —pregunta Manfred, que se dirige al pasillo sin esperar respuesta. Lo sigo escalera abajo, los peldaños crujen a nuestro paso.
Se percibe un suave olor a moho y a detergente. Un zumbido procedente de la sala de calderas. Por algún motivo me empiezo a marear y a sentirme débil, siento la urgencia de sentarme. Sin embargo, sigo a Manfred obediente hasta el lavadero. Enciende la luz y abre los armarios. Hay toallas y sábanas dobladas con esmero debajo de la cesta de ropa interior femenina que los técnicos encontraron escondida en un armario. Vacía con cuidado las prendas en la encimera que hay al lado de la lavadora. Encaje negro y seda roja, rosas y brillantes diamantes falsos. Ahí están, los trofeos de caza de Jesper.
—Mira —dice Manfred, con unas bragas diminutas con perlas cosidas en la entrepierna—. Estas parecen muy incómodas. ¿Se supone que tienes que llevar este… collar de perlas en el… culo? ¿Entre las nalgas o algo así?
No contesto. Pienso en que nunca he visto a Hanne con nada parecido, y seguramente jamás la veré.
Guardamos la ropa interior y pasamos a las cestas de ropa sucia de Jesper. Hay camisas blancas y pantalones idénticos arrugados con toallas y ropa de deporte. Saco unos tejanos y los sujeto delante de mí. Parecen de una talla normal, sin daños raros ni manchas que indiquen nada sospechoso. Justo cuando los estoy dejando, noto algo en el bolsillo trasero, un pequeño bulto, como si alguien hubiera olvidado dinero o un recibo.
Saco una nota manuscrita y la desdoblo. Es media página normal, y la letra es suave y un poco inclinada hacia atrás. Casi parece infantil.
Jesper:
Te escribo porque creo que me debes una explicación. Entiendo que el amor puede
terminar, de verdad. Pero abandonarme la noche de nuestra cena de compromiso, sin dar
explicaciones, no está bien. Y luego fingir que no existo cuando intento localizarte, ¿cómo
crees que me hace sentir eso? Si querías hacerme daño, lo has conseguido, sin duda.
Lo que no sabes es que estoy embarazada de ti. Sea lo que sea lo que sientas por mí,
tenemos que hablar del niño. No espero que ejerzas de padre, pero necesito comentar la
situación contigo. Creo que por lo menos me debes eso.
EMMA