La desconocida
Hanne
Es culpa de Owe que esté aquí, en la entrada de la comisaría. Anoche, tras el concierto en la iglesia Hedvig Eleonora, tuvimos una discusión horrible, de esas que son como una explosión de locura. No, él enloqueció. Me dijo lo irresponsable e infantil que era incluso plantearse reunirse con la policía para hablar de trabajo, con la cocina llena de notas, cuando ni siquiera recuerdo qué pan le gusta a él de la tienda (ese con espelta y semillas de calabazas, sí lo recordaba, solo compraba otro para fastidiarle).
Quería decirle que se comprara él su maldito pan, pero no lo hice, claro. Cogí a Frida y me fui a dormir a la estrecha cama del cuarto de invitados. Intenté pensar por qué me costaba tanto decirle que no a Owe, por qué le dejaba tratarme de esta manera.
No encontré una buena respuesta.
Al día siguiente por la mañana, cuando Owe se fue a trabajar, llamé al detective y le dije que estaría encantada de ir a hablar un rato con ellos, ¿le iba bien mañana?
Me dijo que era perfecto.
La chica joven que me acompaña a la sala de reuniones de la segunda planta charla sobre el tiempo. Pregunta si he tenido problemas para llegar con tanta nieve. Le respondo con educación que el metro funcionaba bien y que iba tan abrigada que podría dormir al aire libre.
Me sonríe con pena mientras mira mi abrigo holgado.
Llegamos a la puerta. La mujer llama y, al cabo de unos segundos, se abre. No sé qué esperaba, pero no esto.
En el centro de la sala, junto a la ventana, esta él sentado.
Peter.
Es como si de pronto toda la sangre me bajara a las piernas. Como si el aire fuera succionado de un modo misterioso por las grietas de la ventana y en la sala se hiciera el vacío. Siento un hormigueo en la punta de los dedos y me da un vuelco el corazón, como si quisiera salir, como si quisiera huir de ese hombre de mediana edad, en apariencia inocente, que está sentado en la silla azul.
Está tal y como lo recuerdo. Quizás más cansado y un poco más redondeado en la barriga. El pelo claro, canoso y corto y los ojos verdes y profundos. La nariz aguileña y afilada, recuerda a las películas de la mafia de los años sesenta. Las manos finas, tan delicadas que podrían ser de una mujer.
Sé exactamente de lo que son capaces esas manos.
La imagen surge de la nada y me pone enferma. De nuevo tengo que reprimir el impulso de dar media vuelta y huir de la sala. Sin embargo, me fuerzo a quedarme quieta, aunque mi cuerpo quiere hacer algo completamente distinto.
—Hola —digo.
—Bienvenida —dice un hombre enérgico y sonrojado, ataviado con una camisa rosa y un pañuelo amarillo.
Tiene un aspecto gracioso, fuera de lugar dentro del gris institucional propio de la comisaría. Como si fuera un viejo amigo de una de las cacerías de Owe que, por algún motivo inexplicable, hubiera acabado allí.
Una mujer de unos treinta y tantos años, morena, se acerca y se presenta. Sonrío, le doy la mano, pero no oigo lo que dice. Luego se queda delante de mí. El cuerpo de Peter sigue teniendo algo juvenil, la manera de moverse. Unos andares de banda juvenil que nunca eliminó del todo. Me tiende la mano y veo con claridad que le incomoda la situación.
Le doy la mano, pero evito mirarlo a los ojos verdes. Aun así, mi reacción es tan palpable, tan física, que me asusto. Es como si alguien me hubiera dado una fuerte patada en el estómago. Luego pasa el momento y nos separamos. Me quito el abrigo, lo dejo en una silla y digo que no cuando la mujer me ofrece un café. No me fío de que mis manos sean capaces de sujetar la taza con firmeza.
Observo la mesa blanca. Unos pequeños rasguños atraviesan la brillante superficie. Veo a Peter por el rabillo del ojo. Está mirando por la ventana.
—Como he dicho, le agradezco mucho que haya venido —dice el hombre corpulento—. Nos conocimos brevemente hace diez años por la investigación del asesinato de Miguel Calderón.
Asiento y lo miro a los ojos. Él abre una gruesa carpeta y se pone a sacar informes y fotografías. El papel está amarillento y las fotografías manoseadas. Las deja sobre la mesa.
Me inclino hacia delante y estudio las imágenes en blanco y negro. Los recuerdos brotan de forma desenfrenada: el olor de la morgue, la cabeza del joven, colocada a varios centímetros de su cuerpo, el cuello plantado en el suelo intencionadamente y hacia la puerta. Los ojos de la víctima, que se mantenían abiertos con cinta, me persiguieron en sueños durante meses.
—Miguel Calderón, veinticinco años, empleado temporal con todo tipo de trabajos —continúa el agente corpulento en tono suave, ahora recuerdo que se llama Manfred—. Su hermana, Lucía, lo encontró muerto en su piso de Hornsbruksgatan cerca de Zinkensdamm el quince de agosto de hace diez años. Llevaba una semana intentando localizarlo y estaba preocupada. Tenía una llave de su piso, así que entró y lo encontró muerto en el suelo del salón. La causa de la muerte fueron las numerosas puñaladas en el cuello con un objeto parecido a una espada que nunca se encontró. La cabeza había sido separada del cuello y colocada al lado, en el suelo, con los párpados abiertos, sujetos con cinta aislante, como si el asesino quisiera que todo el que entrara en la habitación se viera obligado a mirar a los ojos de la víctima.
Asiento, concentrada en las imágenes, y noto cómo el corazón se va calmando poco a poco. Siento que vuelve el oxígeno. Pienso en lo extraño que resulta que un asesinato brutal de hace diez años funcione tan bien como distracción. Tal vez pueda fingir que en realidad él no está sentado a unos centímetros de mí. Quizás pueda imaginar que se ha ido si me esfuerzo lo suficiente.
Concentrarme en la muerte.
Manfred Olsson deja los gruesos montones de papel en la mesa de un golpe y continúa:
—La investigación fue una de las más extensas de la historia de Suecia, tal vez la de mayor envergadura, aparte de la del asesinato de Olof Palme, claro. Entrevistamos a cientos de testigos y conocidos, estudiamos y tomamos muestras de un montón de gente. Sí, encontramos una colilla junto a la puerta, así que teníamos el ADN de quien podría ser el asesino. El caso fue objeto de una gran cobertura televisiva. Incluso hubo un periodista que escribió un libro sobre él en el que argumentaba que Calderón fue víctima de un asesino chileno que perseguía a refugiados políticos en Suecia con el permiso de la agencia de inteligencia sueca. Seguro que lo recuerdas todo, ¿verdad, Hanne?
Asiento.
—Y ahora esto —Manfred Olsson continúa y añade despacio señalando lo que parecen ser fotografías nuevas encima de la mesa—. El domingo por la noche una mujer joven fue encontrada muerta en el barrio de Djursholm. La causa de la muerte fueron las numerosas puñaladas en el cuello, como en el caso de Calderón. La cabeza estaba separada del cuerpo, colocada erguida en el suelo, de cara a la puerta.
—¿Los párpados estaban sujetos con cinta para que se mantuviesen abiertos?
Casi me sorprende que me haya atrevido a plantear la pregunta, que sea capaz de hablar.
La mujer morena lo niega con la cabeza.
—No, no había cinta. Y en este caso también encontramos el arma homicida. Un machete. Lo hemos enviado al laboratorio nacional para que lo analicen.
No puedo evitar mirar a Peter. Está pálido y tiene los brazos cruzados en el pecho. Está visiblemente alterado, y en cierto modo lo siento como un triunfo: una victoria pequeña, sucia, pero disfrutable.
Manfred Olsson continúa:
—Recuerdo que por aquel entonces tenía usted muchas teorías interesantes sobre el asesino. Me gustaría preguntarle si cree que podría ser la misma persona.
Observo las fotografías de muerte y caos esparcidas delante de mí. Como de costumbre, siento una especie de tristeza, pero también fascinación por el deseo irrefrenable de los seres humanos de matarse entre sí. Y algo más: un hormigueo, tal vez un anhelo de sumergirme en el caso, de darle vueltas y más vueltas desde todos los ángulos. Ir construyendo poco a poco una imagen del asesino hasta convertirlo en un ser humano de carne y hueso.
Me encanta la investigación, pero el trabajo policial tiene algo que proporciona un tipo de satisfacción totalmente distinta. Me paso el día trabajando en teorías, así que es increíblemente emocionante aplicar ese conocimiento.
De pronto me doy cuenta de lo mucho que he echado de menos esa vertiente práctica de las cosas.
—Como se imaginarán, en realidad no puedo decir nada definitivo sin estudiar más a fondo la investigación —digo—. Pero mi primera impresión es que… es obvio que las víctimas son distintas, un hombre y una mujer, igual que los escenarios del crimen. Además, en este nuevo caso el arma homicida apareció en el escenario del crimen, algo distinto del caso Calderón. Sin embargo, diría que las semejanzas en el enfoque son demasiado claras como para pasarlas por alto. Sin duda, deberían estudiarlo bien. Pero eso ya lo sabían, si no, no me habrían pedido que viniera.
El policía corpulento asiente.
—¿Quién haría algo así? —pregunta la mujer morena—. ¿Un lunático?
Esbozo una leve sonrisa. Con demasiada frecuencia se utiliza mal la palabra «lunático» en nuestra sociedad.
—Depende de lo que entienda por «lunático». Por supuesto, podría decirse que una persona tiene que estar loca de algún modo para cometer este tipo de crimen. Sin embargo, si nos enfrentáramos a un asesino con una enfermedad mental grave, sería incapaz de cuidar de sí mismo, y tampoco habría podido borrar su rastro o esconderlo. Lo más probable es que ya lo hubieran detenido.
—¿Se refiere a un hombre? —La agente de policía se inclina hacia delante y me mira a los ojos.
—Sí, la gran mayoría de los asesinos son hombres. Sobre todo en este tipo de… crimen violento. Por supuesto, no se puede descartar la posibilidad de que sea una mujer. Aquí hablamos de probabilidades, no es una ciencia exacta.
—Y lo de cortarle la cabeza y colocarla en el suelo… ¿qué significa? — pregunta.
Yo me encojo de hombros y luego digo:
—Bueno, recuerdo que especulamos con que podía ser una manera de menospreciar a la víctima, probablemente el asesino conocía a Calderón y albergaba un profundo odio hacia él. Lo bastante fuerte para querer demostrárselo al mundo. La acción en sí, la decapitación, es un indicador de… rabia. Históricamente, la decapitación se ha usado en todo el mundo durante miles de años como castigo de los crímenes más serios. De hecho, el término «pena capital» procede del latín caput, que significa «cabeza». Hoy en día se sigue usando en algunos lugares, como Arabia Saudí, por ejemplo. La última decapitación en Suecia fue en 1900, pero en muchos países europeos prosiguieron hasta bien entrado el siglo XX. Se estima, por ejemplo, que más de quince mil personas fueron decapitadas en Alemania y Austria entre 1933 y 1945. En muchos países europeos la decapitación se consideraba más honrosa que, por ejemplo, la horca o la hoguera, y era el método de ejecución reservado a nobles y soldados. Sin embargo, en algunas culturas como la china se consideraba una desgracia. Los celtas decapitaban a sus enemigos y colgaban las cabezas de sus caballos. Tras la batalla, esas cabezas se embalsamaban, se guardaban para mostrarlas después, algo que enfurecía a los romanos, que pensaban que los celtas eran unos bárbaros. Sin embargo, para los celtas era natural decapitar a sus enemigos porque la cabeza simbolizaba la vida, el alma.
La sala está en silencio y me doy cuenta de que mi discurso ha impresionado a esos duros agentes de policía.
—¿Existe alguna relación entre las víctimas? —pregunto.
—No que sepamos, pero estamos trabajando en ello —dice Manfred Olsson—. En realidad tenemos un sospechoso por el asesinato del domingo pasado, así que estamos investigando si está vinculado o no a Calderón.
Vuelvo a mirar la fotografía de la cabeza de mujer degollada. Intento imaginar qué puede hacer que alguien le haga eso a otro ser humano. Qué mecanismos hay que activar para que una persona cometa semejante crimen.
—¿Quién era la chica? —pregunto, al tiempo que deslizo el dedo con suavidad por la imagen.
La sala está en silencio. Al otro lado de la ventana, la nieve continúa cayendo. Unos copos grandes y suaves pasan agitados por el fuerte viento, que lo oscurece todo fuera.
—No lo sabemos —dice Peter, que de pronto me mira a los ojos por primera vez.
Siento el dolor en su mirada antes de que la baje. Por lo visto los demás no han notado la tensión que hay entre nosotros, pues el policía fornido se apresura a añadir:
—Me gustaría saber si le interesa ayudarnos un poco con el caso. Como consultora, claro. No sería un trabajo a tiempo completo, solo unas horas. Si tiene el tiempo y las ganas, claro.
Estocolmo está envuelto en una niebla blanca cuando camino por Hantverkargatan hacia el ayuntamiento. Los copos de nieve me azotan la cara y todo está tranquilo. Habría sido más rápido ir en metro, pero necesitaba aclarar las ideas, deshacerme de Peter, que había entrado en mi vida de nuevo. El tráfico avanza despacio entre la densa nevada y los pasos crujen mientras regreso a la ciudad.
Peter Lindgren.
En realidad, lo raro es que no me lo haya encontrado antes. Seguí trabajando un tiempo para la policía después de aquello. A veces pensaba que él estaba en algún lugar de la comisaría, trabajando en un caso como si no hubiera pasado nada. Por aquel entonces, me alteraba tanto que me costaba respirar. Pero la vida es así. La gente se traiciona todo el tiempo, y la vida continúa, te guste o no. A la vida no le importa lo que queremos.
La torre rojiza del Ayuntamiento desaparece en la niebla, como si continuara hacia el cielo y más allá en la negritud del espacio y hacia la eternidad. Tal vez un día tendré la memoria tan afectada que él también desaparecerá, creo. Borrado como la ciudad con esta bruma de nieve.
Eso espero.
En el peor de los casos, ocurrirá lo contrario: todo lo demás desaparecerá y lo único que quedará será su recuerdo, su cuerpo, sus palabras.
Nos conocimos cuando trabajaba de consultora en una investigación sobre el asesinato de dos prostitutas en Märsta, al norte de Estocolmo. Recuerdo que al principio no me impresionó especialmente. Era uno de los muchos agentes de policía que se cruzaban en mi camino. Tal vez pensara que era un poco débil. Tenía un punto casi de inseguridad, no en el sentido físico, algo en su manera de expresarse era indeciso, como un tiovivo. Recuerdo pensar que era un agente de policía raro, porque los policías tendían a ser directos, claros y seguros.
Luego se produjo el incidente en el ascensor.
Estaban reformando la comisaría y cortaron un cable de alimentación mientras Peter y yo estábamos en el ascensor, entre la planta baja y la primera. En un instante se hizo la oscuridad y el ascensor se paró. Pasados unos segundos, apareció una luz débil y azulada a los pies, presuntamente una luz de emergencia. Pasamos mucho tiempo hablando con un guardia confuso por el pequeño interfono incorporado, hasta que nos dijeron que lo único que podíamos hacer era sentarnos a esperar ayuda, que podía tardar un rato.
Al final tuvimos que esperar más de tres horas hasta que la brigada de bomberos llegó al rescate. Fue durante esas tres horas cuando conocí a Peter.
Al principio hablamos de esto y aquello. En realidad, sobre todo hablamos de trabajo, del caso que estábamos investigando y cómo podía ser que dos adolescentes normales y corrientes acabaran de prostitutas cuando desde fuera parecía que tuvieran todo lo necesario. Pronto derivamos a un terreno más personal. Le hablé de mi relación con Owe, recuerdo que me sorprendió mi sinceridad con Peter: le conté cosas de Owe que ni siquiera explicaría a mis amigos. Sin embargo, había algo en su actitud, la manera suave pero insistente de hurgar en los asuntos importantes de la vida, que me llevó a dejarle entrar en los ámbitos más privados de la mía.
Tal vez fuera porque él también se atrevió a compartir sus pensamientos más oscuros y prohibidos.
Me habló de su hermana, que murió de adolescente, y de la relación amorosa que terminó. De su hijo de cinco años, al que casi nunca veía, y de su tristeza por convertirse en una persona que no le gustaba. En cómo le hacía sentir darse cuenta de una forma cruel de que no era un hombre especialmente bueno. Esas fueron las palabras exactas que utilizó para describirse: «No soy un hombre muy bueno». Lo dijo con naturalidad, como si hablara de un coche o un piso. Parecía creer en serio que Albin, su hijo, estaba mejor sin él.
Intenté explicarle que todo el mundo tiene sus defectos pero que los niños, sobre todo los pequeños, necesitan un padre, aunque no sea perfecto. La sociedad nos hace creer que la paternidad va de perfección, cuando en realidad el mero hecho de estar es mucho más importante.
Pero ¿qué sabía yo? No tenía hijos.
Dijo que lo único que sabía con certeza era que creía ser buen agente de policía, así que estaba decidido a aferrarse a eso. Tal vez debería habérmelo tomado como una advertencia, pero en cambio despertó mi curiosidad. Como siempre que conocía a alguien un poco roto, sentí la urgencia de intentar curarlo.
Como si yo pudiera arreglar a Peter.
Dos semanas más tarde fui a su casa después del trabajo. No sé muy bien cómo, pero pasó. Dormí en su pequeño piso de una habitación en Farsta y nos pasamos toda la noche haciendo el amor. Recuerdo pensar que fue mágico, despertó algo en mí que llevaba muchos años dormido. La sensación de conexión absoluta: física, emocional y, sí, casi espiritual.
Me estremezco al pensarlo. Ahora me parece de una banalidad horrible, en medio de una tormenta de nieve, diez años después. ¿Qué teníamos en común, aparte de una especie de amargura porque la vida no había salido como esperábamos? Una soledad que nos empujó a uno en brazos del otro. ¿Cómo íbamos a poder construir una vida juntos? Él era diez años más joven y yo estaba casada. Muy casada. No teníamos el mismo bagaje, ni los mismos intereses ni marcos de referencia.
Aun así.
Toda la noche, todo el día. Sus brazos toqueteaban con avaricia mi cuerpo. Hicimos el amor en su cama, en su coche patrulla y en el lavabo del trabajo. Como si fuéramos adolescentes. Apenas podíamos estar sentados en la misma sala sin mirarnos, sonrojarnos y soltar una risita. Nuestros colegas intercambiaban miradas elocuentes y hacían gestos de incredulidad.
Me paro en el parque Berzelii. Intento discernir el contorno del Teatro Real entre la tormenta de nieve. Muevo la cabeza hacia atrás, abro la boca y dejo que los copos de nieve aterricen en la lengua. Saboreo el cielo mientras cae sobre mí.
Owe se dio cuenta de que estaba enamorada, claro. Esas cosas se ven, aunque tú no lo creas. Pero no comentó nada, no en ese momento.
Al cabo de un año aproximadamente, Peter y yo empezamos a hablar de ser una pareja de verdad, de vivir juntos. De hecho, era yo la que tenía dudas, por los motivos equivocados, lo admito. Pensaba demasiado en lo que opinaría la gente si dejaba a mi marido por un agente de policía diez años más joven y me instalaba en las afueras. Yo, que lo tenía todo: una casa bonita, una carrera brillante y un hombre al que todo el mundo admiraba.
Salvo yo, claro.
Peter era obstinado. Me quería, me dijo. Aunque nunca pudiéramos tener hijos y tuviéramos que pagar un precio alto por nuestro amor. Quería estar conmigo porque me quería y no podía vivir sin mí.
Bla, bla, bla.
Palabras, solo palabras. O tal vez en ese momento era cierto que se sentía así. Sí, tuvo que ser así.
Sea como fuere, al final logró convencerme y decidí dejar a Owe. Fui a casa a recoger lo que necesitaba y Peter prometió recogerme en la puerta a las cinco de la tarde.
Recuerdo estar emocionada y sentirme culpable mientras hacía la maleta, como una niña que roba dulces. Justo cuando salía del piso llegó Owe a casa, lo que no formaba parte del plan, pues normalmente no llegaba antes de las seis. Se lo conté tal cual, que había conocido a alguien y le dejaba. Que no le quería y que nuestro matrimonio era como una cárcel. Se enfadó, empezó a gritar que me arrepentiría de aquello, que solo era cuestión de tiempo que regresara a rastras a casa a suplicarle volver. No contesté, me fui sin ni siquiera cerrar la puerta. Durante todo el camino hasta la entrada lo oí gritar desde arriba. Mucho después de que se distinguieran las palabras, su voz airada seguía causando eco en la escalera.
Fuera estaba oscuro y una leve llovizna caía sobre el asfalto. Dejé la maleta en los escalones y me senté al lado, de pronto superada por una fatiga soporífera. Me sentía como si alguien tirara de mí hacia el suelo y las piernas ya no me aguantaran más, así de cansada estaba.
Ahí me quedé, sentada.
El reloj marcó las cinco y luego las cinco y media. A las seis menos cuarto llamé a Peter para preguntarle dónde estaba, pero no contestó. A las seis y media empecé a darme cuenta de que no iba a llegar, pero no tenía fuerzas para moverme, era incapaz de abandonar esos escalones de piedra. Dejó de llover y se levantó un viento frío que olía a mar y a agotamiento. Se coló por debajo de mi chaqueta fina y se acomodó en mi corazón. Me congeló desde dentro.
Cuando Owe bajó a recogerme a las nueve y yo no protesté, me dolió cuando me agarró con furia por el brazo. Lo seguí hasta el piso sin decir nada.
Al cabo de una semana me llegó una carta. Peter me explicaba que no podía vivir conmigo, que solo me haría daño, que así era él, que él «hería a las personas», y que era lo mejor para todos los implicados, yo incluida, que no nos viéramos más.
Llego a la tienda Sveskt Tenn de Strandvägen, apoyo la cara contra el escaparate nevado y miro dentro. Es casi igual que nuestro piso. Esa elegancia colorida y burguesa con toques étnicos. Exclusivo sin ser ostentoso. Con gusto sin trasmitir ansia. Pasa un tranvía y cierro los ojos, intentando expulsar a Peter de mi conciencia. Intento permanecer en el aquí y ahora, en medio de una tormenta de nieve. De camino a casa con el hombre que sigo sin amar. Mi única salvación era el olvido.