La desconocida
Hanne
Me pierdo de regreso a la comisaría. No sé si es porque estoy alterada de hablar con Peter o si es culpa de la enfermedad.
A lo mejor solo es el tiempo. La nieve hace que me cueste ver a unos metros delante de mis narices y todos los edificios están envueltos en una neblina blanca. Los nombres de las calles se ven, pero no recuerdo adónde conducen, como si todo el mapa de Kungsholmen se hubiera borrado de mi memoria.
La nieve me entra por el cuello, se derrite y baja por el pecho. Tengo las manos congeladas y el pánico asoma en algún lugar detrás de las costillas, como un puño en el pecho. Sería bastante fácil preguntar a la gente que pasa por la calle: la mujer joven con el cochecito, el hombre con una raqueta de tenis colgada del hombro, o incluso a la pareja que se besa con descaro delante de un edificio de pisos. Pero no puedo, soy incapaz de admitir siquiera ante mí misma que no encuentro el camino de vuelta a la comisaría.
El viento tira de la capucha y los copos de nieve, pequeños y duros, me azotan las mejillas. Todo es blanco. Todo es nieve y hielo. Podría estar con los inuit en Groenlandia, del frío que hace.
Pienso en los hombres que intentaron conquistar las regiones polares, a menudo con resultados desastrosos: Amundsen, Andrée, Strindberg y Nansen. Pero sobre todo Claus Paarss, militar danés-noruego que viajó a Groenlandia en 1728 para buscar asentamientos noruegos de los que nadie había sabido nada en doscientos años.
Cuando planificaron la expedición, pensaron que los jóvenes noruegos con esquís podrían explorar el continente desconocido en todas direcciones sin grandes dificultades.
Paarss cruzó el norte del Atlántico con unos veinte soldados, doce convictos, un grupo de prostitutas y doce caballos. Al llegar empezó la lucha contra los elementos y contra sus propios acompañantes. Los hombres de Paarss se amotinaron, pero, en cuanto logró aplacar la rebelión, empezaron a morir de escorbuto y viruela. Los caballos también murieron. Paarss fracasó dos veces en su intento de cruzar el continente a pie por los afilados bloques de hielo. Finalmente, hasta los nativos de Groenlandia abandonaron la colonia, y el sueño de Paarss de poblar el continente con aristócratas daneses y sus familias se esfumó.
¿De dónde sale esa necesidad del ser humano de domeñar el mundo? No se limita en modo alguno a la naturaleza: los seres humanos queremos también gobernar los unos sobre los otros, tanto en la sociedad como en las relaciones personales.
«Como Owe», pienso. Se ha pasado la vida intentando domarme. Pero no lo conseguirá, porque haré lo que hace el oso polar: cansarlo con mi obstinación hasta que se rinda y encuentre a otra persona a la que dominar.
Parpadeo contra los copos de nieve. Intento de nuevo encontrar algo en lo que fijar la vista, una marca en todo ese blanco. Casi me tienta llamar a Owe, porque sé que lo dejaría todo, iría al coche y saldría a buscarme. A salvarme, como siempre que metía la pata.
Unos segundos después la nevada disminuye y emerge la conocida silueta del hospital de St Erik. Respiro hondo. Ahora sé exactamente dónde estoy y cómo volver al calor de la comisaría, pero esa horrible sensación paralizadora de impotencia se ha instalado en mí. No quiere dejarme escapar cuando vuelvo a mi mesa y miro por la ventana hacia Kungsholmsgatan. Incluso después de tres tazas de té caliente seguidas, sigo tiritando del frío.
Miro a Peter. Está sentado a unos metros, de espaldas a mí, con los ojos clavados en el ordenador. Tiene el pelo rubio grisáceo húmedo y en el suelo, debajo de la silla, se han formado unos charquitos alrededor de sus pantalones, ridículamente finos.
Ojalá tuviera cáncer, así podría decírselo. No se puede decir a la gente que tienes una demencia incipiente. Sobre todo si es una persona con la que te has acostado. Es mil veces peor que una enfermedad de trasmisión sexual. Más vergonzoso, en cierto sentido. Perder la cabeza, perderte en tu interior, es asqueroso. Repugnante. Me estoy convirtiendo poco a poco en un vegetal, y nadie quiere ser un vegetal.
Salvo Owe.
Tal vez eso sea el amor. Estar ahí para el otro pase lo que pase. Me recuerda a ese verso de la carta a los Corintios: «El amor lo soporta todo, lo cree todo, lo espera todo, lo supera todo».
Pero yo no quiero que Owe me «soporte» y me «supere». Solo quiero que me deje en paz.
Tal vez debería ir a Groenlandia. Hacer el viaje que nunca fue, ahora que aún tengo tiempo. Sin embargo, aquí estoy, en la comisaría, el lugar donde empezó todo y donde todo podría terminar.
Gunilla no para de decir que no debería perder la esperanza.
Ahí está, algo aún más vergonzoso: perder esperanzas. Nadie que esté gravemente enfermo debería perder la esperanza jamás, es una traición imperdonable a tu familia y a los médicos. Sí, a toda la sociedad, que cree que todos los problemas tienen solución y todas las enfermedades se curan.
Gunilla dice que mientras hay vida, hay esperanza. Quién sabe, a lo mejor los científicos encuentran una cura mañana.
¿Y si no tienes fuerzas para albergar esperanzas, qué?
La esperanza no es más que un bote salvavidas sobrevalorado al que se espera que se aferren los enfermos con una sonrisa valiente y agradecida. Por lo visto dejarse ir es una deslealtad, además de una temeridad.
Pero estoy cansada de ser leal.
Después de comer reviso el interrogatorio de la policía local a Emma Bohman. No logro detectarlo, pero hay algo que me inquieta, algo que no es coherente con nuestra teoría. Supongamos que la mujer que encontraron en casa de Jesper Orre es realmente Emma Bohman. Sigue quedando la pregunta de por qué Orre iba a asesinarla. Si tuvieron una aventura y quería deshacerse de ella, no estaría tan implicado emocionalmente. ¿Por qué iba a matarla así? La colocación de la cabeza, los párpados forzosamente abiertos, todo apunta a un asesino que albergaba un intenso odio hacia la víctima. De verdad no entiendo por qué Orre iba a odiar a Emma Bohman hasta ese punto. Por lo menos no con el conocimiento limitado que tengo de los dos.
Además, si Orre de verdad quería matar a Emma Bohman, ¿por qué lo hizo en su casa y luego ni se molestó en esconder el cuerpo? Tenía que saber que quedaría al descubierto en cuanto descubrieran el cadáver.
Por último, si la mató, en un arrebato de ira o tal vez afectado por un ataque psicótico pasajero, ¿por qué se fue de casa sin la cartera ni el móvil? ¿Adónde vas sin dinero ni teléfono en pleno invierno?
Fuera empieza a anochecer y el brillo amarillo de las velas de Adviento se refleja en la ventana. La calma se ha apoderado de la oficina. Solo se oyen conversaciones tranquilas aquí y allá, y el tecleo en la mesa de Sánchez, que escribe algo en el ordenador.
Sigo leyendo por encima la investigación. Leo el testimonio de los colegas y amigos de Jesper. Nada indica ningún tipo de problema psiquiátrico. No se menciona una conducta violenta, y eso también supone un problema: este tipo de crímenes no son obra de personas sanas con una historia personal normal. Un crimen violento grave también es una especie de carrera, o como se quiera llamar. Normalmente hay señales de que algo va mal desde una edad temprana: un comportamiento anormal, delincuencia temprana, o tal vez violencia contra animales o niños pequeños. La afición de Jesper Orre por el sexo duro o el hecho de robar ropa interior femenina se consideran bastante normales. La mayoría de nosotros tenemos secretos sucios, pero poca gente mata o le corta la cabeza a la gente. Esa conducta es tan anormal que requiere un modelo explicativo completamente distinto.
Luego está Calderón. Que no es chino. ¿De dónde demonios lo saqué? Es una de esas tonterías que digo últimamente. A lo mejor, cuando esté gravemente enferma, acabaré diciendo cosas realmente divertidas por primera vez en mi vida. Seré una de esas pacientes que hace que sus cuidadores se partan de risa y a los demás pacientes se le atragante la comida de bebé.
Vaya.
Aunque Sánchez ha mirado con lupa la investigación de Calderón y ha vuelto a interrogar a su familia, no ha encontrado relación entre Orre y él.
Un revuelo en la mesa de Sánchez me saca de mis cavilaciones. Manfred habla alto, agita los brazos y al cabo de unos segundos Peter se acerca a ellos. Manfred se pone el abrigo. Sánchez hace lo mismo, se mete el móvil en el bolsillo y apaga la lamparita de la mesa con un movimiento rápido.
Peter se da la vuelta y se me acerca. Su cuerpo trasmite nervios, y entiendo en el acto que algo ha pasado.
—Han encontrado a un hombre muerto cerca de la casa de Orre. ¿Vienes, Hanne?
Estamos en una pequeña zona boscosa a ciento cincuenta metros de la casa de Jesper Orre. Casi ha dejado de nevar cuando las luces de la policía barren el paisaje blanco y lo tiñen de azul en el crepúsculo. Las ramas gimen bajo el peso de la nieve, que cruje bajo mis pies al caminar. Manfred levanta la cinta azul y blanca de la policía y me indica con un gesto que pase por debajo. Sánchez y Peter ya están a la cabeza de un grupo que se ha congregado a unos dos metros. Fuera de la cinta policial unos cuantos curiosos se dan empujones. Uno da saltos para entrar en calor, otro hace fotos con el móvil. Agentes de policía de paisano los mantienen a raya, les dicen que no hay nada que ver y los invitan a irse a casa.
Cuando me acerco al grupo de agentes y técnicos forenses que se encuentran debajo de un gran árbol, veo una caja verde con la palabra «ARENA» saliendo de la nieve, un recipiente para almacenar la arena que ponen en las carreteras en invierno.
—Lo encontraron unos niños —dice Manfred, y me mira a los ojos—. ¿Por qué siempre tienen que ser niños los que encuentren los cadáveres? Estaban jugando al escondite cuando encontraron el cuerpo. Congelado como un polo.
Llego al grupo reunido en torno a la caja. Saludo a algunas caras conocidas e intento ver lo que hay dentro. En el fondo del recipiente solo distingo la silueta de un hombre. Está tumbado en posición fetal y lleva tejanos y un jersey fino. La cara, cubierta de sangre oscura y hielo, me resulta extrañamente familiar.
Es Jesper Orre.