La desconocida

Camilla Grebe · Capítulo 1 de 40

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La desconocida

Peter

 

Estoy de pie, en la nieve, junto a la lápida de mi madre, cuando recibo la llamada. Es una lápida sencilla, apenas llega a la altura de las rodillas, de granito labrado. Llevamos un rato hablando, mi madre y yo, sobre lo duro que es ser agente de policía en esta ciudad donde a nadie le importa un pimiento nada que no sean ellos mismos. Además, y tal vez sea más importante, de lo duro que es vivir en este tipo de ciudad en los tiempos que corren.

Me sacudo la nieve húmeda de los pantalones y le doy la espalda a la lápida. No me parece bien hablar por teléfono en su tumba. Las colinas onduladas del cementerio de Woodland se extienden ante mí. La niebla se cierne entre las copas de los altos pinos y, debajo, los oscuros troncos salen disparados de la nieve como signos de exclamación, como si hicieran hincapié en la transitoriedad de la vida. Caen gotas de las copas de los árboles y de las lápidas. El agua del deshielo lo cubre todo. Se abre paso también a través de mis finos zapatos y se acumula alrededor de los dedos de los pies como un recordatorio húmedo de que me compre las botas que aún tengo que permitirme. En algún punto en la distancia vislumbro unas figuras oscuras que se desvanecen en el pinar. Tal vez han venido a encender velas votivas o a colocar ramas de pino.

Pronto llegará la Navidad.

Avanzo unos pasos hacia el sendero que ha abierto limpiamente la máquina quitanieves y lanzo una mirada a la pantalla del teléfono, aunque ya sé quién es. Es una sensación inconfundible. Una fuerte desazón que conozco demasiado bien.

Antes de contestar, me vuelvo por última vez hacia la lápida. Me despido con un gesto torpe y murmuro que volveré pronto. No es necesario, por supuesto, ella sabe que siempre vuelvo.

La carretera se extiende negra y brillante mientras conduzco hacia la ciudad. Las luces de freno de los demás coches brillan delante de mí e iluminan el camino. Gruesos montones de nieve sucia marrón y edificios bajos, deprimentes y anodinos, flanquean la carretera hacia Estocolmo. Las ocasionales estrellas de Navidad encendidas iluminan una ventana, como una antorcha en la noche. Ha empezado a nevar de nuevo. La nieve medio derretida se asienta en el parabrisas, desdibuja los bordes y suaviza el paisaje. El único sonido es el rítmico silbido de los parabrisas, acompañado del leve ronroneo del motor.

Un asesinato.

Otro asesinato.

Hace muchos años, cuando aún era un inspector novel, que me llamaran para acudir al escenario de un asesinato siempre me provocaba cierto alborozo. La muerte era sinónimo de misterio por resolver, como una madeja que desenredar. Por aquel entonces pensaba que todo se podía desenredar y explicar, siempre y cuando tuvieras energía, aguante y supieras de qué hilos tirar y en qué orden. La realidad no era más que una compleja red de hilos.

En pocas palabras, pensaba que se podía dominar.

Ahora ya no lo sé. Quizás haya perdido el interés en la red, o la intuición para saber de qué hilo tirar. Con el tiempo, la muerte ha adquirido un nuevo significado. Mamá, descansando en la tierra mojada del cementerio de Woodland. Annika, mi hermana, reposando en el mismo cementerio, no muy lejos. Y papá, que está empeñado en beber hasta morir en la Costa del Sol, pronto estará aquí. Ya no me parecen tan importantes los crímenes que se cruzan en mi camino. Por supuesto, puedo ayudar a saber qué ocurrió, a poner palabras a lo inconcebible, a explicar que alguien les quitó la vida y a describir los hechos que lo precedieron. Tal vez ayude a encontrar al culpable y, en el mejor de los casos, a juzgarlo. Pero los muertos siguen estando muertos, ¿no? Últimamente me cuesta encontrarle sentido a lo que hago.

Cuando llego a Roslagstull cae la noche y se me ocurre que en realidad hoy en ningún momento se ha hecho de día del todo. El día ha pasado desapercibido con la misma niebla incolora de diciembre que ayer y anteayer. Cuando entro en la autopista E18 hacia el norte hay más tráfico. Paso por obras en la carretera, los baches sacuden el coche y el arbolito que cuelga del retrovisor salta de forma alarmante.

Manfred vuelve a llamar cuando paso por delante de la universidad. Me dice que es un lío, que hay implicado algún pez gordo y que sería genial que no tardara tanto y apareciera de una maldita vez. Lanzo una mirada al anochecer gris cemento, le digo que frene un poco, que la carretera tiene más agujeros que un queso suizo y que me voy a hacer un morado en las pelotas si conduzco más rápido.

Manfred suelta su habitual carcajada que parece un gruñido, como el de un cerdo. O a lo mejor estoy siendo injusto: Manfred está gordo, tal vez eso influya en mi visión de su risa y me haga pensar en un gruñido voluptuoso. Quizá su risa suena igual que la mía.

A lo mejor todas suenan igual.

Llevamos más de diez años trabajando juntos, Manfred y yo. Año tras año hemos estado uno al lado del otro en la mesa de autopsias, en interrogatorios a testigos y reuniones con familiares desconsolados. Año tras año, hemos perseguido a los malos y hemos intentado hacer del mundo un lugar más seguro. Pero ¿lo hemos conseguido? Todas esas personas hibernando en las neveras del Instituto de Medicina Forense de Solna siguen muertas y nada va a cambiar eso. Para siempre. No somos más que la brigada de limpieza de la sociedad que une los cabos sueltos cuando la tela ya está deshilachada y lo impensable ya ha sucedido.

Janet dice que estoy deprimido, pero no me fío de ella. Además, no creo en la depresión. Es así: no creo en ella. En mi caso, simplemente me he percatado del verdadero estado de nuestra existencia, y por primera vez contemplo la vida con sobriedad. Janet dice que esa es una respuesta de manual, que la persona que está deprimida no es capaz de ver más allá de su propia supuesta desgracia. Yo le respondo que la depresión es uno de los inventos más rentables de la industria farmacéutica, y no tengo ni tiempo ni ganas de enriquecer aún más a las farmacéuticas, que ya son obscenamente ricas. Si Janet quiere seguir hablando sobre cómo me siento, cuelgo. Al fin y al cabo, cortamos hace más de quince años, no tengo por qué hablar de esas cosas con ella. El hecho de que sea la madre de mi único hijo no lo cambia.

Albin, por cierto, es el hijo que jamás deberíamos haber tenido. No porque tenga nada de malo, es un adolescente bastante normal: lleno de granos, obsesionado con el sexo y con un interés patológico por los juegos de ordenador. Yo no estaba preparado para ser padre. En mis momentos más oscuros (que con los años son cada vez más frecuentes), creo que Janet lo hizo a propósito. Tiró las pastillas anticonceptivas y se quedó embarazada para vengarse por lo de la boda. Tal vez sea eso. Nunca lo sabré, y ahora ya no importa. Albin existe y vive cómodamente con su madre. Nos vemos de vez en cuando, no muy a menudo: en Navidad, por el Midsommar y en su cumpleaños. Creo que lo mejor para él es que no tengamos mucho contacto. De lo contrario probablemente también acabaría decepcionado conmigo.

A veces pienso que debería llevar una foto suya en la cartera, como los padres de verdad. Una burda fotografía de colegio con un fondo color sepia en un gimnasio, hecha por un fotógrafo cuyos sueños no lo han llevado más allá del instituto de Farsta. Luego me di cuenta de que no iba a engañar a nadie, y mucho menos a mí mismo. Creo que la paternidad es algo que uno se gana. Un derecho derivado de sufrir noches sin dormir, cambiar pañales y todo lo que hay que hacer. Tiene poco que ver con la genética, el esperma que doné sin saberlo hace más de quince años para que Janet pudiera cumplir su sueño de ser madre.

 

Veo la casa de lejos. No porque el edificio blanco y chato destaque de alguna manera en aquel barrio exclusivo, sino porque está rodeada de coches patrulla. Las luces azules brillan en la nieve y la inconfundible camioneta blanca de los técnicos forenses está aparcada no muy lejos. Dejo mi coche en la falda de la colina y recorro a pie el último tramo hacia la casa. Saludo a los agentes, enseño la placa y me meto por debajo de la cinta azul y blanca que ondea suavemente con la brisa.

Manfred Olsson está de pie junto a la entrada principal. Su enorme cuerpo tapa la mayor parte del umbral cuando levanta una mano para saludar. Lleva una chaqueta de tweed y del bolsillo del pecho asoma la punta de un pañuelo de seda rosa. Sus generosos pantalones de lana están bien metidos en los plásticos azules que cubren los zapatos.

—Dios santo, Lindgren. Pensaba que no aparecerías nunca.

Lo miro a los ojos. Son pequeños y traviesos como granos de pimienta hundidos en el rostro rubicundo. Lleva el pelo fino del color del jengibre bien peinado, con un estilo que recuerda a un actor de cine de los años cincuenta. Parece más un vendedor de antigüedades, un historiador o un sumiller que un agente de policía. De hecho, lo último que parece es un detective, y sin duda es consciente de ello. Tal vez sea solo un ardid y en realidad le encanta exagerar su excéntrico estilo para provocar a agentes más rígidos.

—Como te he dicho…

—Sí, sí. La culpa es del tráfico —dice Manfred—. Ya sé lo que es quedarse enganchado a un buen porno. Cuesta dejarlo.

El lenguaje soez de Manfred contrasta con su estilo elaborado y conservador en el vestir. Ma da un par de plásticos para cubrir los zapatos y unos guantes y me dice en un tono más bajo:

—Escucha. Esto es una mierda de verdad… entra, lo verás tú mismo.

Me cubro los zapatos, me pongo los guantes y piso los caminos de plástico transparente que los técnicos han colocado de forma aparentemente aleatoria en la sala. El olor a sangre es tan intenso y nauseabundo que estoy a punto de retirarme pese a conocerlo muy bien. Los palpitaciones en el estómago se vuelven cada vez más fuertes. Con todos los escenarios del crimen en los que he estado, los cadáveres que he visto, hay algo en la cercanía de un cuerpo frío y desnudo que aún me pone los pelos de punta. Tal vez sea la constatación de lo rápido que puede pasar. Con qué rapidez se puede extinguir una vida. Sin embargo, a veces es lo contrario: la manera en que el escenario de un crimen o un cuerpo es testimonio de una agonía prolongada e insoportable.

Les hago un gesto con la cabeza a los técnicos forenses vestidos con monos blancos y echo un vistazo a la sala. Destaca por ser muy anodina, rayando la austeridad. ¿O solo es muy masculina? Casi significa lo mismo en diseño de interiores. Paredes blancas, suelo gris. Ni rastro de los enseres personales que suele haber en los vestíbulos: abrigos, bolsos o zapatos. Paso al siguiente cuadrado de plástico y me asomo a la cocina. Los armarios están lacados en negro, muy brillantes. Veo una mesa elíptica con sillas alrededor que reconozco de alguna revista de decoración. Hay cuchillos desfilando por la pared. Advierto que no falta ninguno.

Manfred posa la mano en mi brazo.

—Aquí, por aquí.

Sigo recorriendo el pasillo sobre los plásticos. Paso junto a un técnico forense equipado con una cámara y una libreta. Bajo el plástico se extiende una gran mancha de sangre. No, no es una mancha de sangre, es un mar. Un mar rojo y pegajoso de sangre fresca que parece cubrir toda la sección del pasillo, de pared a pared y bajando por la escalera hasta el sótano. De ese mar salen toneladas de huellas de diferentes tamaños que conducen a la puerta principal.

—Eso es mucha sangre, joder —murmura Manfred, que da un paso adelante con una agilidad sorprendente, pese a que los pedazos de plástico ceden por el peso. Hay una señal con un número junto a un montón de ropa ensangrentada. Veo de reojo una pierna y una bota negra de tacón, y luego la parte inferior del cuerpo de una mujer tumbada boca arriba. Tardo unos segundos en percatarme de que ha sido decapitada y que lo que al principio he confundido con un montón de ropa en realidad es una cabeza que está en el suelo. Más bien está ahí plantada, como si creciera del suelo.

Como una seta.

Manfred suelta un gemido y se sienta de rodillas. Me inclino hacia delante mientras asimilo la macabra escena. Es importante asimilarlo. La reacción natural es retroceder de un respingo, apartar la vista del horror, pero como inspector detective hace tiempo que he aprendido a reprimir ese reflejo.

El rostro de la mujer y el cabello castaño están llenos de coágulos de sangre. Si tuviera que especular, lo que es un poco difícil dado el estado del cuerpo, diría que tiene unos veinticinco años. Tiene el cuerpo también empapado en sangre, y veo de reojo lo que parecen heridas profundas en los antebrazos. Lleva una camisa negra, medias negras y un jersey gris. Debajo, bañado en sangre, veo un abrigo de invierno.

—Qué puto infierno.

Manfred asiente y se acaricia la barba incipiente.

—La han decapitado.

Asiento. No hay nada que añadir a esa frase. Es obvio que es exactamente lo que pasó. Requiere una fuerza considerable, o como mínimo un gran esfuerzo, separar una cabeza del cuerpo. Dice algo del asesino. Aún no sé qué exactamente, pero el que lo hizo no era un tullido. El asesino tenía una fuerza notable. O estaba muy motivado.

—¿Sabemos quién es ella?

Manfred lo niega con la cabeza.

—No, pero sabemos quién vive aquí.

—¿Quién?

—Jesper Orre.

El nombre me suena, como a atleta retirado o expolítico. Me suena de algo, pero no recuerdo dónde lo he oído antes.

—¿Jesper Orre?

—Sí, Jesper Orre. El CEO de Clothes & More.

Entonces lo recuerdo. El controvertido director de la cadena de ropa escandinava que ha crecido más rápido. El hombre al que los medios adoran odiar. Por sus prácticas empresariales, por sus numerosas aventuras amorosas y por sus frecuentes declaraciones políticamente incorrectas a los medios.

Manfred suelta un profundo suspiro y se levanta. Le sigo.

—¿El arma homicida? —pregunto.

Él señala en silencio un punto más allá en el pasillo. Al fondo del todo, junto a una escalera que parece conducir a un sótano, yace un cuchillo grande, tal vez un machete. No lo veo bien. Al lado hay una pequeña señal colocada con cuidado con el número cinco.

—¿Y Jesper Orre, le hemos detenido?

—No. Nadie sabe dónde está.

—¿Qué más sabemos?

—El cuerpo lo encontró una vecina que pasaba por aquí y advirtió que la puerta principal estaba abierta. Hemos hablado con ella. Está en el hospital, por lo visto tiene problemas cardiacos a causa de la impresión. De todos modos, no ha visto nada destacable. Por desgracia, estuvo dando varias vueltas por el pasillo, así que ya veremos si los técnicos pueden obtener alguna huella útil. También hay sangre en la nieve de fuera. Parece que el asesino intentó limpiarla después del asesinato.

Miro alrededor. El suelo junto a la entrada principal está cubierto de un revoltijo de rastros rojos. Junto a las paredes hay salpicaduras y huellas de manos ensangrentadas. La escena parece un cuadro de Jackson Pollock: es como si alguien hubiera vertido pintura roja en el suelo, se hubiera revolcado en ella y luego se hubiera puesto a salpicar pintura por todas partes.

—El asesinato seguramente fue precedido por una pelea bastante seria — continuó Manfred—. La víctima tiene heridas de defensa en los antebrazos y las manos. La valoración preliminar del forense es que murió entre las tres y las seis de la tarde de ayer. Es una mujer de unos veinticinco años, y la causa de la muerte probablemente sea la multitud de heridas de la garganta cuando la cabeza… bueno, ya lo ves tú mismo.

Manfred se quedó callado.

—Y la cabeza. ¿Cómo acabó así, bien colocada en el suelo? ¿Puede ser casualidad?

—El forense y los técnicos dicen que probablemente el asesino la colocó así.

—Puto enfermo.

Manfred asiente y me sostiene la mirada con sus pequeños ojos marrones. Luego baja el tono, como si no quisiera que nadie más en la sala oyese lo que dice por algún motivo. Los únicos que quedan son los técnicos.

—Escucha, se parece de forma escalofriante a…

—Pero fue hace diez años.

—Ya.

Asiento. No puedo negar que existen semejanzas con un asesinato que investigamos en Södermalm hace diez años y que no pudimos resolver pese a ser una de las investigaciones más amplias de la historia criminal de Suecia.

—Como te he dicho, eso fue hace diez años. No hay razón para creer que…

Manfred hizo un gesto de desdén.

—No, ya lo sé. Probablemente tengas razón.

—Y ese tío, Orre, el que vive aquí, ¿qué sabemos de él?

—Aún no mucho, más allá de lo que se puede leer en la prensa. Pero Sánchez está trabajando en ello. Me prometió que tendría algo esta noche.

—¿Y qué dice la prensa?

—Bueno, los cotilleos de siempre. Lo llaman negrero. El sindicato le odia y ha presentado varias demandas contra la empresa. Por lo visto también es conocido por ser un mujeriego. Montones de señoras.

—¿No tiene esposa? ¿Hijos?

—No, vive solo.

Miro alrededor del pasillo y deslizo la mirada por la gran cocina.

—¿De verdad necesitas una mansión para vivir solo?

Manfred se encoge de hombros.

—«Necesitar» es un término relativo. La vecina, la mujer que se han llevado al hospital, dijo que de vez en cuando vivían distintas mujeres aquí, pero que había perdido la cuenta.

Salimos fuera y nos quitamos los plásticos de los zapatos y los guantes. A unos nueve metros, cerca de la entrada lateral, parece que hay un cobertizo quemado, medio tapado por la nieve.

Manfred enciende un cigarrillo, tose y se vuelve hacia mí.

—Se me ha olvidado decírtelo: hubo un incendio en su garaje hace tres semanas. Su compañía de seguros lo está investigando.

Observo los restos carbonizados de vigas que sobresalen de la nieve y me recuerdan a los pinos del cementerio de Woodland. Las mismas siluetas silenciosas y oscuras con la nieve de fondo, que evocan la misma inquietante sensación de transitoriedad, además de muerte.

 

Durante el trayecto en coche hacia la ciudad, vuelvo a pensar en Janet. Hay algo en los crímenes más atroces, los peores horrores, que siempre me hace pensar en ella. Tal vez, en un nivel primitivo y subconsciente, a veces deseo que estuviera muerta, como la mujer del edificio blanco. Es evidente que no quiero matarla de verdad, al fin y al cabo es la madre de Albin, pero la sensación está ahí.

Mi vida era infinitamente más sencilla antes de conocernos.

Janet trabajaba en una cafetería cerca de la comisaría central de Kungsholmen. Siempre nos saludábamos cuando yo entraba. A veces, si no había muchos clientes, se sentaba conmigo un rato, me invitaba a un café y charlábamos. Llevaba el pelo corto, rubio y de punta y tenía una mella entre los dientes que a veces era encantadora y otras no. Era algo en lo que centrar la mirada, un punto fijo como el dibujo de una mosca en un orinal. Además, tenía unas tetas increíbles. Había estado con otras mujeres, claro, en realidad bastantes, pero no había tenido relaciones serias. Iban y venían sin dejar mucha huella. Dudo que yo tampoco dejara mucha huella en sus vidas.

Sin embargo, Janet era distinta. Era terca, increíblemente terca. Creo que habíamos salido a cenar unas tres o cuatro veces, acabamos en la cama más o menos las mismas veces cuando empezó a atosigarme con vivir juntos. Le dije que no, por supuesto. No quería vivir con ella. El parloteo incesante de Janet ya había empezado a ponerme de los nervios. Me vi deseando cada vez con más frecuencia que se callara. Sin embargo, a veces, cuando estaba dormida, dormida en mi estrecha cama, la encontraba de una belleza indescriptible. La quietud y el silencio le sentaban mucho mejor que ser un incordio. Deseaba que siempre estuviera así, pero era absurdo. No le puedes pedir a tu novia que esté callada y desnuda.

Por lo menos no todo el tiempo.

Al principio casi siempre incordiaba con minucias, como viajar juntos. Llegaba a casa con una bolsa llena de folletos de viaje y dedicaba toda una tarde a juzgar qué destinos eran mejores. Mallorca o Ibiza. Las islas Canarias o Gambia. Rodas o Chipre. Podía basarse en dónde hacía mejor tiempo, o dónde era más rica la comida, o dónde se compraban los trastos más emocionantes.

Al final, por supuesto, hicimos un viaje, y no estuvo tan mal. No había mucho que hacer en ese pueblecito de la costa oriental de Mallorca, y Janet se pasó casi toda la semana en bikini leyendo El clan del oso cavernario, lo que significaba que por lo menos estaba callada. Y casi desnuda.

Luego estaba el sexo.

El sexo fue increíble, no puedo negarlo. Seguramente tanto vino y sangría con el calor ayudó. Ella era como un animal, desinhibida y vulnerable al mismo tiempo. A veces me sorprendía pensando que había algo casi masculino en su comportamiento en la cama. Ese deseo exigente, impaciente, que quería ser satisfecho de inmediato con un egoísmo sorprendente. Cogía lo que quería, y en ese momento era yo, mi cuerpo. Tal vez fuera que, en el calor del momento, me planteé en serio una vida con ella. Quizás incluso lo dije. No me acuerdo.

Hay tantas cosas que uno no recuerda.

Apenas habíamos regresado a casa cuando empezó a hablar de comprarnos un piso juntos. Le expliqué con toda la claridad que pude que no estaba preparado para mudarme con ella, pero era como si no quisiera oír lo que le estaba diciendo. Como de costumbre, tenía la vista puesta en un objetivo, un piso y una familia y, a fin de cuentas, ¿no debería sentir lo mismo con treinta y tres años?

Se tatuó mi nombre en la zona lumbar, «Peter» en un estandarte llevado por dos palomas. Me incomodó, aunque no sabía del todo por qué. Supongo que un tatuaje es para siempre y la mera idea de pasarme la eternidad con Janet me ponía los pelos de punta.

Todo coincidió con mi nuevo puesto de detective, así que estaba ocupado en el trabajo, claro. Por aquel entonces me tomaba muy en serio todos y cada uno de los casos, creía de verdad que estaba ayudando a crear un mundo mejor. Incluso pensaba que era posible imaginar cómo sería ese mundo.

¿Un mundo mejor?

Ahora, quince años después, sé que nada cambia. Me he dado cuenta de que el tiempo no es lineal, sino circular. Tal vez suene pretencioso, pero en realidad es bastante banal. El tiempo es un círculo, como un anillo de salchicha. No es algo en lo que haya que invertir mucho tiempo en consideraciones. Es como es. Nuevos asesinatos y nuevos agentes de policía con una idea romántica de la profesión que se vuelcan en su trabajo. Nuevos criminales que, en cuanto ponen un pie en la cárcel, son sustituidos por otros más nuevos aún.

No acaba nunca.

La eternidad es un anillo de salchicha. Y Janet quería compartirlo conmigo.

Tiendo a pensar que al principio de nuestra relación fui más contundente. De hecho, por aquel entonces me oponía a sus locuras, pero con el tiempo consiguió quebrantar mi resistencia, o tal vez yo renuncié a mi estrategia de defensa. Me volví más evasivo. Contestaba que «tal vez nos mudaríamos al año siguiente» cuando sacaba el tema. Luego encontraba defectos a todos los pisos que me presentaba: estaban demasiado bajos en el edificio, demasiado altos (¡es un peligro para los incendios!), demasiado lejos de la ciudad, demasiado céntricos (¡cuánto ruido!), o lo que se me ocurriera.

Siempre se quedaba destrozada cuando volvíamos de esas visitas. Con la mirada fija en el pavimento sin decir una palabra y el largo flequillo rubio como una cortina delante de los ojos. Sujetaba el bolso delante contra el pecho, como un escudo. Con los labios apretados formando una línea fina y blanca.

Janet sabía todos los trucos. Sabía que la culpa que provocaba en mí me hacía aún más débil y maleable. A veces me preguntaba dónde había aprendido todo eso, cómo alguien tan joven podía ser tan hábil en la manipulación.

Tal vez fuera mi experiencia con Janet lo que hacía que me fascinara tanto Manfred cuando empezamos a trabajar juntos al cabo de unos años. Pese a que por fuera resultaba casi cómico, en parte debido al contraste entre su aspecto y su basto lenguaje, también contaba con una fuerza interior que admiré de inmediato. Después de unos días me llevó aparte y me explicó que se estaba divorciando, y que probablemente era mejor que lo supiera, ya que podría afectar a su trabajo.

En aquella época Manfred estaba casado con Sara y tenían tres hijos adolescentes. Recuerdo que le pregunté qué pensaba Sara del divorcio, y Manfred me contestó: «No importa, porque estoy decidido». Algo en esa frase me hizo pensar. Había tomado la decisión solo, y se iba a divorciar pensara lo que pensara Sara.

No lo entendía del todo.

Al mismo tiempo, me preocupaba. Existía el riesgo de que Manfred, tan perspicaz y fuerte, me viera como soy. Con mi debilidad, mi indecisión y mi poca voluntad de comprometerme. Era consciente de que cualidades tan feas era mejor esconderlas. Olían mal, como hojas podridas que flotan en un río.

Al cabo de unos años le conté a Manfred lo de la boda. Al principio se quedó perplejo, como si no comprendiera lo que le estaba diciendo; luego se echó a reír. No paró de reír hasta que le cayeron lágrimas por esas mejillas redondas y rubicundas y la papada se le balanceaba. Se rio hasta que casi tuvo que tumbarse en el suelo.

Se pueden decir muchas cosas de Manfred, pero sin duda siempre ve el lado positivo de la vida.

 

Cuando llego a la comisaría es de noche en Kungsholmen. También parece que hace más frío porque, en vez de aguanieve, caen unos grandes copos mullidos sobre Polhemsgatan. Si la comisaría no fuera tan increíblemente fea, la escena hubiera sido hasta bonita, pero dominan los gigantescos edificios, un recordatorio del estilo arquitectónico brutalista postindustrial, tan en boga en los años sesenta. Las siluetas de las pantallas de luz contra la fachada indican que mis colegas están trabajando mucho dentro: la lucha contra el crimen no distingue el día de la noche. Ni siquiera un viernes por la tarde justo antes de Navidad, y sobre todo cuando una mujer joven ha sido brutalmente asesinada.

En la escalera a la segunda planta, me encuentro con Sánchez.

—Pareces cansado —me dice.

Lleva una blusa de seda de color crema y unos elegantes pantalones negros que la hacen parecer la funcionaria de planta que es. Lleva el pelo moreno recogido en una cola de caballo, y le veo el tatuaje del cuello. Parece una serpiente que sube por la espalda hacia la oreja izquierda, como si quisiera mordisquearle el lóbulo.

—Tú tampoco tienes muy buena pinta —contesto.

Ella sonríe con falsa amabilidad y sé que tendré que pagar por ese comentario más tarde.

—He recabado cierta información sobre Jesper Orre. Le he dado el material a Manfred.

—Gracias —digo, y sigo subiendo la escalera.

 

Manfred está tomando té delante del ordenador y me invita a pasar con un gesto. En el escritorio tiene fotos de Afsaneh, su joven esposa, y su hija Nadja, que pronto cumplirá un año.

—¿Has comido? —me pregunta.

—No tengo hambre, gracias.

—No. Esa visita no ha sido como para abrir el apetito.

Pienso en la cabeza en medio de un charco de sangre. La gente hace cosas extrañas, a veces por ningún motivo y otras por contiendas que duran generaciones. Recuerdo un programa de televisión que vi hace unos meses en el que intentaban contestar la pregunta: ¿El hombre es un animal pacífico o asesino? Pensé que la pregunta en sí era rara. No hay duda de que el ser humano es el animal más peligroso del planeta: no paramos de cazar y matar, no solo otras especies, sino la nuestra. La membrana de la civilización es tan fina y superficial como el pintaúñas chillón que le encanta llevar a Janet.

—¿Tienes algo sobre Jesper Orre?

Manfred asiente y recorre con el dedo grueso el texto que tiene delante.

—Jesper Andreas Orre. Cuarenta y cinco años. Nacido y criado en Bromma.

Manfred hace una pausa y estira el brazo para alcanzar las gafas de lectura, mientras yo reflexiono. Cuarenta y cinco años, cuatro años más joven que yo, y posiblemente culpable de un brutal asesinato. O tal vez sea también una víctima, es demasiado pronto para saberlo, aunque estadísticamente es probable que esté implicado en el crimen. La explicación más sencilla suele ser la correcta al final.

Manfred se aclara la garganta. Continúa:

—Desde hace dos años es CEO de la cadena de ropa Clothes&More. Es… diríamos que controvertido. No es muy popular, está considerado un hueso duro de roer. Por lo visto ha despedido a gente por quedarse en casa con sus hijos enfermos, ese tipo de cosas. Según el sindicato, de todos modos. Han presentado varias demandas civiles contra la empresa. El año pasado ganó 4.378.000 coronas de base imponible de ingresos. Sin antecedentes, nunca se ha casado. Sale a menudo en los medios de comunicación, sobre todo en los diarios sensacionalistas, y casi siempre por su vida amorosa. Sánchez ha hablado con sus padres y su secretaria y nadie ha sabido nada de él durante las últimas horas. Se fue a trabajar como siempre el viernes y todo parecía completamente «normal».

Manfred hace la señal de comillas cuando dice la palabra «normal» y me mira a los ojos por encima de las gafas.

—¿Tiene alguna relación?

—Según los padres, no. La secretaria comentó que era muy celoso de su vida privada desde que los medios empezaron a escribir sobre él. También hemos conseguido los datos de algunos amigos. Sánchez se está poniendo en contacto con ellos.

—¿Y qué pasa con el incendio?

—Exacto, el fuego. —Manfred vuelve a hojear el montón de papeles—. Jesper Orre estaba en proceso de construir un garaje, pero hace tres semanas se quemó, junto con sus dos coches. Por lo visto eran coches bastante caros. Un… déjame ver… un MG y un Porsche. La compañía de seguros está investigando si el incendio fue provocado. Sánchez también va a hablar con ellos.

Miro por la ventana. La nieve cae con más intensidad y tapa las vistas. Manfred ve mi expresión.

—Enseguida —dice—. Tengo que ir a casa. Nadja tiene una infección de oído.

—¿Otra vez?

—Ya sabes cómo es a esa edad.

Asiento, mientras pienso que en realidad no lo sé. Ha pasado mucho tiempo desde que Albin era pequeño y entonces casi nunca lo veía. Las infecciones de oído, las gastroenteritis… todo eso me lo perdí.

—Peter —dice Manfred—. No te iría mal revisar un poco esa vieja investigación. El método es demasiado parecido para no tenerlo en cuenta. Yo podría hablar con los implicados. Tal vez desenterrar a esa bruja. ¿Cómo se llamaba? ¿Hanne?

Me volví hacia Manfred despacio. Con cuidado de no revelar el efecto que tiene ese nombre en mí, cómo me asaltan los recuerdos y se extienden por todas las células de mi cuerpo.

Hanne.

—No —digo, tal vez demasiado irritado, no estoy seguro. Ya no controlo mi voz—. No, no hace falta ponernos en contacto con ella.