La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 30 de 40

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La desconocida

Hanne

 

Gunilla me envuelve en una manta y me sirve un poco de té. No para de hablarme de la responsabilidad que según ella tengo conmigo misma.

—Si tú le gustas y a ti te gusta él, no entiendo por qué insistes en alejarlo de ti.

—Pero estoy enferma —insisto.

—Por favor, para con eso. A lo mejor no empeoras durante varios años. ¿Vas a quedarte aquí sentada sola hasta entonces? ¿Conmigo y con Frida? Haz algo con tu vida. Si no, puedes volver con Owe.

La idea de Owe y nuestro deprimente piso de Skeppargatan me revuelve el estómago.

—Nunca volveré con Owe.

Gunilla suspira, se hunde en la silla de enfrente y se masajea la espalda dolorida con una mano mientras enciende una vela y bosteza.

—Es justo lo que quiere Owe. Estás atrapada en la autocompasión. No tomas la iniciativa y te comportas como si todavía estuvieras con él. Disfruta de la vida en vez de castigarte.

Reflexiono sobre sus palabras. La idea de que yo pudiera ser demasiado estricta conmigo misma es completamente nueva. Siempre he sido la que se rebelaba, por lo menos hasta que Owe me llevó hasta la sumisión. Owe es el rígido, no yo. Es el padre de mi adolescente desafiante. Sin embargo, a lo mejor Gunilla tiene parte de razón: no me permito nada. Utilizo la enfermedad como excusa para no participar en la vida, que se escapa como la arena de las manos, sin que yo pueda pararla.

—Solo quiero decir que no puedo cargarle con mi enfermedad. No puedo esperar de él que sea mi cuidador.

—Dios mío, escúchate. Es un adulto. Puede decidir si quiere estar contigo. Fuiste sincera y le contaste lo de la enfermedad.

Doy un sorbo al té caliente sin decir nada. A lo mejor tiene razón.

—Entonces ¿qué crees que debería hacer? —pregunto al cabo de un rato.

—No hace falta que tomes decisiones vitales ahora mismo. Sal un poco. Permítete sentir lo que quieras. No te lo tomes todo tan en serio. No vas a casarte y tener hijos, ¿no? Sois dos personas de mediana edad que os gustáis y queréis pasar tiempo juntos. Nada más.

—Pero eso también es un problema. Soy demasiado vieja para él. Debería conocer a una mujer más joven. Formar una familia. Ya sabes, esas cosas.

—No parece que quiera una familia. A lo mejor no es lo suyo. Además, ya tiene un hijo, ¿no?

Pienso en Albin, el chico al que nunca ve y del que nunca quiere hablar. Hay muchas cosas de Peter que no entiendo, muchas rarezas. A lo mejor la vida es así. La gente toma decisiones extrañas y es imposible entender siempre del todo a todo el mundo. A veces hay que aceptarlos como son. De hecho, lo mismo me pasa con Owe. No sé muy bien por qué es como es, pese a haber vivido tantos años juntos. Lo único que sé con certeza es que ya no le soporto. Que estoy harta.

—Puede ser —digo—. Ya veremos.

—A lo mejor es bueno —dice Gunilla, y asiente despacio.

Gunilla se va a colgar la colada en el sótano y yo me quedo en la cocina, mirando la cálida llama titilante de la vela y pensando en los niños que nunca llegaron. Los hijos que jamás crecieron en nuestro piso grande, que nunca empezaron el colegio ni entraron en los escoltas. Nunca llegaron a casa con las rodillas con rasguños, ni jugaron a videojuegos, ni pidieron más dinero en la paga. Nunca se licenciaron ni tuvieron novios ni novias, nunca se fueron de casa.

No los eché de menos hasta que ya era demasiado tarde. Sin embargo, luego, cuando ya era demasiado mayor, de pronto me invadió la tristeza de lo que nunca sucedió. A veces casi sentía que adoptaba una forma física, se materializaba entre Owen y yo en la mesa durante la cena y nos separaba.

Abro la libreta que está encima de la mesa de la cocina. Arranco una hoja y saco un bolígrafo. Empiezo una lista titulada «Seguir viendo a Peter».

En la columna de ventajas, escribo:

Compañía.

Buen sexo (¡por fin!). Amor verdadero (¿?).

Algo que he elegido, por mí.

Pienso un momento y continúo con la columna de desventajas:

Se complica si/cuando empeoro.

Se vuelve insoportable si/cuando me traicione otra vez.

Observo la lista un rato sin volverme más sabia. Luego la muevo encima de la vela y dejo que prenda el fuego. La llama sube y una ola de calor me azota en la cara mientras mis miedos y esperanzas quedan reducidos a cenizas.

Estoy a punto de apagar la vela de un soplo cuando me suena el móvil. Es Manfred. Suena sin aliento, como si acabara de subir corriendo un tramo de escalera. Cuando oigo lo que me cuenta, comprendo que algo más lo hace sonar así: la emoción y tal vez un punto de estrés.

—Jesper Orre tenía una relación con Angelica Wennerlind, y no se puede obviar que ella también está muerta. El equipo de investigación se reúne en media hora, ¿puede venir?

 

De camino a la comisaría, pienso en Peter. En lo extraño que es que nunca me haya explicado por qué no se presentó aquella noche hace diez años. Me gustaría preguntárselo algún día. No porque siga enfadada, sino porque necesito entender qué pasó. En qué estaba pensando cuando me dejó en ese porche, sola con mi vergüenza y mis dos viejas maletas repletas de pegatinas de mis vacaciones de la infancia.

Aquello me alteró la vida, fue decisivo, y él nunca me dio una explicación. Solo esa estúpida carta en la que decía que no podía vivir conmigo porque acabaría haciéndome daño.

«¿Hacerme daño, cómo?», quiero preguntarle. «Como si su traición no doliera lo suficiente», pienso mientras miro por la ventanilla del coche y el taxi se para en la entrada de la comisaría.

Salgo a la oscuridad, tan negra y densa que es casi imposible tocarla. Pienso en los inuit. No les da miedo la noche polar. Se tumban en el hielo a la espera, al lado de los agujeros de respiración de las focas, hasta que uno de esos animales gordos con forma de bobina aparece. Esperando el momento oportuno para lanzar los arpones.

Mejor dicho, así lo hacían hasta que llegaron los daneses. Ahora me han dicho que todo son películas y cerveza, incluso en los rincones más remotos de Groenlandia. Sentarse inerte delante del televisor ha sustituido a esperar alerta encima del hielo hasta en los pueblos más pequeños.

Hace siete años conseguí convencer a Owe de que deberíamos ir. El vuelo a Nuuk estaba reservado, además del transporte a Ittoqqortoormiit, vía Kulusuk. Teníamos a alguien que cuidaba de Charlie, nuestro perro por aquel entonces, y Owe se había cogido dos semanas libres. Pero luego pasó lo de Edith.

Owe era el asesor de Edith en la parte psiquiátrica y Edith era una médico residente. Pronto me percaté de que era más que eso. Había algo en la manera que tenía Owe de hablar de ella, de mencionar su nombre todo el tiempo, de deleitarse en la primera sílaba cuando la pronunciaba.

Eeeeedith.

Sabía que pronto se cansaría de ella. Siempre le pasaba, sobre todo con las mujeres más jóvenes, que no le ofrecían estímulo mental suficiente. Aunque él fuera un viejo verde, su vanidad necesitaba a alguien que fuera reflejo de su intelecto y lo reforzara, y esas mujeres más jóvenes normalmente no podían ofrecérselo.

Terminó justo como pronostiqué. Al cabo de unas semanas dejó de hablar de Edith. Sin embargo, una noche, dos días antes de irnos a Groenlandia, entró en el dormitorio y se quedó detrás de mí. Yo estaba haciendo la maleta de espaldas a él y me puso las manos en los hombros con cuidado.

—No puedo ir, Hanne.

Doblé con cuidado la ropa interior térmica y la metí en la maleta que estaba encima de la cama. Me di la vuelta y le miré a los ojos.

Me soltó y miró por la ventana.

—Es Edith. Ha tenido un aborto.

 

Lo difícil con Edith no es que se hubiera follado a mi marido, muchas lo habían hecho. Lo difícil era que se había quedado embarazada cuando yo no podía. Que su cuerpo joven estaba preparado para engendrar un hijo de Owe.

En realidad, Edith no cambió nada entre Owe y yo. Nuestra relación era lo que era, solo que nunca fuimos a Groenlandia. Después de aquel episodio, ya no tuve ganas de ir a ningún sitio con él. Ahora empiezo a sospechar que mi obsesión con Groenlandia es por algo más. Que Groenlandia es una especie de símbolo de todo lo que no salió bien en mi vida. Que el país encarna todas las esperanzas y deseos que tuve alguna vez.

 

La oficina está iluminada como un árbol de Navidad, hasta en el pasillo, y el ambiente es animado pero también tenso, como si todo el mundo fuera consciente de que ha ocurrido algo crucial. Manfred y Peter están hablando, y Bergdahl, el investigador que ayuda a cribar las pistas, camina de un lado a otro de la sala formando grandes círculos con las manos en los bolsillos.

Peter levanta la mano y le contesto con un gesto de la cabeza. Intento evitar mirarle demasiado. A lo mejor me da miedo que vea lo que siento.

Owe siempre decía que sabía lo que estaba pensando y sintiendo con solo mirarme. A medida que fueron pasando los años, empecé a creer que era cierto, porque casi siempre tenía razón. Sin embargo, visto desde ahora, creo que probablemente era otra manera de ejercer poder sobre mí. Estaba tan obsesionado con controlarme que quería hacerme creer que no podía pensar por mí misma sin su aprobación.

—Tanto Angelica Wennerlind como Emma Bohman tenían relaciones con Jesper Orre —dice Manfred, mientras sirve café recién hecho en unos endebles vasos de plástico—. Tenemos que pensar que puede haber por lo menos una víctima más que no hemos encontrado. La zona de alrededor de Orre se volverá a registrar mañana por la mañana y se ampliará el radio. Bergdahl se encargará de eso. Crucemos los dedos para no encontrar más cuerpos en esa manzana: jamás superaríamos esa vergüenza. Sánchez está trabajando en intentar relacionar a Orre con el caso Calderón y, aparte, estamos esperando la confirmación del odontólogo de la identidad de la mujer de la casa de Orre. Deberíamos tenerla en las próximas horas.

—Qué puto psicópata —murmura Bergdahl.

Manfred me mira.

—¿Usted qué dice, Hanne? ¿Orre era un psicópata?

Me encojo de hombros. Me alegra y preocupa a la vez que Manfred piense que puedo valorar algo así sin ni siquiera haber conocido a Jesper Orre. La gente suele cometer ese error: cree que los psicólogos y especialistas en ciencia del comportamiento pueden diagnosticar a la gente con solo leer un informe de la persona. Como si evaluar la salud mental de una persona fuera algo que se aprende en un curso por correspondencia.

—La palabra «psicópata» se utiliza mal. Hoy en día a todo el mundo se le llama psicópata.

—A la mierda las sutilezas psicológicas ahora mismo —dice Manfred.

—Las sutilezas psicológicas son mi profesión —digo—. Y no voy a abandonarlas solo porque usted quiera llegar a una conclusión precipitada. Según lo que sabemos de él, no hay nada que indique que fuera un psicópata. Acostarse con mucha gente y preferir el sexo duro no significa que también te guste matar a gente. Y ser un capullo en el trabajo tampoco es especialmente decisivo. Claro que podría haber matado a esas chicas, pero no hay mucho en su pasado que sugiera que sea capaz de algo así. Es lo único que puedo decir.

—De acuerdo —dice Manfred—. Pero ¿usted qué cree?

Lo pienso un momento, me acerco a la pared y observo la información que hay colgada sobre Orre, Calderón y las mujeres desaparecidas. Hay algo que no encaja, algo que acecha bajo la superficie que no quiere revelarse, y resulta frustrante.

—Algo no encaja —digo.

—Vaya, no me diga —contesta Manfred con acidez.

No le hago caso y paso el dedo por los papeles. Me paro en el documento sobre el pasado de Emma Bohman. Criada en Kapellgränd, en Södermalm. Fue a la escuela de primaria Katarina Norra. Empezó a trabajar en Clothes&More hace tres años. Su madre murió en septiembre de este año y su padre en mayo de hace exactamente diez años.

—¡Aquí! —digo—. ¡Aquí está!

Cuando estoy dando forma a mis pensamientos, me interrumpe un móvil.

Manfred levanta la mano y contesta.

—Sí —dice—. De acuerdo. ¿Está seguro? Gracias, hasta pronto.

Cuelga, deja el teléfono en la mesa y se lleva las manos a la nuca.

—Era Sánchez. La mujer asesinada ha sido identificada como Angelica Wennerlind.