La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 31 de 40

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La desconocida

Emma

 

Una semana antes

Primera noche en el cobertizo. Cierro los ojos con la esperanza de que el saco de dormir sea tan bueno como me dijeron. De momento está bien, pero llevo el gorro y el abrigo, tumbada inmóvil en mi capullo de poliéster amarillo.

Pienso que soy igual que la mariposa. Estoy aprovechando el tiempo, esperando a que ocurra mi transformación para hacer lo que estoy predestinada a hacer. Juego con los mechones cortos del pelo y pienso en Olga y en Mahnoor caminando de un lado a otro de la tienda, escuchando esa banda sonora repetitiva, desesperante, un día tras otro. Me dan pena. No son más que animales enjaulados. Yo soy infinitamente más libre. Estoy rota y me han dejado, pero soy libre. Pronto, muy pronto, terminaré lo que empecé.

El plan es sencillo. Esperaré hasta que la mujer morena y la niña salgan de la casa, luego iré a hablar con Jesper. Le obligaré a escucharme, aunque tenga que amenazarle. Y esta vez no escapará. Merezco saber la verdad.

No sé muy bien qué ocurrirá después, pero no le voy a hacer daño, no soy un monstruo.

Un monstruo es una persona que miente y engaña. Alguien que desguaza y destroza las cosas por diversión. Que deja en ruinas la vida de otra persona, como una ciudad bombardeada o un bosque quemado.

Un monstruo es alguien que hace todo eso y disfruta.

Como Jesper.

Mamá me decía que debía andarme con cuidado con los hombres, que siempre están buscando algo. Hacía que sonara como si quisieran robarme algo: mi dignidad, o tal vez mi independencia. Ojalá me hubiera contado la verdad. Es justo lo contrario. Nunca te deshaces de los hombres a los que dejas acercarse. Es como si se quedaran encallados en el acto en tu vida.

Jesper. Woody.

Los llevo conmigo vaya donde vaya. Están en mis pensamientos y en mis sueños. Incluso mi cuerpo los recuerda: su aroma, la sensación de su piel suave y cálida, el sonido de gemidos amortiguados y la respiración fuerte al oído.

Ojalá pudiera limpiarlos como la suciedad. Ojalá con agua y jabón pudiera eliminar lo que no puedo borrar de mi conciencia. Ojalá de un modo misterioso pudiera retroceder en el tiempo a antes de conocerlos. A cuando aún tenía esperanzas y una visión clara e ingenua de cómo sería mi vida.

 

Me despierto porque algo me hace cosquillas en la mejilla. La luz gris se filtra a través de las ventanas sucias, en las que se había extendido la escarcha durante la noche. Aunque en el cobertizo la temperatura debe de ser inferior a cero, no tengo frío. Pero me duelen el cuello y la espalda después de una noche en ese sofá duro y demasiado corto.

Me siento, tengo poca energía, cojo el termo y vierto el líquido caliente en una taza de hojalata. El suelo está helado y me pongo enseguida unos pantalones de esquí. Luego me acerco a la ventana con mis prismáticos. Ahora veo que la escarcha está en el interior de la ventana. Elimino un poco con la manga. El cielo tiene un color gris acero apagado, como si llevara más nieve. La ladera que baja hacia la casa de Jesper está intacta bajo una capa gruesa de nieve recién caída. Nadie, ni niños con trineos, ni siquiera un perro, ha estado cerca de mi escondite durante la noche.

Es casi divertido.

Están sentados en la cocina desayunando, exactamente en los mismos sitios que ayer. Como si llevaran ahí sentados toda la noche y hubieran cambiado la carne por los cereales. La niña pequeña rubia también está. Lleva un pijama de rayas, y la mujer una bata gruesa blanca, como si saliera de un anuncio de un spa. Jesper sigue sentado de espaldas a mí, como si supiera dónde estoy y quisiera demostrar con su indiferencia lo poco que le importo.

«Puedes ponerte de espaldas a mí, pero no puedes escapar —pienso—. Ahora estoy cerca, casi puedo estirar el brazo y tocarte, a ti y a tu vida perfecta. Meterme y hacer que se desmorone como el débil castillo de naipes que es».

La idea me pone de mejor humor y saco pan de la bolsa que hay debajo de la vieja barbacoa oxidada y desayunamos todos juntos, o como se llame lo de que yo desayune mientras veo cómo desayunan ellos. Al cabo de un momento, Jesper sale de la cocina. La mujer y la niña se quedan. Al cabo de cinco minutos vuelve, vestido con una especie de ropa de deporte. La mujer morena, que sigue sentada en la mesa, se reclina de manera que la bata se abre, y Jesper se inclina hacia delante y la besa al tiempo que mete la mano debajo de la bata sobre su pecho.

Dejo los prismáticos en el regazo y cierro los ojos. Me levanto la costra de la mano tanto que se cae y la sangre caliente empieza a gotear en el suelo. Es raro que duela tanto cada vez. Sé que me ha engañado, eso no es ninguna novedad. He estado en su casa, los he visto juntos. Entonces ¿por qué sigue doliendo tanto, joder? ¿Por qué no he aprendido a defenderme contra el dolor?

Vuelvo a coger los prismáticos y veo a Jesper que sale corriendo de la casa hacia el agua. Luego desaparece de mi vista. Ahora la cocina está vacía. Solo queda una taza solitaria sobre la mesa.

Sigo por el lateral de la casa con los prismáticos y subo hasta las ventanas de arriba. Las cortinas en el dormitorio de Jesper están corridas, pero en la ventana de al lado vuelvo a ver a la niña pequeña. Es imposible saber qué está haciendo, pero la cabecita rubia se mueve arriba y abajo en la habitación, como si estuviera saltando o correteando. Luego desaparece también. La casa parece vacía, abandonada, pero sé que están ahí dentro, en algún sitio.

Decido darme un respiro. Hago pis en el viejo cubo de plástico rojo que hay en un rincón, me lavo los dientes y me paso los dedos por el pelo corto. Luego me acomodo de nuevo en el sofá y espero, mirando por la ventanita. Al cabo de una media hora vuelve Jesper. Veo que se acerca corriendo con cuidado, como si resbalara y le diera miedo caer. Se para y se estira un poco contra un árbol antes de dirigirse a la entrada.

Es domingo. ¿Qué hace una familia feliz de un buen barrio el domingo? ¿Ir al museo? ¿Invitar a unos amigos de éxito a casa a un ambicioso brunch de tortillas, batidos y pan de masa fermentada recién hecho? ¿Hacer un muñeco en la nieve recién caída?

Tendría que ser yo.

Tendría que estar yo sentada ahí en vez de esa mujer morena. Ahora me doy cuenta de lo mucho que la odio.

 

Pasa el día entero sin que ocurra nada. Me como los bocadillos e intento moverme y mantener el calor. El café se ha acabado y he cambiado a la bebida gaseosa, que por suerte no se ha congelado durante la noche.

De pronto me viene mamá a la cabeza, como una de esas marionetas de mano pasadas de moda. No sé muy bien, pero creo que es porque, como Jesper, vivió una mentira.

Recuerdo cuando llegó la llamada del hospital una mañana, mientras me preparaba para ir a trabajar. Al principio no estaba segura de si debía contestar, porque ya llegaba tarde y eso significaba un punto negro. Por lo menos si Björne estaba de mal humor.

La mujer se presentó diciendo que era médico y me contó que mi madre estaba enferma. Había entrado en urgencias la noche anterior y había estado ingresada para hacerle más pruebas.

—¿Cómo está? —pregunté con el móvil entre el hombro y la oreja, al tiempo que tiraba de la puerta de la entrada y empezaba a bajar la escalera.

—No sabemos qué le pasa aún, pero está estable. Su vida no corre peligro inmediatamente, pero está muy preocupada y no para de preguntar por usted.

—¿Está preguntando por mí?

Hacía meses que mamá no me llamaba, me costaba creer que me echara de menos. Aunque estuviera sola y enferma.

—Sí. Le gustaría que viniera a visitarla.

Me quedé callada.

—Las horas de visita son de dos a seis —continuó la médico—. ¿Le digo que va a venir?

—Sí, iré. —Me oír decir, mientras salía a la calle.

Colgamos y me apresuré al metro. Pasé volando junto a bloques de hielo y parpadeé contra el intenso sol de primavera. Respirando el aroma a tierra húmeda y a las hojas podridas del año pasado.

«Está muy preocupada y no para de preguntar por usted».

Estaba confusa. Sabía que tenía que ir corriendo al hospital. Aunque solo fuera por saber por qué mi madre de repente tenía tantas ganas de verme.

 

Tenía una habitación al final de un pasillo claro. Era como todas las habitaciones de hospital que había visto: una cama con una mesita con ruedas y un taburete cromado al lado, una televisión en la pared, un par de armarios y al lado un lavamanos. Las botellas obligatorias de jabón y desinfectante de manos colgadas de la pared, junto al grifo.

Me la encontré sentada en la cama, leyendo. No sé qué esperaba, pero pensaba que estaría más grave. No que estuviera sentada en chándal leyendo la prensa rosa.

—¡Emma, cariño!

Se quitó las gafas de leer y se apartó el pelo oxigenado de la frente. Del pasillo llegaba el olor a café. El té de la tarde estaba en camino.

—Hola. ¿Cómo estás?

Me quité el bolso del hombro y la chaqueta y me senté en el taburete de al lado de la cama. Mamá dejó el periódico sobre la manta amarilla del hospital que tenía sobre las piernas y dirigió sus ojos profundos hacia mí.

—Es horrible lo que hay que aguantar en este sitio.

Noté que evitaba contestar a mi pregunta.

—¿De verdad?

Tosió y se llevó la mano al estómago, como si le doliera.

—Nos despiertan a las seis de la mañana. Las seis. ¿Te lo imaginas? Y no paran de entrar y salir constantemente. Siempre gente distinta. Es como intentar dormir en una estación de tren. Y todos son inmigrantes. No es culpa suya, pero no saben hablar sueco, ¿entiendes? ¿Cómo se supone que vas a cuidar de alguien con quien no puedes comunicarte? Anoche hubo otra mujer aquí. Roncaba tan fuerte que no pude pegar ojo. Se lo dije al turno de noche, les expliqué lo sensible que era al ruido, pero me dijeron que no tenían más habitaciones. Al final tuve que pedir un somnífero, pero se negaron a dármelo. Me trataron como si fuera una yonqui pidiendo heroína. Es una locura. Trabajas y pagas impuestos toda tu vida para que luego te traten así cuando finalmente necesitas ayuda.

No le recuerdo a mi madre que no ha trabajado hasta hace poco y que en realidad ha pasado de baja la mayor parte de su vida adulta. Mueve la mano gruesa hasta el rabillo del ojo y se limpia una lágrima invisible.

—Ay, Emma. Hacerse mayor no es divertido, te lo digo.

Me miró a la expectativa, como si quisiera que la apoyara, pero no dije nada. No sabía qué decir.

Una auxiliar entró en la habitación con una bandeja. Su uniforme era de un color blanco deslumbrante sobre la piel negra.

—¿Qué te he dicho? —me susurró mamá, al tiempo que señalaba a la mujer con la cabeza.

—Hoy tiene dieta líquida —dijo la enfermera con una sonrisa mientras dejaba la bandeja en la mesa de al lado de la cama. Luego se fue.

Mamá no contestó, se limitó a mirar con desprecio la sopa de color marrón claro.

—Esto no es para consumo humano. ¿Esperan que me coma esto? — Removió la sopa con la cuchara, luego la dejó a un lado en la bandeja.

—¿Qué ha pasado? —volví a intentarlo.

Mamá hizo un gesto como si no tuviera importancia.

—No lo saben. Algo en el estómago. Parece que tengan que ser capaces de hacer un diagnóstico más rápido con la cantidad de gente que ha pasado por aquí. —Me dedicó una media sonrisa.

—Pero… ¿cuándo podrás irte a casa?

Mamá se encogió de hombros.

—Lo único positivo de esto es que te vuelve agradecida con lo que tienes.

Me miró. Tenía los ojos tan profundos que era imposible saber de qué color eran. Tenía las mejillas rojas y parecían hinchadas, como si tuviera la boca llena de algodón.

—Nos tenemos la una a la otra, Emma —dijo, y me cogió de la mano.

Si me hubiera dicho que se iba a la luna, me habría sorprendido menos. Durante los últimos cinco años nos habíamos visto tal vez dos veces. ¿A qué se refería con que nos teníamos la una a la otra?

Mamá soltó un profundo suspiro y se limpió otra lágrima invisible con la mano libre mientras apretaba la mía con tanta fuerza que parecía que se me estaba quedando dormida.

—¿Te acuerdas, Emma? Estábamos tan bien. Tu padre, tú y yo. Luego, cuando papá… desapareció, nos consolamos la una a la otra. Pensé que éramos una familia pequeña pero fuerte, incluso sin él. Nos ayudábamos en lo que podíamos. Tal vez nuestros problemas nos hicieron aún más fuertes. Dicen que ese tipo de cosas unen a la gente. ¿No?

Me quedé completamente quieta en mi taburete. No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Cuándo habíamos sido una familia feliz? La idea de que nos unimos más tras el suicidio de papá era una solemne tontería. Las únicas veces en que estuve más cerca de mamá, por lo menos físicamente, era cuando tenía que llevarla a la cama si se desmayaba en la mesa o en el baño. Solo la ayudaba cuando iba a comprarle tabaco y antiácidos para la resaca. Y no recuerdo que nunca me ayudara ella a mí.

—No me arrepiento de nada —sollozó, y entonces vi lágrimas reales. Rodaban como cuentas de cristal por sus rollizas mejillas—. Pero ojalá hubiéramos tenido a tu padre un poco más con nosotras. Era una persona increíble y nos queríamos mucho.

Lo último lo dijo en un tono apenas audible.

Los recuerdos de las peleas de mamá y papá me pasaron por la cabeza como sombras en el borde de mi campo visual. Apenas discernibles, pero seguían ahí, fragmentos de una vida que ya no existía. Platos volando por la cocina. Gritos. La policía llamando a la puerta en plena noche porque los vecinos se habían quejado. La mariposa azul rota sobre las esquirlas de cristal en el suelo de la cocina.

Por un segundo, pensé si debía protestar, recordarle a mamá cómo era la vida en realidad en ese piso asfixiante. Sin embargo, sabía que sería inútil, que la historia que ella había elaborado con tanto esmero no se podía cambiar. Su visión del mundo estaba entre nosotras como un elefante que nos impedía llegar a una comprensión mutua.

De pronto me sentí cansada. No quería más que ir a casa a descansar. No pensar más en la mujer gorda de la cama del hospital que me estaba mintiendo a mí y a sí misma, y probablemente a todo el que quisiera escuchar.

—Probablemente debería irme. —Mi voz fue un susurro.

—¿Ya? —Dejó de sollozar al instante, como si alguien hubiera pulsado un botón. Asentí y me levanté.

—Tenemos una reunión en el trabajo —mentí.

Mientras recorría el pasillo, se me ocurrió que mi madre no me había preguntado cómo estaba yo. No había mostrado el más mínimo interés por mí.

 

Estoy tiritando del frío. De vez en cuando veo a Jesper, a la mujer o a la niña justo en el borde de una habitación. Es más duro de lo que pensaba vigilar la casa sin perder la concentración. Y los prismáticos pesan. Al cabo de unas horas me duelen los brazos y tengo los dedos entumecidos del frío. He intentado llevar los guantes puestos, pero no podía sujetar los prismáticos, así que no me ha quedado más remedio que dejarlos en la bolsa.

Casi me pierdo el momento en que la mujer y la niña salen de la casa. El crepúsculo ha empezado a descender. El cielo aún está claro, pero el paisaje ha oscurecido y las ventanas empiezan a brillar. La mujer y la niña suben a un Volvo rojo y se van en dirección a la ciudad.

Me levanto despacio sobre las piernas rígidas de las horas de frío. No están. Eso significa que Jesper está solo en la casa. Avanzo unos pasos hacia la ventana y coloco los prismáticos apuntando a la casa. De pronto una ola de calor me invade. Siento las manos suaves y calientes. Tengo las mejillas encendidas y el corazón late muy fuerte, como si quisiera salir del pecho.

Está sentado en la mesa con un portátil delante. Al lado, en la encimera, hay una copa de vino. Y un bocadillo en un plato.

Es el momento.

Estoy en la entrada con el dedo en el timbre. Ha llegado el momento. Ahora no puedo parar lo inevitable. Tal vez hace tiempo que está decidido. A lo mejor es la conclusión lógica de la cadena de hechos que Jesper desencadenó la noche en que desapareció. Sí, tiene que ser eso, me digo. Así empezó. Yo estaba en la cocina, haciendo canapés para nuestra cena de compromiso. Entonces empezó.

Él lo empezó.

La idea me da fuerza. Toco el timbre y oigo un zumbido al otro lado de la puerta. No es un sonido bonito. No es un ding dong ni una campanilla frágil, sino un gruñido agresivo. Un sonido que te volvería loca si tuvieras que oírlo muy a menudo.

Al principio no creo que lo haya oído, no pasa nada. Luego se abre la puerta y ahí está.

El rey en persona. El hombre poderoso que me destrozó la vida, que la convirtió en una mierda sin el más mínimo arrepentimiento. No tiene muy buen aspecto hoy. Tiene el pelo más canoso de lo que recordaba, con el rostro enjuto y cansado, como si sufriera una enfermedad debilitadora o no hubiera dormido en mucho tiempo.

—Hola —digo.